Ximena Reyes creyó que su matrimonio con Víctor Rivas era lo único que le quedaba después del accidente que la dejó en cama. Pero la verdad era mucho más cruel: su esposo no solo tenía una amante, también había escondido un hijo con ella, había tomado control de su empresa y estaba esperando el momento perfecto para deshacerse de Ximena sin dejar pruebas.
Encerrada en su propia casa, vigilada, debilitada y sin poder mover las piernas, Ximena parecía no tener salida.
Hasta que entendió algo.
Víctor podía quitarle el teléfono, sus documentos, su dinero y hasta su cuerpo.
Pero no podía quitarle la cabeza.
Con ayuda de su mejor amiga Nadia, un médico frío que parece saber más de lo que dice y las grietas que empiezan a abrirse entre sus enemigos, Ximena decide dejar de suplicar.
Si su esposo quería verla muerta, primero tendría que verla levantarse.
Y esta vez, cada mentira, cada golpe y cada traición iba a cobrarse con intereses.
NovelToon tiene autorización de VivianMansano para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 24
Capítulo 24
—¿Todavía no despierta? Lleva un día y una noche. ¿Y si sí se murió?
—Cállate, Nadia.
La primera sensación fue dolor.
La garganta me ardía como si me hubieran raspado con vidrio.
—Duele...
La palabra salió rota.
Alguien se lanzó sobre mí.
—¡Xime! ¡Ya despertaste! ¡No manches, pensé que te me ibas!
Nadia.
Me abrazó con tanta fuerza que casi me regresó al coma.
Abrí los ojos.
Blanco.
Luz.
Una habitación amplia.
No era mi cuarto.
No era Lago Azul.
Me cubrí la cara con la mano.
—No la aplaste —dijo una voz masculina—. Tiene el estómago hecho pedazos.
Gael Arriaga apareció con bata, cubrebocas y el pelo rubio despeinado.
Sus ojos de zorro sonreían, pero estaba cansado.
—Doctor Gael...
—No hable. Ayer le hicimos lavado gástrico y se lastimó la garganta. Si insiste, le voy a cobrar doble.
Lavado.
Entonces los dedos con olor a desinfectante habían sido suyos.
Lo miré.
Quise decir gracias.
No pude.
Gael entendió y levantó una mano.
—Luego me hace altar con veladoras si quiere. Ahorita respire.
Media hora después, Nadia me dio agua con miel en cucharadas pequeñas.
Cada trago dolía.
Pero dolía viva.
—¿Dónde estoy? —pregunté.
—Hospital privado Santa Mónica —dijo Nadia—. Gael dijo que aquí hay control y no dejan entrar a cualquiera.
Miré alrededor.
Una clínica privada.
Lejos de las cámaras de Víctor.
—¿Cómo...?
Nadia hizo una mueca.
—Eso quería preguntarte yo. Gael me llamó. Cuando llegué a tu casa, ya estabas inconsciente y él estaba sacándote. Yareli juraba que la leche estaba caduca.
Leche caduca.
Qué limpio.
Qué barato.
—¿Cómo llegó Gael? —susurré.
—No sé. Él me avisó a mí.
Miré a Gael.
Él revisó mi suero con demasiada atención.
—Pasaba cerca.
Mentira.
Pero no tenía voz para arrancarle la verdad.
Nadia se sentó en la orilla de la cama.
—Cuando te sacamos, Yareli se hacía la víctima. Que si era leche vencida, que si tú no habías desayunado, que si ella solo quería ayudarte.
Me reí.
Me dolió.
—Sin vaso —dije.
—Lo tiró antes de que llegáramos.
Claro.
Yareli no era valiente, pero sí obediente.
Víctor le había enseñado que la escena pesa más que la verdad.
—¿Por eso tomaste? —preguntó Nadia de pronto—. ¿Porque sabías que no podía probarse?
Negué.
Luego asentí.
Era más complicado.
—Probé primero. No fue rápido. Ella dijo que venía a probarme. Víctor no le habría dado permiso de matarme sin plan.
Nadia me miró como si quisiera sacudirme.
—¿Y tu gran plan era beber veneno suave?
—Era no demostrar que sabía.
—Eres una desgraciada.
Me dio un golpe suave en el brazo y se limpió los ojos.
—¿Pensaste que íbamos a llegar?
Negué.
No.
No calculé a Gael.
No calculé a nadie.
Solo pensé que, si Víctor no quería mi muerte todavía, podía sobrevivir una oportunidad más.
Eso era todo lo que me quedaba.
—Mis papás —logré decir.
Nadia cambió de cara.
—Están fuera de Suiza. Diego se movió en cuanto Gael me llamó. Llegan esta noche a México.
El cuerpo se me deshizo.
Lloré sin hacer ruido.
Hasta entonces entendí cuánto peso tenía encima.
Mis papás volvían.
El cuello dejaba de tener cuerda.
—Entonces se acabó —susurré.
—Se acaba cuando los mandemos a todos al bote.
Nadia recuperó su rabia.
—Quise llamar a la policía ayer, pero Gael dijo que sin muestra, sin vaso y con ella gritando lo de la leche caduca, esos desgraciados se iban a cubrir. Necesitamos evidencia.
Levanté la mano hacia mi collar.
Nadia se acercó.
Abrí el dije.
La memoria seguía ahí.
—Audio —dije—. Yareli. Víctor.
Nadia abrió los ojos.
—¿Lo tienes?
Asentí.
—Tráeme abogado. Bueno. Y reporta a la Fiscalía. Pero primero copia todo.
—Ya mismo.
Gael intervino:
—Sin heroísmos. Ella no puede declarar dos horas sentada.
—Declaro acostada —dije.
—Usted no declara nada si se le abre la garganta.
No discutí.
No tenía fuerza.
Nadia salió a llamar.
Me quedé con Gael.
—¿Quién le avisó? —pregunté.
Él sonrió detrás del cubrebocas.
—Qué fea costumbre de preguntar cuando no puede sostener una pelea.
—Santiago.
No fue pregunta.
Gael no contestó.
Eso fue casi contestar.
Cerré los ojos.
Santiago se había ido.
Santiago me había dejado.
Y aun así, de alguna forma, yo estaba viva.
Horas después, cuando volví a dormir, escuché gritos en el pasillo.
—¡Déjenme pasar! ¡Es mi hermana!
Yareli.
La enfermera entró.
—La mujer de la leche insiste en verla.
Nadia no estaba.
Dos cuidadoras sí.
Abrí los ojos.
—Que entre.
La enfermera dudó.
—¿Segura?
Asentí.
Yareli entró con los ojos rojos, los labios pálidos y las manos apretadas frente al vientre.
Tenía cara de no haber dormido.
O de haber ensayado demasiado.
—Xime...
—No me digas así.
Se estremeció.
—Perdóname. La leche estaba mala. Yo no sabía. Te juro que jamás quise hacerte daño.
Las lágrimas le caían grandes, bonitas.
Qué talento desperdiciado.
Saqué el collar.
Abrí el dije.
Yareli dejó de llorar.
—¿Qué es eso?
—Lo que buscabas.
Metí la memoria en el celular que Nadia había dejado.
La grabación llenó el cuarto.
La voz de Yareli, dulce y venenosa, diciendo que quería probarme.
La voz de Víctor, riéndose, llamándola a la cama.
El beso.
La promesa sucia.
Yareli se quedó sin color.
—Xime, yo...
—No me digas hermana. No te alcanza la boca.
Se arrodilló junto a la cama.
—Fue Víctor. Él me usó. Yo era una niña cuando empezó todo. No sabía cómo salir.
La miré.
Durante años había sostenido su carrera, sus gastos, su ropa decente, su entrada a la ciudad.
Yo había creído que salvar a una muchacha pobre era un acto bueno.
Qué risa.
—Tenías diecinueve cuando te pagué la universidad —dije—. Veinte cuando tuviste al hijo de mi esposo.
Yareli tembló.
—Él me prometió...
—¿Y por qué no me lo dijiste?
No respondió.
—¿Por qué te escondiste para parirlo?
Su cara se apagó.
La tomé del mentón.
—No eras una niña. Eras una cobarde con hambre.
Le di una bofetada.
El sonido me dolió en la mano.
No tanto como verla llorar por sí misma.
—¿De verdad creíste que yo era idiota?
Las cuidadoras la detuvieron cuando intentó agarrarse de la cama.
—No la dejen salir —ordené—. Que espere a la policía.