los tres herederos: Alessandra la mayor (por un año) y los gemelos Enzo y Matteo (mejores por un año)
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X. Il risveglio del titano e il profumo del salnitro.
El sábado por la mañana debería ser territorio sagrado. El único momento de la semana donde las resinas, el alambre y el ruido de la ciudad no tienen permiso para entrar en mis sueños. Pero mi subconsciente no contaba con los pulmones de Martina ni con la capacidad de los Veraldi para el exceso.
—¡GIULIA! ¡DESPIERTA! ¡ESTÁN INTENTANDO DERRIBAR LA PUERTA CON UN JARDÍN!
Me incorporé de golpe, con el corazón en la garganta y el cabello hecho un desastre. Me tomó unos segundos recordar dónde estaba. Martina entró a mi habitación como un torbellino, todavía en pijama, con los ojos más abiertos de lo que jamás los había visto en un turno de guardia.
—¿Qué pasa? ¿Se quemó la cocina? —balbuceé, restregándome los ojos.
—Peor... o mejor, no lo sé —Martina me tomó del brazo y me arrastró hacia el pasillo—. Tienes que ver esto. El repartidor está sudando frío porque el ramo no cabe por el marco de la puerta. ¡Literalmente!
Caminé tropezando con mis propios pies hasta la entrada. Al llegar, me quedé sin aire. Lo que había en el pasillo del edificio no era un ramo, era un monumento botánico. Una explosión de rosas rojas de tallo largo, peonías blancas y orquídeas raras que desprendían un aroma tan intenso que me mareó. Eran tantas que el pobre repartidor apenas se veía detrás de la montaña de pétalos.
—¿Giulia Tagliaferro? —preguntó una voz desde el otro lado de las flores—. Firme aquí, por favor. No puedo sostener esto mucho más tiempo o me voy a convertir en abono.
Firmé mecánicamente mientras Martina ayudaba a maniobrar el ramo para que entrara de lado. Una vez dentro, las flores ocuparon casi toda la mesa de la cocina y parte del suelo. Era absurdo. Era ridículo. Era... muy Alessandra.
—Mira eso —dijo Martina, señalando con el dedo una pequeña tarjeta de papel plateado que sobresalía entre las rosas—. Ahí está tu sentencia de muerte, Giu.
Me acerqué con las manos temblorosas y tomé la tarjeta. El papel era pesado, de una calidad que gritaba "lujo", y en el centro, escritas con una caligrafía cursiva, elegante y ligeramente recostada hacia la derecha, destacaban unas palabras en tinta negra azabache:
Per la mia donna, Giulia.
Sentí un calor súbito que subió desde mi cuello hasta la punta de mis orejas. Mi cara debía de estar brillando en la oscuridad del pasillo.
—"Para mi mujer..." —leyó Martina por encima de mi hombro, soltando una carcajada sonora y burlona—. ¡Vaya, vaya! La General no pierde el tiempo con sutilesas. Ya te puso la marca de propiedad, "mia donna". ¿Qué sigue? ¿Un anillo del tamaño de mi cabeza o un guardaespaldas en la ducha?
—¡Cállate, Martina! —chillé, tratando de cubrir la tarjeta con las manos, aunque era inútil porque ya la había leído—. Solo es un detalle... un poco exagerado, pero un detalle.
—¿Un detalle? Giulia, tienes un campo de fútbol de flores en la sala —Martina me rodeó, pinchándome la mejilla con el dedo—. Y mírate, estás roja como un tomate maduro. "Para mi mujer". Suena tan posesivo, tan... italiano de la vieja escuela. Me pregunto si sabe que su "mujer" todavía usa calcetines con dibujos de pinceles y se olvida de lavar los platos.
—¡Basta! —me tapé la cara con las manos, pero no podía dejar de sonreír—. Es la fiebre. Seguro que la fiebre le hizo escribir eso. No sabía lo que hacía.
—Claro, la fiebre —replicó ella, cruzándose de brazos con una sonrisa pícara—. La fiebre la hizo buscar la floristería más cara de Milán, encargar el ramo más grande de la historia y escribir en cursiva elegante que eres suya. Giu, acéptalo: esa mujer te ha declarado la guerra y su primera arma ha sido el romanticismo agresivo.
Me quedé mirando la tarjeta plateada. La letra de Alessandra era igual que ella: firme, segura y un poco intimidante. Al tocar el papel, todavía podía imaginar su voz ronca diciendo esas palabras. Me senté en una de las sillas de la cocina, rodeada de pétalos, sintiendo que mi pequeño y ordenado mundo de estudiante acababa de ser invadido por una fuerza de la naturaleza.
—"Per la mia donna" —susurré para mí misma, y el sonrojo, lejos de desaparecer, se intensificó—. Esta mujer me va a volver loca.
Alessandra:
La fiebre se había batido en retirada, dejando tras de sí un campo de batalla de sábanas sudadas y una debilidad residual que me negaba a aceptar. El sábado amaneció con un sol pálido que se filtraba por los ventanales, recordándome que el mundo no se detiene por una infección viral, ni siquiera si esa infección ataca al corazón operativo de los Veraldi. Me puse en pie, ignorando el ligero vértigo que aún me sacudía, y me enfrenté al espejo.
Mi reflejo me devolvió la imagen de alguien que ha cruzado el Estigia y ha vuelto con una cuenta pendiente. Mi fisonomía, siempre marcada por una estructura ósea fuerte, hombros anchos y una musculatura tonificada por años de entrenamiento riguroso, se acentuaba bajo la luz matutina. Pero lo que realmente había cambiado era mi voz. El virus había dejado un rastro de ceniza en mis cuerdas vocales. No era solo ronquera; era una frecuencia grave, profunda y vibrante que resonaba en mi pecho con una autoridad cavernosa.
Al bajar a la cocina, el recibimiento fue el esperado. Enzo y Matteo estaban desayunando, o más bien, compitiendo por ver quién devoraba más carbohidratos.
—Buongiorno, bro! —soltó Enzo, soltando una carcajada mientras me veía servirme un espresso doble—. Cazzo, con esa voz parece que mi hermano mayor finalmente ha regresado de las cruzadas. ¿A qué hora te sale la barba, Alessandra?
—¡Sí, bro! —añadió Matteo, dándole un golpe en el hombro a su gemelo—. Suenas más como el viejo que el propio padre. ¿Quieres que te traiga una cuchilla de afeitar o un poco de ron para terminar de ajustar ese bajo profundo?
Los miré de reojo, mis ojos heterocromáticos destellando con una advertencia gélida. Me llevé la taza de café a los labios y, antes de beber, solté una frase que los dejó rígidos.
—Se non chiudete la bocca adesso, vi manderò a scaricare i container a mano sotto il sole di mezzogiorno. Avete capito?
(Si no cierran la boca ahora, los mandaré a descargar los contenedores a mano bajo el sol del mediodía. ¿Han entendido?)
Mi voz sonó como el rugido de un motor diésel en una catedral vacía. Incluso a mí me sorprendió la profundidad del tono. Los gemelos se miraron entre sí, tragaron saliva y volvieron a sus cereales sin decir una palabra más. La General estaba de vuelta, y aunque su voz fuera la de un titán del inframundo, el mando seguía siendo suyo.(en los puertos)
Dos horas después, el aire salado del puerto de Génova me llenaba los pulmones, mezclándose con el olor a combustible y metal oxidado. Estaba en mi elemento. Caminaba con zancadas largas y seguras, vestida con un traje de sastre gris oscuro que marcaba mi figura atlética pero mantenía esa sobriedad masculina que tanto me gustaba.
A mi derecha caminaba Valentina, mi secretaria personal, cuya eficiencia era lo único que mantenía mi paciencia a raya. A mi izquierda, sin embargo, caminaba el problema: una nueva secretaria secundaria, joven, de mirada nerviosa y tacones que resonaban de forma irritante sobre el concreto del muelle. Su nombre era Bianca, o quizás Sofía, no me importaba. Su mera presencia, impuesta por los protocolos de expansión de mi padre, me resultaba un estorbo.
—Valentina, dammi il rapporto logistico aggiornato. Non abbiamo tempo da perdere con i convenevoli.
(Valentina, dame el informe logístico actualizado. No tenemos tiempo que perder con formalidades.)
—Certamente, Alessandra. I carichi sono pronti per la distribuzione trimodale. Abbiamo suddiviso l'invio per garantire la ridondanza operativa, —respondió Valentina, extendiéndome una tableta digital.
Me detuve frente a la grúa principal, donde un enorme contenedor con el sello de la empresa familiar era elevado hacia el cielo. El ruido era ensordecedor, pero para mí era música.
—Spiegami la ripartizione per via aerea, marittima e terrestre. Voglio i dettagli tecnici sulla messa in sicurezza dei beni, —ordené, mi voz cortando el estruendo ambiental.
(Explícame el desglose por vía aérea, marítima y terrestre. Quiero los detalles técnicos sobre la seguridad de los bienes.)
Valentina comenzó a desglosar la operación con la precisión de un cirujano:
Vía Marítima (El Ancla):
—Sessanta container sono già stati stivati nella stiva della 'Vento del Sud'. Trasportano le materie prime pesanti e i macchinari industriali. La documentazione doganale è stata pre-approvata per evitare ispezioni prolungate nel porto di destinazione.
(Sesenta contenedores ya han sido estibados en la bodega del 'Vento del Sud'. Transportan las materias primas pesadas y la maquinaria industrial. La documentación aduanera ha sido pre-aprobada para evitar inspecciones prolongadas en el puerto de destino.)
Vía Terrestre (La Red):
—Dodici convogli di autocarri pesanti partiranno stasera attraverso il valico del Brennero. Ogni unità è dotata di sistemi di tracciamento satellitare criptati e scorta armata discreta. Questi trasportano i componenti elettronici e i beni di consumo ad alta rotazione.
(Doce convoyes de camiones pesados partirán esta noche a través del paso del Brennero. Cada unidad está dotada de sistemas de seguimiento satelital encriptados y escolta armada discreta. Estos transportan los componentes electrónicos y los bienes de consumo de alta rotación.)
Vía Aérea (La Flecha):
—I tre jet cargo privati sono già sulla pista di Malpensa. Il carico è composto da beni di lusso, campioni farmaceutici e documentazione sensibile. Il decollo è previsto per le 04:00 di domani per minimizzare l'esposizione ai radar di monitoraggio civile.
(Los tres jets de carga privados ya están en la pista de Malpensa. El cargamento está compuesto por bienes de lujo, muestras farmacéuticas y documentación sensible. El despegue está previsto para las 04:00 de mañana para minimizar la exposición a los radares de monitoreo civil.)
La nueva secretaria intentó intervenir, tropezando con sus propias palabras.
—Señorita Veraldi... yo pensaba que quizás podríamos optimizar los costos si consolidamos el envío terrestre con...
Me giré hacia ella con una lentitud depredadora. La sombra de mi figura, proyectada por el sol de la mañana, pareció envolverla. La rabia, esa vieja amiga que siempre hablaba en mi lengua materna cuando el italiano se quedaba corto para expresar mi desprecio, emergió con fuerza.
—¿Tú pensabas? —solté en un español gélido, cada palabra golpeando como un martillo—. Escúchame bien, niña. Aquí no se viene a pensar en "optimizar costos" como si estuviéramos vendiendo limones en un mercado. Se viene a ejecutar con precisión quirúrgica. ¿Sabes lo que pasa si un solo convoy se retrasa cinco minutos en la frontera? ¿Tienes idea de la cadena de sangre que se desata si un manifiesto de carga no coincide con la realidad del contenedor?
La chica palideció, retrocediendo un paso. Su respiración se volvió errática.
—No... no quería... lo siento —balbuceó.
—Vuelve al coche —ordené, volviendo al italiano—. Valentina, portala via. Non voglio vederla per il resto della giornata. La sua incompetenza è un rumore che non posso sopportare mentre gestisco la spina dorsale della nostra economia.
(Valentina, llévatela. No quiero verla por el resto de la jornada. Su incompetencia es un ruido que no puedo soportar mientras gestiono la columna vertebral de nuestra economía.)
Valentina asintió con una eficiencia imperturbable y escoltó a la joven fuera del muelle. Me quedé sola, rodeada por el rugido de la maquinaria y el graznido de las gaviotas. El frío del acero de la barandilla se sentía bien contra mis palmas.
A pesar de la bronca, mi mente se desvió por un segundo hacia un lugar mucho más cálido. Una tarjeta de papel plateado que había enviado esa mañana. "Per la mia donna". El contraste entre la violencia logística que manejaba aquí y la delicadeza con la que imaginaba a Giulia recibiendo las flores me provocó una punzada extraña en el pecho.
Era el sábado de la resurrección de Alessandra Veraldi. El cargamento se movería por cielo, mar y tierra, imparable como el apellido que portaba. Pero mientras supervisaba la carga del 'Vento del Sud', solo podía pensar en una cosa: el sonido de la risa de una artesana que, por primera vez, me hacía sentir que ser "el bro" o "la General" no era suficiente. Quería ser, simplemente, la mujer que ella esperaba volver a ver.
Me aclaré la garganta, sintiendo el picor de la voz ronca, y volví a gritar órdenes. El imperio no se mantenía solo, y hoy, el puerto de Génova sabía que su dueña estaba más despierta que nunca.
La oficina del puerto era un búnker de cristal y acero suspendido sobre el rugir de las grúas. El aire acondicionado zumbaba con fuerza, intentando en vano filtrar el olor a gasóleo y salitre que se colaba por las rendijas. Me quité la chaqueta del traje, dejándola caer sobre el respaldo de una silla, y me desabroché los dos primeros botones de la camisa. Mi voz seguía siendo un pozo profundo de gravilla, y el pecho me ardía, no por la fiebre, sino por la irritación de una mañana lidiando con incompetentes.
Al entrar, un rastro de vapor con olor a cereza sintética me golpeó la cara. **Fiammetta** estaba recostada contra mi escritorio de caoba, balanceando una pierna con una indolencia que solo ella podía permitirse en mi presencia. En su mano derecha sostenía un cigarrillo electrónico de color púrpura metalizado.
—*Spegni quella merda, Fiammetta* —mascullé, mi voz sonando como un trueno distante—. (Apaga esa mierda, Fiammetta).
—*Oh, la Generalessa è tornata dai morti ed è già di cattivo umore* —rio ella, exhalando una nube de vapor dulce directamente hacia el techo—. (Oh, la General ha vuelto de entre los muertos y ya está de mal humor). ¿Qué te pasa, Ale? Es tecnología. Menos ceniza, menos olor, más... moderno.
—*È artificiale. È spazzatura per ragazzini* —gruñí, acercándome a ella mientras sacaba mi pitillera de plata—. (Es artificial. Es basura para niños). Un cigarro de verdad te quema los pulmones con honestidad. Esa cosa es solo mentiras con sabor a caramelo. No sé cómo puedes meterte eso en la boca.
Fiammetta soltó una carcajada traviesa y guardó el dispositivo en el escote de su vestido de seda roja. Se incorporó con la elegancia de un felino, dejando el espacio de mi silla libre, pero en cuanto me senté, ella no se alejó. Con un movimiento fluido, se acomodó en mi regazo, pasando sus brazos alrededor de mi cuello. El aroma de su perfume, una mezcla de sándalo y almizcle, borró por fin el rastro de la cereza sintética.
No la aparté. Después de días rodeada de la frialdad del hospital casero, de los gritos de mis hermanos y del metal de los puertos, necesitaba una compañía que no oliera a logística o a enfermedad. Necesitaba suavidad.
—*Dio, sei bollente* —susurró ella, rozando con sus labios el lóbulo de mi oreja—. (Dios, estás ardiendo). Pero ya no es fiebre, ¿verdad? Es otra cosa. Tienes los ojos más oscuros de lo normal.
—*È solo stanchezza, Fiammetta. Il porto mi sta consumando* —respondí, rodeando su cintura con mis brazos, sintiendo la calidez de su piel a través de la seda—. (Es solo cansancio, Fiammetta. El puerto me está consumiendo). He estado fuera tres días y parece que estos idiotas han olvidado cómo se lee un manifiesto de carga.
—*Povera piccola General* —murmuró ella, dándome un beso sutil en la comisura de los labios, uno que no pedía permiso pero que tampoco exigía nada—. (Pobre pequeña General). Me enteré de que estuviste delirando. Los gemelos dicen que hablabas con fantasmas. ¿Qué buscabas en el otro lado, Ale? ¿Nuevas rutas comerciales o un alma que te hiciera compañía?
Me reí, una risa corta que terminó en una tos leve.
—*Parlavo di nodi, a quanto pare* —dije, mirando hacia el horizonte de contenedores—. (Hablaba de nudos, al parecer). Pero no de los que aseguran los barcos.
—*Nodi...* —Fiammetta jugaba con el cuello de mi camisa, sus dedos largos y cuidados trazando líneas invisibles sobre mi clavícula—. Los nudos son peligrosos. Si los aprietas mucho, cortan la circulación. Si los dejas flojos, se deshacen. ¿Quién te está haciendo un nudo en el corazón, Alessandra? Porque esa voz de barítono que tienes hoy no es solo por el virus. Suenas... vulnerable. Y eso me encanta, pero me asusta.
—*Non dire sciocchezze. I Veraldi non sono vulnerabili* —sentencié, aunque mi mano apretó un poco más su cintura—. (No digas tonterías. Los Veraldi no son vulnerables). Solo estoy... recalibrando. La logística por aire, mar y tierra está lista. El 'Vento del Sud' sale esta noche. Debería estar celebrando que el negocio sigue en pie a pesar de mi ausencia, pero tengo la cabeza en otra parte.
—*En el parque, tal vez?* —preguntó ella con una chispa de malicia en los ojos, dándome otro beso, esta vez en el cuello, justo donde late el pulso—. He oído rumores. Una artesana. Alambre y piedras baratas. Un escándalo para la gran Alessandra Veraldi.
—*I rumori viaggiano troppo veloci in questa città* —mascullé—. (Los rumores viajan demasiado rápido en esta ciudad). Pero sí, Fiammetta. Hay algo... diferente. No es una de tus chicas, no es alguien que sepa qué hacer con una pistola o cómo ocultar un fajo de billetes. Es alguien que me mira y solo ve a "Ale". Una mujer que se pone los pantalones al revés.
Fiammetta se echó hacia atrás, mirándome a los ojos con una ternura inesperada.
—*È questo che ti serve, cara* —dijo con sinceridad—. (Es eso lo que necesitas, querida). Alguien que no te tenga miedo. Todos aquí agachan la cabeza cuando pasas. Yo te deseo, tus hermanos te admiran, tu padre te usa. Pero nadie te "ve". Si esa chica del parque te ve... entonces deja que te haga todos los nudos que quiera.
—*Me robó el primer beso, Fiammetta* —confesé, y mi propia voz me sorprendió por lo honesta que sonó—. *Bueno, se lo robé yo, pero resultó ser el suyo. El primero de su vida.*
Fiammetta soltó un suspiro largo, recostando su cabeza en mi hombro.
—*Un tesoro...* —susurró—. En este mundo de mierda donde todo se compra y se vende, le quitaste algo que no tiene precio. No me extraña que estés actuando como un demonio herido. Tienes miedo de haber roto algo que no sabes cómo arreglar.
—*Non so se posso essere quello di cui lei ha bisogno* —dije, cerrando los ojos por un momento—. (No sé si puedo ser lo que ella necesita). Mira dónde estamos. Entre armas, contrabando y barcos que esconden secretos. Ella restaura cosas viejas para devolverles la belleza. Yo... yo me encargo de que las cosas se muevan, sin importar quién caiga en el camino.
Fiammetta se incorporó un poco y me tomó la cara con ambas manos. Sus ojos eran cálidos, profesionales en el arte de consolar, pero con una chispa de afecto real por mí.
—*Alessandra, incluso el acero más duro necesita un lugar donde enfriarse* —me dio un beso suave en los labios, largo y lento, que sabía a ese vino caro que siempre bebía—. Si ella es ese lugar, no la dejes escapar por orgullo. Deja que el puerto se queme si es necesario, pero no dejes que esa voz ronca sea lo único que le quede de ti. Háblale. Pero no como una Veraldi. Háblale como la mujer que se desmaya en el sofá y necesita que la cuiden.
Nos quedamos así un rato, en el silencio de la oficina, mientras afuera el sol empezaba a bajar, tiñendo de naranja el acero de los barcos. Fiammetta seguía en mi regazo, siendo el ancla de carne y hueso que necesitaba antes de volver a sumergirme en la guerra de los puertos.
—*Grazie, Fiammetta* —susurré contra su frente—. (Gracias, Fiammetta).
—*Di nulla, Generale* —respondió ella, volviendo a sacar su cigarrillo electrónico con una sonrisa juguetona—. Pero en serio, la próxima vez que vengas, tráeme un habano de verdad. Esta mierda de cereza me está matando el paladar.
Me reí, esta vez con más fuerza, sintiendo que la congestión en mi pecho empezaba, por fin, a ceder ante la calidez de la compañía femenina que tanto me hacía falta. El cargamento podía esperar. Giulia podría esperar una hora más. en ese momento, solo existía el aroma a Fiammetta y el sonido del mar golpeando el muelle bajo mis pies.