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Sobek

Sobek

Status: En proceso
Genre:Omegaverse
Popularitas:351
Nilai: 5
nombre de autor: Eduardopz

En un lugar de animales evolucionados, bípedos de gran inteligencia, Sobek, un Cocodrilo de agua salada intenta adaptarse al mundo social de los mamíferos, siendo él un ser de sangre fría

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Capítulo 024

—El celo de Bandit y Giggles está cerca —me recordó Jaxx, exhalando el humo de su cigarrillo—. Aún no repongo las dosis de inhibidores, así que ve a comprarlas cuando salgas.

—La vez pasada los encerré en el sótano —le recordé—. Amarras sus pies con cadenas al suelo y no podrán hacer mucho.

Jaxx me dedicó una mirada de desagrado y tiró la colilla para encender otro cigarrillo. Él es beta. Ninguno de los dos puede comprender el calvario que viven los que poseen un segundo género, pero a nosotros nos toca lidiar con las crisis salvajes de ambos. Dicen que los Omegas son la solución, pero la última vez que cacé Omegas para dárselos casi se matan entre sí; se aparearon hasta descompensarse. Debido a esas dificultades, y para evitar que enloquezcan, decidí limitarles las libertades.

—¿No necesitas que te acompañe? —preguntó Jaxx, mirando de reojo a la reportera, que seguía desmayada.

—Llamaría demasiado la atención. Con lo que encuentre en su casa haremos un informe; si el secretario lo aprueba, podremos ejecutar la información o usarla a nuestro favor —respondí—. Ya lo oíste, esa mujer camina por un sendero peligroso.

—Es una lástima. Tiene una cara bonita...

—Claro —dije, apático.

Me cambié de ropa. El camión me dejó en un callejón oscuro junto a la reportera. La obligué a despertar torciéndole la muñeca con fuerza. Cuando recuperó la consciencia, adopté la actitud de un conocido cualquiera y la escolté de regreso a su hogar.

—Vives en un lindo vecindario —solté sin gracia al llegar—. Es conveniente que una estación de policía esté tan cerca; con una sola llamada llegarían en muy pocos minutos.

La reportera buscó las llaves dentro de una maceta para abrir la puerta. En cuanto lo hizo, empujé su cuerpo hacia el interior y cerré la entrada tras de mí.

Me moví libremente por la casa, inspeccionando cada habitación. Por la presencia de objetos tan personales, todo indicaba que la reportera tenía pareja en una relación de muchos años. Sonreí para mis adentros; esta mujer estaba poniendo en peligro la vida de su novio y eso, por alguna razón, me causaba gracia. Memoricé los rostros en los portarretratos familiares. Llevado por la curiosidad, escarbé entre sus ropas, las alacenas y el repertorio de música de su asistente de inteligencia artificial.

—¿Qué te obligó a instalar cámaras tan pequeñas? —pregunté con ironía, sintiéndome observado—. Apágalas todas. Por cierto, ¿intolerancia a la lactosa?

Me giré a mirarla mientras examinaba el refrigerador. Su cuerpo se estremeció.

—En realidad, yo no...

Saqué el arma con silenciador y destruí de varios disparos las esquinas donde se ocultaban las cámaras. Luego, me acerqué y di unos golpecitos en su hombro con el cañón caliente.

—No abras la boca si no te doy permiso para hablar. Ahora que ya vi lo que quería, vamos a lo importante. —Clavé la vista en la última habitación—. Guíame.

Su oficina era un absoluto desastre. Leí cada papel y archivo disperso sobre el escritorio. Anteriormente, la reportera me había dicho que llegó a sus oídos la primicia de hijos de hombres ricos que se atiborraban de pastillas y polvos mágicos. Hasta ahí todo iba bien; una noticia así nunca llegaría lejos debido a la intervención de los padres para cubrir el fango. Sin embargo, ella había ido más allá.

Tenía fotos de camionetas sospechosas ingresando al Bar Cloud —claramente el suministro entregados por la organización periódicamente— y capturas borrosas de hombres de negro con maletines. Con esa evidencia por sí sola no se podía llegar a nada concreto. El problema real radicaba en la entrevista que le habían hecho a un vendedor callejero. La grabación, realizada por unos hombres, parecía haberle sido entregada de forma anónima; a partir de ahí, ella comenzó a profundizar por su cuenta hasta llegar a un proveedor menor, atando los cabos que conectaban todo directamente con una sucursal de nuestra Organización.

—¿Quién te entregó esta grabación? —la interrogué.

—Fue un anónimo —respondió con la voz temblorosa.

La mujer era perspicaz, lo reconocía, pero no lo suficiente. No era de ella de quien debíamos preocuparnos, sino de las verdaderas intenciones de la persona que le había facilitado esa cinta. Le pedí que se sentara para conversar mejor.

—¿Cuánto tiempo llevas en esta investigación?

—Unos cuatro meses.

—¿Qué buscabas exactamente en el Cloud hoy?

—El hijo del gobernador se encontraba allí —se lamió los labios, presa de los nervios—. Quería asegurarme de capturar su rostro con claridad.

—Ambiciosa —comenté.

Toda la información recopilada aquí seguramente tenía un respaldo, y era probable que algunos de sus colegas supieran del asunto. Guardé en mi bolsillo las fotos de los proveedores y de los vendedores callejeros que tenía clavadas en el pizarrón; le diría a Giggles que se encargara de eliminarlos.

—¿Qué eres? —le pregunté, genuinamente interesado.

—¿Qué?

Repetí la pregunta. Su voz se cortó y me dio una respuesta cargada de terror. No estaba siendo agresivo en ese instante, por lo que no entendí por qué su expresión se volvía cada vez más retorcida y horrorizada.

—L-león de montaña...

—Ya veo. Un felino.

De repente, la vibración de su teléfono la hizo recomponer la postura. Dudó al ver la procedencia de la llamada, mirándome de reojo antes de contestar tras mi ademán de aprobación. Aunque intentó hablar en murmullos, mi oído captó cada palabra. Como había supuesto, tenía un amigo en el cuerpo policiaco, quien llamaba para informarle de primera mano sobre la masacre ocurrida en el exclusivo Bar Cloud. El reloj marcaba las 9:47 p. m.

Como si uniera los clavos de un ataúd, la leona de montaña me miró; ahora sabía perfectamente quién era el responsable. Seguramente antes creía que yo solo era un distribuidor.

—["Creemos que fue una disputa interna, sin embargo, no hay indicios claros de que así fuera. No descartamos que sea obra de una mafia, pero no podemos confirmar nada. Todo está demasiado limpio, Yaga; es mejor que vengas ya"] —decía la voz al otro lado de la línea.

—Sí... voy enseguida —colgó bruscamente y me miró—. ¿Quién eres tú?

—Un trabajador —sonreí.

Me incorporé con la intención de marcharme, pero antes destrocé su computadora, quemé los papeles de su oficina y, por pura fijación, robé las piedras de río que decoraban su pecera.

—Por si acaso, lo voy a dejar claro —dije, inclinándome ligeramente hacia ella—. Si sueltas una sola palabra sobre este caso o sobre mí, iré tras tu novio, le abriré el estómago y haré un florero con las manos de tus padres. Luego lo dejaré todo sobre el recibidor de tu casa como una bonita exhibición para ti y tus amigos policías. ¿De acuerdo?

—S-sí...

—Dejaré a un muchacho vigilándote. Todas las copias que tengas las vas a borrar. Esta es mi primera y última advertencia. Sé obediente.

Me despedí y caminé tranquilamente hacia el centro de la ciudad en busca de una farmacia. Ya le había comunicado todo a Jaxx para que fuera armando la petición al secretario. No recordaba la última vez que había pisado una farmacia; el íbice solía encargarse de esos asuntos.

—¿Me permite su identificación, por favor? —pidió la encargada tras el mostrador—. Es que los inhibidores que solicita no se le venden a cualquiera.

—No comprendo. No es un sedante para animales y no tengo entendido que la medicación sea adictiva —cuestioné, imperturbable.

—Los inhibidores inyectables son mucho más potentes que las píldoras. Como están diseñados para Alfas, hay Omegas que se ven tentados a usarlos para cortar abruptamente su celo —explicó—. Eso ha provocado casos médicos muy graves que el ministerio intenta evitar.

No me importaba por qué o quién lo hiciera; las inyecciones eran mil veces más prácticas para aplicarles el fármaco a los animales de Bandit y Giggles. En una ocasión casi le rompo la mandíbula al chacal intentando que se tragara las malditas píldoras.

—Como sea —le entregué la identificación falsa—. Deme también esas cremas y las gotas hidratantes para los ojos.

—Por supuesto —procesó el pago—. Tenga. Que disfrute de su día.

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