Ella es la líder del clan más poderoso de todos los reinos lo que la pone en el ojo de la tormenta, Ella es una exorcista de élite Pero tiene enemigos más peligrosos que los demonios a los que debe vencer, el prejuicio hacia la mujer en un mundo de hombres
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Capitulo 23
La mañana llegó con una luz tenue que se colaba por las cortinas de la pequeña pensión, dibujando sombras danzantes en las paredes de madera. El aire olía a campo mojado y a hierbas secas, ese olor particular de las posadas rurales que tanto contrastaba con los inciensos perfumados del palacio.
Sakura despertó primero.
Sus ojos se abrieron lentamente, adaptándose a la claridad naciente. Durante un instante no supo dónde estaba —el techo era demasiado bajo, la luz demasiado natural—, pero luego los recuerdos de la noche anterior volvieron como un torrente.
La pensión. Las aldeas. Los demonios.
Y él.
Cyran.
El emperador dormía a su lado, en esa distancia prudente que había mantenido durante toda la noche. Su respiración era profunda y acompasada, su rostro relajado como si por fin, después de años de cargar con el peso del imperio, hubiera encontrado un lugar donde su alma pudiera descansar.
Sakura sonrió.
Apenas un movimiento de labios, casi imperceptible, pero estaba ahí.
Se incorporó con cuidado, deslizando el cuerpo fuera de las sábanas con la delicadeza de quien no quiere perturbar un sueño ajeno. Sus pies descalzos tocaron el suelo de madera, frío bajo la piel, y se estremeció ligeramente.
Necesitaba un baño.
El agua fría le sentaría bien. Despejaría su mente, la ayudaría a ordenar los miles de pensamientos que la asaltaban desde que Mitsuki se había alejado. Desde que su mirada se había desviado de la suya. Desde que el hombre que amaba le había pedido distancia.
Tomó su ropa de aseo y salió de la habitación sin mirar atrás, sin ver cómo Cyran, en sueños, pronunciaba su nombre en un susurro apenas audible.
El baño de la pensión era rudimentario —un espacio pequeño con un barril de agua, un cazo de madera y un desagüe al suelo—, pero cumplía su función. Sakura cerró la puerta, o eso creyó, y comenzó a desvestirse.
La ropa cayó a sus pies en un montón desordenado.
El agua comenzó a caer sobre su piel, fría, revitalizante. Cada gota era una caricia que arrastraba el cansancio, la tensión, el dolor acumulado. Cerró los ojos y dejó que el agua hiciera su trabajo, que lavara no solo su cuerpo sino también, quizás, un poco de su alma.
Lo que no sabía... es que la puerta no había cerrado del todo.
Un pequeño espacio, apenas un dedo de ancho, separaba la madera del marco.
Y Cyran, que se había despertado poco después de que ella se levantara, había notado su ausencia. La había buscado sin pensar, sin querer, guiado por esa fuerza invisible que lo atraía hacia ella como las mareas a la luna.
Caminó por el pasillo distraídamente, todavía medio dormido, con la ropa desordenada y el cabello revuelto. Escuchó el rumor del agua y supo dónde estaba.
Iba a girarse. Iba a regresar a la habitación.
Pero en ese momento, algo capturó su mirada.
A través de la rendija, la vio.
No todo. Solo su espalda. Solo un instante. Solo lo suficiente.
El agua resbalaba por su piel creando destellos plateados bajo la luz tenue de la mañana. Su cabello mojado caía pesadamente sobre sus hombros, goteando sobre la curva de su columna.
Pero no era eso lo que lo dejó sin aliento.
Eran las runas.
Estaban ahí, grabadas en su espalda como un mapa de fuego sobre la piel. Rojas. Brillantes. Vivas. Danzaban con cada movimiento suyo, con cada gota que resbalaba, como si tuvieran vida propia. Como si fueran la manifestación física de algo mucho más grande, mucho más profundo.
* Las runas de Sakura*
Cyran sintió que el aire se le escapaba de los pulmones.
Había oído hablar de ellas, por supuesto. Todo el mundo había oído hablar de las runas de Sakura, la primera mujer en la historia en ser jefa de un clan de cultivo demoníaco. Pero escuchar no era ver. Las palabras no podían hacer justicia a lo que tenía ante sus ojos.
Eran gloriosas.
Majestuosas.
Poderosas.
Y en ese momento, Cyran entendió algo que hasta entonces solo había intuido: ella no era una mujer común. Nunca lo había sido. El fuego que la había elegido no se había equivocado. Esas runas, ese poder, esa fuerza... todo en ella estaba destinado a algo grande.
"Es ella", pensó, con una claridad que lo golpeó como un puñetazo en el pecho. "Siempre fue ella."
Se apartó.
Rápidamente. Casi a la fuerza.
Su espalda chocó contra la pared del pasillo, y se quedó allí, inmóvil, respirando entrecortadamente.
No era correcto. No era digno. No era lo que ella merecía.
Pero su corazón...
Su corazón latía a mil por hora, desbocado, incontrolable. Podía sentirlo en las sienes, en el pecho, en la garganta. Todo su cuerpo vibraba con una energía que no sabía que poseía.
"Estoy embrujado", se dijo, apoyando la nuca contra la pared y cerrando los ojos. "Completamente embrujado."
Intentó calmarse. Intentó pensar con claridad. Intentó recordar quién era, qué debía hacer, dónde estaba.
Pero solo podía pensar en ella.
En sus runas.
En su espalda.
En su poder.
En su belleza.
"Tengo que tenerla."
El pensamiento surgió de lo más profundo de su ser, instintivo, primario.
"No importa cuánto espere. No importa lo que cueste. Esperaré una eternidad si es necesario."
Permaneció allí varios minutos, apoyado contra la pared, recuperando el aliento, recomponiéndose. Cuando finalmente escuchó que el agua dejaba de correr, supo que debía moverse. Que no podía estar allí cuando ella saliera.
Pero ya era tarde.
La puerta del baño se abrió.
Y Sakura apareció en el umbral, envuelta en su ropa, con el cabello aún goteando, con la piel sonrosada por el agua fría, con los ojos brillantes de una claridad recién estrenada.
Lo vio allí.
Apoyado contra la pared.
Con la mirada perdida.
Pensativo.
— ¿Algo le preocupa, majestad? — preguntó ella, inclinando ligeramente la cabeza con ese gesto suyo tan característico.
Cyran tardó un segundo en reaccionar. Un segundo eterno en el que sus ojos recorrieron su rostro, buscando algún indicio de que ella sabía lo que había pasado, de que había notado su mirada indiscreta.
Pero no. Ella no sabía nada.
Solo estaba ahí, frente a él, hermosa, vulnerable, real.
— Sí — respondió finalmente, con sinceridad —. Algo me preocupa.
Sakura arqueó una ceja.
— ¿Qué?
Cyran dudó. Las palabras adecuadas no existían para lo que sentía. Pero intentaría.
— El tener que volver.
— ¿Volver?
— Al palacio. A la corte. A todo. — Hizo una pausa, buscando el valor para continuar —. Y ya no tener el privilegio de tenerte a mi lado.
Sakura parpadeó.
Fue un gesto pequeño, apenas un aleteo de pestañas, pero Cyran lo capturó todo. La sorpresa. La confusión. Algo más, algo que no supo identificar pero que encendió una pequeña chispa de esperanza en su pecho.
— Majestad... — murmuró ella.
— Lo sé. — Levantó una mano, deteniéndola antes de que pudiera continuar —. Lo sé. No hace falta que digas nada. Solo quería que lo supieras.
Sakura se quedó en silencio.
Un silencio largo, denso, cargado de todo lo que no se decía.
Mitsuki nunca había sido así con ella. Mitsuki amaba, sí, con una intensidad callada y profunda, pero siempre desde la distancia. Siempre desde la duda. Siempre desde el "no soy digno, no merezco estar a tu lado". Sus palabras eran caricias tímidas, sus gestos, medidos.
Nunca esto.
Nunca esa entrega total sin condiciones.
Nunca esa seguridad en medio de la vulnerabilidad.
Nunca esa forma de mirarla como si ella fuera un milagro.
Y en el fondo... muy en el fondo...
Esto le gustaba.
Le gustaba ser deseada sin reservas.
Le gustaba ser amada sin medida.
Le gustaba que alguien la mirara y no viera ni a la jefa, ni a la elegida del fuego, ni a la portadora de la runa del caos. Solo a ella. Sakura. Mujer. Humana. Frágil y fuerte a la vez.
Pero no podía decirlo. No podía sentirlo. No debía.
Mitsuki aún ocupaba un lugar en su corazón, aunque doliera. Aunque estuviera lejos. Aunque él mismo hubiera pedido distancia.
— Majestad... — repitió ella, con voz queda, y esta vez no supo qué más añadir.
Cyran sonrió.
Una sonrisa triste, resignada, pero también llena de una paciencia infinita.
— No digas nada — susurró, dando un paso hacia ella —. Solo déjame estar.
— ¿Estar?
— Un rato más. Antes de volver. Antes de que todo esto termine.
Ella asintió lentamente.