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Bajo El Yugo Del Comandante

Bajo El Yugo Del Comandante

Status: En proceso
Genre:Romance oscuro / Suspenso
Popularitas:2.5k
Nilai: 5
nombre de autor: Lobelia

En la ciudad de Asque, el Comandante William rige con un puño de hierro que no conoce la misericordia. Tras años de guerra y traiciones, ha olvidado al niño que alguna vez juró proteger a una pequeña de ojos dulces. Evelyn, por su parte, ha crecido bajo la sombra de la tiranía, convirtiéndose en una mujer que arriesga su vida en los barrios bajos para salvar a los inocentes que el régimen de William castiga.

​Cuando Evelyn es capturada durante una redada rebelde, William queda cautivado por su mirada desafiante. Sin reconocerla, la convierte en su prisionera personal, desatando una obsesión oscura que lo consume. Ella odia al monstruo en el que él se ha convertido; él desea doblegar la voluntad de la única mujer que no le teme. Pero entre enfrentamientos y castigos, los ecos de una promesa de infancia comienzan a surgir, revelando que el hombre más temido de Asque es el mismo que juró ser su refugio.

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capitulo 23

El rumor del agua helada chocando contra los cantos rodados era el único sonido que competía con el silbido del viento de tarde entre los sauces. El cauce del río que bordea la provincia era estrecho, de corrientes frías que descendían directamente desde los picos del norte. Allí, bajo la sombra de un árbol anciano cuyas ramas flexibles acariciaban la superficie de la corriente, dos niños se resguardaban de la realidad.

​Tenían apenas diez años. Sus ropas eran de un lino gastado y remendado en las rodillas; sus pies descalzos estaban manchados de barro seco. La niña, de cabello castaño y ojos inquisitivos, sostenía en su regazo un trozo de pan duro que compartían a pequeñas mordidas. El niño, alto y flaco para su edad, pero con una firmeza inusual esculpida en la línea de su mandíbula, no quitaba la mirada del horizonte lejano, donde las columnas de humo gris denunciaban el avance inevitable de la guerra.

​—Escuché al guardián del orfanato decir que las patrullas llegarán a la aldea antes del primer hielo —dijo la niña, apretando las manos sobre la falda—. Dicen que dividen a los niños, que a los más grandes se los llevan a los campamentos de trabajo del norte y a los pequeños los dispersan.

​El niño se giró hacia ella con brusquedad. Sus ojos azules, desprovistos aún de la frialdad metálica del futuro, resplandecieron con una determinación feroz y salvaje.

​—Nadie te va a llevar a ninguna parte, Evie —declaró él, con la voz firme a pesar del temblor casi imperceptible de sus hombros golpeados por el frío—. Si los soldados cruzan el portón, nos escondemos en el túnel del viejo molino. Ya lo medí todo. Cabe comida para tres días.

​—¿Y si nos atrapan antes? —insistió ella, bajando la vista mientras una lágrima abría un camino limpio sobre la suciedad de su mejilla—. Las ciudades grandes son inmensas. Si nos separan, nos perderemos para siempre.

​El niño no respondió con palabras vacías de consuelo. Se inclinó hacia la orilla del agua y buscó a ciegas entre las piedras hasta encontrar un pedazo de sílex oscuro, de bordes filosos y cortantes. Sostuvo la roca con la mano derecha y, sin dudar un solo instante, presionó el filo contra la palma de su mano izquierda. Trazó un corte diagonal desde la base del pulgar hasta el centro de la carne.

​Un hilo espeso de sangre fresca brotó de inmediato, goteando sobre los cantos rodados.

​—¿Qué haces, Will? —jadeó Evie, asustada, estirando las manos para intentar detenerlo.

​—Haz lo mismo —ordenó el niño, ofreciéndole el trozo de piedra. En su mirada no había rastro de dolor, solo una devoción absoluta, casi aterradora por la pureza de sus diez años.

​Evie dudó un segundo, mirando la sangre que le resbalaba a él por la muñeca, pero la convicción en el rostro de Will la contagió. Tomó la piedra filosa y se provocó una pequeña herida en la palma de su mano derecha. La sangre emergió fina y cálida.

​Will dio un paso hacia ella, extendió su mano herida y unió su palma directamente contra la de ella. El calor de la sangre mezclada se sintió como una corriente viva en medio del aire helado de la tarde.

​—Escúchame bien, Evie —dijo el niño, apretando sus dedos alrededor de los de ella con un agarre que le quedó grabado en la memoria—. Si nos separan, si queman este lugar o si nos llevan a los extremos opuestos del mapa, buscaré tu rastro en las estrellas hasta encontrarte. No importa cuántos años pasen, ni cuántas tropas pongan entre los dos. Seré tu escudo. Nadie volverá a hacerte daño jamás.

​Se mantuvieron así, con las palmas unidas y las miradas entrelazadas, hasta que el frío comenzó a adormecer la herida. Luego, bajaron las manos juntas hacia la corriente del río, dejando que el agua helada lavara la sangre y se la llevara hacia el sur, sellando el pacto bajo la copa del viejo sauce.

​En el presente, la penumbra del despacho personal del Comandante era densa, apenas alterada por el parpadeo agonizante de una vela consume sobre la mesa de mapas.

​William permanecía inmóvil, de pie junto al ventanal que dominaba el patio de armas, envuelto en la neblina grisácea del amanecer de Asque. En el suelo, junto al escritorio, la botella de licor yacía en pedazos contra el zócalo de madera, pero el alcohol había dejado de hacer efecto; en su lugar, una sobriedad brutal y desolladora le devoraba las entrañas.

​Tenía la mano izquierda alzada a la altura de su rostro.

​Bajo la luz pálida de la mañana, la cicatriz de su palma —una línea gruesa, blanquecina y rugosa que cruzaba la piel desde la base del pulgar— parecía latir con una furia propia. Durante diez años, esa marca había sido su secreto más venerado, la prueba irrefutable de que el niño del río había existido antes de que el ejército de la Unión lo moldeara a golpe de hierro y matanzas.

​Ahora, la cicatriz no le traía consuelo. Le quemaba la piel como un hierro candente.

​Cada milímetro de esa carne reconstruida le gritaba el juramento hecho bajo el sauce: "Seré tu escudo". Y sin embargo, la misma niña a la que le había prometido protección descansaba en ese preciso instante en la torre de la mansión, encerrada por sus propias órdenes, amenazada por su propia voz, rodeada por el imperio de muerte que él mismo había construido.

​Un estremecimiento involuntario le recorrió la espalda. William apretó la mano herida en un puño cerrado, tan fuerte que las uñas bordearon la piel hasta hacerla empalidecer, buscando en el dolor físico una escapatoria contra la marea de su propia ruina.

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Celina Espinoza
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Fernanda
super 👍
Celina Espinoza
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celimar
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celimar
excelente 💯💯💯gracias por compartir
Fernanda
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Celina Espinoza
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Celina Espinoza
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Fernanda
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Celina Espinoza
exelente capitulo 💯
Celina Espinoza
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Fernanda
muy bien 💯
Celina Espinoza
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Fernanda
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Fernanda
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Claudia Torres
me encanta tu historia .....quiero ver cómo will poco a poco va siendo ante ivy q emoción 💪💝😘😘💘
celimar
👏👏
Celina Espinoza
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