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EL DESCONOCIDO EN MI ALMOHADA

EL DESCONOCIDO EN MI ALMOHADA

Status: Terminada
Genre:Fantasía épica / Mundo de fantasía / Viaje a un mundo de fantasía / Completas
Popularitas:2.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Azly colon

El Desconocido de mi Almohada es una historia de amor, misterio y autodescubrimiento que te hará cuestionar los límites entre la realidad y la fantasía.

NovelToon tiene autorización de Azly colon para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

capitulo 19

El despertador de la habitación 502 no sonó. No hizo falta. Llevaba horas despierta, sentada sobre mi maleta cerrada, viendo cómo la luz del amanecer trepaba por los rascacielos de cristal de Gangnam. Seúl se despertaba con su habitual indiferencia mecánica, ajena a que para mí, el mundo se estaba apagando.

Me levanté con la rigidez de una estatua. Me puse unos vaqueros y un jersey ancho; ya no necesitaba el disfraz de consultora. Ya no era nadie en esta ciudad. Al salir de la habitación, dejé la tarjeta sobre la mesa. No miré atrás. Si miraba atrás, vería el fantasma de Marcos, el reflejo de Min-ho y los restos de la Valeria que creyó que podía desafiar a una dinastía.

El taxi hacia el aeropuerto de Incheon tardó una eternidad en llegar. El tráfico matutino de Seúl es una bestia lenta y pesada. Mientras avanzábamos por la autopista, miraba por la ventana los puentes que cruzaban el río Han. El puente de Banpo, el puente de Mapo... lugares que ahora eran cicatrices en mi memoria.

—¿Llega a tiempo para su vuelo, señorita? —preguntó el taxista en un inglés precario.

—Eso espero —respondí, aunque una parte de mí deseaba que el coche se averiara, que un meteorito cayera sobre la carretera, que el tiempo se detuviera para siempre.

Mientras tanto, en la planta 42 del edificio Han-Guk, el ambiente era de celebración. Min-ho llegó temprano, silbando una melodía que nadie le había oído nunca. Traía una caja de pasteles para su equipo. Estaba exultante. Los periódicos económicos abrían con la noticia del éxito de su prototipo. Incluso el Vicepresidente Park le había dado un apretón de manos —frio, sí, pero un apretón de manos al fin y al cabo—.

A las diez en punto, un mensajero entró en la planta. Llevaba un sobre con el membrete del hotel. La secretaria de Min-ho, acostumbrada a los paquetes de lujo, lo dejó sobre su mesa justo cuando él entraba tras una reunión con los inversores alemanes.

Min-ho se sentó, se aflojó la corbata y vio el sobre. Reconoció mi letra al instante. Sonrió, pensando que quizá era una nota romántica, una cita para celebrar el éxito de la feria.

Abrió el sobre. Cayó la foto de la playa. Y luego, leyó la nota.

"Min-ho, si te lo hubiera dicho, habrías intentado salvarme y te habrías hundido conmigo..."

Testigos en la oficina dirían después que el Director Kang se puso tan pálido que pensaron que iba a sufrir un infarto. Se levantó tan rápido que su silla de cuero golpeó el ventanal con un estruendo. No cogió su abrigo. No cogió su maletín. Salió corriendo del despacho, cruzando la planta 42 como un rayo.

—¡Señor Kang! ¡Tiene la firma con los americanos en diez minutos! —gritó su secretaria, corriendo tras él.

Min-ho no se detuvo. Al llegar a los ascensores, vio que estaban todos ocupados. Sin pensarlo, se lanzó por las escaleras de emergencia. Bajó seis pisos saltando los peldaños de tres en tres hasta que encontró un ascensor libre en la planta 36.

Al llegar al parking, su chófer lo esperaba junto al coche.

—¡A Incheon! —rugió Min-ho, empujando al chófer fuera del asiento del conductor—. ¡Muévete!

—Pero señor, el tráfico...

Min-ho no escuchó. Arrancó el sedán negro haciendo chirriar las ruedas sobre el cemento. Salió a la calle como un loco, esquivando autobuses y mensajeros en moto. Su mente era un caos de cálculos de tiempo. Diez de la mañana. El vuelo sale a las doce. Facturación, seguridad, inmigración...

—No te vayas, Valeria. Por lo que más quieras, no te vayas —suplicaba entre dientes, golpeando el volante.

El tráfico en la autopista del aeropuerto estaba colapsado. Un accidente a pocos kilómetros de la terminal había convertido la carretera en un aparcamiento gigante. Min-ho miró el reloj del salpicadero: 11:15.

Estaba atrapado. Los coches no se movían. Frustrado, bajó la ventanilla y vio que la gente empezaba a salir de los coches para ver qué pasaba. Incheon estaba a tres kilómetros. Tres kilómetros de asfalto bajo una lluvia fina que empezaba a caer.

Min-ho hizo algo que nadie en la junta directiva de Han-Guk creería jamás: apagó el motor, dejó las llaves puestas, salió del coche y empezó a correr.

Corrió con sus zapatos de mil dólares. Corrió con su traje de sastre empapándose. Corrió por el arcén de la autopista, adelantando a los coches parados. Le dolían los pulmones, el frío le cortaba la cara, pero solo veía una imagen: mi rostro en el puente de Banpo diciéndole que valía la pena.

Yo, mientras tanto, ya había pasado el control de seguridad. Estaba en la terminal de salidas internacionales, rodeada de tiendas de duty free y luces brillantes. Me senté en una de las puertas de embarque, mirando mi billete. Vuelo KE913. Puerta 24.

Faltaban cuarenta minutos para el despegue.

Me sentía anestesiada. Veía a las familias despidiéndose, a los empresarios hablando por teléfono, y sentía que yo era una espectadora en una película en la que ya no quería actuar. Saqué la pequeña figura de cerámica que Min-ho me había regalado en el mercado de Namdaemun. La apreté en mi mano hasta que me hizo daño.

En el exterior, Min-ho llegó a la terminal de salidas jadeando, con el traje destrozado y el pelo pegado a la frente. Entró en el edificio principal como un torbellino. Los guardias de seguridad lo miraron con sospecha, pero él gritó su nombre y mostró su identificación de Han-Guk.

—¡Valeria! —gritó en medio del vestíbulo, pero su voz se perdió en el anuncio de los vuelos—. ¡VALERIA!

Fue al mostrador de Korean Air.

—Necesito pasar. Una pasajera, Valeria... vuelo a Madrid. ¡Tengo que verla!

—Lo siento, señor, si ya ha pasado seguridad, no puede entrar sin un billete —respondió la empleada, asustada por su aspecto.

—¡Soy Kang Min-ho! ¡Llama a tu supervisor! ¡Llama a quien sea!

Min-ho se dio cuenta de que no iba a pasar. Desesperado, miró las enormes cristaleras que daban a las pistas. Los aviones estaban allí, gigantes de metal listos para llevarse su vida. Sacó su teléfono. Tenía cincuenta llamadas perdidas de Park, de los inversores, de la junta. Las borró todas.

Me llamó a mí.

Yo estaba a punto de levantarme para embarcar cuando mi teléfono vibró. "Desconocido". Sabía que era él. No quería contestar. Sabía que si escuchaba su voz, me rompería. Pero mi mano se movió sola.

—¿Diga? —susurré.

—Valeria... no subas —la voz de Min-ho sonaba rota, entrecortada por el esfuerzo físico—. Estoy aquí. Estoy en la terminal. No subas a ese avión, por favor.

—Min-ho, no puedo quedarme. Me han echado. No tengo visado, no tengo trabajo... Park ha ganado.

—¡Park no ha ganado nada! —rugió él, y pude oír el eco de su voz en algún lugar lejano del edificio—. He dejado el coche en la autopista. He dejado la firma con los americanos. He dejado todo, Valeria. Si te vas, yo me voy contigo. Compro un billete ahora mismo y me subo a ese avión. No me importa la empresa, no me importa Seúl. Solo me importas tú.

Me eché a llorar, ocultando el rostro con la mano para que los otros pasajeros no me miraran.

—No puedes hacer eso, Min-ho. Tu proyecto... el niño de la playa...

—El niño de la playa ya no tiene miedo, Valeria. Porque te ha encontrado. Escúchame: no subas. Sal por la puerta de "vuelos cancelados". Te estaré esperando en el mostrador de información. Si sales, te prometo que encontraremos una forma. Contrataré a los mejores abogados, pelearemos contra Park, compraremos la maldita agencia de Madrid si hace falta... pero no me dejes solo en este cristal.

Miré hacia la puerta de embarque. La azafata ya estaba escaneando los primeros billetes. Miré el pasillo que llevaba al avión, un túnel hacia mi antigua vida. Y luego miré hacia atrás, hacia la salida.

—Valeria —su voz era ahora un susurro suplicante—. Quédate conmigo en la realidad. Ya no quiero soñarte más. Quiero vivirte.

Colgué el teléfono. Cogí mi maleta de mano. Me levanté.

Caminé hacia la azafata. Ella me extendió la mano para coger mi tarjeta de embarque. Me quedé mirándola un segundo. Vi mi nombre escrito en el papel. Vi el destino: MADRID.

—Señorita, ¿su billete? —preguntó la mujer con amabilidad.

—Lo siento —dije, y por primera vez en mi vida, sentí que mis palabras tenían un peso absoluto—. He cambiado de opinión.

Me di la vuelta y empecé a caminar en dirección contraria. Empecé a correr. Esquivé a los pasajeros, crucé las tiendas, pasé por delante de los guardias que me miraban extrañados. Llegué a la zona de inmigración de salida, donde tuve que explicar que renunciaba a mi vuelo. Fue un proceso lento, burocrático, desesperante.

Quince minutos después, crucé la puerta de cristal que separaba la zona de embarque del vestíbulo público.

Allí estaba él.

Estaba sentado en el suelo, apoyado contra una columna, con la cabeza entre las rodillas. Su traje gris estaba sucio de barro y lluvia. Parecía un mendigo en lugar de un ejecutivo. Cuando escuchó el sonido de mis pasos, levantó la cabeza.

Sus ojos se llenaron de una luz que no puedo describir. Se levantó tambaleándose y corrió hacia mí. Nos encontramos en mitad del vestíbulo de Incheon. Me levantó en vilo, abrazándome con una fuerza que me dejó sin aire.

—Estás aquí —susurró, hundiendo su cara en mi cuello—. Estás aquí.

—Estoy aquí —respondí, llorando y riendo a la vez—. Pero estamos en un lío enorme, Min-ho. Has perdido la firma. Has perdido el coche. Me han despedido...

Min-ho se separó un poco y me miró a los ojos. Tenía una sonrisa salvaje, la sonrisa de alguien que acaba de saltar al vacío y ha descubierto que puede volar.

—He perdido una empresa de cristal, Valeria. Pero he recuperado mi vida. Que Park se quede con los servidores. Nosotros tenemos algo que él nunca tendrá.

—¿Qué?

—Un futuro que no está escrito por nadie más —me besó allí mismo, delante de cientos de viajeros, de cámaras de seguridad y de los fantasmas de nuestros antepasados—. Ahora, vámonos de aquí. Tengo que explicarle a la policía por qué hay un sedán de lujo abandonado en la mitad de la autopista.

Salimos del aeropuerto de la mano. La lluvia seguía cayendo, pero ya no era fría. Era limpia. nosotros subimos a un taxi cualquiera, dejando atrás el aeropuerto, las oficinas y los sueños.

Habíamos roto el cristal. Habíamos quemado el guion. Y mientras el taxi nos llevaba de vuelta hacia el corazón de Seúl, supe que la verdadera historia no hacía más que empezar. Ya no era el desconocido de mi almohada. Era el hombre que había corrido tres kilómetros bajo la lluvia por mí.

Y eso era mucho más hermoso que cualquier sueño.

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The Wolf 🥀🐺🍃
una historia que se parece a mi vida mi ....me pasó lo mismo con mi ahora esposo y dejé de soñarlo cuando xfin lo conocí y extrañaba a el chico de mi sueños 😭😭....veamos k pasa .
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