En un mundo donde la luna elige a quienes están destinados a amarse, Alessandra Montenegro Valerius ha pasado toda su vida huyendo de cualquier emoción. Fría, racional y convencida de que el amor solo destruye, ha construido una existencia perfecta… pero vacía.
Todo cambia cuando asiste al compromiso de su hermana y descubre que ese lugar no pertenece al mundo humano, sino a uno donde los hombres lobo gobiernan y los lazos del destino son imposibles de romper. Allí, no solo enfrentará secretos ocultos sobre su propia sangre —un antiguo linaje de brujas—, sino también al único hombre capaz de desafiar todo lo que cree: un rey que ha esperado siglos por ella.
Entre magia, poder, heridas del pasado y un amor que ninguno de los dos desea aceptar, Alessandra tendrá que decidir si seguir negando lo que siente… o arriesgarse a vivir por primera vez.
Porque a veces, el destino no pide permiso. Solo reclama lo que siempre fue suyo.
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CAPÍTULO 5: EL SECRETO DE LA SANGRE
Las sombras no eran sombras.
Alessandra lo supo en el instante en que las vio frente a ella, danzando en el aire como humo negro con vida propia. No eran alucinaciones. No eran producto de una mente enferma. Eran algo real, algo que había estado esperando, algo que la había estado observando toda su vida.
—¿Qué es esto? —susurró, sin apartar los ojos de las sombras que se arremolinaban a sus pies.
—Tu magia —respondió Clarissa. Su voz era suave pero firme, como si estuviera hablando con un animal asustado—. O parte de ella. La que ha estado intentando salir desde que naciste.
Alessandra quiso negarlo. Quiso decir que no era posible, que la magia no existía, que las sombras eran producto de su imaginación como le habían dicho toda la vida. Pero las palabras no salían. Porque las sombras estaban ahí. Y su cuerpo las reconocía. Como se reconoce una canción que no se escuchaba desde la infancia, como se reconoce un olor que creías olvidado.
—Esto no puede estar pasando —dijo, dando un paso atrás. Las sombras la siguieron, fieles como perros—. ¿Qué me hiciste?
—No te hice nada. Solo te mostré la verdad. —Clarissa apagó la luz de sus manos y se acercó lentamente, con las palmas abiertas en señal de paz—. Al, escúchame. Lo que ves no es malo. No da miedo. Es parte de ti. La parte que te han estado ocultando toda la vida.
—¿Quién me la ocultó?
—Nuestra familia. Nuestra abuela. Los aquelarres que vinieron antes. Alguien puso un sello en tu magia cuando eras un bebé, y ese sello te ha estado robando la vida desde entonces.
Las palabras de Clarissa caían sobre ella como piedras. Sello. Magia. Aquelarres. Palabras que pertenecían a cuentos, a leyendas, a las historias que su abuela materna les susurraba cuando eran niñas y su madre aún no decidía cortar todo contacto.
—No entiendo —dijo, y su voz sonó pequeña, más pequeña de lo que había sonado en años.
—Lo sé. Por eso vine. Por eso te traje aquí. Porque aquí puedes entender.
Clarissa tomó sus manos otra vez. Las sombras se arremolinaron alrededor de sus brazos, como si quisieran protegerla, y Alessandra sintió un calor extraño en el pecho. No el calor del café o del sol. Un calor que venía de adentro.
—¿Por qué a mí? —preguntó, y en su voz había algo que no había sentido en años. Vulnerabilidad.
—Porque eres la mayor. Porque en nuestra familia, la primogénita siempre es la más poderosa. Y alguien tuvo miedo de lo que podrías llegar a ser.
Caminaron de regreso a la casa en silencio. Alessandra no habló. Clarissa no insistió. Las sombras se habían replegado a los bordes de su visión otra vez, pero Alessandra sabía que no se habían ido. Sabía que estaban ahí, esperando.
En la entrada, Sebastián las esperaba. No dijo nada, solo miró a Clarissa con una pregunta silenciosa en los ojos. Clarissa asintió apenas. Sebastián le devolvió una mirada que Alessandra no supo interpretar, pero que parecía cargada de algo que no era solo preocupación.
—Aeron quiere hablar contigo —dijo Sebastián, dirigiéndose a Alessandra—. Está en la biblioteca.
—¿Sobre qué?
—Sobre lo mismo que Clarissa acaba de contarte.
Alessandra quiso negarse. Quiso volver a su habitación, cerrar la puerta, fingir que nada de esto había pasado. Pero algo en la forma en que Sebastián dijo “Aeron” la detuvo. Algo que sabía que debía hacer.
—Está bien —dijo, y su voz sonó más firme de lo que se sentía.
La biblioteca estaba al fondo del pasillo, en la parte más antigua de la casa. Las paredes eran de piedra, los estantes de madera oscura, y el aire olía a libros viejos y a algo más. A incienso. A historia.
Aeron estaba de espaldas a la puerta, mirando uno de los estantes. Cuando ella entró, no se giró.
—Sabías —dijo Alessandra, cerrando la puerta detrás de ella—. Desde que llegué, lo sabías.
—Sí.
—¿Por qué no me lo dijiste?
Aeron se giró entonces. En la luz tenue de la biblioteca, sus ojos dorados brillaban con una intensidad que Alessandra empezaba a reconocer.
—Porque no era mi lugar. Porque necesitabas escucharlo de ella primero.
—¿Y ahora? ¿Ahora es tu lugar?
Aeron no respondió de inmediato. Se acercó a ella con pasos lentos, como quien se acerca a un animal que podría huir. Alessandra no se movió. No podía. Algo la mantenía en su lugar, algo que no era miedo.
—¿Sabes qué eres? —preguntó él cuando estuvo frente a ella.
—Clarissa dijo que soy una bruja.
—Eres más que eso. Eres la primogénita de una línea que ha existido desde antes de que los lobos caminaran entre los humanos. Eres la que estaba destinada a romper la maldición que ha mantenido separados a nuestros pueblos durante siglos.
Alessandra frunció el ceño. Las palabras de Aeron eran como piezas de un rompecabezas que no tenía la imagen completa.
—¿Lobos? ¿Maldición? ¿De qué estás hablando?
Aeron la miró a los ojos. Por un momento, Alessandra vio algo en su rostro que no esperaba. Vacilación. El hombre que la había mirado como si pudiera ver a través de ella dudaba.
—No soy humano —dijo finalmente—. Sebastián tampoco. Nicolás tampoco. Los que trabajan en esta finca, los que viven en este valle… ninguno lo es.
—¿Qué son entonces?
Aeron dio un paso atrás. Cerró los ojos. Y cuando los abrió, Alessandra vio algo que no podía explicar. Sus ojos dorados brillaban con una luz propia, una luz que no venía de ninguna lámpara ni de ninguna vela.
—Somos hombres lobo —dijo—. La manada más antigua del continente. Y yo soy su Alfa.
El mundo se detuvo. Alessandra escuchó las palabras, las entendió, pero su mente se negaba a procesarlas. Hombres lobo. Eran palabras de cuentos. De películas de terror. No de la vida real.
—No es posible —dijo, y su voz sonó hueca.
—¿Más imposible que la magia que acabas de ver en las manos de tu hermana?
Esa pregunta la dejó sin respuesta. Porque tenía razón. Si la magia existía, si las sombras que la habían perseguido toda su vida eran reales, ¿por qué no podían existir también los hombres lobo?
—¿Por qué me dices esto? —preguntó, y en su voz había un temblor que no podía controlar—. ¿Qué tengo que ver yo con todo esto?
Aeron se acercó otra vez. Esta vez, levantó una mano. Alessandra contuvo la respiración cuando sus dedos rozaron su mejilla. No era un toque posesivo. Era suave. Casi reverente.
—Porque eres mi compañera —dijo, y su voz era tan baja que parecía un susurro—. La que la luna destinó para mí. La que he estado esperando doscientos años.
El toque de sus dedos quemaba. No era un calor físico, era algo más profundo, algo que se extendía desde su mejilla hasta su pecho, hasta sus manos, hasta ese lugar vacío que llevaba dentro toda la vida.
—No —dijo, apartándose—. No soy nada de eso.
—Lo eres.
—¡No! —La voz de Alessandra se quebró. Se llevó las manos al pecho, como si pudiera contener algo que amenazaba con romperse—. Yo no siento nada. No puedo sentir nada. Eso me lo han dicho toda la vida. No soy la compañera de nadie. No soy la destinada de nadie. No soy nada.
Las sombras a su alrededor se agitaron, creciendo, oscureciéndose. Alessandra las sintió moverse con su furia, con su miedo, con todo lo que había reprimido durante años.
Aeron no se apartó. No mostró miedo. Se acercó más.
—Sientes —dijo, con una calma que contrastaba con el torbellino de sombras a su alrededor—. Sientes ahora. Tienes miedo. Tienes rabia. Tienes algo que no sabes nombrar. Eso es sentir.
—No quiero sentir.
—Lo sé. Por eso estás aquí. Por eso te trajeron. Porque ya no puedes seguir sin hacerlo.
Las sombras se calmaron. Alessandra sintió que las fuerzas la abandonaban, que el control que había mantenido durante años se desmoronaba. Se dejó caer en el sillón más cercano, con las manos aún apretadas contra el pecho, con la respiración entrecortada.
Aeron no se sentó a su lado. Se arrodilló frente a ella, poniéndose a su altura. Sus ojos dorados estaban fijos en los suyos, pero no había presión en su mirada. Solo espera.
—No te pido que me aceptes —dijo—. No te pido que entiendas todo ahora. Solo te pido que no huyas.
—¿A dónde podría huir? —preguntó Alessandra, y su voz sonó cansada—. No sé nada de esto. No sé quién soy.
—Eso es lo que vamos a descubrir. Juntos.
Alessandra levantó la vista. Quería decirle que no. Quería decirle que no necesitaba a nadie, que siempre había estado sola y que así estaba bien. Pero las palabras no salían. Porque por primera vez en su vida, no estaba segura de querer estar sola.
—Cuéntame —dijo en lugar de eso—. Cuéntame todo.
Aeron sonrió. No era una sonrisa amplia ni cálida. Era pequeña, casi imperceptible. Pero Alessandra la vio.
—Empezaré desde el principio —dijo, sentándose en el suelo frente a ella—. Desde hace doscientos años, cuando la profecía dijo que encontraría a mi compañera. Una mujer sin lobo, con el corazón sellado, que no podría amarme hasta que aprendiera a sentir.
—¿Esa soy yo?
—Esa eres tú. Y el sello que pusieron en tu magia cuando eras un bebé… es el mismo que te ha robado la capacidad de sentir. Porque alguien tuvo miedo de lo que podrías llegar a ser. Alguien prefirió verte vacía antes que verte poderosa.
Alessandra cerró los ojos. Las sombras se arremolinaban detrás de sus párpados, danzando en la oscuridad.
—¿Quién? —preguntó—. ¿Quién me hizo esto?
—Tu abuela —respondió Aeron, y su voz fue suave, como si supiera el peso de sus palabras—. Tu abuela materna. La que no has visto en más de veinte años.
El nombre de la abuela Elena resonó en su mente como un eco. La mujer que nunca había conocido, la que su madre nunca mencionaba, la que había sido borrada de su historia familiar.
—¿Por qué?
—Para protegerte. O eso creyó. Porque hay una profecía que dice que la primogénita de su línea romperá una maldición antigua. Y hay quienes quieren evitarlo. Quienes quieren que sigas dormida para siempre.
Alessandra abrió los ojos. En la penumbra de la biblioteca, las sombras se habían calmado. Estaban quietas ahora, como si escucharan también.
—¿Qué maldición?
Aeron la miró con una intensidad que le heló la sangre.
—La maldición que separó a los lobos de las brujas hace siglos. La maldición que nos ha hecho enemigos cuando deberíamos ser aliados. La maldición que tú estás destinada a romper.
—¿Y si no quiero?
—Esa es la cuestión. Tienes que querer. El sello no se rompe con magia. Se rompe cuando tú eliges sentir. Cuando tú eliges sentir por ti misma, no por obligación, no por destino. Cuando tú eliges…
Hizo una pausa. Sus ojos dorados brillaron en la penumbra.
—Cuando tú eliges sentir algo por alguien.
El silencio se instaló entre ellos. Alessandra supo lo que no decía. Supe que ese alguien era él.
—No sé cómo —susurró—. No sé sentir.
—Lo sé. Por eso no te pido que lo hagas ahora. Solo te pido que te quedes. Que me des la oportunidad de enseñarte.
Alessandra lo miró. En la penumbra, con sus ojos dorados brillando como luces lejanas, Aeron parecía sacado de una de las leyendas que su abuela les contaba cuando eran niñas. Un héroe antiguo. Un lobo eterno. Alguien que había esperado doscientos años por ella.
—¿Qué pasa si no puedo? —preguntó—. ¿Qué pasa si llego a los veintisiete años y sigo sin sentir nada?
La mandíbula de Aeron se tensó.
—Entonces el sello se volverá permanente. Perderás tu magia para siempre. Y yo… —Hizo una pausa, como si las palabras pesaran más que cualquier otra cosa que hubiera dicho—. Yo te perderé antes de haberte tenido.
Alessandra sintió algo en el pecho. No era el eco de siempre, no era la vibración lejana. Era algo más agudo. Más real. Como un cuchillo de hielo que se clavaba en su carne.
—¿Cuánto tiempo me queda?
—Seis meses.
Seis meses. Alessandra hizo el cálculo mental. Seis meses para aprender a sentir. Seis meses para romper un sello que había estado ahí toda su vida. Seis meses para decidir si quería ser quien estaba destinada a ser o seguir siendo quien siempre había sido.
—Está bien —dijo, y las palabras salieron más firmes de lo que esperaba—. Me quedo.
Aeron cerró los ojos por un momento. Cuando los abrió, Alessandra vio algo en ellos que no había visto en ningún otro rostro. Alivio. Un alivio tan profundo, tan antiguo, que parecía haber estado esperando doscientos años para sentirlo.
—Gracias —dijo, y su voz era ronca—. Lo que tienes que hacer no será fácil. Pero no estarás sola.
Alessandra asintió. No dijo nada más. Pero mientras salía de la biblioteca, con las sombras siguiéndola como una segunda piel, sintió que algo en su interior se movía. Algo que llevaba dormido veintiséis años.
No sabía si era miedo. No sabía si era esperanza. No sabía si era el comienzo de algo que aún no podía nombrar.
Pero por primera vez en su vida, Alessandra Montenegro Valerius sintió que algo valía la pena esperar.