Valeria Chanstain creyó que el amor podía vencer cualquier obstáculo. Junto al hombre que amaba construyó un hogar, una familia y una vida que parecía perfecta, hasta que una verdad inesperada hizo añicos todo aquello en lo que alguna vez creyó.
Ahora, entre los recuerdos de un amor que juró ser eterno y el dolor de ver cómo la vida que construyó se desmorona ante sus ojos, Valeria tendrá que aprender a dejar ir aquello que más ama y encontrar la fuerza para comenzar de nuevo.
Porque a veces, perderlo todo no significa que la historia haya terminado... sino que apenas está comenzando.
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Cautiva bajo sospecha
Él revisó el teléfono. Buscó durante varios segundos, pero no encontró nada.
Por su expresión, aquello pareció enfurecer lo todavía más.
Andrew levantó la mirada hacia mí.
—No hay nada. Aunque las fotografías que aparecen aquí no tienen importancia... —volvió a mirar la pantalla y se detuvo en una fotografía de Victoria—. Es usted. Se veía un poco más robusta.
Lo miré con incredulidad.
—¿Qué acaba de decir?
—Estoy hablando de las fotografías.
—Ese no es mi teléfono. Es de una amiga.
Andrew dejó escapar un suspiro de frustración.
—¿Qué clase de broma patética es esta? ¿Cómo es posible que no haya nada?
—Yo tampoco entiendo nada. Debería estar buscando a ese hombre en lugar de interrogarme a mí.
Su expresión se endureció.
—¿Para qué revista amarillista trabaja usted debería saberlo.?
—No lo sé. Ni siquiera conozco a ese hombre. Solo choqué con él.
—Mis hombres dicen que salieron corriendo juntos.
—¡Porque todo fue una confusión! Él empezó a correr y yo simplemente corrí detrás de él. Ni siquiera sabía que lo estaban persiguiendo.
Andrew permaneció en silencio, observándome.
—¿Y espera que crea eso?
—Sí. Porque es la verdad.
Intenté mantener la calma.
—Él me dijo el nombre de la revista, pero no lo recuerdo. Y si yo hubiera estado tomándole fotografías, usted lo habría notado, ¿no? Así como notó que él llevaba una cámara.
Andrew no respondió.
Dio un paso hacia mí.
Después otro.
Hasta quedar justo frente a mí.
Tuve que levantar ligeramente la cabeza para mirarlo.
Estaba demasiado cerca.
Por alguna razón, olvidé por un instante lo que iba a decir.
Estaba completamente perpleja.
¿Qué me estaba pasando?
No podía dejar de observar sus ojos.
Realmente eran de un verde profundo, intenso... tan hermosos.
Y su voz...
¿Por qué me afectaba tanto?
Este hombre podía hacerme daño. Podía lastimarme. Sin embargo, no conseguía apartar la mirada de él.
¿Qué estaba haciendo?
Me estaba volviendo loca.
Realmente loca.
Andrew permaneció observándome en silencio durante unos segundos.
Entonces, su teléfono comenzó a sonar.
Él apartó la mirada de mí y contestó.
—¿Qué ocurre, Albert?
Escuché la voz del otro lado de la línea.
—Señor, capturamos al fotógrafo.
Andrew endureció la expresión.
—¿Y las fotografías?
—Las revisamos. No encontramos ninguna fotografía que pueda comprometerlo a usted ni a la señora Wendy. Al parecer, no consiguió tomar ninguna.
Andrew guardó silencio unos segundos.
—¿Están seguros?
—Sí, señor. Revisamos todo el material que llevaba y no hay nada relevante.
Sentí que el cuerpo se me relajaba un poco. Al menos ahora sabía que no había hecho nada.
Pero Albert continuó:
—También investigamos a la mujer.
Andrew me miró de reojo.
—¿Y?
—No tiene ninguna relación con el fotógrafo. Revisamos los documentos que encontramos en su bolso. Todo pertenece a una mujer llamada Victoria Jones.
Andrew frunció ligeramente el ceño.
—¿Victoria Jones?
—Sí, señor. Es la esposa del señor Zack Jones, el administrador ejecutivo.
Andrew permaneció pensativo.
—¿Y cómo saben que ella está aquí como invitada?
—Revisamos las cámaras de seguridad. La mujer llegó con otros invitados y estuvo con ellos durante buena parte de la noche. No vimos ningún contacto previo con el fotógrafo.
Andrew miró nuevamente hacia mí.
—Entonces, qué hacía con él?
—Eso todavía no lo sabemos, señor. Pero por las cámaras parece que se cruzaron por casualidad. Después comenzaron a correr juntos cuando los demás los persiguieron.
Andrew no respondió de inmediato.
—Entendido. Continúa vigilando al fotógrafo.
—Sí, señor.
La llamada terminó.
Andrew bajó lentamente el teléfono.
Yo permanecí en silencio, esperando.
Finalmente, levantó la mirada hacia mí.
Su expresión seguía siendo seria.
—¿Quién es usted?
Me miró directamente a los ojos. Parecía mucho más calmado que antes.
—Mi nombre es Valeria Chastian. Soy la esposa de Ethan Chastian.
—El futuro director —me interrumpió—. Sé quién es.
Lo miré molesta era justo que lo estuviera.
—¿Por qué no me lo dijo antes?
—¿Qué?, en qué momento se supone que iba a decírselo? Desde que llegué con sus guardaespaldas intenté explicarle quién era, pero usted no me dejó hablar. Solo hizo preguntas y más preguntas.
Andrew permaneció en silencio.
—Lo siento. No era mi intención. Simplemente me preocupé al pensar que...
Se detuvo.
—¿Qué pensó? ¿Que estaba tomando fotografías mientras usted estaba con esa mujer o que era cómplice del fotógrafo?
Andrew guardó silencio.
No sabía por qué se lo había dicho. Quizá porque seguía enfadada. Me había interrogado, me había sujetado del brazo y prácticamente me había tratado como si fuera una criminal.
—Bueno... eso —respondió finalmente.
—Si va a mantener ese tipo de relaciones con alguien, debería ser más cuidadoso.
Apenas terminé de decirlo, me di cuenta de que quizá había ido demasiado lejos.
Andrew me observó durante unos segundos, pero no respondió.
—Ya puede irse.
Parpadeé.
—¿Qué?, no puedo irme ecesito el bolso.—¿El bolso?
—El bolso que sus hombres se llevaron. Es de mi amiga y me he sacrificado demasiado por recuperar ese ridículo
bolso como para irme sin él.
Por primera vez, apareció una sonrisa en su rostro .
—Todo por un bolso hasta donde pueden llegar las mujeres po un simple accesorio les pediré que lo traigan.
Me senté en una de las sillas y solté un suspiro.
Andrew se dirigió hacia una mesa. Tomó una botella y se sirvió una copa. Después se acomodó la camisa y se puso nuevamente la chaqueta.
Luego comenzó a peinarse.
Lo observé durante unos segundos.
Se veía demasiado bien.
Aparté rápidamente la mirada y me concentré en observar la habitación.
La estancia estaba decorada con un estilo antiguo. Había muebles de madera oscura, cuadros y varios objetos que parecían tener muchos años. Me quedé contemplándolos, distraída por unos instantes.
Hasta que sentí algo tirando de mi cabello.
Fruncí el ceño y llevé la mano hacia atrás.
Lo tomé.
Lo miré.
Era un sostén.
—¡Carajo! ¿Qué asco!
Lo solté inmediatamente.
Andrew me miró.
No dijo nada ni siquiera lo noto.
Se acercó a mí y me ofreció un vaso de agua.
—Tome.
Lo acepté sin decir una palabra.
Cuando levanté el vaso, su mirada se detuvo en mi mano se dirigió hacia la barra, tomó un poco de hielo y lo envolvió cuidadosamente en un pañuelo.
Regresó y me lo tendió.
—Permítame.
Miré el hielo y después mi mano.
—No es nada.
—Su muñeca está roja.
Bajé la mirada.
—De verdad, no es nada.