Entre planes de venganza, celos asfixiantes y besos que saben a guerra, Valeria y su mejor amigo Julián han trazado una estrategia para conquistar a sus imposibles. Pero en este juego de poder, las máscaras caen y las fieras despiertan. Cuando el deseo se vuelve posesivo y los secretos se filtran en los pasillos, solo queda una pregunta: ¿Quién se rendirá primero ante el caos del corazón?"
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Juegos de Manos y Susurros de Guerra
Damián estaba sumergido en sus notas, con el ceño fruncido en esa expresión de concentración absoluta que lo hacía ver como una estatua griega tallada en hielo. Valeria estiró sus piernas por debajo de la mesa, rozando "accidentalmente" la pantorrilla de Damián con la punta de su zapato.
Él no se movió, pero su mano se detuvo un milisegundo. Valeria sonrió. Repitió el movimiento, esta vez dejando que su pie subiera lentamente por la pierna del pantalón de Damián, trazando una línea invisible pero eléctrica.
—Valeria —advirtió él, sin levantar la vista del cuaderno—. Tengo un examen de ingreso a la universidad en juego. Si no dejas de hacer eso, te sacaré de aquí cargada al hombro.
—¿Es una amenaza o una promesa, Sr. Perfección? —susurró ella, inclinándose tanto que su aliento cálido rozó la oreja de Damián.
Valeria comenzó a jugar con el cuello de la camisa de él, doblando la esquina de la tela con una lentitud exasperante. Sus dedos rozaron la piel de su nuca, y pudo sentir cómo un escalofrío recorría la espalda del chico más serio del instituto. Damián soltó la pluma con un golpe seco y la miró. Sus ojos negros no eran gélidos ahora; estaban oscuros, cargados de una posesividad que intentaba reprimir.
—Eres una distracción andante —masculló él, atrapando la mano de Valeria a mitad de camino y entrelazando sus dedos con una fuerza que no dejaba lugar a dudas. No la soltó. La mantuvo allí, anclada sobre la mesa, mientras la miraba fijamente—. No puedes estar cinco minutos sin buscar problemas, ¿verdad?
—Los problemas son más divertidos que la historia de la revolución industrial, Damián —respondió ella, dándole un apretón descarado a su mano—. Y tú... tú eres el problema más interesante que he encontrado en este edificio.
Damián no apartó la mirada. Por primera vez, el chico que siempre tenía el control parecía estar luchando por no lanzarse al vacío que Valeria le ofrecía. El silencio entre ellos se volvió denso, casi sólido, interrumpido solo por el corazón de Valeria latiendo a mil por hora contra sus costillas.
Mientras tanto, en el campo de deportes, la situación era radicalmente distinta. Elena estaba sentada en la grada baja, intentando leer un libro de poemas mientras esperaba a que su novio terminara el entrenamiento de fútbol. Pero la paz le duró exactamente tres minutos.
Julián se había sentado justo en la fila de atrás, a espaldas de ella. En lugar de estar entrenando, se había "lesionado" el tobillo (una mentira piadosa para estar cerca de su objetivo).
—¿Sabías que el color de ese lazo en tu pelo combina perfectamente con el tono de tu piel cuando estás a punto de estallar? —soltó Julián al aire, con tono casual.
Elena apretó el libro. No respondió. Julián sonrió y dio un paso más. Estiró el brazo y, con un dedo, comenzó a darle golpecitos rítmicos en el hombro derecho de ella. TOC. TOC. TOC.
—Julián, vete —dijo ella, con una voz peligrosamente calmada.
—Es un espacio público, Elena. Además, estoy herido. Necesito apoyo moral —respondió él, moviéndose ahora para soplarle suavemente en la nuca.
Elena se puso rígida. Podía sentir el calor de Julián tras ella, su risa contenida, ese aura de "chico popular" que normalmente la habría irritado, pero que ahora estaba despertando a la fiera que Valeria tanto mencionaba. Julián bajó la mano y, con un movimiento rápido, le desató el lazo del pelo.
—¡Oye! —Elena se giró con la velocidad de un rayo, sus ojos echando chispas.
—Te ves mejor con el pelo suelto. Más salvaje. Menos... "perfectita" —dijo Julián, sosteniendo el lazo sobre su cabeza mientras le guiñaba un ojo.
Elena no gritó. En lugar de eso, se levantó lentamente, se acercó a él hasta que sus rostros quedaron a centímetros y le arrebató el lazo con una fuerza que casi le disloca el dedo.
—Si vuelves a tocarme, Julián —susurró ella, con esa sonrisa dulce que ahora él sabía que era una máscara de peligro—, le diré a todo el equipo de fútbol que te "lesionaste" viendo videos de gatitos en el vestuario. Y luego, te patearé el otro tobillo para que la lesión sea real. ¿Estamos?
Julián soltó una carcajada genuina, deleitado por la furia contenida de la chica.
—Me encantas cuando amenazas con violencia física. Es tan... refrescante.
Elena se dio la vuelta, hirviendo de rabia pero con el corazón latiendo más rápido de lo normal. Julián se quedó allí, mirándola alejarse, sabiendo que su "venganza" la estaba volviendo loca de la mejor manera posible.