●Novela: {Tu Guardián Sádico}.
●Autora: 💐🌿Zuilin T.R 🌿💐
●Para Bahir, la vida es tan pacífica como la tienda de flores y té de su abuelo beta, la cual cuida con esmero. A sus veintiún años, es un omega puro, inocente y con un dulce aroma a duraznos frescos que cautiva a cualquiera. Sin embargo, su corazón ya tiene dueño: Louie, un alfa dominante, imponente y protector que ha logrado ganarse su amor y, finalmente, un anillo de compromiso.
Bahir cree que ha encontrado a su príncipe azul. Lo que no sabe es que detrás de la fachada del prometido perfecto se esconde un acosador obsesivo, un alfa sádico y egocéntrico que lleva meses vigilando cada uno de sus pasos desde las sombras. Ahora que el compromiso es oficial, Louie está extasiado; el juego de la seducción ha terminado, y es hora de que el inocente omeguita descubra quién es realmente el dueño de su destino.
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Capítulo 16: El reflejo de la red invisible
Capítulo 16: El reflejo de la red invisible
Novela: Tu Guardián Sádico.
Autora: 💐🌿Zuilin T.R 🌿💐
Las dos primeras semanas de la luna de miel en los Hamptons se deslizaron como la seda más fina, sumergiendo a Bahir en un estado de ensueño y absoluta desconexión del resto del mundo. Para el omeguita, el tiempo parecía medirse únicamente en el vaivén de las olas que golpeaban el acantilado y en la intensidad con la que su esposo lo reclamaba cada noche. El dolor de los primeros días había dado paso a una sumisión dulce y profunda; su aroma a durazno ya no fluctuaba, ahora estaba permanentemente entrelazado con las notas oscuras de madera ahumada y cuero de Louie.
Una tarde de mediados de marzo, aprovechando que el sol brillaba con una calidez inusual, Bahir decidió bajar al inmenso jardín que rodeaba la propiedad. Vestía una cómoda bata de lino que Louie le había comprado, lo suficientemente alta para ocultar la marca de su cuello ante las miradas de los pocos sirvientes, aunque los chupetones sutiles en sus muñecas seguían a la vista.
Con unas tijeras de podar en mano, el omega caminaba entre los arbustos de rosas blancas que Louie había mandado a plantar exclusivamente para él. El viento del océano mecía sus cabellos, y por primera vez en quince días, una pequeña punzada de realidad cruzó su mente. Extrañaba el aroma herbal de su tiendita en Manhattan. Extrañaba las risas ruidosas del abuelo Bernard jugando ajedrez en la plaza.
Decidido a llamarlo, Bahir buscó en los bolsillos de su bata, pero recordó que su teléfono se había quedado en la habitación principal. Al darse la vuelta para entrar a la mansión, se percató de algo que, en su burbuja de amor, nunca había observado con detenimiento.
En los límites del jardín, justo donde comenzaba la reja de hierro forjado que separaba la propiedad del camino público, dos hombres corpulentos vestidos con trajes negros impecables y gafas de sol montaban guardia. No parecían los guardias comunes de una residencia de vacaciones; sus posturas eran rígidas, militares, y sus ojos escaneaban el perímetro con una fijeza que helaba la sangre. Al mirar hacia la entrada principal, divisó otra camioneta blindada estacionada en las sombras.
—¿Pasa algo malo, mi vida? —la voz grave y aterciopelada de Louie resonó a sus espaldas, haciéndolo dar un pequeño brinco.
Louie había bajado silenciosamente. Vestía una camisa negra de seda con los primeros botones abiertos, luciendo tan imponente y perfecto como de costumbre. Al notar la ligera confusión en el rostro de su omega, el alfa dominante dio un paso al frente y lo atrapó por la cintura, pegando la espalda de Bahir contra su pecho en ese abrazo posesivo que ya era una ley entre los dos.
—Louie... me asustaste —dijo Bahir con una sonrisa tierna, apoyando su cabeza en el hombro de su esposo—. No es nada. Solo estaba mirando a los hombres de la entrada. Sé que dijiste que la seguridad era importante para la boda, pero... ¿por qué sigue habiendo tantos guardias ahora que estamos solos? Parece que estuviéramos en una fortaleza.
Louie escondió el rostro en el cuello de Bahir, justo sobre la marca del lazo, inhalando profundamente el aroma a durazno que el sol de la tarde había intensificado. Por dentro, el sádico alfa dominante experimentó una chispa de absoluta satisfacción egocéntrica. «Es una fortaleza», pensó Louie con una sonrisa fría que Bahir no pudo ver. «Tu fortaleza».
Aquellos guardias no estaban allí solo para evitar que los paparazzis tomaran fotos; estaban allí para asegurarse de que nadie pudiera acercarse a menos de un kilómetro de su omega, y para reportar minuciosamente cada movimiento del chico si alguna vez se le ocurría salir del perímetro sin su compañía. Louie se alimentaba del control absoluto, y ver a Bahir tan ajeno a la red invisible que lo rodeaba lo extasiaba.
—El mundo exterior puede ser muy peligroso para un omega tan hermoso y puro como tú, Bahir —respondió Louie con suavidad, besando la piel sensible de su cuello—. Eres el esposo de un alfa dominante ahora. Hay personas de la alta sociedad, competidores de la empresa... escoria que querría usar tu dulzura para llegar a mí. No me perdonaría jamás si alguien apagara esa hermosa sonrisa tuya o te hiciera llorar.
Bahir sintió que el corazón se le llenaba de una gratitud inmensa. Volteó entre sus brazos para quedar de frente a él, rodeando el cuello del alfa con timidez.
—Eres tan protector, Louie... A veces siento que te preocupas demasiado por mí.
—Nunca es demasiado cuando se trata de cuidar lo que es mío —replicó Louie, sus ojos oscuros destellando con una intensidad que hizo que las feromonas del omega se agitaran en una ola de sumisión.
El alfa dominante atrapó sus labios en un beso lento, profundo y cargado de una posesividad asfixiante que dejó a Bahir sin aliento. Con una de sus manos grandes, Louie le arrebató suavemente las tijeras de podar de los dedos y las dejó caer sobre el césped, sustituyendo el frío del metal por el calor dominante de su agarre.
—Ya has pasado suficiente tiempo bajo el sol —susurró Louie contra sus labios, levantándolo en vilo sin el menor esfuerzo, haciendo que Bahir soltara una pequeña risita y se aferrara a sus hombros—. El almuerzo ya está servido en la terraza, y después... quiero volver al nido contigo. Todavía quedan muchas marcas que quiero renovar en tu piel.
Bahir asintió con las mejillas encendidas, ocultando el rostro en el pecho de su alfa mientras este lo cargaba de regreso hacia la inmensa mansión de cristal. Miró de reojo una última vez hacia los guardias de la entrada, pero el miedo desapareció por completo bajo el influjo de las feromonas de madera y cuero de su esposo.
El omeguita se sentía el ser más amado y resguardado de la Tierra, completamente feliz en medio de su ignorancia, sin sospechar que cada hermosa rosa de ese jardín, cada guardia en la reja y cada caricia de su sádico alfa eran los hilos dorados de la perfecta jaula que se había cerrado para siempre a su alrededor.