un romance entre un mafioso y un femboy
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ENTRE EL AMOR Y LA OBSESIÓN
Dante se quedó de pie junto a la ventana del despacho, observando el jardín que durante años había visto solo como un perímetro de seguridad. Ahora lo veía diferente. Y no era el jardín lo que había cambiado. Era él.
Se giró lentamente hacia Adrián, que estaba sentado en el borde del escritorio, hojeando un libro.
—Adrián —llamó, con una calma que rara vez usaba.
—¿Sí? —levantó la vista inmediatamente.
Dante respiró hondo, buscando las palabras exactas, porque sabía que esta vez importaban más que cualquier acuerdo o amenaza que hubiera pronunciado en su vida.
—Quiero pedirte perdón.
Adrián lo miró con sorpresa, dejando el libro a un lado.
—¿Por qué? No has hecho nada malo.
—He hecho muchas cosas —reconoció Dante, acercándose un poco—. He intentado decidir por ti. He creído que sabía lo que era mejor para ti, sin preguntarte jamás. He convertido mi miedo en tus cadenas. Y eso… eso no es amor. Es control. Y no quiero ser esa persona.
Adrián se quedó en silencio, dejando que aquellas palabras calaran hondo. Era la primera vez que Dante no solo admitía su error, sino que comprendía de dónde venía.
—Te quiero —continuó Dante, con la voz clara y sincera—. Pero eso no significa que pueda poseerte, ni guardarte en una caja fuerte para que nada te lastime. Si te protejo de todo, también te protejo de vivir. Y no quiero ser tu carcelero. Quiero ser tu compañero. El que camina a tu lado, no el que va delante diciéndote dónde pisar.
Adrián sonrió, una sonrisa cálida y genuina que iluminó toda la habitación.
—Ahora sí estás entendiendo —dijo suavemente—. No necesito que me salves de todo, Dante. Solo necesito que estés ahí conmigo cuando las cosas se pongan difíciles.
Dante asintió, sintiendo como si una carga inmensa se desprendiera de sus hombros.
—Quiero que te quedes porque quieres estar conmigo. No porque te sientas obligado, ni porque creas que necesitas cuidarme. Si algún día quieres irte, puedes hacerlo. Sin preguntas. Sin excusas. Tu vida te pertenece.
Adrián se levantó y caminó hasta quedar frente a él. Puso ambas manos sobre sus hombros y lo miró a los ojos.
—Entonces me quedaré porque quiero. Porque te elijo a ti, cada día. No porque me lo pidas, sino porque mi corazón me lleva hacia ti. Y eso es suficiente para mí.
—¿Estás seguro? —preguntó Dante, todavía con un rastro de incredulidad en la voz.
—Más seguro que nunca —respondió Adrián con firmeza.
Los días siguientes fueron intensos. La conspiración llegó a su punto final. Dante no recurrió a la violencia innecesaria; enfrentó a los traidores con pruebas claras, reveló sus planes ante todos los aliados y puso fin a años de intrigas sin hundirse en la misma oscuridad que ellos. Muchos de los responsables terminaron respondiendo ante la justicia, y otros huyeron sabiendo que ya no tenían poder ni apoyo. La organización que había heredado quedó limpia de quienes la habían corrompido.
Pero cuando todo terminó, cuando el silencio por fin volvió a la mansión, Dante se quedó solo en el gran salón, mirando las paredes que durante años habían sido su refugio y su prisión. Todo lo que veía —los muebles de valor, los cuadros antiguos, las puertas macizas— le recordaba a una vida que ya no quería. El poder que tanto había temido perder ya no le importaba. El respeto impuesto que antes valoraba ahora le parecía vacío.
Adrián entró en la habitación y se detuvo a su lado. No dijo nada. Solo esperó.
—Voy a dejarlo —anunció Dante, en voz baja pero segura.
—¿Dejar qué? —preguntó Adrián, aunque ya intuía la respuesta.
—Todo. La organización, los negocios, esta mansión… todo. He pasado toda mi vida construyendo un muro alrededor de mí mismo creyendo que eso era seguridad. Y me di cuenta de que lo único que realmente me hace sentir seguro no es un muro. Eres tú. Y no necesito imperio para tenerte. Solo necesito ser yo mismo.
Adrián lo miró con admiración.
—¿Estás seguro? Es mucho lo que dejas atrás.
—No dejo nada atrás —corrigió Dante, tomando su mano—. Porque lo único que realmente importa lo llevo conmigo. El resto era solo ruido.
—¿Y qué harás ahora? —preguntó Adrián con curiosidad—. ¿Tienes algún plan?
Dante soltó una risa ligera, una risa de liberación.
—Por primera vez en mi vida, no lo sé. Y lo curioso es que no me da miedo. Siento que… estoy empezando de nuevo.
Adrián entrelazó sus dedos con los suyos y sonrió.
—Entonces podemos descubrirlo juntos. Podemos ir despacio. Probar cosas nuevas. Construir nuestro propio camino, paso a paso. Sin prisas. Sin enemigos. Sin miedo. Solo nosotros.
Dante lo miró y, por primera vez en mucho tiempo, el futuro no le pareció un abismo que debía cruzar con armas en la mano. Le pareció un camino abierto, lleno de posibilidades, y lo mejor de todo era que no tenía que recorrerlo solo.
—Me gusta ese plan —dijo, acercándose para besarlo suavemente.
Afuera, el sol comenzaba a ponerse sobre el horizonte, tiñendo el cielo de tonos dorados y violetas. Dentro de la gran casa, dos personas decidieron que el pasado se quedaba donde debía estar: atrás. Y que lo mejor no era lo que ya habían vivido, sino todo lo que aún les quedaba por vivir. Juntos.