Irene Blanch era una señorita proveniente de una familia tranquila, ella igual era alguien de muy bajo perfil, fue por eso por lo que Ezra Markov la eligió como su esposa luego de ser rechazada por su primer amor, Lina Lewel. Irene lo sabía, y acepto de todas formas, porque tampoco estaba enamorada de Ezra, solo vió los beneficios de ese matrimonio y los del divorcio en el que pensaba antes incluso de estar casada.
Irene nunca previo el cambio de actitud de su esposo ni tampoco los de ella misma. Menos aún que el primer amor de Ezra mostrara tanto interés en sus vidas.
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Capitulo 14
Momentos antes de la interrupción en el jardín privado de la reina, Lina aún se encontraba en el salón donde había ido a reunirse con Ezra.
Las palabras que él había pronunciado seguían resonando en su mente.
Pedir disculpas a Irene.
Y, además, hacerlo allí mismo… porque la Reina la había invitado al palacio.
Nada tenía sentido.
Lina permaneció sentada unos segundos, inmóvil, intentando ordenar sus pensamientos. Pero cuanto más reflexionaba, más crecía en su interior una mezcla de confusión, humillación y rabia.
¿Por qué la reina invitaría a Irene?
¿Y por qué Ezra… estaba defendiendo a esa mujer?
La frustración terminó por imponerse.
Lina se levantó de su asiento con brusquedad.
Ezra la observó en silencio.
—No sé qué es lo que pasa, Ezra… —dijo ella con voz temblorosa—. Siento como si me estuvieras culpando por ese malentendido...
Sus ojos se llenaron de lágrimas con una rapidez casi automática.
—Pero está bien… pediré disculpas.
Sin esperar respuesta, salió del salón entre sollozos.
Las puertas se cerraron tras ella.
Apenas se encontró en el pasillo, las lágrimas desaparecieron casi de inmediato. Su expresión se endureció mientras avanzaba con pasos rápidos.
—Averigüen dónde está Irene Blanch ahora mismo —ordenó a las doncellas que la seguían.
Las jóvenes intercambiaron miradas nerviosas, pero obedecieron.
No tardaron mucho en regresar con la información.
—Su Alteza… la señorita Blanch ha sido llevada al jardín privado de Su Majestad.
Lina se detuvo en seco.
El jardín privado.
La reina Margaret nunca la había invitado a ese lugar.
La ira subió por su pecho como un fuego.
Sin escuchar las advertencias de las doncellas ni de las damas de compañía que custodiaban el acceso, Lina avanzó directamente hacia el jardín.
—¡Su Alteza, no puede entrar sin permiso!
Pero Lina no se detuvo.
Empujó la puerta del jardín.
Sin embargo, el impulso con el que había entrado se detuvo abruptamente al ver la escena frente a ella.
La reina Margaret estaba allí.
Y frente a ella… Irene.
Ambas conversaban tranquilamente entre los rosales.
Pero lo que verdaderamente hizo que el estómago de Lina se retorciera fue el detalle que vio en el cabello de Irene.
Una rosa.
Una delicada rosa rosada adornaba su cabello plateado.
Dentro del palacio todos sabían lo que significaba.
La reina regalaba rosas a las personas que le agradaban.
¿Cómo era posible…?
¿Cómo podía Irene Blanch haber recibido una rosa antes que ella?
El silencio se volvió pesado.
La primera en hablar fue la reina.
Su voz era baja, pero su tono tenía un filo evidente.
—¿Qué haces aquí?
Lina se estremeció.
Durante un instante sintió el impulso de retroceder.
Pero entonces su mirada volvió a Irene… y el disgusto regresó con fuerza.
Avanzó con pasos apresurados hacia ella.
Antes de que Irene pudiera reaccionar, Lina tomó sus manos entre las suyas.
El gesto tomó a Irene completamente por sorpresa.
Lina miró primero a la reina.
—Lo siento, Su Majestad, si estoy siendo grosera —dijo con voz temblorosa—. Solo… no quería que la señorita Irene se fuera sin que antes yo…
Su voz se quebró.
—Sin antes ofrecerle una disculpa.
Levantó la mirada hacia Irene con una expresión lastimera.
—Lo siento, señorita Irene… hay tantas cosas que aún no sé cómo manejar…
Sus labios temblaron.
—Debe ser cierto lo que dicen de mí… que por mis orígenes yo… no soy…
—Detente.
La orden de la reina cayó con firmeza.
Lina se sobresaltó.
—¡Su Majestad, yo de verdad estoy arrepentida! —balbuceó.
La reina Margaret parecía al borde de perder la paciencia.
Fue entonces cuando Irene, con suavidad, retiró sus manos de las de Lina, que se habían aferrado a las suyas con una intensidad casi desesperada.
—Alteza, por favor cálmese.
La voz tranquila de Irene contrastaba completamente con la agitación de Lina.
La princesa levantó la mirada hacia ella.
Por un instante, en sus ojos apareció una expresión extraña, algo oscuro, algo que Irene no alcanzó a interpretar del todo.
Pero solo duró un segundo.
Pronto Lina volvió a mostrar aquella expresión torpe y lastimera.
Irene sonrió levemente.
—Sus disculpas están aceptadas —dijo con serenidad—. Todos podemos equivocarnos. Lo importante es reconocerlo.
—Ah… sí… yo… por supuesto… —balbuceó Lina.
Irene entonces volvió su mirada hacia la reina.
Hizo una leve reverencia.
—Majestad… le pido que comprenda este comportamiento poco conveniente de la princesa. Todo se debió a que quería disculparse conmigo.
Hizo una pausa breve antes de añadir con suavidad.
—Me sentiría culpable si Su Majestad la reprende por mi causa.
La reina Margaret la miró con cierta sorpresa.
Luego su expresión se suavizó ligeramente.
—No quiero causarte más molestias, querida. Tu sensatez, amabilidad y paciencia son virtudes dignas de admirar.
Irene inclinó ligeramente la cabeza.
—Entonces… me retiro.
Volvió a hacer una reverencia elegante.
—Una vez más, gracias por la invitación, Majestad.
Luego giró apenas hacia Lina.
—Alteza.
Tras una leve inclinación de cabeza, Irene se retiró del jardín.
Sus pasos se alejaron lentamente por el sendero de piedra.
Cuando finalmente desapareció tras los rosales, el ambiente cambió por completo.
La reina Margaret giró lentamente hacia Lina.
La frialdad en su mirada era evidente.
—En lugar de perder el tiempo con este tipo de escenas —dijo con voz dura— deberías aprender al menos a parecerte un poco a esa joven.
Lina se tensó.
Cada palabra caía como un golpe.
La reina se volvió para marcharse, pero antes añadió con tono severo.
—Es una pena no haberla conocido antes.
Hizo una breve pausa.
—El duque Ezra tiene suerte. Una buena mujer estará a su lado.
La insinuación era clara.
Si la familia real hubiera conocido antes a Irene…
Quizás ella ocuparía ahora el lugar de princesa heredera.
La reina lanzó una última mirada de reojo hacia Lina.
—Y no vuelvas a poner un pie en este jardín.
Su voz se volvió aún más fría.
—La próxima vez, la intervención de nadie bastará para evitar que recibas un castigo apropiado.
Sin esperar respuesta, la reina se retiró.
El jardín volvió a quedar en silencio.
Lina permaneció de pie en el mismo lugar.
Inmóvil.
Su cuerpo temblaba levemente.
De ira.
Su mirada se volvió fría mientras recordaba cada palabra que acababa de escuchar.
La humillación.
La comparación con Irene.
La forma en que la reina la había elogiado frente a ella.
Nada había salido como Lina esperaba.
Irene Blanch no era tan ingenua como había creído.
Había sido mucho más astuta.
Y había sabido utilizar la situación… a su favor.
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Irene avanzaba por el largo pasillo que conducía a la salida principal del palacio. Aún llevaba en el cabello la rosa que la reina Margaret había colocado allí momentos antes.
Mientras caminaba, no podía evitar repasar mentalmente todo lo que había ocurrido en el jardín. La conversación con la reina, la irrupción inesperada de Lina, la tensión que había llenado el ambiente…
Irene exhaló suavemente mientras doblaba por uno de los corredores que conducían al vestíbulo principal.
Fue entonces cuando algo ocurrió de pronto.
Un resoplido repentino estalló junto a su oído.
—¡Buu!
El aire caliente y la voz inesperada la hicieron estremecerse. Irene se detuvo de golpe y giró con rapidez, claramente sorprendida.
Detrás de ella, a escasos centímetros, estaba un joven alto de cabello oscuro y sonrisa descarada.
Era Erick León, el segundo príncipe.
Al ver la expresión de sorpresa en el rostro de Irene, Erick no pudo evitar reír con evidente diversión.
—Vaya… esos ojos realmente se abrieron mucho —comentó entre risas.
Irene recuperó rápidamente la compostura.
Bajó ligeramente la cabeza y realizó una reverencia adecuada.
—Alteza.
Erick la observó con curiosidad, inclinando la cabeza apenas.
—Tú otra vez… —dijo con tono pensativo—. ¿Cómo era tu nombre? No recuerdo haberlo escuchado.
Irene mantuvo su postura correcta.
—Irene Blanch es mi nombre, Alteza.
El príncipe asintió lentamente.
—Irene Blanch…
Sus ojos descendieron entonces hacia el cabello plateado de la joven, donde la rosa rosada destacaba con delicadeza.
—Veo que has sido convocada por mi madre —añadió con una sonrisa ladeada.
Irene asintió.
—Así es. Su Majestad la reina me ha invitado.
Erick levantó una ceja con interés.
Su mirada regresó al rostro de Irene, observándola con atención.
—¿Por qué eres tan seria?
La pregunta salió con una naturalidad casi despreocupada.
Sin esperar respuesta, el príncipe extendió la mano hacia ella con una sonrisa traviesa.
—Sonreír un poco más te sentaría mejor.
Sus dedos se acercaron al cabello de Irene, como si pretendiera acomodar la rosa que adornaba sus mechones plateados.
Pero su mano no llegó a tocarla.
Una fuerza firme y brusca detuvo su muñeca a mitad del movimiento.
El gesto fue tan repentino que Erick giró la cabeza de inmediato.
Frente a él se encontraba la mirada fría y penetrante de Ezra Markov.
El duque sostenía su brazo con firmeza, sus ojos azules fijos en el príncipe.
—Esa costumbre suya de ser tan atrevido… parece ser difícil de erradicar —dijo Ezra con un tono severo.
Su voz era baja, pero el filo en sus palabras era imposible de ignorar.
Hay Ezra m imagino tu cara de celos
estos celos me hacen daño me enloqueceeeen~🤣🤣
pobre ezra la cara que debe de tener