«La única mujer capaz de ponerlo de rodillas era también la única a la que no tenía derecho a tocar». Nikolai Veyron tiene una regla: nunca desea lo suficiente a una mujer como para perder el control por ella. Hasta que una desconocida aparece en un club privado y convierte sus propias reglas en un juego. Ella elige la música, marca la distancia y decide cuándo termina cada encuentro. No le teme a su sonrisa, no se deja impresionar por su arrogancia y no parece interesada en descubrir quién se esconde detrás de su máscara. Nikolai quiere volver a verla. Pero cuando sus caminos se cruzan de nuevo, descubre que la mujer que le hizo olvidar todas sus reglas está comprometida con Alexander, su hermano. Vittoria Moreau es inteligente, elegante y demasiado consciente de lo que se espera de ella. Sin embargo, detrás de su compromiso hay una mujer que también tiene deseos, dudas y decisiones que nadie puede tomar en su lugar. Nikolai está acostumbrado a conquistar. Esta vez tendrá que aprender a esperar. Porque Vittoria puede romper su compromiso, elegir otro camino e incluso reconocer que siente algo por él. Pero no lo hará para convertirse en el siguiente capricho de un hombre que nunca ha sabido amar sin querer ganar. Nikolai puede desafiar a su familia, enfrentarse a su hermano y arriesgar su reputación. Lo único que no puede hacer es decidir por ella.
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Bajo el mismo techo
Vittoria descubrió que vivir en la residencia Veyron tenía una complicación que nadie se había molestado en advertirle.
Nikolai.
A la mañana siguiente, lo encontró sentado a la mesa del desayuno, leyendo unos documentos mientras su madre le hablaba sobre una cena familiar que llevaban meses intentando organizar.
—Nikolai, ¿me estás escuchando?
—Perfectamente.
—Entonces, ¿qué te acabo de decir?
—Que soy un hijo maravilloso y que deberías sentirte orgullosa de mí.
Su madre cerró los ojos, resignada.
—Dios mío, dame paciencia.
Vittoria tuvo que contener una sonrisa mientras ocupaba su lugar junto a Alexander.
—Buenos días —saludó.
—Buenos días, Vittoria —respondió Alexander, acercándole una taza de té.
Nikolai levantó la mirada.
—¿Té? Creí que preferías café.
Ella lo observó con calma.
—¿Y cómo sabes lo que prefiero?
La pregunta quedó suspendida entre ambos.
Alexander miró a su hermano, esperando una respuesta.
Nikolai, sin embargo, no se inmutó.
—Lo supuse. Tienes cara de tomar té.
Vittoria arqueó una ceja.
—Y tú tienes cara de ser insoportable antes de las diez de la mañana.
Alexander soltó una carcajada.
—Por fin alguien lo dice.
Nikolai dejó los documentos sobre la mesa.
—Me alegra que mi prometida favorita y mi hermano se lleven tan bien.
—Todavía no es tu cuñada —le recordó su madre.
—Pero lo será. Hay que empezar a acostumbrarse.
Vittoria bajó la mirada hacia su taza.
No quería pensar demasiado en el significado de aquellas palabras.
Después del desayuno, Alexander tuvo que marcharse a una reunión.
Vittoria aprovechó para recorrer los jardines de la residencia. Necesitaba familiarizarse con su nuevo hogar y, sobre todo, encontrar un lugar donde pudiera estar tranquila.
Estaba observando las rosas cuando escuchó unos pasos detrás de ella.
—¿Siempre huyes cuando mi hermano se va?
Vittoria ni siquiera necesitó darse vuelta para reconocerlo.
—No estoy huyendo. Estoy paseando.
—Qué coincidencia. Yo también.
—¿No tienes un penthouse al que regresar?
Nikolai metió las manos en los bolsillos.
—Lo tengo.
—Entonces no entiendo qué haces aquí.
—Ya te lo dije. Quiero pasar más tiempo con mi familia.
Vittoria se volvió hacia él con una sonrisa incrédula.
—¿Y esperas que te crea?
—No especialmente. Pero me gusta oírte hacer preguntas.
Ella negó con la cabeza y continuó caminando.
Nikolai la siguió.
—¿Siempre tienes que tener la última palabra?
—No. A veces me conformo con que dejen de molestarme.
—Qué lástima. Yo disfruto molestándote.
—Ya me había dado cuenta.
Por unos segundos caminaron en silencio.
Vittoria se detuvo junto a una fuente y contempló el agua. Nikolai aprovechó para observarla sin las miradas de su familia alrededor.
Era distinta de las mujeres que solían rodearlo.
No intentaba impresionarlo, no buscaba su atención y tampoco parecía interesada en averiguar cuánto dinero tenía.
Lo peor era que, cuanto menos parecía importarle, más quería él descubrirla.
—¿Eres feliz aquí? —preguntó de pronto.
Vittoria lo miró, sorprendida por el cambio de tono.
—Acabo de llegar.
—No fue lo que pregunté.
Ella tardó en responder.
—Estoy intentando hacer las cosas bien. Alexander es un buen hombre y nuestras familias esperan mucho de nosotros.
—Eso tampoco responde a mi pregunta.
Vittoria suspiró.
—No sé si seré feliz, Nikolai. Todavía estoy descubriéndolo.
Él asintió lentamente.
Por primera vez, no hizo ningún comentario mordaz.
—Al menos eres sincera.
—Procuro serlo.
—¿Incluso cuando la verdad puede complicarte la vida?
Vittoria sostuvo su mirada.
—Especialmente entonces.
Nikolai sintió que aquella respuesta escondía mucho más de lo que ella estaba dispuesta a decir.
Y decidió arriesgarse.
—¿Te arrepientes de aquella noche?
Vittoria se quedó inmóvil.
La tranquilidad del jardín pareció desaparecer de golpe.
—Te pedí que no volvieras a hablar de eso.
—Y yo estoy intentando entenderte.
—No. Estás intentando conseguir una respuesta que te haga sentir mejor.
Nikolai apretó la mandíbula.
—¿Tan poca importancia tuvo para ti?
Vittoria lo miró con una mezcla de incredulidad y cansancio.
—No confundas mi decisión de seguir adelante con indiferencia. Aquella noche fue importante porque fue mía. No porque ahora tenga que significar algo entre nosotros.
—¿Y si para mí sí significa algo?
Ella guardó silencio durante unos segundos.
—Entonces tendrás que decidir qué hacer con eso. Pero no me pidas que cargue con tus sentimientos mientras yo intento construir mi futuro.
Se alejó antes de que él pudiera responder.
Esta vez, Nikolai no la siguió.
Esa noche, la familia se reunió para cenar.
Alexander llegó tarde y se disculpó con Vittoria por haberla dejado sola durante buena parte del día. Ella le aseguró que no tenía importancia.
Nikolai, sentado frente a ellos, observó cómo su hermano le servía agua y le preguntaba por sus planes para la semana.
Era un gesto sencillo.
Pero le molestó.
No porque Alexander estuviera haciendo algo malo, sino porque él nunca había tenido que pensar en cómo cuidar de alguien.
Había pasado años entrando y saliendo de relaciones sin mirar atrás. Ahora, en cambio, se encontraba midiendo cada palabra para no perder a una mujer que ni siquiera le pertenecía.
—¿Te ocurre algo? —preguntó Alexander.
Nikolai levantó la vista.
—¿Por qué?
—Llevas toda la cena mirándonos como si quisieras asesinarnos.
—Quizá estoy considerando mis opciones.
—Pues considera sonreír un poco —intervino su madre—. Vittoria podría pensar que siempre eres así.
—¿Y qué quieres que haga? ¿Que cuente chistes?
—Sería un comienzo.
Vittoria sonrió discretamente.
Nikolai la vio.
Y, contra toda lógica, aquella pequeña sonrisa le mejoró el humor.
Después de cenar, Alexander acompañó a Vittoria hasta el vestíbulo. Le tomó la mano y la miró con ternura.
—Mañana tengo el día libre. ¿Te gustaría salir conmigo? Podríamos visitar la ciudad, sin compromisos ni reuniones familiares.
—Me encantaría.
Alexander le besó la mejilla.
Desde el otro extremo del salón, Nikolai contempló la escena sin intervenir.
Solo cuando Vittoria desapareció por las escaleras, su hermano se acercó a él.
—¿Qué te pasa últimamente?
—Nada.
—Te conozco desde que naciste, Nikolai. Nunca te interesó vivir aquí. Ahora cancelas reuniones, cenas con nosotros y paseas por los jardines como un hombre jubilado.
—Quizá estoy madurando.
Alexander soltó una risa.
—Eso sí que sería un milagro.
Nikolai sonrió, pero su expresión se apagó cuando su hermano añadió:
—Me alegra tenerte de vuelta. Vittoria y yo empezaremos una nueva etapa, y me gustaría que formaras parte de ella.
Aquellas palabras le provocaron una punzada de culpa.
Alexander confiaba en él.
No sospechaba nada.
Y Nikolai sabía que, si seguía acercándose a Vittoria, tarde o temprano tendría que enfrentarse a una verdad que podía destruir aquella confianza.
—Claro —respondió finalmente—. Cuenta conmigo.
Alexander le dio una palmada en el hombro antes de marcharse.
Nikolai permaneció solo en el salón.
Había regresado a casa convencido de que tener a Vittoria cerca le permitiría comprender lo que le ocurría.
Pero estaba descubriendo algo mucho peor.
Cuanto más la conocía, menos podía tratarla como una aventura.
Y cuanto más veía a su hermano confiar en él, más difícil se volvía ignorar el precio que podía tener su deseo.
y la de los futuros reyes también