Valentina Reyes tiene diecisiete anos, un promedio perfecto y un padre que camina con muletas. En Colonia Lomas del Paraiso, Guadalajara, la vida huele a paredes humedas y a los tamales que Don Tomas prepara antes del amanecer para vender en el tianguis. Valentina no se queja. Valentina sobrevive.
Santiago Montero Del Valle tiene diecisiete anos, un Porsche que no le importa y un padre que no sabe como hablarle. En la mansion de Puerta de Hierro, la vida huele a silencio. Santiago no pide ayuda. Santiago rompe cosas.
Una tarde en el Parque Metropolitano, un nino cae al lago. Los dos se lanzan al agua sin pensarlo. Cuando despiertan... estan en el cuerpo del otro.
Ella abre los ojos en una cama king size, rodeada de lujo y frialdad. El despierta en un cuarto diminuto donde un hombre cojo le dice "mija, ya esta el desayuno" con una sonrisa que nunca ha visto en su propia casa.
Valentina, atrapada en el cuerpo de Santiago, descubre que el dinero no compra lo que ella siempre tuvo: una familia que te abraza. Santiago, en el cuerpo de Valentina, descubre que en una casa donde gotea el techo puede existir mas amor del que jamas imagino.
Pero el intercambio tiene reglas que nadie les explico. Y mientras ella enfrenta a los enemigos corporativos de Grupo Montero y el descubre que las manos callosas de Don Tomas esconden un imperio en construccion, algo mucho mas peligroso que la magia empieza a crecer entre ellos.
Porque cuando vives la vida del otro... es imposible no enamorarte.
Una historia de risas, lagrimas, venganza dulce y un padre que le enseno al mundo que caminar distinto no significa caminar menos.
Yo se lo que es ser tu. Y aun asi, te elijo.
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Capítulo 24
Cap 24: Las palabras que no dije
El tianguis del jueves estaba casi vacío.
Santiago —en el cuerpo de Valentina— caminó entre los puestos a las siete de la mañana, cuando la mayoría de los vendedores todavía estaban armando sus lonas y acomodando la mercancía. El sol apenas salía y el aire tenía esa frescura de enero que en Guadalajara dura exactamente dos horas antes de que el calor lo devore todo.
Pasó frente al puesto de Don Chema, que vendía herramientas oxidadas y pilas usadas. Frente al puesto de Doña Lupe, que vendía ropa americana por kilo. Frente a los puestos de fruta, de plásticos, de discos piratas, de fundas de celular. Caminó hasta la esquina más alejada del tianguis, donde un hombre con sombrero de paja y una manta extendida en el piso vendía bisutería artesanal: pulseras tejidas, aretes de alambre, collares de cuentas de colores.
Santiago se agachó frente a la manta. Examinó las pulseras una por una. Eran sencillas —hilos de algodón trenzados, algunos con cuentas de madera, otros con nudos de colores. No tenían marca. No tenían estuche. No tenían nada que las hiciera especiales excepto el hecho de que alguien las había hecho con las manos.
—¿Cuánto cuesta esta? —señaló una pulsera de hilos verdes y blancos con un cierre de nudo corredizo.
—Cuarenta y cinco pesos, joven.
Santiago la miró con más atención. Los colores eran los del uniforme de Instituto Británico. No había sido intencional al elegirla, pero ahora que lo notaba, le pareció correcto.
—Me la llevo.
Pagó con monedas. El hombre del sombrero envolvió la pulsera en un trozo de papel de estraza.
Santiago se guardó la pulsera en el bolsillo de los jeans de Valentina y caminó de vuelta a Lomas del Paraíso. Sabía exactamente para quién era. Sabía exactamente lo que significaba comprarla. Lo que no sabía era cómo decirlo.
* * *
Se vieron el domingo en el Parque Metropolitano.
Era el octavo mes. El lago estaba más lleno que la última vez —había llovido la semana anterior y el agua había subido hasta las raíces de los árboles que bordeaban la orilla. Dos pescadores estaban sentados en la otra punta del lago con cañas largas y cubetas de plástico. Un grupo de niños corría por el sendero persiguiendo algo que podía ser un perro o una ardilla.
Valentina —en el cuerpo de Santiago— estaba sentada en la banca de siempre. Llevaba una sudadera negra con capucha que no era de Santiago. Se la había comprado ella misma, en un mercado de ropa usada, con dinero que había ahorrado de los gastos que Fernando le daba. Santiago nunca había comprado ropa de segunda mano en su vida. Valentina la llevaba como si fuera un abrigo de diseñador.
Santiago se sentó a su lado. Los pies de Valentina se balancearon sobre el suelo.
No hablaron durante los primeros minutos. Se habían acostumbrado al silencio. En los primeros meses, el silencio entre ellos era incómodo —dos desconocidos atrapados en una situación imposible, buscando palabras que sirvieran de puente. Ahora el silencio era otra cosa. Era la clase de quietud que solo existe entre personas que ya no necesitan llenar el espacio.
Santiago metió la mano en el bolsillo. Sacó el papel de estraza. Lo abrió.
La pulsera tejida brilló bajo el sol con un brillo modesto, casi invisible. Verde y blanco. Cuarenta y cinco pesos.
La puso sobre la banca, entre los dos.
Valentina la miró. Luego miró a Santiago —a su propia cara, la cara de Valentina, que ahora tenía una expresión que ella nunca se había visto en el espejo: nervios.
—Esto... es para ti —dijo Santiago.
—¿Para mí?
—Para ti. No para mi cuerpo. —Tragó saliva—. Para ti, Valentina.
La aclaración era innecesaria y necesaria al mismo tiempo. Durante ocho meses, cada gesto que hacían estaba filtrado por el cuerpo equivocado. Si Santiago le daba un regalo a Valentina, lo ponía en las manos de Santiago. Si Valentina le sonreía a Santiago, lo hacía con la cara de Valentina. Todo estaba invertido. Todo era un espejo roto.
Pero esto —una pulsera comprada en un tianguis, entregada de las manos de Valentina a las manos de Santiago— era lo más cercano a la verdad que podían ofrecer.
Valentina —en el cuerpo de Santiago— tomó la pulsera. Sus dedos —los dedos grandes de Santiago, con la cicatriz vieja en el dorso— sostuvieron los hilos delgados con un cuidado que no correspondía a esas manos. La pulsera se veía diminuta entre sus dedos. Desproporcionada. Absurda.
Perfecta.
Valentina la miró durante un rato largo. Luego levantó la vista. Los ojos de Santiago —sus ojos, los que ella había aprendido a usar— encontraron los ojos de Valentina —los ojos de él, los que Santiago había aprendido a sentir como propios.
—Santiago, ¿sabes lo que es esto? —dijo Valentina.
—¿Qué?
—Esto es una confesión.
La palabra cayó entre los dos como una piedra lanzada al lago quieto que tenían enfrente. Santiago sintió que la cara de Valentina —su cara— se calentaba. No un rubor suave. Un incendio.
Valentina estaba viendo su propia cara enrojecer. La absurdidad de la imagen —verse a una misma sonrojarse desde afuera— le arrancó una sonrisa. La sonrisa de Santiago: de lado, involuntaria, más grande de lo que él habría permitido.
Santiago no respondió. Quiso. Abrió la boca. La cerró. La abrió otra vez. Nada salió.
—No tienes que decirlo —dijo Valentina—. Ya lo sé.
—¿Desde cuándo?
—Desde el pisacorbatas.
Santiago parpadeó. El pisacorbatas de Andrés. Doscientos pesos de acero. Lo había comprado para el hermano de su cuerpo, no para Valentina. Pero Valentina lo había visto como lo que era: el primer gesto de generosidad pura que Santiago había hecho en su vida. El momento en que dejó de ser el chico que rompía cosas y empezó a ser el hombre que las construía.
—Eso fue para Andrés —dijo Santiago.
—Lo sé. Pero fue la primera vez que te vi hacer algo que no era para ti mismo. Y eso... —Valentina no terminó la frase. No hacía falta.
El lago brillaba. Los pescadores no habían sacado nada. Los niños habían atrapado a la ardilla y la habían dejado ir.
Santiago habló. No con las palabras que había ensayado. No con la frase que había practicado en el espejo de Valentina durante tres noches. Con algo más simple. Algo que salió sin permiso.
—Cuando volvamos a nuestros cuerpos... no quiero que esto se acabe.
Valentina tardó en responder. Dos segundos. Tres. Cinco. Santiago contó cada uno como si fueran horas.
—No se va a acabar —dijo Valentina.
Cuatro palabras. Santiago las archivó en algún lugar de su pecho donde las cosas importantes se guardan sin llave y sin vencimiento.
Se quedaron sentados en la banca. El sol se movió. Las sombras de los árboles crecieron. Los pescadores recogieron sus cañas sin haber pescado nada y se fueron. Los niños se cansaron y también se fueron. El parque se fue vaciando hasta que solo quedaron ellos dos: un chico en el cuerpo de una chica y una chica en el cuerpo de un chico, sentados en una banca junto a un lago donde todo había empezado.
Santiago puso la mano sobre la banca. La mano de Valentina: pequeña, con callos de escribir, las uñas cortas.
Valentina puso la mano sobre la banca. La mano de Santiago: ancha, con la cicatriz, los nudillos marcados.
Las dos manos estaban separadas por diez centímetros. Luego por cinco. Luego por tres. Luego por uno.
Los dedos se encontraron. Se entrelazaron.
La mano de Valentina sosteniendo la mano de Santiago. Pero al revés. La mano pequeña guiada por la mente de él. La mano grande guiada por la mente de ella. Un contacto que era su propio espejo invertido —imposible de explicar a cualquier persona fuera de esa banca.
Santiago sintió los dedos de su propio cuerpo cerrarse alrededor de los dedos de Valentina. Sintió el calor de su propia palma a través de la piel de ella. Era como abrazarse a sí mismo y a otra persona al mismo tiempo.
No dijeron nada.
El lago reflejaba un cielo que empezaba a ponerse naranja. En algún lugar de la ciudad, alguien encendió música que llegó como un murmullo lejano. El viento movió las hojas del árbol que les daba sombra y una cayó sobre la banca, entre los dos, sin que ninguno la moviera.
* * *
Cuando se separaron, Valentina tomó la pulsera. Se la ató en la muñeca de Santiago —la muñeca de su propio cuerpo, la que ella había usado durante ocho meses.
—Quédatela —dijo Santiago—. Es tuya.
Valentina negó con la cabeza.
—Póntela tú. En mi muñeca. —Le tomó la mano de Valentina —su mano— y ató la pulsera con dedos que no deberían haber sido tan hábiles con nudos pero que, después de ocho meses de práctica en un cuerpo ajeno, lo eran—. Cuando volvamos... me la devuelves.
Santiago miró la pulsera en la muñeca de Valentina —su muñeca actual. Los hilos verdes y blancos se ajustaban perfectamente a la circunferencia delgada. Cuarenta y cinco pesos de algodón contra una piel que no era suya pero que cuidaba como si lo fuera.
—La cuido hasta entonces —dijo.
Valentina asintió. Se dio la vuelta y caminó hacia la parada del camión. Santiago la vio alejarse: la silueta de su propio cuerpo —alto, de hombros anchos— recortada contra el atardecer de Guadalajara. A contraluz, la sudadera negra de segunda mano se veía como un abrigo caro.
Santiago se quedó en la banca. Se miró la muñeca. La pulsera. Cuarenta y cinco pesos de tianguis.
Pensó: voy a volver a mi cuerpo. Y cuando lo haga, esta pulsera va a quedarme grande. Va a colgar de mi muñeca como un brazalete de niña.
Y no me la voy a quitar nunca.
Caminó de vuelta a Lomas del Paraíso. En la esquina de la calle, antes de entrar al departamento de los Reyes, se detuvo. Miró hacia el cielo. El atardecer de Guadalajara era naranja y violeta, con una línea de nubes rosadas que parecían pintadas con aerosol.
Santiago —en el cuerpo de Valentina, con una pulsera de cuarenta y cinco pesos en la muñeca y cuatro palabras guardadas en el pecho— susurró algo que nadie escuchó:
—Voy a volver a mi cuerpo. Y después voy a hacer que me vea. No como Santiago Montero, el que rompe cosas. Como alguien que vale lo que ella vale.
Subió las escaleras. Entró al departamento. Se acostó en la cama. Miró la pulsera bajo la luz amarilla del foco del techo.
No se la quitó para dormir. Ni esa noche ni ninguna otra.