Sebastián lo tenía todo: un reino próspero, un cabello pelirrojo que era la envidia de la nobleza y una lengua tan afilada que podía humillar a un mago en tres segundos. Pero el exceso de sarcasmo tiene un precio. Tras insultar al hechicero equivocado, Sebastián despierta convertido en un cangrejo y es arrojado a las profundidades del océano.
Su suerte no mejora cuando es capturado por Rubí, la princesa del Reino Marino. Llamada así por sus hipnotizantes ojos rojos, Rubí es una sirena de una belleza letal y una personalidad... impredecible. Un momento es un ángel dulce que acaricia tus pinzas, y al siguiente está picando perejil mientras decide si te prefiere hervido o a la plancha.
Atrapado en una jaula de cristal y bajo la vigilancia de una "loca" con cambios de humor extremos, Sebastián deberá encontrar la forma de romper su hechizo antes de convertirse en el almuerzo real.
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capítulo 4
El Gran Salón de las Corrientes era el epicentro del poder submarino, un lugar donde las columnas de cristal de roca sostenían el peso del océano y los techos estaban incrustados con medusas que emitían una luz pálida y aristocrática. Allí, los seres más influyentes del abismo se reunían para discutir tratados de pesca y corrientes migratorias. Y allí, para desgracia de su linaje, se encontraba el Príncipe Sebastián, encerrado en una burbuja de aire portátil que Rubí llevaba atada a su muñeca como si fuera un globo de feria.
—¡Atención a todos, plebeyos y nobles con escamas! —anunció Rubí, entrando al salón con un movimiento de cola que desplazó a tres duques-delfín—. ¡Les presento a mi nueva adquisición! Se llama Sebastián y, aunque técnicamente es un príncipe de la superficie, para efectos prácticos es mi reserva de emergencia.
Sebastián golpeó la pared de la burbuja con una pinza, su voz resonando con un eco metálico gracias a la magia del Rey.
—¡No soy una reserva! ¡Soy un dignatario extranjero en cuerpo de crustáceo! —protestó Sebastián, mirando con odio a un Barón-Tiburón que lo observaba relamiéndose los dientes—. ¡Dejen de mirarme así! ¡Tengo más educación en mi antena izquierda que todos ustedes en sus aletas!
Rubí, haciendo caso omiso a las protestas de su "mascota", se acercó a la Marquesa de las Anguilas, una mujer cuya piel eléctrica chispeaba con cada palabra.
—Mira, Marquesa, ¿no es adorable? —dijo Rubí, agitando la burbuja para que Sebastián rodara por el suelo invisible—. Tiene un sabor... digo, un carácter muy picante. Mi padre dice que es un príncipe, pero yo creo que es un aperitivo con delirios de grandeza. ¿Verdad que se vería hermoso decorado con un poco de perejil marino en la cena de gala de mañana?
—Ciertamente, Alteza —siseó la Marquesa, acercando su rostro alargado a la burbuja—. Tiene un caparazón de un rojo muy... apetitoso. Si alguna vez decide que ya no quiere que hable, con gusto puedo ayudarla a silenciarlo con una descarga y pasarlo por la parrilla.
—¡Oigan! ¡Estoy aquí mismo! ¡Puedo oírlas! —chilló Sebastián—. ¡Esto es una violación de los derechos humanos! ¡Y de los derechos de los decápodos! ¡Rubí, suéltame ahora mismo o te juro que cuando recupere mis manos te voy a esconder todos tus peines de coral!
Rubí soltó una carcajada cristalina que rápidamente se tornó en una mirada gélida hacia la Marquesa.
—Nadie toca mi comida sin mi permiso, Marquesa. Es de mala educación lamer el escaparate.
El cambio de humor fue tan brusco que la Marquesa retrocedió asustada. Rubí volvió a sonreír con dulzura extrema, acariciando la burbuja de Sebastián.
—No te preocupes, mi pequeño bocadillo. Eres demasiado divertido para comerte... por ahora. Además, tenemos un viaje que hacer.
Mientras tanto, en la superficie, el Reino de Helios no estaba pasando por su mejor momento decoroso. En la sala del trono, el Rey de Helios y su esposa, la Reina Beatriz, escuchaban el informe de un mensajero que acababa de emerger de una fuente mágica, empapado y con cara de querer dimitir de su puesto.
—¿Que mi hijo qué? —rugió el Rey, dejando caer su copa de vino—. ¡Repítelo!
—Su majestad... el Príncipe Sebastián ha sido localizado —balbuceó el mensajero—. Se encuentra en el Reino Marino. Pero... hay complicaciones. El Rey Tritón informa que ha sido transformado en un... un cangrejo de río. Grande, eso sí. Muy rojo.
La Reina Beatriz se llevó una mano al pecho, palideciendo.
—¿Mi pequeño Sebastian es un marisco? ¡Qué horror! ¡La etiqueta prohíbe que un heredero al trono tenga más de cuatro extremidades! ¿Y qué dice el Rey del Mar al respecto?
—Dice que la situación es delicada y que, para garantizar la seguridad del príncipe y buscar una solución conjunta, enviará a su hija, la Princesa Rubí, a este palacio —continuó el mensajero, temblando—. Ella viajará con el... con su hijo. El Rey Tritón le otorgará piernas mágicas a la princesa para que pueda caminar entre nosotros hasta que el hechizo del príncipe se rompa.
En un rincón de la sala, Sombra, la gata negra, dejó de lamerse una pata y aguzó las orejas. "Piernas", pensó la gata. "Eso significa que viene alguien nuevo a quien ignorar. Pero si trae a ese cangrejo ruidoso de vuelta, tendré que decidir si lo saludo con un maullido o con un zarpazo de prueba".
—¡Es una vergüenza internacional! —gritó el Rey de Helios—. ¡Mi heredero llegará a casa en una pecera mientras una sirena se pasea por mis pasillos! ¡Preparen las habitaciones! ¡Y quiten el menú de mariscos de la cena! ¡No quiero incidentes diplomáticos en la mesa!
De vuelta en las profundidades, el Rey Tritón llamó a su hija al salón privado. Sebastián, aún en su burbuja, observaba la escena con una mezcla de esperanza y terror puro.
—Rubí —dijo el Rey con tono solemne—, vas a ir a la superficie. He preparado un hechizo de transformación temporal. Tendrás piernas, pero tu naturaleza seguirá siendo la misma. Tu misión es proteger a Sebastián y aprender sobre su mundo. Si él logra cambiar su actitud arrogante, el hechizo se romperá.
—¡Piernas! ¡Qué emoción! —gritó Rubí, dando vueltas de alegría—. ¡Podré correr, saltar y probar la comida de la superficie! ¡Dicen que el pollo sabe a cangrejo, pero sin el caparazón molesto! ¡Qué ironía!
—¡No vas a probar nada que camine! —le gritó Sebastián desde su burbuja—. ¡Papá Tritón, por favor, no la deje ir sola conmigo! ¡Es como poner a un lobo a cuidar a una chuleta! ¡Una chuleta con corona!
El Rey Tritón ignoró la súplica de Sebastián y levantó su tridente. Una luz cegadora envolvió a Rubí. Su cola de escamas oscuras comenzó a dividirse, alargándose en dos extremidades pálidas y elegantes. Un vestido de seda negra y roja, tejido con magia abisal, cubrió su cuerpo.
Rubí se miró las piernas con fascinación. Intentó dar un paso, tambaleándose como una gacela recién nacida, y terminó cayendo de bruces sobre la arena, soltando un sollozo dramático.
—¡Duele! ¡Mis pies son horribles! ¡Papá, cámbiame! ¡No quiero caminar, quiero nadar! —lloró Rubí, golpeando el suelo—. ¡Es la peor tortura del mundo! ¡Buaaaaaa!
Pero un segundo después, se puso de pie con una agilidad asombrosa y una sonrisa radiante.
—¡Es broma! ¡Se siente genial! ¡Sebastián, prepárate! ¡Vamos a tu castillo! ¡Espero que tu gata sea sabrosa!
Sebastián hundió la cabeza entre sus pinzas, resignado. Su vida como príncipe había terminado. Ahora era un exiliado político, un plato de entrada andante y el compañero de viaje de una princesa que no sabía si lo iba a abrazar o a meter en una freidora al llegar a la frontera.
—Sombra... —susurró el cangrejo—. Si alguna vez me quisiste, prepara las uñas. La loca va para allá.