Antonia Valentini es una talentosa actriz de teatro que ha conquistado al público con su impecable interpretación de cada personaje. Su belleza, dulzura y noble corazón la convierten en una mujer admirada por todos los que la conocen. Lejos del brillo de los escenarios, dedica su vida a cuidar de su madre enferma y a apoyar a su hermano menor, Lorenzo Valentini, quien cursa su último año de instituto. El salario que recibe apenas alcanza para cubrir los medicamentos de su madre y los estudios de Lorenzo, pero jamás se ha rendido.
Su tranquila existencia cambia por completo cuando Aaron De Santis, el frío e implacable CEO de una de las corporaciones más poderosas del país, se convierte en el nuevo patrocinador del teatro donde ella trabaja.
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Capitulo 3
La mañana entraba tímida por las ventanas de la casa pequeña, cuando el teléfono sonó con insistencia, rompiendo la calma que apenas duraba unos minutos. Antonia atendió con la mano aún húmeda de lavar los platos, y al escuchar la voz del administrador de la clínica, el suelo pareció moverse bajo sus pies.
—¿Cómo dice? —susurró, agarrándose del borde de la mesa—. Pero… hemos pagado todo lo que pudimos cada mes. ¡Saben que hacemos lo imposible!
—Lo sé, señorita Valentini, y lamento ser yo quien le dé la noticia —respondió la voz al otro lado, fría y formal—. Pero la directiva ha decidido: si en quince días no cancela el total de los veinte mil dólares que debe, retiraremos el tratamiento de su madre. No podemos seguir asumiendo los costos sin pago.
—¡Quince días! —exclamó ella, con la voz quebrada—. ¡Es imposible! ¿De dónde voy a sacar esa suma en tan poco tiempo? Por favor, déme una prórroga, solo unos meses más…
—No depende de mí. Lo siento mucho. Si no hay dinero para esa fecha, su madre tendrá que retirarse hoy mismo de la sala de cuidados intensivos.
La llamada se cortó. Antonia se quedó con el aparato en la mano, inmóvil, mientras las lágrimas empezaban a correr por sus mejillas sin que pudiera detenerlas. Lorenzo entró en la cocina en ese momento, con la mochila al hombro, y al verla así se acercó corriendo.
—¿Antonia? ¿Qué pasa? ¿Fue la clínica? —preguntó él, tomándola de los hombros.
Ella asintió con la cabeza, sin poder hablar al principio.
—Si no pagamos veinte mil dólares en quince días… suspenden el tratamiento de mamá. Se la llevarán a casa sin medicinas, sin cuidados…
—¡No puede ser! —gritó el joven, dejando caer la mochila al suelo—. ¡Es una locura! ¿Cómo nos piden algo así? No tenemos ni la décima parte.
—Lo sé, mi amor, lo sé —sollozó ella, abrazándolo con fuerza—. Pero no voy a dejar que nada le pase. Voy a pedir un préstamo, hablar con Carmen, venderé lo que haga falta… ¡lo que sea! No vamos a perderla.
Pasaron las horas. Antonia corrió de un lado a otro: habló con el director del teatro, que solo pudo darle una ayuda insignificante; llamó a cada pariente y conocido, todos le dieron la misma respuesta: no tenían esa cantidad. Al caer la tarde, regresó a casa derrotada, con los ojos hinchados y el alma hecha pedazos. Al entrar, encontró a su madre sentada en el sofá, esperándola con una expresión triste y serena.
—Ya lo sé, hija —le dijo suavemente, antes de que ella hablara—. Escuché parte de la llamada.
—Mamá, no te preocupes, ya verás que encuentro la forma —se apresuró a decir Antonia, sentándose a su lado y tomando sus manos frías—. No te voy a dejar sola.
—He vivido más de lo que muchos esperan —respondió Elisa, acariciando su rostro—. Lo único que me duele es dejarte a ti y a Lorenzo solos. No te martirices por mí, mi amor. Ningún dinero vale tu tranquilidad.
—Para mí sí —replicó ella con firmeza, apretando los labios—. Tú eres mi vida. Haré lo que sea necesario. Lo que sea.
Justo en ese momento, llamaron a la puerta. Era un hombre de traje impecable, de porte serio y mirada escrutadora: Ramiro, el asistente de Aarón.
—¿Es usted la señorita Antonia Valentini? —preguntó con voz educada pero tajante.
—Sí, soy yo. ¿Quién me busca?
—Mi empleador, el señor Aarón De Santis, me ha enviado. Sabe que atraviesa una situación económica difícil y está dispuesto a ayudarla. Tiene una propuesta para usted que resolvería todos sus problemas de inmediato.
Antonia frunció el ceño, extrañada:
—¿Aarón De Santis? ¿El nuevo patrocinador del teatro? ¿Por qué querría ayudarme él? Ni siquiera nos conocemos.
—Él prefiere explicárselo personalmente —respondió Ramiro, extendiéndole una tarjeta de visita gruesa y dorada—. Mañana a las diez de la mañana en su despacho. Si acepta, la salud de su madre y el futuro de su hermano estarán asegurados para siempre.
Antonia miró la tarjeta entre sus dedos, sintiendo un escalofrío que no sabía explicar. Lorenzo se acercó y le susurró al oído:
—Hermana, no vayas. Ese hombre es peligroso, todo el mundo lo dice.
—¿Peligroso? —repitió ella, mirando primero a su hermano y luego hacia la habitación donde descansaba su madre—. Pero es nuestra única oportunidad, Lorenzo. Es la única que nos queda.
Ramiro hizo una leve reverencia antes de irse:
—El señor De Santis espera su respuesta. Y recuerde: él cumple lo que promete. Siempre.
Cuando la puerta se cerró, Antonia se quedó sola con la tarjeta en la mano, mirando el nombre grabado con letras negras. No sabía aún que esa puerta que parecía abrirse para salvarlos… en realidad era la entrada a una jaula de la que sería muy difícil escapar.
—¿Estás segura de que quieres ir? —preguntó Lorenzo, tomándola del brazo—. Ese hombre no hace nada sin pedir algo a cambio.
—Lo sé —respondió Antonia con voz temblorosa pero firme, apretando la tarjeta contra su pecho—. Pero ¿qué otra opción tengo? Mamá necesita ese tratamiento.
—Podemos buscar otra forma…
—No la hay, hermanito —lo interrumpió ella, con lágrimas en los ojos—. Si tengo que hablar con él para salvarla, lo haré. Cueste lo que cueste.