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Cadenas De Terciopelo Y Sangre

Cadenas De Terciopelo Y Sangre

Status: En proceso
Genre:Mafia / Matrimonio arreglado / Venganza
Popularitas:1.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Fernanda G

Alan, el implacable heredero de un imperio financiero con raíces oscuras, no conoce la palabra "no". Su vida es un tablero de ajedrez donde cada pieza se mueve bajo su obsesivo control. Sin embargo, para consolidar su dominio total frente a las facciones rebeldes de la mafia, necesita una alianza que solo el apellido de Madelyn puede sellar.

​Madelyn, conocida en el bajo mundo como la "Princesa Letal", es la heredera del Grupo Moral. Ella no es una ficha que se pueda mover; es una tormenta que se niega a ser domada. Orgullosa, rebelde y con las manos manchadas de la pólvora de su pasado, acepta un matrimonio arreglado no por sumisión, sino por una sed insaciable de venganza contra quienes destruyeron a su rama familiar.
​En una mansión que se siente como una jaula de oro, estalla una guerra fría de voluntades. Alan busca poseerla y quebrantar su orgullo; Madelyn busca quemar el mundo de Alan desde adentro. Pero en el roce de sus pieles y el choque de sus egos, surge una tensión

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capitulo 24

​El muelle 47 era un laberinto de contenedores oxidados y grúas que se alzaban contra el cielo nocturno como esqueletos de gigantes. La humedad del puerto se pegaba a la piel, cargada con el olor a salitre, gasóleo y el miedo latente de una emboscada. Alan revisó su arma por última vez, el metal frío bajo sus guantes tácticos. Su plan era sencillo: una intervención quirúrgica para interceptar el cargamento de tecnología que los Ivanov pretendían sacar del país.

​A su lado, Madelyn terminaba de ajustar el arnés de su equipo. No llevaba el vestido de seda de la noche anterior, sino un traje de neopreno reforzado con Kevlar que la hacía parecer una sombra líquida. La daga que Alan le había regalado descansaba en su funda, en el interior de su bota, un peso reconfortante que vibraba con la misma intensidad que su pulso.

​—Aún puedes quedarte en el perímetro con Elías —dijo Alan, su voz apenas un susurro captado por el comunicador.

​Madelyn lo miró por encima del hombro, sus ojos brillando con una determinación que no dejaba lugar a réplicas.

​—Ya pasamos esa etapa, Alan. Conozco este muelle mejor que tus satélites. Si quieres que esta misión sea limpia, necesitas a alguien que sepa moverse en el barro, no solo en las nubes.

​Alan asintió, aunque una punzada de ansiedad, un sentimiento que creía haber erradicado de su sistema hace años, le oprimió el pecho. No era miedo al fracaso de la misión; era algo mucho más visceral.

​La infiltración fue perfecta hasta que dejó de serlo. Se deslizaron entre las sombras, evitando las patrullas con una sincronización que parecía casi telepática. Alan marcaba el ritmo con la eficiencia de un relojero, mientras Madelyn cubría sus ángulos con la agilidad de una cazadora.

​Llegaron al contenedor principal, pero justo cuando Alan se disponía a colocar la carga de pirateo en la cerradura electrónica, el mundo estalló en luz y sonido. Un foco de alta potencia los cegó desde lo alto de una grúa, y el tableteo de una ametralladora pesada empezó a triturar el contenedor de metal junto a ellos.

​—¡Es una trampa! —gritó Alan, empujando a Madelyn tras una pila de vigas de acero.

​El caos se desató. Los hombres de los Ivanov salieron de entre los contenedores como ratas de las alcantarillas. Alan respondió al fuego con precisión matemática, abatiendo a dos atacantes, pero la superioridad numérica era abrumadora. Se encontraban acorralados en un callejón sin salida de metal y hormigón.

​Alan se asomó para devolver el fuego, pero un francotirador oculto en la pasarela superior disparó. La bala impactó en el hombro de Alan, haciéndolo girar violentamente. El arma se le escapó de las manos y cayó al suelo, a pocos metros de distancia.

​Incapacitado por el choque y el dolor punzante, Alan intentó alcanzar su pistola, pero un sicario de los Ivanov apareció desde el flanco, apuntando directamente a su cabeza con una sonrisa sádica. En ese microsegundo, Alan aceptó el final. Su imperio, sus algoritmos, su control... todo desaparecía ante el cañón de un arma enemiga.

​Madelyn no disparó. No hubo tiempo. Se lanzó desde su cobertura con una velocidad que desafiaba la lógica. Antes de que el sicario pudiera apretar el gatillo, ella estaba sobre él. La daga de Damasco brilló bajo la luz del foco antes de hundirse con precisión quirúrgica en el cuello del atacante.

​Madelyn no se detuvo. Usó el cuerpo del hombre como escudo mientras recuperaba el arma de Alan. Disparó tres veces, eliminando a los atacantes más cercanos con una frialdad que dejó a Alan paralizado, no por el dolor, sino por la visión de su esposa convertida en un ángel de la muerte.

​—¡Levántate, Alan! —le gritó ella, agarrándolo por la pechera del chaleco y arrastrándolo hacia una zona de sombra—. ¡No voy a dejar que te mueras aquí, en este agujero!

​Minutos después, tras una huida frenética bajo el fuego cruzado y la llegada de los refuerzos de Elías, se encontraban en la parte trasera de la furgoneta blindada de escape. El médico de combate estaba tratando la herida de Alan, pero él no sentía el escozor de la sutura. Sus ojos estaban fijos en Madelyn.

​Ella estaba sentada frente a él, limpiando la sangre de su daga con un trozo de tela. Sus manos, antes firmes, ahora temblaban imperceptiblemente. Cuando ella levantó la vista y vio que él la observaba, su máscara de guerra se agrietó.

​—Fuiste un idiota al exponerte así —dijo ella, con la voz quebrada por una mezcla de rabia y alivio.

​Alan apartó al médico con un gesto brusco y se sentó derecho, ignorando el dolor del hombro vendado. Se acercó a ella, reduciendo el espacio de la furgoneta a nada.

​—Me salvaste la vida —susurró Alan.

​—Teníamos un trato, ¿recuerdas? —respondió ella, intentando recuperar su tono sarcástico, aunque sus ojos estaban empañados—. Eres mi boleto de entrada al arsenal. No podía dejar que caducara.

​Alan no aceptó la broma. Extendió su mano sana y tomó el rostro de Madelyn entre sus dedos. La piel de ella estaba fría, manchada de pólvora y sudor, pero para él, nunca había sido tan real. En ese momento, la verdad lo golpeó con más fuerza que cualquier bala: el imperio Valerius, los miles de millones de euros, el poder geopolítico... todo era ceniza comparado con la posibilidad de que Madelyn no estuviera a su lado.

​—Mientras el francotirador disparaba —confesó Alan, su voz ronca y cargada de una honestidad aterradora—, no pensé en la pérdida de la tecnología. No pensé en quién me sucedería. Solo pensé en que, si moría, nunca volvería a verte entrar en la biblioteca.

​Madelyn dejó caer la daga sobre el suelo de la furgoneta. El sonido metálico resonó en el espacio cerrado. Ella se inclinó hacia adelante, apoyando su frente contra la de él.

​—Me asustaste, Alan —admitió ella en un susurro—. Vi cómo te daban y... por un momento, el mundo se quedó en silencio. No era por la misión. Era por ti.

​La comprensión fue mutua y devastadora. La obsesión de Alan ya no era por el control; era por la existencia de ella. Se dio cuenta de que la idea de perderla le aterra más que la ruina de su apellido. Madelyn, por su parte, reconoció que el hombre que había intentado "comprarla" se había convertido en la única ancla de su realidad fragmentada.

​Alan la rodeó con su brazo sano, atrayéndola hacia su pecho. Madelyn se dejó ir, hundiendo el rostro en su cuello, respirando el aroma a pólvora y a la vida que casi se les escapa. No hubo besos, solo el abrazo desesperado de dos personas que acababan de descubrir que su "pacto de conveniencia" se había transformado en un vínculo de supervivencia mutua.

​—A partir de ahora, no vas a ninguna parte sin mí —sentenció Alan, su tono recuperando una sombra de su autoridad, pero esta vez nacida de la necesidad, no de la soberbia.

​—Y tú no vas a ninguna parte si no estoy yo para cubrirte la espalda —replicó ella, apretando el agarre en su cintura.

​La furgoneta siguió avanzando por las calles oscuras de la ciudad, alejándose del muelle de la muerte. La infiltración había fracasado en sus objetivos comerciales, pero había logrado algo mucho más profundo: había destruido la última barrera de cristal entre ellos. Alan Valerius ya no era un emperador solitario; era un hombre que acababa de descubrir que su mayor tesoro no estaba en sus cajas fuertes, sino en la mujer que acababa de mancharse las manos de sangre para mantenerlo vivo.

​El miedo a la pérdida se había instalado en el corazón de Alan, y sabía que, desde esa noche, ya nada volvería a ser predecible. Madelyn no era su trofeo, ni su socia; era su debilidad absoluta, y por primera vez en su vida, Alan estaba dispuesto a quemar el mundo entero con tal de que ella siguiera respirando.

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Lobelia ❣️
espero que sepa jugar sus cartas 😃😘
Lobelia ❣️
si que lo va volver loco 👏🥰
Celina Espinoza
vamos bien 😍🙏
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