Camila Fernández se despertó en la cama de un hotel con un hombre que intentaba matarla, acusándola de haberle tendido una trampa. Pero la realidad era peor de lo ella esperaba.
Su propio hermano había organizado todo con la intención de sacarle dinero a Mateo Vázquez, el hombre con quien paso la noche y cuando obtuvo lo que quería, desapareció.
Dos meses después Camila estaba sola con su abuela, sus padres se habían quitado la vida al irse a la ruina, su hermano estaba desaparecido y ahora ella, estaba embarazada de Mateo.
Cuando su hermano Nicolás regresa y descubre el embarazo, corre con la familia Vázquez para sacar provecho y ahora, Camila está atrapada en un matrimonio con un hombre que la desprecia.
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Capítulo 24
Capítulo 24
Después de que Quirino se fue, no me enteré de mucho más.
Me acuerdo de que la señora Marta me dio la medicación. De que la puerta se abrió y se cerró un par de veces. De una voz baja, la de Mateo, hablando con alguien en el pasillo. Después, nada.
Dormí de corrido.
En algún momento de la noche me desperté apenas. No abrí los ojos. Sentí movimiento al lado mío, como si alguien se acostara en la cama. Después me volvió a ganar el sueño.
No sé cuánto más pasó hasta que me salió sola la voz.
—Mamá…
La palabra me raspó la garganta incluso dormida.
—Me duele…
Sentía el cuerpo pesado, la mano caliente, el cansancio metido en los huesos. Quise seguir durmiendo, pero se me hizo un nudo en el pecho.
—Mamá… te extraño…
No escuché respuesta. Tampoco la esperaba. Igual se me escapó una lágrima, y después otra.
Alguien se movió a mi lado.
No llegué a despertarme del todo. Solo sentí que la cama seguía ocupada y, por alguna razón, eso me calmó un poco.
Cuando volví a abrir los ojos ya era de día, pero el cuarto estaba vacío.
Seguí durmiendo hasta bastante tarde.
Mateo, en cambio, ya estaba levantado hacía rato.
Bajó temprano y fue directo a buscar al mayordomo.
—¿Sofía está en la casa?
—No, señor. Anoche salió y todavía no volvió.
Mateo ni pestañeó.
—Desde hoy le cancelás todas las tarjetas. También le sacás el auto. Y se acabó eso de entrar y salir cuando quiere. Va a la facultad y vuelve. Si llega después de las diez, no entra.
—Sí, señor.
El mayordomo anotó todo sin chistar. Mateo se quedó un segundo callado y después siguió.
—Quiero que averigües bien qué pasó con la quiebra de la familia Fernández.
El hombre levantó apenas la vista.
—Sí, señor.
—Y mové el tema de la casa. Quiero saber en qué está y cuánto falta.
—Hoy mismo me ocupo.
Mateo asintió y ya se iba al comedor cuando vio entrar a la abuela Mariana.
—¿Qué hacés levantada tan temprano?
La ayudó a sentarse.
—¿Y cómo querés que duerma tranquila? —rezongó la vieja—. Quiero saber cómo está Cami.
—Está débil. Tiene que descansar.
—¿Y el bebé?
—Quirino dijo que está bien.
La abuela recién ahí aflojó un poco los hombros.
—Menos mal.
Después lo miró con esos ojos que no le dejaban pasar una.
—Todo esto se podría haber evitado.
Mateo no dijo nada.
—El otro día la chica me dijo que quería volver a estudiar —siguió la abuela—. Yo no la dejé porque me pareció mucho esfuerzo. Si la hubiera dejado, no pasaba todo esto.
Mateo se quedó quieto.
—¿Te dijo eso?
—Sí. Estaba aburrida, pobre. Quería aprovechar antes de que se le notara la panza.
Él bajó la vista un segundo, pensativo.
Cuando yo me desperté, ya era por la tarde. La fiebre no se había ido del todo, pero por lo menos no me sentía tan rota como la noche anterior.
La señora Marta entró con una bandeja.
—Vamos, señora, aunque sea unas cucharadas.
Me ayudó a incorporarme y me acercó un poco de sopa suave. Tomé unas cuantas, despacio. Más no me entró.
—Ya está. No puedo más.
—Con eso alcanza por ahora.
Se puso a juntar las cosas y vi que al lado tenía el botiquín.
—¿Va a curarme otra vez?
—No. Ahora me toca ver si el señor al menos se deja mirar la herida.
No le di importancia al principio. Después me cayó la ficha.
—¿Qué herida?
La señora Marta me miró como si no entendiera de qué estaba hablando.
—La del cuello.
—¿Qué cuello?
—Ay, señora… ¿de verdad no se acuerda?
Fruncí el ceño.
—No.
Ella apoyó la bandeja y se acercó un poco más.
—Anoche, cuando Quirino le estaba limpiando el dedo, usted se puso muy mal y lo mordió al señor acá —se señaló la base del cuello—. Fuerte.
Me quedé mirándola.
—No.
—Sí.
—¿Yo?
—Usted.
Sentí calor en la cara, aunque seguía medio descompuesta.
—No puede ser.
—Puede, porque pasó.
Yo no me acordaba de nada de eso. Lo único que tenía de anoche era dolor. Dolor y más dolor. Todo lo demás estaba borroso.
—¿Lo lastimé mucho?
La señora Marta hizo una mueca.
—Y… bastante.
—¿Qué tan bastante?
—Bastante en serio.
Me tapé media cara con la manta.
—Qué vergüenza.
—No se haga problema. Fue del dolor.
—Sí, pero igual…
No terminé la frase. No sabía cómo terminarla.
La señora Marta siguió acomodando el botiquín.
—El tema es que él ni se deja ver.
—¿Cómo que no?
—Como lo oye. La señorita Sofía se hizo mirar unos rasguñitos por medio país, pero el señor anda con eso ahí como si nada.
Bajé la manta despacio.
—¿Está muy feo?
—Feo está.
Me mordí el labio.
La verdad, después de todo lo que había pasado entre nosotros, lo último que quería era ir a verlo. Pero también era verdad que la marca se la había hecho yo.
—Capaz tendría que mirárselo alguien.
—Eso digo yo —refunfuñó la señora Marta—. Pero a mí no me hace caso.
Me quedé callada un momento.
—A la abuela sí le haría caso.
La mujer negó con la cabeza.
—Si la abuela se entera, arma un escándalo.
Tenía razón.
Miré el botiquín otra vez. Después miré la puerta.
—¿Y si voy yo?
La señora Marta me miró como si le acabara de resolver el día.
—Eso mismo le iba a decir.
Yo resoplé.
—No se ilusione tanto.
—No me ilusiono. Le alcanzo la caja y listo.
Agarré el botiquín con la mano sana. La otra me latía debajo de la venda.
La señora Marta me acompañó hasta la puerta y me frenó un segundo.
—Está en el estudio.
Asentí.
No tenía muchas ganas de verlo.
Pero morderlo y hacerme la distraída ya me parecía demasiado.