Lady Evelyn Ashbourne murió a los setenta y seis años después de vivir una existencia marcada por las infidelidades de su esposo, la soledad y un amor que nunca recibió. Sin embargo, el destino le concedió una segunda oportunidad: despertó nuevamente a los dieciocho años, conservando todos los recuerdos de su vida anterior.
Esta vez, Evelyn no volverá a cometer los mismos errores. En lugar de elegir al encantador vizconde que destruyó su felicidad, aceptará casarse con Adrian de Blackthorne, el temido duque al que rechazó en su primera vida.
Frío, intimidante y despiadado con sus enemigos, Adrian esconde heridas y secretos que nadie se atreve a descubrir. Su matrimonio comenzará como un acuerdo entre dos familias, pero la convivencia despertará sentimientos que ninguno de los dos estaba preparado para enfrentar.
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El secreto del medallón.
«No confíes en la mujer de rojo. Ella no fue la única que estuvo allí aquella noche».
Evelyn leyó la frase una vez.
Después, otra.
Y una tercera.
El papel descansaba entre sus dedos, mientras la luz de la mañana iluminaba las letras escritas con tinta negra. No había firma, ni sello, ni indicación alguna sobre quién había enviado aquella advertencia.
Solo aquellas palabras.
Y una certeza que comenzaba a abrirse paso en su mente: alguien sabía que ella tenía el medallón.
—¿Quién demonios eres? —murmuró.
Había encontrado la carta debajo de la puerta de sus aposentos apenas unos minutos antes. Margaret aseguraba que nadie había entrado en el corredor durante la noche, pero Evelyn no estaba dispuesta a confiar ciegamente en aquella explicación.
En su primera vida había aprendido que los secretos más peligrosos rara vez llegaban acompañados de una presentación.
Guardó la carta dentro de su diario y tomó el medallón de plata.
La inscripción del reverso parecía burlarse de ella.
La verdad permanece, aunque el tiempo la sepulte.
—Muy bien, Adrian de Blackthorne —susurró—. Parece que nuestro matrimonio será bastante más interesante de lo que esperaba.
El desayuno se sirvió a las nueve.
Adrian ya estaba sentado cuando Evelyn entró en el comedor. Vestía una chaqueta negra, perfectamente abotonada, y leía unos documentos con el ceño fruncido.
Al verla, dejó los papeles sobre la mesa.
—Buenos días.
—Buenos días, Adrian.
Evelyn tomó asiento frente a él.
Un criado sirvió té y dejó una cesta de pan recién horneado entre ambos. Durante unos minutos, ninguno habló.
El duque parecía concentrado en sus pensamientos, pero Evelyn conocía aquella expresión lo suficiente como para sospechar que algo lo preocupaba.
O quizá simplemente estaba buscando el momento adecuado para hacerle una pregunta.
—¿Ha dormido bien? —preguntó él finalmente.
—Razonablemente bien.
—¿Razonablemente?
—Tuve una noche interesante.
Adrian levantó la mirada.
—¿Interesante?
Evelyn bebió un sorbo de té.
—He recibido una carta anónima.
El cambio en el rostro del duque fue inmediato.
—¿Qué?
—Una carta. Sin firma.
Adrian se puso de pie.
—¿Dónde está?
—En mi habitación.
—Evelyn, ¿por qué no me lo ha dicho antes?
Ella alzó una ceja.
—Acabo de hacerlo.
—¿Y quién la ha traído?
—Si lo supiera, no sería anónima.
El duque apretó la mandíbula.
—No es momento para bromas.
—No estoy bromeando.
Durante un instante, sus miradas se enfrentaron.
Evelyn no estaba acostumbrada a que alguien se preocupara por su seguridad. En su primera vida, su esposo había pasado años haciendo promesas que nunca cumplía, mientras ella aprendía a resolver sus problemas sin esperar ayuda.
La preocupación de Adrian la desconcertaba.
—La carta menciona a Lady Isabella —añadió—. Y también la noche en que murió su madre.
El silencio que siguió fue absoluto.
Adrian rodeó la mesa.
—¿Qué decía exactamente?
Evelyn repitió la advertencia.
El duque no la interrumpió. Pero, cuando ella terminó, su expresión se había vuelto tan fría que incluso el criado que esperaba junto a la puerta retrocedió discretamente.
—Edmund —ordenó Adrian—. Quiero que investigue quién entró en esta residencia durante la noche. Revise las entradas, interrogue a los guardias y no permita que nadie abandone el castillo sin mi autorización.
—Sí, Su Gracia.
El secretario salió inmediatamente.
Adrian volvió a mirar a Evelyn.
—A partir de ahora, no caminará sola por los jardines ni abandonará el castillo sin avisarme.
Evelyn dejó la taza sobre el platillo.
—No.
Él se quedó inmóvil.
—¿Cómo dice?
—He dicho que no.
—Evelyn…
—Comprendo que esté preocupado, pero no soy una prisionera, Adrian. No pienso pasar mis días encerrada porque alguien ha decidido enviarme una carta amenazante.
El duque la miró con una mezcla de incredulidad y frustración.
—¿Siempre tiene que discutir mis órdenes?
—Solo cuando afectan a mi libertad.
Adrian apoyó las manos sobre la mesa y se inclinó ligeramente hacia ella.
—¿Y qué propone? ¿Que ignoremos una amenaza dirigida a usted?
Evelyn sostuvo su mirada.
—Propongo que averigüemos quién la envió. Que reforcemos la seguridad y que dejemos de actuar como si encerrarme fuera a resolver el problema.
Él guardó silencio.
Ella suavizó la voz.
—No quiero que me proteja impidiéndome vivir. Quiero que me proteja permitiéndome confiar en usted.
Algo cambió en la expresión del duque.
La ira no desapareció por completo, pero dejó paso a una emoción más compleja.
Adrian se enderezó lentamente.
—Tiene una habilidad extraordinaria para hacerme arrepentir de cada discusión que comienzo.
Evelyn sonrió.
—Es un talento que he desarrollado con los años.
Él la observó.
—Tiene dieciocho años.
La sonrisa de Evelyn se volvió misteriosa.
—Y usted todavía no conoce todos mis talentos.
Por primera vez aquella mañana, Adrian soltó una risa breve.
Fue un sonido bajo, casi oxidado, como si llevara mucho tiempo sin utilizarlo.
Evelyn sintió una satisfacción absurda al escucharlo.
El duque volvió a sentarse.
—De acuerdo. No estará encerrada. Pero aceptará que la acompañe un guardia cuando salga de la residencia.
Ella lo pensó unos segundos.
—Uno discreto.
—Dos.
—Uno, Adrian.
—Uno y medio.
Evelyn lo miró, desconcertada.
Él permaneció completamente serio.
—Todavía estoy intentando comprender cómo funcionaría eso —respondió ella.
Adrian tomó su taza.
—Yo también.
Y Evelyn descubrió que, a pesar de los secretos que los rodeaban, comenzaba a disfrutar de aquellas pequeñas victorias.
Después del desayuno, Evelyn se dirigió a la biblioteca.
Necesitaba encontrar información sobre la antigua duquesa y, sobre todo, averiguar si el medallón aparecía mencionado en algún documento familiar.
La biblioteca de Blackthorne era inmensa. Las estanterías llegaban hasta el techo y una escalera de madera permitía alcanzar los volúmenes más altos. Había libros de historia, tratados políticos, registros de propiedades y diarios de antiguos miembros de la familia.
Evelyn recorrió los estantes hasta encontrar una sección dedicada a la genealogía de los Blackthorne.
Abrió varios libros.
Nada.
Consultó un registro de nacimientos y matrimonios.
Tampoco encontró referencias al medallón.
Estaba a punto de cerrar el último volumen cuando una pequeña nota cayó entre sus páginas.
Era una anotación escrita a mano.
Correspondencia privada de la duquesa viuda. Archivo trasladado al ala oeste, año 1816.
Evelyn frunció el ceño.
El ala oeste.
La habitación prohibida.
Miró alrededor para asegurarse de que estaba sola.
Después, guardó la nota dentro del libro.
No tenía intención de irrumpir en una habitación cerrada sin permiso, pero necesitaba saber si los documentos seguían allí.
Cuando salió de la biblioteca, se encontró con Adrian al final del corredor.
Él llevaba una carpeta bajo el brazo y parecía sorprendido de verla.
—¿Me está siguiendo? —preguntó Evelyn.
—Este es mi castillo.
—Una respuesta muy conveniente.
—Y, sin embargo, cierta.
Ella sonrió.
Adrian miró el libro que llevaba entre las manos.
—¿Qué está leyendo?
—Historia familiar.
—¿La historia de mi familia?
—La historia de su familia se ha convertido, de manera bastante inesperada, en un asunto de interés para mí.
Él comprendió inmediatamente.
—La carta.
Evelyn asintió.
—Encontré una referencia a unos documentos privados de su madre. Al parecer, fueron trasladados al ala oeste.
Adrian permaneció inmóvil.
—¿Dónde encontró esa información?
Ella le mostró la nota.
El duque la leyó dos veces.
—No sabía que esos registros existían.
—Quizá todavía estén allí.
Adrian miró hacia el corredor que conducía a la antigua habitación de su madre.
Durante unos segundos, Evelyn creyó que se negaría a continuar.
Pero él extendió la mano.
—Venga conmigo.
La puerta de la habitación prohibida se abrió con un leve chirrido.
Adrian entró primero.
La luz del mediodía se filtraba entre las cortinas y dejaba al descubierto los muebles cubiertos por una fina capa de polvo. Todo permanecía exactamente como él lo recordaba.
La cama junto a la pared.
El tocador.
El escritorio.
Y el pequeño armario donde su madre guardaba sus libros y correspondencia.
Evelyn entró detrás de él, sin tocar nada.
—¿Cuánto tiempo lleva cerrada?
—Diez años.
Ella no preguntó por qué.
Ya conocía la respuesta.
A veces, el dolor no necesitaba explicaciones.
Adrian se acercó al escritorio y abrió uno de los cajones.
Estaba vacío.
Probó el siguiente.
También vacío.
—Los documentos no están aquí —murmuró.
Evelyn examinó el armario.
—¿Está seguro de que su madre los guardaba en esta habitación?
—Estoy seguro de que guardaba aquí sus cartas personales.
—¿Y quién tenía acceso?
Adrian se quedó pensativo.
—Mi padre. El antiguo mayordomo. Mi madre, por supuesto. Y…
Se interrumpió.
Evelyn se volvió hacia él.
—¿Y?
—Lady Beatrice Langford.
El nombre cayó entre ambos como una piedra.
—¿La tía de Isabella?
Adrian asintió lentamente.
—Era una de las amigas más cercanas de mi madre.
Evelyn sintió que un escalofrío le recorría la espalda.
La carta anónima.
Isabella.
La muerte de la duquesa.
Y ahora, una mujer de la misma familia con acceso a sus documentos privados.
—Adrian, creo que debemos hablar con ella.
—Si todavía está viva, tendrá más de sesenta años.
—Entonces espero que conserve una memoria excelente.
El duque la miró.
—¿Siempre ha sido tan decidida?
Evelyn bajó la mirada hacia el medallón que llevaba colgado de una cadena fina.
—No siempre.
La respuesta fue tan suave que Adrian no insistió.
En cambio, se acercó al armario y comenzó a revisar los estantes.
Fue entonces cuando Evelyn reparó en una pequeña caja de madera situada detrás de varios libros.
—Adrian.
Él se volvió.
—¿Qué ocurre?
Evelyn señaló la caja.
El duque la tomó y la colocó sobre el escritorio.
Estaba cerrada con una pequeña cerradura, pero no tenía llave.
Adrian la examinó durante unos segundos.
Después, levantó la tapa con cuidado.
Dentro había un paquete de cartas atadas con una cinta azul.
Evelyn dejó de respirar.
Era la misma cinta que había visto en la caja de su madre.
Adrian tomó la primera carta.
El papel estaba amarillento, pero el sello seguía intacto.
En él aparecía el emblema de la familia Langford.
—No puede ser —murmuró Adrian.
Evelyn se acercó.
La primera carta estaba dirigida a su madre y fechada diez años atrás, apenas unas semanas antes de su muerte.
Adrian rompió el sello.
Leyó en silencio.
Al principio, su rostro no mostró ninguna emoción.
Después, sus dedos comenzaron a apretar el papel.
—¿Qué dice? —preguntó Evelyn.
Él no respondió inmediatamente.
Volvió a leer la última línea, como si esperara que las palabras cambiaran ante sus ojos.
Finalmente, le entregó la carta.
Evelyn leyó:
Mi querida Eleanor:
He hecho todo lo que estaba en mis manos para convencerte de que guardes silencio. Si decides revelar lo que ocurrió aquella noche, no solo destruirás mi reputación, sino también el futuro de nuestros hijos.
Te suplico que recuerdes nuestra amistad y todo lo que está en juego.
Hay verdades que es mejor dejar enterradas.
B.
Evelyn levantó lentamente la mirada.
—La carta está firmada con una inicial.
—Beatrice —respondió Adrian.
Su voz sonaba diferente.
Más baja.
Más peligrosa.
Evelyn volvió a mirar el papel.
—Su madre sabía algo.
—Sí.
Adrian se alejó del escritorio.
Por primera vez, parecía no saber qué hacer con sus propias manos. Se las pasó por el cabello, respiró profundamente y volvió a mirar la carta.
—Durante diez años creí que mi madre había muerto por una enfermedad.
Evelyn sintió una punzada en el pecho.
—Adrian…
—Estuve con ella aquella noche. Tenía fiebre, apenas podía respirar y los médicos dijeron que no había nada más que hacer.
Cerró los ojos.
—Me pidió que no la dejara sola. Y yo…
Su voz se quebró ligeramente.
—Yo salí de la habitación durante unos minutos porque el médico insistió en que necesitaba descansar.
Evelyn no se movió.
—Cuando regresé, ya había muerto.
El silencio que siguió fue insoportable.
Adrian volvió a abrir los ojos.
—Durante años me pregunté si habría podido hacer algo diferente. Si hubiera permanecido a su lado, si hubiera llamado antes al médico, si…
Se interrumpió.
Evelyn comprendió entonces algo que nadie le había contado en su primera vida.
El hombre al que todos temían llevaba diez años castigándose por no haber podido salvar a su madre.
Se acercó a él.
No intentó ofrecerle consuelos vacíos ni prometerle que todo saldría bien.
Simplemente tomó su mano.
Adrian la miró como si no comprendiera lo que estaba ocurriendo.
—No fue culpa suya —susurró Evelyn.
Él soltó una risa amarga.
—No sabe eso.
—No. Pero sé que un hijo no puede controlar todas las cosas que le suceden a su madre. Y sé que usted no debería pasar el resto de su vida condenándose por unos minutos.
Adrian la contempló.
Durante un instante, la dureza de su rostro desapareció.
Parecía más joven.
Más vulnerable.
Más humano.
—¿Por qué hace esto? —preguntó.
Evelyn frunció ligeramente el ceño.
—¿Qué cosa?
—Tratarme como si todavía fuera posible que alguien me comprendiera.
Ella apretó suavemente sus dedos.
—Porque lo es.
Adrian no respondió.
Pero tampoco soltó su mano.
Y Evelyn, que había pasado una vida entera esperando que alguien la sostuviera cuando más lo necesitaba, comprendió que quizá el amor no comenzaba con grandes declaraciones.
Quizá comenzaba así.
Con una mano extendida.
Con una verdad compartida.
Con dos personas heridas que, por primera vez, dejaban de fingir que no les dolía.
No supieron cuánto tiempo permanecieron allí.
El reloj del corredor marcó las tres cuando Adrian finalmente soltó la mano de Evelyn.
—Debemos hablar con Lady Beatrice —dijo.
Ella asintió.
—Y con Isabella.
Adrian guardó la carta dentro de la caja.
—Isabella llegó ayer. Es posible que sepa algo.
—O que haya venido precisamente para impedir que lo descubramos.
El duque la miró.
—¿Cree que es capaz de hacerle daño a alguien?
Evelyn recordó el retrato de la antigua duquesa, la advertencia anónima y el modo en que Isabella había pronunciado ciertas palabras en el salón.
—Creo que es capaz de muchas cosas.
Adrian se acercó a la puerta.
—Entonces no debemos subestimarla.
Antes de salir, Evelyn volvió la mirada hacia el escritorio.
Había algo más dentro de la caja.
Un sobre pequeño, oculto debajo de las cartas.
Lo tomó.
—Adrian, espere.
Él se volvió.
Evelyn abrió el sobre.
Dentro había una hoja doblada en cuatro partes, escrita con una letra distinta.
La reconoció inmediatamente.
Era la misma caligrafía de la carta anónima que había recibido aquella mañana.
Solo contenía una frase:
La mujer de rojo no estuvo sola cuando su madre murió.
Evelyn sintió que la sangre se le helaba.
Adrian leyó la nota por encima de su hombro.
Su rostro perdió todo rastro de color.
—¿Quién más estuvo allí? —preguntó Evelyn.
El duque no respondió.
Miraba fijamente las palabras.
Y, de pronto, pareció recordar algo.
Algo que había permanecido oculto en un rincón de su memoria durante diez años.
—Mi padre —susurró.
Evelyn levantó la cabeza.
—¿Su padre?
Adrian retrocedió un paso.
—Mi padre murió tres meses después que mi madre. Todos creyeron que fue una complicación del corazón.
Se quedó mirando la carta.
—Pero, antes de morir, me hizo prometer que jamás investigaría lo que había ocurrido aquella noche.
Evelyn sintió que el mundo se inclinaba bajo sus pies.
Dos muertes.
Una carta amenazante.
Una familia dispuesta a guardar silencio.
Y un medallón que parecía contener la única pista de una verdad enterrada durante una década.
No era un simple secreto familiar.
Era una conspiración.
Y acababan de descubrir que el hombre que quizá había conocido la verdad ya no estaba vivo para contarla.
Aquella noche, Evelyn no consiguió conciliar el sueño.
Permaneció junto a la ventana, contemplando los jardines oscuros de Blackthorne. El medallón descansaba sobre la mesa y la carta anónima seguía escondida dentro de su diario.
Pensó en Adrian.
En su mirada cuando había hablado de su madre.
En la forma en que había sostenido su mano.
En aquel hombre que podía intimidar a una sala entera con una sola palabra, pero que había guardado durante diez años el dolor de no haber podido despedirse de la persona que más amaba.
Evelyn conocía la soledad.
La había vivido hasta el final de su primera vida.
Pero nunca había imaginado que podría encontrarla también en el hombre que había elegido para su segunda oportunidad.
Se acercó a la mesa y tomó el medallón.
La piedra azul reflejó la luz de la luna.
Entonces reparó en algo que no había visto antes.
El pequeño broche de la parte posterior parecía tener un mecanismo oculto.
Evelyn lo presionó con cuidado.
Se oyó un chasquido.
El medallón se abrió.
Dentro había un diminuto papel doblado, tan pequeño que apenas ocupaba el espacio de una uña.
Lo desplegó con dedos temblorosos.
Solo había una fecha escrita.
17 de octubre de 1816.
Debajo, dos iniciales.
A. B.
Evelyn se quedó inmóvil.
Aquella fecha era imposible.
Porque, en su primera vida, había leído sobre un acontecimiento ocurrido precisamente aquel día.
Un acontecimiento que había cambiado para siempre el destino de la familia Blackthorne.
Y que, según los registros oficiales, jamás había sucedido.
La puerta de su habitación se abrió de repente.
Evelyn escondió el papel.
Adrian apareció en el umbral, todavía vestido con la ropa oscura que había llevado durante la cena.
Su expresión era grave.
—Necesito hablar con usted.
Evelyn se volvió.
—¿Qué ha ocurrido?
El duque cerró la puerta detrás de sí.
—He recibido noticias de la capital.
Se acercó a ella y dejó una carta sobre la mesa.
—Lady Beatrice Langford ha muerto.
Evelyn sintió que el corazón se le detenía.
—¿Cuándo?
—Esta tarde.
Ambos se miraron en silencio.
La mujer que podía explicar lo ocurrido diez años atrás acababa de morir antes de que pudieran interrogarla.
Adrian tomó la carta anónima que Evelyn había dejado junto al medallón.
La leyó.
Después, levantó los ojos hacia ella.
—Alguien sabe que estamos investigando.
Evelyn apretó el diminuto papel dentro de su mano.
Por primera vez desde que había regresado al pasado, sintió un miedo verdadero.
No por ella.
No por su futuro matrimonio.
Sino porque empezaba a comprender que la historia que conocía podía cambiar de maneras que jamás habría imaginado.
Y que, esta vez, Adrian no tendría que enfrentarse solo a sus fantasmas.
—Entonces tendremos que descubrir la verdad antes de que sea demasiado tarde —dijo.
El duque la observó durante unos segundos.
Después, extendió la mano y le acarició suavemente la mejilla.
El gesto fue tan delicado que Evelyn apenas se atrevió a respirar.
—No permitiré que le ocurra nada —murmuró él.
Ella apoyó la mano sobre la suya.
—Y yo no permitiré que vuelva a enfrentarse solo a todo esto.
Adrian inclinó la cabeza.
Por un instante, sus rostros quedaron tan cerca que Evelyn pudo sentir el calor de su respiración.
Él miró sus labios.
Ella levantó los ojos hacia los suyos.
El silencio se volvió íntimo, cargado de una tensión que ninguno se atrevió a nombrar.
Pero Adrian se apartó antes de besarla.
—Buenas noches, Evelyn.
Ella sintió una extraña mezcla de decepción y alivio.
—Buenas noches, Adrian.
Cuando la puerta se cerró, Evelyn permaneció inmóvil.
Se llevó los dedos a los labios, sorprendida por el deseo inesperado de que él hubiera acortado aquella última distancia.
Aquello era peligroso.
Porque ya no se trataba solamente de descubrir la verdad.
Empezaba a importarle el hombre que había detrás de ella.
Y, aunque todavía no lo sabía, pronto tendría que elegir entre oteger el corazón de Adrian y revelar un secreto que podría destruirlo.
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Que abra pasado???
Quede en suspenso.
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Oooooooo por Diosssssssssssssssssss.
Esto está buenísimo cada capítulo es excelente.
En 1 momento si imagine que el otro Adrián era su hermano gemelo.
Me super encanta todos esos secretos que pico a poco van saliendo a la luz.
Oooooooo cielos.
En esa casa aparecen y desaparecen los muertos como si de vivos se tratara y en los momentos más oportunos.
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Me encanta la Historia
👌👌👌👌👌👌👌👌👌👌👌👌👌
🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣
Me volví masoquista.
😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁
Oooooooo, vaya, hasta a mi me picó la super curiosidad por saber que ahy detrás se esa puerta.
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Me encanta Margaret,.
😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁