Bruno, un joven omega y estudiante apasionado por la historia china, siempre creyó que el pasado debía permanecer intacto… hasta que el pasado lo eligió a él.
Durante una excursión, descubre que el antiguo collar que ha llevado toda su vida perteneció al emperador Cheng, una joya entregada a su prometido como símbolo de un amor eterno. Un amor que, sin embargo, fue rechazado por orgullo, odio y la sombra de otro hombre.
Pero el destino le concede a Bruno una oportunidad que jamás imaginó.
Transportado a la era imperial, Bruno no solo conocerá al emperador que siempre admiró… sino que también tendrá la oportunidad de cambiar su historia, sanar sus heridas y reclamar el lugar que siempre le ha pertenecido.
Aunque el pasado guarda secretos, errores y decisiones que aún pueden destruirlo todo.
Esta vez, Bruno no huirá.
Esta vez, luchará por su emperador.
—¡Emperador, cásate conmigo!
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INGENIO, VENENO Y ORGULLO
Los nobles se encontraban sentados debajo de una carpa preparada apresuradamente por los sirvientes.
A pesar del esfuerzo por mantener la elegancia del evento, el ambiente estaba lejos de ser relajado. La tensión era evidente en cada mirada, en cada susurro contenido.
El rey Xianfao y su hijo observaban a todos con total desprecio, como si estuvieran rodeados de seres insignificantes.
El emperador, por su parte, sentía un odio profundo hacia ese hombre.
Un odio antiguo.
Silencioso.
Pero feroz.
A puertas cerradas, aquel hombre podía convertirse en un monstruo.
Un monstruo capaz de despreciar a su propia sangre solo por nacer “inferior”. En su familia, los omegas eran tratados casi como esclavos. No importaba si eran hijos, nietos o bisnietos… todos eran reducidos a simples herramientas para dar descendencia.
Un monstruo capaz de vender a su propia sangre al mejor postor.
Sus ojos se endurecieron.
Aún recordaba el día en que conoció a Gao… su omega… su emperatriz.
Había estado a punto de ser tomado por la fuerza por un anciano que le triplicaba la edad.
Ese recuerdo aún le quemaba la sangre.
Sabía que el padre de Gao lo habría matado si descubría la forma en que lo había llevado consigo… pero en cuanto lo vio, lo supo.
Era su destino.
Estaban unidos por el hilo rojo.
Y para él…
Nada ni nadie podía separarlos.
Por eso no dudó en pagar una dote extravagante para sacarlo de ese infierno.
El emperador apretó los puños.
Si no fuera por las consecuencias políticas…
Ya habría atravesado el cuerpo de Xianfao con su espada.
—Padre, mi hermano ya está aquí —dijo Lee, señalando la llegada del príncipe heredero.
Cheng avanzó con paso firme.
Su presencia era imponente.
Tranquila.
Segura.
—Feng, explícales lo que van a hacer en esta ronda —ordenó el emperador.
—Sí, padre —respondió el segundo príncipe con una leve inclinación—. Comenzaremos con lo más simple. La primera ronda será de inteligencia. Para ello he traído al director de la academia real.
Un hombre de barba larga apareció frente a todos. A pesar de su cabello blanco, su porte era firme.
—Será un placer para este servidor ser juez en esta primera ronda —dijo el director Tang, haciendo una reverencia—. Podrán responder tres preguntas en el tiempo que tarda en consumirse un incienso.
Los asistentes guardaron silencio.
Las miradas se fijaron en los competidores.
Cheng, firme y sereno.
Wanxi… con arrogancia apenas disimulada.
—Primera pregunta —anunció el maestro mientras encendía el incienso—: un hombre lo vendió porque no lo quería, otro lo compró pero no lo necesitaba, y quien lo usó no lo conoció… el tiempo empieza ahora.
El humo comenzó a elevarse lentamente.
El silencio se hizo pesado.
Los segundos pasaban.
Finalmente, Cheng habló:
—Es el ataúd —dijo con claridad—. Quien lo fabrica no lo quiere por su asociación con la muerte; quien lo compra no lo necesita para sí mismo; y quien lo usa… nunca sabrá si fue tratado con dignidad.
Un murmullo de aprobación recorrió la carpa.
—Correcto, príncipe Cheng —afirmó el director con satisfacción—. Segunda pregunta: un gallo pone un huevo en lo alto de una montaña y el viento corre de este a oeste… ¿hacia qué lado caerá?
Wanxi respondió casi de inmediato:
—A ningún lado. Los gallos no ponen huevos.
Algunos nobles soltaron pequeñas risas.
—Correcto —asintió el director—. Última pregunta: un asesino es condenado a muerte y debe elegir entre tres habitaciones. La primera tiene ninjas letales, la segunda mercenarios armados, y la tercera bestias muertas de hambre. ¿Cuál es la más segura?
El incienso estaba a punto de consumirse.
Cheng respondió sin vacilar:
—La tercera. Si están muertas de hambre… ya están muertas. No representan peligro.
—Correcto —declaró el director con una sonrisa—. Esta ronda la gana el príncipe heredero Cheng Yu.
Los murmullos aumentaron.
Algunos nobles asentían orgullosos.
Otros miraban con inquietud.
—Continuaremos después de que ambos príncipes beban agua —indicó Feng, haciendo una señal a los sirvientes.
Fue entonces cuando Luo lo notó.
Un movimiento mínimo.
Un gesto sospechoso.
Uno de los sirvientes dejó caer discretamente un polvo blanco dentro de una de las copas.
Los ojos de Luo se afilaron.
Sin dudarlo, hizo una leve señal y tomó la copa antes de que alguien más pudiera hacerlo.
Bebió.
Lentamente.
Sin mostrar reacción.
“Esto no es veneno… qué raro. No tiene sabor alguno…”, pensó, analizando.
Su mirada se dirigió brevemente hacia el segundo príncipe… luego hacia Xianfao.
Algo no estaba bien.
—Comenzaremos la segunda ronda —anunció Feng—. Esta vez será de estrategia.
El director Tang volvió a tomar la palabra.
—También seré el juez en esta ronda —dijo—. La pregunta es: ¿qué deben tener en cuenta para saber si una estrategia es buena o mala?
El incienso fue encendido nuevamente.
El humo ascendió.
Lento.
Silencioso.
Pero ahora… todo era diferente.
El ambiente estaba cargado de sospecha.
De intrigas.
De trampas invisibles.
Para muchos, era solo una competencia.
Pero para otros…
Era una batalla.
Y si Cheng ganaba esta ronda…
Luo Lang sería suyo ante todo el imperio.
Luo observó fijamente la escena.
Tranquilo por fuera.
Pero completamente alerta por dentro.
Porque sabía…
Que lo más peligroso de esa competencia no eran las preguntas.
Sino lo que aún no había salido a la luz.