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BAJO LA MISMA ORDEN

BAJO LA MISMA ORDEN

Status: En proceso
Genre:Romance / Malentendidos
Popularitas:1.5k
Nilai: 5
nombre de autor: Leidy Ocampo

Después de años de separaciones, heridas y secretos, Natalie Cardona, una valiente capitana de élite, y Dereck Stein, un estratega marcado por la guerra, se reencuentran entre el deber y el amor que nunca pudieron apagar, descubren que incluso las almas rotas pueden volver a latir...

NovelToon tiene autorización de Leidy Ocampo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Solo es un baile

El ambiente estaba impregnado de luces, humo y un ritmo que se colaba en la piel. Llevábamos ya un par de copas, y aunque no suelo perder el control, aquella noche lo necesitaba. Después de todo lo vivido en la misión, sentirme ligera por un par de horas no era tan grave.

Emma hablaba con James, y yo solo escuchaba, riendo a carcajadas cuando él contaba sus historias absurdas sobre los entrenamientos o cómo había aprendido a cocinar "para no morir de hambre en el campo". Lo hacía tan natural, tan gracioso, que me olvidaba por un momento del peso del uniforme, del dolor que aún cargaba en el pecho.

—Deberías dejar que te invite a cenar —dijo James, inclinándose un poco hacia mí con esa sonrisa suya—. Cocino mejor que la mitad de los restaurantes de Berlín.

—¿Ah, sí? —reí, arqueando una ceja—. ¿Y cuántas intoxicaciones llevas en tu historial, soldado?

—Ninguna comprobada —replicó él, alzando su copa, y ambos estallamos en risa.

La música cambió. El DJ mezcló una base lenta con un ritmo latino sensual que hizo vibrar el piso. Emma me tomó de la mano y tiró de mí.

—Vamos, necesitamos despejar la cabeza —dijo ella, arrastrándome hacia la pista.

—Emma, no... —protesté, pero ya era tarde.

El cuerpo de Emma se movía con una soltura envidiable, y yo terminé dejándome llevar. El corsé me apretaba la cintura, la falda rozaba mis piernas al compás del movimiento, y por un instante, sentí que el mundo se detenía entre las luces rojizas y el sonido ensordecedor.

—Hace años que no te veía reír así —dijo Emma entre risas, dándome un empujón suave.

—No exageres —le respondí, alzando mi copa. —Solo estoy... disfrutando.

Cuando regresamos a la mesa, jadeando y riendo, James se acercó con dos copas más. Se inclinó hacia mí, tan cerca que podía sentir su perfume, cálido, dulce.

James se inclinó un poco hacia mí, su mirada juguetona.

—Eso deberías hacer más seguido, Natalie. Te hace bien.

No supe si fue el tono en el que lo dijo o la sonrisa que acompañó sus palabras, pero sentí las mejillas encenderse. Y justo cuando iba a responder, una sombra se proyectó frente a nosotros.

Dereck.

Su disfraz de ángel caído parecía una provocación en sí misma: alas negras, pantalón ajustado, el torso desnudo cubierto apenas por un trazo de pintura plateada que resaltaba cada músculo. Su mirada oscura, seria... pero con ese brillo peligroso que siempre lograba desarmarme.

—¿Bailas? —preguntó, tendiéndome una mano.

Iba a decir que no. Iba a hacerlo. Pero la forma en que me miraba, como si esperara que lo hiciera correr tras mí, me retó sin palabras. Apenas alcancé a dejar mi copa cuando su mano ya rodeaba mi cintura, firme, y me guiaba hacia la pista.

La música cambió a un ritmo más lento, sensual, de esos que parecen sincronizados con los latidos del corazón.

—No pensé verte bailar —dije, intentando mantener la voz casual.

—No suelo hacerlo —respondió él, inclinándose hasta que su aliento rozó mi oído—. Pero contigo... parece fácil.

Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente. Su cercanía era un imán. Sus manos, cálidas, se posaron en mis caderas con una naturalidad que me estremeció. Intenté mantener la compostura, moverme con gracia, fingir que no me afectaba, pero su mirada me atrapó.

—¿Y tú? —preguntó él, con una sonrisa ladeada—. ¿Siempre bailas así o es parte del disfraz?

—Depende —contesté, levantando la barbilla—. ¿Del público o de la intención?

Sus ojos descendieron a mis labios, y por un instante, el mundo se detuvo.

—Entonces espero tener la intención correcta.

Giré, dándole la espalda, pero su mano no se apartó. Me sujetó suavemente por la cintura, guiando el movimiento. Cada roce, cada giro, cada respiración, parecía una conversación muda que ninguno quería detener. La tensión era casi tangible, como si el aire se hiciera más espeso entre nosotros.

—Sigues igual —murmuró cerca de mi oído—. Orgullosa. Intensa.

—Y tú sigues sin entender límites —le respondí, girando apenas para mirarlo.

Su sonrisa se ensanchó, peligrosa, encantadora.

—Tal vez es que tú nunca los pones del todo.

Mi respiración se entrecortó, y por un segundo, olvidé que estábamos rodeados de gente. Sus ojos me sostuvieron, su pulgar dibujó un círculo distraído en mi cadera. Si seguía así, si decía una palabra más, iba a perder el control.

Me aparté un poco, intentando romper el hechizo.

—Solo es un baile, Dereck.

—Claro —susurró él, inclinándose con esa voz grave que me calaba los huesos—. Pero dime, ¿a quién intentas convencer?

No tuve respuesta. Solo el sonido de la música, su respiración cerca, y el eco de algo que nunca se había ido.

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