Olvera de la Frontera, Andalucía, España, 1957.
En plena dictadura franquista, Zeynep huye de un hombre violento tras defenderse y se esconde en el Convento Santa Clara bajo el nombre de Ana Vidal. Embarazada, sin familia y con otra identidad, cree que nunca volverá a amar.
Hasta que llega Zoe Araya, la hija del juez del pueblo, enviada al convento por sus padres para "corregirse" porque se niega a casarse con el hombre que le impusieron.
Entre limoneros, rezos en voz baja y secretos, nacerá un amor prohibido que todo un pueblo querrá castigar. Una historia de supervivencia, maternidad y un amor que no pide perdón.
NovelToon tiene autorización de nezhaN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPÍTULO 22 - LA DECISIÓN
Tuvimos ocho días. Ocho días contando desde el 21 de abril. Lola los marcó con tiza en la pared de la trastienda, como marcábamos los encargos de trajes.
Cada día que pasaba, borraba uno.
Día uno, dos, tres. Zoe cosía sin hablar. Yo cortaba con Lucía en el pecho. Lola fumaba más que nunca.
El cuarto día Lola nos dijo:
- Voy a ver a Don Manuel.
Don Manuel era un abogado viejo que vivía en la calle Betis, que había sido republicano antes de la guerra y que ahora solo hacía papeles de herencias y de tierras porque no le dejaban hacer otra cosa. Lola le hacía los trajes a su mujer y por eso le debía favores.
Volvió a las dos horas con la cara seria y con un libro gordo que olía a viejo.
- Según el Código Civil de Franco - dijo, abriendo el libro en la mesa donde cortábamos -, una hija hasta los 25 años está bajo la patria potestad del padre. Si se va sin permiso, el padre puede pedir que la traigan y meterla en un reformatorio. Eso es lo que quiere tu padre, Zoe.
Zoe dejó de coser.
- Pero - siguió Lola -, si la hija demuestra que vive de su trabajo y que no está perdida ni es una perdida, el juez de Sevilla puede no hacer caso al padre de Olvera. Sobre todo si la hija es modista y tiene domicilio conocido y no está en la calle.
Me miró a mí.
- ¿Cuántos trajes hicieron ustedes desde enero?
- Veintidós - dije.
- ¿Y tienen el dinero guardado?
- Sí. Tres mil pesetas.
Lola cerró el libro de golpe.
- Pues entonces mañana vamos a ir al juzgado de Sevilla. No a decir que vuelve. A decir que se queda. Y que trabaja. Que es oficiala de modista en Telas Lola y que mantiene a una niña de cuatro meses.
Zoe se levantó.
- ¿Yo? ¿Oficiala?
- ¿Qué te crees que eres? Desde enero haces volantes mejor que yo. Eres oficiala. Y Ana es la cortadora. Y Lucía es la hija de la cortadora. Y yo soy la maestra. Así lo vamos a decir.
Esa noche Zoe no durmió otra vez. Se quedó con el libro de Don Manuel abierto en la página 321, donde ponía "desobediencia a la patria potestad", leyendo la misma línea una y otra vez aunque ya se la sabía de memoria.
A las cuatro de la mañana me despertó.
- Ana.
- ¿Qué?
- Si digo que me quedo, mi padre no me va a perdonar nunca. Me va a quitar el apellido. En Olvera van a decir que estoy muerta.
Le agarré la mano en la oscuridad. Lucía dormía entre nosotras con su trajecito rojo de feria todavía colgado en la pared.
- ¿Y si vuelves? - le pregunté.
- Si vuelvo me caso con Luis en septiembre. Y me encierran en una casa con rejas blancas como la de Sor Inés.
- Entonces ya sabes.
Zoe se acurrucó más contra mí, contra Lucía.
- Quiero quedarme aquí. En este cuarto que no tiene puerta con llave pero que no me da miedo. Quiero quedarme contigo y con Lucía. Aunque sea sin apellido.
Al día siguiente, día cinco, fuimos al juzgado de Sevilla. No al grande donde me apuntaron a Lucía. A otro más chico, en la calle Sierpes, donde estaba Don Manuel esperando con su sombrero.
No nos hicieron pasar a las tres. Solo a Zoe y a Don Manuel. Lola y yo nos quedamos afuera con Lucía en el mantón, esperando en un banco de madera que olía a cera.
Pasó una hora. Después dos.
Cuando salió Zoe, no lloraba. Traía otro papel, con otro sello morado.
- ¿Qué te dijeron? - le dije corriendo.
Zoe nos dio el papel. Lola lo leyó en voz alta.
"Doña Zoe Araya Carmen, de 19 años, comparece y manifiesta que no desea reintegrarse al domicilio paterno por ejercer oficio de oficiala modista en Triana, con domicilio en Pagés del Corro 17 y con medios de vida propios. Se archiva la petición paterna sin efecto de internamiento por no apreciarse abandono ni mala conducta. Se advierte que la patria potestad sigue vigente hasta los 25 años."
Nos quedamos calladas.
- ¿Qué quiere decir? - preguntó Zoe.
Don Manuel se quitó el sombrero.
- Quiere decir que no te llevan al reformatorio. Que te quedas. Que tu padre sigue siendo tu padre ante la ley hasta que tengas 25, pero no te puede encerrar si trabajas y tienes casa. En 1958, en Sevilla, una chica que trabaja no es una perdida. Es una trabajadora.
Lola abrazó a Zoe tan fuerte que Lucía, que estaba en medio, se despertó y se puso a llorar.
- Oficiala - dijo Lola -. Ya eres oficiala de verdad. Con papel y todo.
Volvimos a Triana andando, las cuatro. Con el papel de Sevilla guardado en el libro de Mujercitas, al lado del papel de Lucía Vidal, hija natural.
Esa noche borramos todos los días que quedaban en la pared de tiza. Lola los borró de golpe.
- Se acabaron los ocho días - dijo.
Zoe cogió una tiza nueva y escribió en la pared, con letra grande, como la de Sor Inés:
"AQUÍ VIVEN ANA, ZOE Y LUCÍA VIDAL. OFICIALAS."
No lo borramos nunca.
Afuera, en la calle Pagés, ya no había coche negro aparcado.
Por primera vez desde noviembre, no pusimos el palo de escoba detrás de la puerta del cuarto del fondo.
Esa noche dormimos con la puerta abierta al patio del limonero.
Y Lucía, que ya tenía cuatro meses, durmió toda la noche sin llorar. Como si entendiera que ya no nos íbamos.