Isabella Dalmavere eligió una vida de fe, convencida de que su corazón había encontrado por fin un lugar al que pertenecer. Entre los muros de un antiguo convento, las oraciones y el silencio, creyó que podría mantenerse alejada de todas aquellas emociones que alguna vez despertaron su curiosidad por el mundo.
Hasta que conoció a Dorian Virelli.
Rico, elegante y acostumbrado a conseguir cuanto desea, Dorian nunca había encontrado una mujer capaz de despertar tanto su interés como aquella novicia de mirada dulce y voluntad inquebrantable. Isabella no se impresiona con su fortuna, no se deja seducir por sus palabras y, sobre todo, no está dispuesta a renunciar a sus convicciones por un hombre al que apenas conoce.
Pero Dorian no sabe aceptar una negativa.
Sus visitas se vuelven cada vez más frecuentes. Sus conversaciones, más personales. Y lo que comienza como una atracción inesperada se transforma en una obsesión que amenaza con derribar las barreras que Isabella ha construido alrededor de su corazón.
Él le pedirá una oportunidad una y otra vez. Ella se la negará, decidida a proteger la vida que ha elegido.
Hasta que Dorian tome una decisión que cambiará sus destinos para siempre: llevársela por la fuerza, arrancándola del único mundo que conoce y enfrentándola a una realidad que jamás imaginó.
Volumen 1 de la saga Virelli.
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Una libertad vigilada
Isabella había comenzado a reconocer los sonidos de la casa. Sabía cuándo Dorian bajaba al despacho, cuándo caminaba por el corredor del segundo piso y a qué hora solía recibir las llamadas de Matteo. Aquella rutina le permitía anticipar sus movimientos, pero no hacía que se sintiera menos atrapada. Cada día que pasaba lejos de Santa Lucía aumentaba su preocupación por las religiosas y por la vida que había dejado atrás.
Esa mañana encontró a Dorian esperándola junto a la puerta principal. Llevaba las llaves del automóvil en una mano y una expresión que ella no supo interpretar.
—Quiero enseñarte algo —dijo.
—Si vas a pedirme que te acompañe a alguna parte, la respuesta es no.
—No voy a llevarte a ningún sitio. Quiero que veas el terreno.
Isabella lo miró con desconfianza, pero salió al jardín porque necesitaba conocer mejor los alrededores. Caminaron por un sendero que descendía hasta una pequeña fuente de piedra. Más allá había un invernadero y una construcción antigua que parecía haber sido utilizada como casa de huéspedes.
—Mi abuelo compró esta propiedad hace muchos años —explicó Dorian—. Venía aquí cuando quería alejarse de los negocios. Casi nunca recibimos visitas.
—Ahora entiendo por qué elegiste este lugar.
Dorian se detuvo.
—¿Qué significa eso?
—Que nadie puede verme aquí. Que puedes mantenerme lejos de todos sin que nadie sepa lo que está pasando.
Él frunció el ceño, incómodo ante la claridad con que ella describía su decisión.
—No pretendía que pensaras que estás en peligro.
—No necesito que pretendas nada. Necesito que me dejes regresar.
Dorian reanudó la marcha sin responder. Llegaron hasta el invernadero, donde crecían algunas plantas que habían sobrevivido al abandono. Isabella se acercó a una mesa cubierta de macetas y observó las pequeñas flores blancas que brotaban entre las hojas.
—Mi madre tenía un jardín parecido —comentó sin pensar.
Dorian volvió la cabeza hacia ella. Era la primera vez que Isabella mencionaba algo de su familia desde que habían llegado.
—¿La extrañas?
Ella lo miró con cautela.
—Extraño mi hogar. Extraño mis libros, mis tareas y las conversaciones con las hermanas. Extraño poder decidir adónde voy y con quién hablo. No voy a contarte cosas personales para que creas que estamos construyendo una relación normal.
La expresión de Dorian cambió. Había deseado conocer esos detalles, escucharla hablar de su vida y descubrir los recuerdos que guardaba. Pero cuando finalmente obtuvo una pequeña parte de aquella información, comprendió que no se la había ofrecido como un gesto de confianza. Había surgido espontáneamente y ella se arrepentía de haberlo compartido.
—No tienes que disculparte —dijo él.
—No iba a hacerlo.
Isabella regresó hacia la casa. Dorian la siguió, manteniendo varios pasos de distancia.
Al llegar al vestíbulo, ella se volvió hacia él.
—Quiero hacerte una pregunta y necesito que me respondas con sinceridad.
—Pregúntame.
—¿Cuánto tiempo piensas mantenerme aquí?
Dorian guardó silencio. No había establecido una fecha para su regreso porque, en el fondo, temía que cualquier plazo significara aceptar que ella se marcharía.
—No lo sé —admitió.
Isabella sintió una profunda decepción.
—Entonces no tienes ningún plan para resolver esto. Solo esperas que me acostumbre.
—No quiero que te acostumbres a estar aquí. Quiero que algún día decidas quedarte.
—Pero no me estás dando la posibilidad de decidir.
Dorian se acercó un paso, aunque se detuvo al ver que ella retrocedía.
—No sé cómo renunciar a ti.
—No tienes que renunciar a mí, porque nunca fui tuya.
La frase cayó entre ambos con una dureza definitiva. Dorian bajó la mirada, incapaz de ocultar cuánto le dolía escucharla. Isabella no aprovechó aquel momento para herirlo más. Simplemente subió a su habitación y cerró la puerta.
Esa tarde, Matteo llamó para informarle que la empresa estaba funcionando con normalidad. Antes de despedirse, le hizo una pregunta que Dorian llevaba días evitando.
—¿Cuándo vas a devolverla?
Dorian miró hacia las escaleras.
—No lo sé.
—Pues deberías averiguarlo pronto. No puedes seguir esperando que ella cambie mientras le impides marcharse.
Después de la llamada, Dorian se quedó frente a la ventana del despacho. El jardín estaba vacío y el sendero que Isabella había recorrido aquella mañana parecía más largo de lo que recordaba.
Había llevado a una mujer a un lugar apartado porque no soportaba que se alejara de él. Ahora tenía toda la casa para compartir con ella y, aun así, no conseguía que permaneciera a su lado por voluntad propia.
Por primera vez, Dorian comprendió que mantener una puerta cerrada no garantizaba que alguien quisiera quedarse detrás de ella.
Y, sin embargo, todavía no había encontrado el valor para abrirla.