En un mundo devorado por el sol, Elena huye de su pasado para caer en los brazos de Valerius, el implacable Rey del Norte. Entre sombras y una obsesión incontrolable, su amor prohibido desata un poder ancestral. Juntos, desafiarán el destino para engendrar un imperio donde la noche nunca termina."
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capitulo 10
Dejamos atrás la Fortaleza de Hierro convertida en un mausoleo de piedra y viento. No miré atrás ni una sola vez; el Sur, con sus campos de lavanda y sus intrigas de salón, ya no era más que una piel muerta que me había quitado para siempre.
Cabalgar al lado de Valerius era como desplazarse junto a una tormenta contenida. El terreno cambió con una rapidez brutal: los valles fértiles dieron paso a desfiladeros de granito gris, y los árboles, antes verdes y frondosos, se transformaron en pinos de agujas negras que parecían cuchillas de obsidiana. El aire se volvió tan denso y gélido que cada respiración se sentía como un trago de cristal molido, pero por primera vez en mi vida, mis pulmones no ardían. Se sentían, por fin, en casa.
El Acecho en el Paso de los Lamentos
Al tercer día, alcanzamos el Paso de los Lamentos, una grieta estrecha y profunda entre dos colosos de roca que servía de entrada oficial al Reino Oscuro. Aquí, el cielo nunca era azul; era un remolino perpetuo de violetas y grises cenicientos, donde la luz del sol moría antes de tocar el suelo.
—Detente —ordenó Valerius. Su voz, un barítono que vibraba en la base de mi nuca, cortó el silbido del viento.
Se bajó del caballo con una agilidad que desmentía el peso de su armadura. Desenvainó a Devoradora de Luz con un movimiento tan fluido que apenas vi el destello del metal negro. La espada pareció emitir un pulso rítmico, un hambre que resonaba con la mía.
—Las bestias de la frontera huelen la sangre extranjera —dijo, mirándome de reojo con una sonrisa de lobo. Sus ojos de obsidiana brillaban con una anticipación peligrosa—. El Duque era una rata en una jaula, Elena. Pero aquí, la tierra misma intenta devorar a los que no tienen la voluntad de dominarla. ¿Vas a mirar desde tu montura o me mostrarás si esas sombras tuyas tienen colmillos de verdad?
De la niebla salieron los Acechadores de Escarcha: criaturas esqueléticas de pelaje blanco manchado de sangre vieja, con extremidades demasiado largas y ojos que eran pozos de un azul eléctrico y vacío. Eran tres, y se movían con una velocidad que desafiaba las leyes de la física.
La Sinfonía de la Muerte
No respondí. Me deslicé del caballo y dejé que mi abrigo de pieles cayera sobre la nieve virgen. Cerré los ojos un segundo, conectando con ese pozo de negrura que había mantenido bajo llave en Vallemont. Al abrirlos, el mundo se volvió sombras y matices.
Cuando el primer Acechador saltó hacia mí, sus garras extendidas para destriparme, no retrocedí. Extendí mi mano izquierda y las sombras del desfiladero se solidificaron en milésimas de segundo, creando un muro de oscuridad tan denso que la bestia chocó contra él con un estruendo de huesos rotos. Sin darle tiempo a aullar, hice que mi sombra se filtrara por sus poros, expandiéndose dentro de sus pulmones hasta que estalló desde el interior en una nube de escarcha y vísceras oscuras.
Valerius, mientras tanto, era un torbellino de acero negro. Su estilo de lucha no era elegante, era absoluto. Decapitó al segundo Acechador de un solo tajo ascendente y, mientras el cuerpo aún caía, giró sobre sus talones para encarar al tercero. Pero yo me adelanté.
Hice que las sombras del suelo se convirtieran en cadenas de brea líquida que inmovilizaron a la última criatura, hundiendo sus eslabones en su carne helada.
—Este es mío —susurré.
Cerré el puño y las sombras apretaron hasta que el Acechador se convirtió en una masa informe de carne y nieve. El silencio regresó al paso, un silencio absoluto que solo era roto por nuestra respiración agitada, convirtiéndose en vapor en el aire helado.
Calor en el Fin del Mundo
Valerius envainó su espada y caminó hacia mí. Había una mancha de sangre azulada en su mejilla, un contraste feroz con su piel pálida. Se detuvo a centímetros de mi rostro, su presencia física envolviéndome como una armadura. Apoyó su mano enguantada en la roca detrás de mi cabeza, inclinándose hasta que pude sentir el calor de su aliento.
—Tienes una oscuridad antigua, Elena —murmuró, su voz cargada de una fascinación que me hizo temblar—. No es solo magia; es una voluntad de hierro que ha pasado demasiado tiempo fingiendo ser seda.
—Fingí para sobrevivir —respondí, mi voz apenas un susurro que se perdió entre nosotros. Mis manos buscaron el frío del metal de su coraza, subiendo hasta los cierres de su cuello—. Pero contigo... contigo siento que puedo dejar que el mundo se apague y no me importaría.
Él soltó una risa baja, un sonido vibrante que sentí en mi propio pecho. Sus ojos recorrieron mis labios con una intensidad que me hizo arder a pesar de la nieve que nos rodeaba.
—No apagues el mundo todavía —dijo, rozando mi mandíbula con sus nudillos de cuero—. Guárdalo para mi capital. Mis generales son hombres criados en el asfalto y la sangre; no aceptarán a una mujer solo porque su Emperador lo dicte. Tendrán que temerte tanto como me temen a mí para que no intenten cortarte el cuello mientras duermes.
—Me temerán más —le aseguré, encontrando su mirada con una firmeza depredadora—. Porque tú los matas con acero, pero yo... yo les haré olvidar cómo se siente la luz del sol.
Valerius me tomó por la cintura y me levantó con una fuerza bruta, sentándome de nuevo en el caballo con un movimiento posesivo. El contacto de sus manos era el único fuego que necesitaba para cruzar la frontera.
—Entonces cabalga, mi pequeña Emperatriz —dijo, montando su semental—. El Reino Oscuro nos espera, y tengo curiosidad por ver qué queda de él cuando tú termines de reclamar tu lugar.