La devoción de la Santa Duquesa fue una vez el faro de esperanza para su pueblo. Con un toque, curaba heridas y consolaba almas. Pero su mundo se derrumbó la noche en que su hermana, casada con el hijo del rey, fue falsamente acusada de envenenar a la hija de la concubina real.
Sus súplicas de clemencia fueron ignoradas. Su pueblo le dio la espalda. Y ante sus propios ojos, vio cómo su hermana perdía la cabeza.
Rota por el dolor, pero con una determinación de acero, la Duquesa se retira a su hogar ancestral. Mantiene una imagen impecable, serena y devota ante el mundo. Pero tras esa máscara de pureza, se teje una red de astucia y alianzas sagradas. No busca violencia burda. Busca desmantelar, pieza a pieza, a quienes la traicionaron, empezando por el mismísimo rey.
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Capítulo 24: La Sentencia sobre el Rey y la Venenosa
El murmullo de la aristocracia de Mortemer se extinguió por completo, sofocado por una quietud densa y aterradora que pesaba sobre el Gran Salón del Trono como una lápida de granito. El suelo de mármol, antes escenario de banquetes y bailes de seda, yacía manchado por la sangre fresca de los oficiales caídos. El olor a hierro perfumaba el ambiente, sofocando el aroma dulzón del vino especiado y los inciensos aromáticos.
Al frente de la estancia, sobre los peldaños del estrado real, Lysandra permanecía erguida con la frialdad de un monumento de hielo. No había en sus facciones un solo rasgo de la joven sumisa o de la Santa compasiva que la corte solía recordar. Su rostro de porcelana estaba tenso, iluminado únicamente por el brillo implacable de sus ojos azul zafiro, que reflejaban la luz de las antorchas con una autoridad letal.
A su señal, Felipe avanzó desde el pasillo lateral sosteniendo un pesado cofre de madera de nogal reforzado con herrajes de bronce. Con un movimiento seco, el príncipe arrojó el contenido del cofre sobre la mesa de la nobleza. Decenas de pliegos de pergamino, cartas con sellos de cera rotos y pequeños frascos de cristal oscuro rodaron entre las copas de oro y los manteles de lino.
—¡Mirad la gloria de la corona por la que alzáis vuestras copas! —exclamó la voz de Lysandra, resonando en cada rincón del salón como el estallido de un látigo de plata—. Mirad la podredumbre sobre la que habéis bailado mientras el pueblo moría de hambre y peste en las fronteras.
Un murmullo de horror recorrió las primeras filas. Varios duques e inspectores de la corte se inclinaron con las manos temblorosas para examinar los documentos. Eran los libros de contabilidad secreta redactados por la propia mano de Morgana: transferencias sistemáticas del tesoro imperial a las arcas de sus vasallos, órdenes de desvío de graneros en plena epidemia y cartas cifradas donde se coordinaba el aislamiento forzado de la Casa Aurelius.
Sin embargo, lo que terminó por quebrar la moral de los nobles fue el contenido de los frascos de cristal. Lysandra tomó uno de ellos entre sus dedos enguantados, descorchó el tapón de madera y vertió una sola gota del líquido espeso sobre una copa de vino que reposaba en la mesa. Al instante, la bebida comenzó a burbujear violentamente, emitiendo un vapor negruzco con un nauseabundo olor a azufre y vegetación podrida.
—Raíz de sombra —sentenció Lysandra, fijando la mirada en los duques que retrocedían horrorizados—. El brebaje de magia negra con el que esta mujer ha envenenado la mente del rey Aldous día tras día. No habéis sido gobernados por la soberanía de un monarca, sino por los caprichos de una bruja que destruyó el reino desde sus cimientos.
El rey Aldous, desplomado sobre el trono de terciopelo, dejó escapar un balbuceo incoherente. Sus ojos, amarillentos y dilatados, miraban al vacío sin capacidad de reconocer a la multitud que lo observaba. La pócima había carcomido sus facultades mentales hasta convertirlo en una cáscara vacía, incapaz de articular una sola frase coherente para defenderse.
Morgana, acorralada contra el respaldo de la pared de piedra junto a su hija Beatrix, respiraba con agitación, sintiendo cómo el círculo de hierro se cerraba irremisiblemente sobre ella.
—¡Son mentiras! —chilló Morgana con una voz aguda que rozaba la histeria, intentando mantener la postura—. ¡Es una conspiración de traidores! ¡Felipe ha vendido a su propia sangre al Gran Imperio Dragomir! ¡Guardias, prended a esta impostora!
Ningún guardia se movió. Las armas de la guarnición de Mortemer yacían apiladas en el suelo, y los soldados sobrevivientes permanecían encadenados por las miradas de acero de los legionarios del norte.
Lysandra dio tres pasos hacia Morgana. Cada golpe de sus botas contra el mármol sonaba como la cuenta regresiva de una sentencia inevitable. En su mano derecha, la espada corta de obsidiana reflejaba los destellos del fuego con una negrura absoluta.
—Hablas de traición, Morgana —dijo Lysandra con un tono desprovisto de cualquier atisbo de rabia, una serenidad helada que resultaba infinitamente más aterradora que cualquier grito—. Pero fuiste tú quien conspiró para orquestar la ejecución de mi hermana Elara. Fuiste tú quien firmó su sentencia en la plaza pública mientras sonreías desde este mismo balcón.
—Elara era una amenaza para la corona... —balbuceó la concubina, mientras las lágrimas de rabia arruinaban el maquillaje de su rostro, tratando de retroceder sin éxito.
—Elara era inocente —corrigió Lysandra, deteniéndose a solo un paso de la mujer—. Y la sangre de la Casa Aurelius no se derrama sin cobrar una restitución.
En un movimiento devastadoramente fluido, Lysandra no usó la espada de obsidiana, sino que extrajo de su cinturón la daga personal de Morgana, aquella mística hoja de plata con la que la concubina solía cortar las hierbas para sus venenos. Antes de que la mujer pudiera emitir un solo hechizo o súplica, Lysandra enterró el filo directamente en el centro del pecho de la concubina, atravesando la seda negra de su vestido hasta el corazón.
El salón entero ahogó un grito colectivo. Morgana abrió los ojos de par en par, sofocándose con su propia sangre. Sus manos temblaron intentando sujetar las muñecas de la joven, pero la fuerza de Lysandra no cedió ni un solo milímetro.
—Por Elara —susurró Lysandra al oído de la mujer moribunda.
Lysandra retiró la daga con frialdad matemática. El cuerpo sin vida de Morgana se desplomó pesadamente sobre los peldaños del altar, derramando un charco oscuro sobre el mármol pulido. La primera parte de su venganza quedaba saldada ante los ojos atónitos de toda la corte.
Un chillido desgarrador rompió el silencio. Beatrix, la hija de Morgana, se arrojó al suelo junto al cadáver de su madre, llorando con un pánico descontrolado. Las joyas de Elara que lucía en su cuello resplandecían bajo las antorchas, manchándose con la sangre que fluía del cuerpo de la concubina. Al sentir la sombra de Lysandra erguirse sobre ella, Beatrix alzó la vista con el rostro desencajado por el terror, arrastrándose hacia atrás hasta chocar contra las patas del trono real.
—¡Por favor! ¡Yo no hice nada! ¡Yo solo seguía las órdenes de mi madre! —suplicó Beatrix, agarrándose frenéticamente a las faldas de su vestido, con la voz quebrada por el miedo al ver el filo de obsidiana aún limpio en la mano de la Duquesa—. ¡Lysandra, ten piedad! ¡Éramos como hermanas en la corte!
Lysandra la miró desde su imponente altura. Un destello de desprecio absoluto cruzó por sus ojos azul zafiro al escuchar la palabra "hermanas" salir de los mismos labios que se habían burlado públicamente del sacrificio de Elara. La joven alzó lentamente la espada de obsidiana, lista para cortar de raíz el linaje de la mujer que había destruido a su familia.
Sin embargo, antes de que el acero descendiera, una mano firme y cubierta por un guante de cuero se interpuso en el camino de la hoja.
Felipe se adelantó, colocándose pacíficamente entre Lysandra y la joven que sollozaba en el suelo. El príncipe miró a su cuñada con una expresión de dolor sobrio, pero sostenida por una determinación de hierro.
—Déjala, Lysandra —dijo Felipe con voz baja y grave, asegurando su postura ante la soberana de plata—. Tu espada es para los tiranos que gobernaron esta masacre, no para limpiar las sobras de su veneno.
Lysandra no bajó la espada de inmediato. Sostuvo la mirada de Felipe con una fijeza analítica, calculando cada posibilidad en su mente táctica.
—Ella usó las joyas de Elara como trofeo —recordó Lysandra con una frialdad que congelaba el aire alrededor—. Celebró su muerte cada noche en este mismo salón.
—Y pagará por cada segundo de ese sacrilegio —afirmó Felipe, dando un paso más hacia Beatrix y arrancándole de un tirón seco el collar de joyas del cuello para entregárselo solemnemente a Lysandra en la mano—. Pero no mancharás tu nombre ni la memoria de Elara ajusticiando a una cobarde que se arrastra en el suelo. Yo soy el príncipe de este reino. Es mi deber limpiar la podredumbre de esta corte. Escúchame, cuñada... yo me encargaré de Beatrix. Te juro por la memoria de mi esposa que no volverá a ver la luz del sol ni a pisar las tierras de Mortemer. Su destino estará enterrado en las mazmorras más profundas hasta que el juicio del reino decida su condena.
Lysandra contempló el collar de su hermana en su palma. El contacto con el metal frío pareció serenar la tempestad que ardía en su interior. Miró a Felipe, reconociendo en sus ojos la autoridad del hombre que finalmente asumía el control del destino de su pueblo.
Despacio, Lysandra bajó la espada de obsidiana y la guardó en su vaina.
—Que así sea, Felipe —aceptó ella en voz baja—. Su vida queda en tus manos.
Felipe hizo una señal con la mano hacia cuatro guardias leales que aguardaban en los flancos. Los soldados avanzaron de inmediato, sujetando a Beatrix por los brazos mientras la joven gritaba y pataleaba, siendo arrastrada fuera del Gran Salón entre los sollozos descontrolados de su desesperación.
Con el destino de la concubina y su hija sellado, Felipe se volvió hacia el trono donde su padre permanecía hundido. El príncipe caminó hasta el estrado, se detuvo frente al monarca decrépito y extendió sus manos para tomar la corona de oro y rubíes que descansaba torcidamente sobre la cabeza de Aldous.
Con un movimiento firme, Felipe le despojó de la corona real.
—Aldous de la Casa de Mortemer —declaró Felipe con una voz que retumbó en las alturas de la nave central, despojando a su padre de todo título—. Por los crímenes de alta traición contra el reino, por la ejecución injusta de inocentes y por permitir que la magia negra corrompiera la soberanía del trono, quedas despojado de tu mando. Pasarás el resto de tus días en la Torre del Olvido, languideciendo en la misma penumbra a la que condenaste a tu pueblo.
Dos capitanes del Dragón Negro avanzaron hacia el estrado, sujetando al anciano rey por los hombros para ponerlo en pie. Aldous no ofreció resistencia alguna; apenas soltó una risa vacía y desvariada mientras era escoltado hacia los pasadizos subterráneos, dejando el trono real vacío por primera vez en medio siglo.
Un silencio solemne volvió a apoderarse de la estancia. Todos los ojos de la aristocracia de Mortemer se posaron entonces en el centro del estrado, donde la alianza entre el norte y la Casa Aurelius alcanzaba su punto culminante.
Cassian caminó despacio hacia el estrado, deteniéndose justo al lado del trono de granito. Con una calma imponente y parsimoniosa, el príncipe heredero del Gran Imperio sacó un pañuelo de lino oscuro de su casaca. Ante la mirada absorta de los duques y marqueses, Cassian comenzó a limpiar metódicamente la sangre enemiga de la hoja de su enorme mandoble de obsidiana, sin prisa alguna, marcando cada segundo con una presencia que infundía un respeto reverencial.
Una vez que el acero volvió a brillar con un todo negro e impecable, Cassian enfundó el arma en su espalda con un chasquido sordo y se colocó justo a la derecha de Lysandra, cruzando los brazos sobre el pecho. Sus ojos carmesí recorrieron las filas de la nobleza con un peligro latente, dejando un mensaje indiscutible grabado en la mente de cada persona presente en el salón: el Gran Imperio Dragomir no era un espectador pasivo en esa contienda, sino la sombra protectora que respaldaba cada orden, cada palabra y cada gota de sangre derramada por la Duquesa.
Lysandra miró a Cassian de reojo. El príncipe del norte le devolvió una leve inclinación de cabeza, un gesto imperceptible para la multitud pero cargado de un respeto absoluto y un juramento de lealtad inquebrantable.
La antigua Santa de Mortemer se giró hacia la corte, erguida sobre los peldaños del trono sobre los que una vez reinó la tiranía. El manto azul noche de su estirpe se agitó con la brisa helada que entraba por las puertas destruidas del palacio. La corona de mentiras había caído, y la sombra de la justicia de plata acababa de reclamar su lugar en la historia del continente.
Por eso muchas veces es mejor ayudar a un perro.