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Cámara Encendida

Cámara Encendida

Status: Terminada
Genre:Romance / Malentendidos / Yaoi / Completas
Popularitas:892
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

De día soy el hijo perfecto, el alumno intachable que todos esperan ver. De noche me pongo la máscara y me convierto en Nox: la voz libre que miles esperan escuchar. Todo funcionaba en secreto hasta que mi seguidor más fiel, la única persona que realmente me entiende, resulta ser el mismo hombre que cada día me despierta curiosidad en la vida real. Ahora debo elegir: seguir escondiéndome para siempre, o encender la luz y mostrarle quién soy de verdad.

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CAPÍTULO 5 EL CALOR DE UN VÍNCULO QUE EMPIEZA

El sol empezaba a descender lentamente, tiñendo el cielo de tonos naranjas, rosados y violetas que se reflejaban como manchas de pintura suavemente movidas en el agua cristalina del estanque. Ninguno de los dos se había movido ni un centímetro desde que entrelazaron los dedos; el silencio que caía entre los sauces no era vacío ni incómodo, sino cargado de sentido, como si cada latido de sus corazones hablara un idioma que solo ellos podían entender. Damián no podía apartar la vista de sus manos unidas: la de Gael era un poco más grande, de dedos largos y firmes, con unas pocas cicatrices finas en los nudillos que contaban historias de caídas, de aprender a manejar su cámara, de vivir sin esconderse. Era cálida, y esa calidez se le iba subiendo por el brazo hasta instalarse en el pecho, derritiendo poco a poco el frío que llevaba acumulado desde que era niño.

—¿Te das cuenta de lo que significa esto de verdad? —preguntó Damián muy bajito, alzando finalmente la mirada hacia él con los ojos brillantes—. Ya no hay vuelta atrás. Antes podía decir que Nox era solo un personaje, que las cosas que decíamos eran parte de una pantalla. Pero ahora… si esto sale mal, si te decepciono, si descubres que en realidad no soy nadie especial, no podremos volver a fingir que solo éramos dos desconocidos que se escribían por mensajes. Todo se habrá roto para siempre.

Gael apretó suavemente su mano sin soltarla ni un instante, y se inclinó un poquito hacia él para que sus miradas quedaran a la misma altura.

—Yo no quiero volver atrás ni un solo paso. Prefiero mil veces arriesgarme a que las cosas salgan mal contigo a seguir viviendo la mitad de una historia sin saber quién eras realmente detrás de todas tus capas. Además —añadió con esa media sonrisa suya que siempre lograba calmarlo un poco—, ya sabes demasiadas cosas mías también. ¿Recuerdas aquella vez que me quedé dormido en medio de una transmisión en vivo y todos se burlaron durante tres semanas enteras? Ahora tú tienes el poder absoluto de usarlo en mi contra cuando quieras. Ya somos igual de vulnerables el uno ante el otro.

Damián soltó una risa sincera que se le escapó antes de que pudiera contenerla, y enseguida sintió cómo las lágrimas volvían a llenarle los ojos: pero esta vez no eran de tristeza, ni de soledad, ni del miedo constante a no estar a la altura. Eran de alivio, de una alegría tan inmensa que dolía un poco en el pecho.

De pronto el sonido agudo y repetitivo de su teléfono rompió el momento por completo. Estaba vibrando con fuerza dentro de su mochila, contra el cuaderno donde solía anotar sus ideas para las transmisiones. Al sacarlo y ver el nombre que parpadeaba en la pantalla, sintió que se le helaba la sangre de golpe: **Su padre**. Dudó unos segundos largos, miró la pantalla y luego miró a Gael, que sin decir palabra asintió suavemente y no le soltó la mano ni un milímetro.

—Contesta. No tienes por qué esconderte de nada ni de nadie estando conmigo. Aquí sigo estando.

—¿Dónde estás, Damián? Son casi las seis de la tarde y nadie te ha visto volver a casa. Sabes perfectamente que esta noche tenemos la cena más importante de todo el año con la familia Arévalo. Toda la alianza comercial depende de esta velada. Te he dicho mil veces que no puedes desaparecer así sin avisar ni dar explicaciones —la voz al otro lado del hilo era tajante, fría, exactamente igual que siempre: no preguntaba si estaba bien, solo exigía que cumpliera su función.

—Perdón papá, me retrasé sin darme cuenta. Ya voy camino para allá —respondió él, sintiendo cómo volvía automáticamente esa vieja costumbre de bajar la postura y hablar con ese tono sumiso que su padre exigía escuchar siempre.

—Date prisa. Y asegúrate de comportarte exactamente como se espera de ti. No queremos que vuelvas a hacer el ridículo como la vez pasada frente a gente importante.

La llamada se cortó de golpe sin esperar una despedida. Damián guardó el teléfono despacio y miró el suelo cubierto de hojas secas, sintiendo que todo lo que acababa de ganar en tan poco tiempo se desmoronaba.

—Él nunca va a cambiar —murmuró con la voz entrecortada—. Para él no soy un hijo, soy solo un compromiso más, un apellido que tiene que mantener perfecto sin importar lo que yo sienta o quiera. Ni siquiera se preguntó si me había pasado algo malo.

—Eso es porque él no sabe mirar más allá de lo que él cree que debe ser —dijo Gael acercándose un poco más hasta que sus hombros se tocaron y Damián pudo sentir mejor su calor—. Pero eso no quita que tengas que ir y enfrentarlo. Solo te pido que prometas una cosa: no dejes que nadie te borre a ti mismo esta noche. Recuerda que hoy ya alguien te vio tal cual eres, sin trajes ni reglas ni obligaciones, y te aceptó con absolutamente todo lo que llevas dentro.

Damián asintió, aunque sabía que esa sería la prueba más difícil que tendría que pasar en mucho tiempo. Se levantó despacio, pero antes de dar el primer paso hacia el camino de salida, Gael lo tomó suavemente del brazo y se puso de pie justo frente a él. Con una delicadeza infinita, alzó la mano y le apartó un mechón de cabello oscuro que el viento le había desordenado sobre la frente, rozando sin querer la comisura de su mejilla. Damián contuvo el aliento por completo: además de su aroma suave a madera húmeda y lluvia recién caída, notó algo totalmente nuevo: una calidez dulce y profunda que empezaba a extenderse desde donde lo había tocado hasta todo su cuerpo, una señal clara de que su instinto y su condición estaban reconociendo al Alfa que tenía enfrente.

—Mañana nos vemos aquí a la misma hora, sin falta —le dijo Gael mirándolo directamente a los ojos—. No importa qué tan pesada sea tu noche, ni qué te digan, ni qué sientas: yo voy a estar aquí esperándote.

—Allí estaré —prometió Damián, y por primera vez en mucho tiempo su voz sonó firme, sin temblarle ni un poco.

El camino de regreso a casa se sintió mucho más largo y pesado que el de ida. Al cruzar la puerta principal, su padre lo esperaba de pie justo en el recibidor, con el ceño fruncido y la mirada recorriéndolo de arriba abajo con desaprobación absoluta.

—¿Con esa ropa piensas sentarte a la mesa con ellos? Pareces cualquiera de la calle. Ve y cámbiate ahora mismo por el traje azul oscuro que mandé a confeccionar especialmente para esta ocasión. Ponte también la colonia que el señor Arévalo te regaló en tu cumpleaños. Esta noche no hay espacio ni para el error más pequeño.

Ni siquiera le permitió saludar a su madre, que estaba de pie en el pasillo mirándolo con los ojos llenos de preocupación y ganas de decirle algo que no podía pronunciar delante de su esposo. Damián subió las escaleras hacia su habitación, se quitó la ropa con lentitud y mientras se abotonaba la camisa blanca miró de reojo hacia el rincón más alejado de su escritorio: allí seguía su máscara negra con bordes dorados, sobre el paño suave donde la había dejado al llegar por la tarde. Se detuvo frente al espejo grande de cuerpo entero: el traje le quedaba perfecto, impecable, tal como a su padre le gustaba que todo fuera. Pero por primera vez en su vida no sintió que eso fuera su propia piel. Se llevó los dedos a la mejilla donde Gael lo había rozado unos minutos antes, y juró en silencio que esta noche nadie lograría hacerlo desaparecer de nuevo.

La cena transcurrió entre conversaciones que no le interesaban en absoluto, promesas de negocios, números y planes que no le pertenecían, y halagos dirigidos siempre al apellido Vera, nunca a él. Hasta que el señor Arévalo dirigió su mirada y sus palabras directamente hacia el extremo de la mesa donde estaba sentado Damián.

—He oído comentarios de que últimamente andas muy distraído, muchacho. Tu padre me comenta que ya no te dedicas con la misma entrega a tus estudios y a las responsabilidades que te corresponden. Espero que no sea por esas tonterías de las redes sociales o por andar perdiendo el tiempo con personas que no convienen a tu posición.

Antes de que pudiera ni siquiera pensar qué responder, su padre intervino de inmediato con una sonrisa forzada:

—Ya se le pasará, no se preocupe. Solo es una etapa de rebeldía propia de la edad. Pronto volverá a ser exactamente como siempre ha sido.

—No es rebeldía —dijo Damián de repente, con una voz tranquila pero tan clara que todo el comedor quedó en silencio absoluto—. Solo estoy tratando de averiguar quién soy yo más allá de todo lo que todos esperan de mí. Y sí, hay personas que me han enseñado que vale mucho más la pena ser uno mismo por difícil que sea, que vivir fingiendo para agradar a los demás. Aunque a mucha gente no le parezca bien.

El aire se volvió denso y pesado en un segundo. Su padre lo miró con una ira contenida que prometía un enfrentamiento terrible en cuanto estuvieran solos. Damián bajó la mirada hacia su plato, pero no se arrepintió ni por un instante de haber hablado. En cuanto terminaron las despedidas y la puerta de entrada se cerró tras ellos, la explosión llegó de inmediato.

—¿Te has vuelto completamente loco? ¿Cómo te atreves a hablar así frente a ellos? ¡Acabas de poner en riesgo años y años de trabajo y de planes que armé para ti! Si sigues con esta actitud tan ingrata y egoísta, tendré que tomar medidas mucho más severas de las que imaginas.

—¿Medidas como qué? ¿Encerrarme en casa? ¿Quitarme el teléfono? ¿Hacerme desaparecer igual que intentas hacer con todo lo que no encaja en tu mundo perfecto? —le devolvió Damián al fin rompiendo el silencio de años de sumisión—. Ya no soy un niño pequeño al que puedes moldear a tu antojo cuando quieras.

—Ya veremos cuánto te dura ese valor cuando te quedes sin absolutamente nada de lo que tienes ahora —amenazó él, dándole la espalda y subiendo las escaleras con pasos pesados y furiosos.

Damián se quedó solo en medio de la sala temblando de pies a cabeza, pero no era miedo lo que sentía: era la fuerza de haber dicho la verdad por primera vez. Entonces recordó la última cosa que Gael le había pedido antes de separarse: que le escribiera apenas llegara, sin importar la hora ni lo que hubiera pasado. Sacó su móvil y escribió con manos aún inquietas:

**"Hablé. Me enfrenté a él delante de todos. Ahora está furioso y no sé qué pueda llegar a hacerme."**

La respuesta llegó casi al instante, como si hubiera estado esperando con el teléfono en la mano:

**"Estoy infinitamente orgulloso de ti, Damián. Respira tranquilo, nada malo te va a pasar mientras yo esté aquí. Y te prometo que no tendrás que cargar con todo esto tú solo nunca más."**

La noche seguía siendo larga, incierta y llena de amenazas, pero al leer esas palabras supo con total seguridad que por fin ya no caminaba en la oscuridad completamente solo.

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