Claudia tiene 42 años, un matrimonio vacío y un bar de barrio que apenas sobrevive. El día que descubre que su marido la engaña, un joven se presenta por error a una entrevista de trabajo... para stripper, no para mozo. Lo que empieza como un malentendido incómodo termina convirtiéndose en la decisión que le cambia la vida: contratarlo para revivir su negocio.
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Esos ojos claros
Eran casi las once de la noche cuando Eric golpeó la puerta del departamento de Claudia, olvidando que tenía la llave debajo de una maceta. Llegó con una mochila vieja colgada de un hombro y la cara de quien todavía no termina de acostumbrarse a la idea de no tener a dónde volver.
Ella le abrió en pantalón de jogging y el pelo suelto, la imagen más lejana posible a la de la minifalda del ensayo, y por algún motivo eso la hizo sentir más expuesta que cualquier otra cosa.
—El colchón está en la pieza de al lado —dijo, haciéndose a un lado para dejarlo pasar, con las mejillas ya un poco coloradas solo de imaginar lo que él iba a ver apenas entrara—. Perdón el lío, todavía no terminé de acomodar todo desde que me mudé.
El departamento era chico —un monoambiente, en realidad, con la cocina casi pegada a la cama y apenas una división de vidrio esmerilado separando el baño, dando poca intimidad— con cajas todavía sin abrir apiladas contra una pared y muy pocos muebles, algunos directamente prestados por su amiga Marisa.
Claudia sintió que el estómago se le encogía viéndolo mirar alrededor, viendo lo poco que había logrado juntar en veinte años de vida compartida y ahora tenía que empezar a construir de cero, sola, en un espacio del tamaño de la mitad de su antiguo living. Ella había preferido dejar casi todo en manos de Fabián.
—Perdón que sea tan poca cosa —dijo, cruzándose de brazos, tapándose sin querer con el propio cuerpo, como si eso pudiera esconder algo—. Todavía no tuve tiempo de comprar nada más.
—¿De qué te disculpás? —Eric la miró, genuinamente confundido, dejando la mochila sobre una de las cajas—. Es un monoambiente bárbaro. Yo ni un lugar así podría pagar. Te juro que no me importa lo que tengas o no tengas acá, Claudia.
Ella sonrió, aliviada de una manera que no esperaba, sintiendo que su ánimo mejoraba.
Entre los dos, con más risas que eficiencia, lograron sacar el colchón de la pieza y apoyarlo de pie contra la pared del living, listo para bajarlo hasta la calle. El esfuerzo los dejó a ambos con la respiración un poco agitada, parados uno cerca del otro en medio de ese espacio tan chico.
Fue en ese momento, con el colchón todavía apoyado contra la pared y Eric ya estirando el brazo para agarrar la mochila, que Claudia se animó a decir lo que llevaba rato dándole vueltas en la cabeza.
—¿Querés quedarte a tomar algo antes de irte? —preguntó apurada, como si decirlo despacio le fuera a dar tiempo de arrepentirse—. No tengo nada armado en la heladera, pero...
—Voy a buscar unas cervezas a la estación de servicio de la esquina —la cortó Eric, con una sonrisa que le iluminó toda la cara, como si hubiera estado esperando exactamente esa pregunta—. Cinco minutos y vuelvo ¿si?
—Traeme cigarrillos también, si podés. —Claudia ya estaba buscando la cartera, sacando un billete que le extendió sin dudar—. Los que sean, cualquier marca.
—No hace falta que me des plata.
—Insisto. —Se lo puso en la mano, cerrándole los dedos alrededor con una firmeza que no admitía discusión—. Andá tranquilo, yo mientras acomodo un poco este desorden.
Apenas la puerta se cerró detrás de él, Claudia se quedó parada un segundo en medio del living, respirando fuerte, sintiendo el corazón latiéndole en un ritmo que no tenía absolutamente nada que ver con haber cargado un colchón. Después, casi sin pensarlo, corrió hacia el baño.
El espejo, viejo y con una mancha oscura en una esquina donde el azogue ya se había gastado, le devolvió una imagen que no le gustó del todo: el pelo aplastado de un lado, la cara sin una gota de maquillaje, esa palidez cansada que arrastraba desde hacía semanas de dormir mal.
Abrió la canilla, se mojó la cara con agua fría, se pasó una toalla húmeda por el cuello y por debajo de los brazos, lamentando en silencio no tener tiempo para algo más que eso y casi no tener desodorante.
'Carajo, ojalá pudiera bañarme', pensó, mirándose al espejo con una mezcla de resignación y urgencia, calculando mentalmente cuántos minutos tenía antes de que él volviera.
Logró ponerse un poco de rímel, se retocó los labios con lo primero que encontró en el neceser, se acomodó el cabello con los dedos mojados tratando de darle algo de forma. No era gran cosa, pero era mejor que nada, y con eso tuvo que conformarse.
Escuchó la puerta del edificio abrirse abajo justo cuando terminaba de guardar el maquillaje, y llegó al living con el corazón todavía acelerado, tratando de parecer calmada y espontánea. No siquiera sabía que esperaba de todo eso, se sentía una adolescente perdida y torpe y no una mujer madura.
Eric entró con una bolsa de plástico que dejó sobre la mesada minúscula de la cocina: cuatro latas de cerveza, un atado de cigarrillos, y un encendedor barato de esos que se compran de apuro.
—Solo tengo un vaso limpio —dijo Claudia, sacándolo de la alacena y mostrándoselo con una risa avergonzada—. Va a tener que ser compartido.
—Mejor. —Eric sonrió, abriendo la primera lata y sirviendo la mitad en el vaso, que le extendió a ella primero—. Menos cosas para lavar.
Se sentaron en el sillón, uno al lado del otro, más cerca de lo que la geometría del lugar en realidad exigía. Claudia tomó un trago del vaso, sintiendo el frío de la cerveza bajarle por la garganta, y se lo devolvió a Eric, que bebió directamente de donde ella había bebido, sin ningún reparo, con una naturalidad que a Claudia le pareció, en ese momento, muy íntima.
Encendieron los cigarrillos, uno cada uno, dejando que el humo se acumulara despacio en el aire quieto del monoambiente. Claudia sintió el calor de la nicotina bajarle por el pecho, mezclándose con el de la cerveza, con el de tener a Eric ahí, tan cerca, en su propio espacio chico y desprolijo que ya no le daba tanta vergüenza como diez minutos antes.
Hablaron de nada en particular, pasándose el vaso y las latas, riéndose de cosas cada vez menos importantes, sintiendo que las palabras se les iban aflojando de a poco, igual que las distancias entre los dos cuerpos en ese sillón demasiado chico para dos personas que ya no tenían tantas ganas de mantenerse separadas.
En algún momento, entre una risa y la siguiente, los dedos de Eric rozaron los de Claudia al pasarle el cigarrillo, y ninguno de los dos los apartó.
—Tenés algo acá —dijo él, de golpe, estirando la mano hacia la mejilla de Claudia, con una excusa que ambos sabían perfectamente que era eso, solo una excusa.
Ella no se movió. Sintió el pulgar de Eric rozarle la piel, despacio, y la respiración se le empezó a agitar sin que pudiera controlarla, el pecho subiendo y bajando cada vez más rápido. Los labios de él, carnosos, entreabiertos, quedaron tan cerca de los suyos que Claudia supo, con una certeza casi física, que no iba a poder aguantar mucho más sin besarlos.
Después, ella se mordió el labio inferior, sin darse cuenta, mientras un cosquilleo raro le subía por los pechos y algo mucho más urgente se le encendía entre las piernas, un calor repentino que la tomó por sorpresa.
Eric, por su parte, parecía igual de hipnotizado: los ojos clavados en la boca de ella, la vista bajando y subiendo entre sus labios y su mirada, sin poder decidirse por dónde quedarse.
Él sintió el mismo calor repentino bajándole hasta las piernas, y los dedos, apoyados todavía en la mejilla de Claudia, se le movían solos, inquietos, sin encontrar dónde acomodarse.
Ella, inquieta y respirando rápido, le sostuvo la mirada... esos ojos tan claros, tan miel, de un color que a esa altura de la noche parecía casi transparente, y después bajó la vista hasta su entrepierna, que parecía levantarse. Deseaba dejar su mano allí y tocar lo prohibido, sin pudor y sin restricciones ni prejuicios por la diferencia de edad.
—Eric... — le dijo casi jadeando.
No llegó a terminar la frase. Él se inclinó, con el sabor a cerveza y cigarrillo todavía en los labios, y la besó despacio, sin la urgencia ni la vergüenza compartida del beso de consuelo, sino con una intención clara que no dejaba lugar a ninguna disculpa después.
Él tomo el rostro de Claudia entre sus dos manos, con una dulzura y cuidado que a ella le pareció que era un ángel. Claudia le devolvió el beso sin pensarlo, con las manos buscando su cuello, sintiendo que cualquier resto de vergüenza por el departamento chico, por el espejo viejo, por todo lo que le faltaba, se disolvía entero en ese único punto de contacto entre los dos.
Afuera, la ciudad seguía su ruido de siempre. Adentro, el vaso compartido quedó olvidado sobre la mesa, con la cerveza yéndose tibia de a poco, mientras ninguno de ellos podía separarse del otro...