La tarea del príncipe elfo es sencilla; debe preparar una humana para sellar el pacto entre el mundo de ella y el de él. La conoce desde niña, y cuando descubre que el ritual es un sacrificio y lo empiezan a presionar para que la entregue, hará lo que sea necesario para salvarla.
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CAPÍTULO 18 El Último Sacrificio
Malakor había muerto, pero el portal seguía abierto.
Leila lo sintió antes de verlo: una grieta en la realidad, justo detrás del trono de obsidiana. Por ella se filtraba una luz pálida, enfermiza, el aliento de dioses olvidados que llevaban siglos esperando regresar.
—El pacto —dijo Círdan, con voz temblorosa—. Sigue activo. Necesita un sacrificio.
—¿Cómo lo cerramos? —preguntó Angrod.
—Con sangre pura. Sangre de Aelindel.
Todos se volvieron hacia Leila.
Ella sintió el peso de sus miradas. Cincuenta olvidados, más los soldados de Hassan que se habían unido a ellos durante la batalla. Todos esperando su decisión.
—No —dijo Angrod—. No voy a permitirlo.
—No es tu decisión —respondió Leila.
—Es mi vida.
—Y es la mía.
—No puedes sacrificarte.
—No voy a sacrificarme. Voy a cerrar ese portal.
—Es lo mismo.
—No lo es.
Dio un paso hacia él.
—Escúchame —dijo—. No voy a morir. Voy a usar mi sangre para sellar la grieta, igual que hice contigo cuando Malakor te hirió. Va a doler, va a costarme parte de mi luz, pero no voy a morir.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque te lo prometí. Porque te dije que viviría. Y no rompo mis promesas.
Él la miró largamente. Sus ojos azules buscaban una mentira, una duda, algo a lo que aferrarse para convencerla de que no lo hiciera.
No encontró nada.
—¿Cuánto? —preguntó—. ¿Cuánto te va a costar?
—No lo sé. Pero sea lo que sea, lo pagaré.
—Déjame pagarlo a mí.
—No puedes. Tu sangre no es pura. Tiene demasiada oscuridad.
—Entonces dame parte de tu luz. Como la otra vez.
—No sé si funcionaría.
—Intentémoslo.
Ella negó con la cabeza.
—No hay tiempo. El portal está desestabilizándose. Si no lo cerramos ahora, se abrirá del todo y los dioses regresarán.
—Que regresen. Lucharemos contra ellos.
—No podemos. No estamos preparados. Moriríamos todos.
—Prefiero morir contigo que vivir sin ti.
—Pues yo no. Yo quiero vivir. Y quiero que tú vivas.
Él cerró los ojos.
—Eres imposible —susurró.
—Lo sé.
—Testaruda.
—También.
—Y te quiero.
—Yo también te quiero. Por eso voy a hacer esto.
Lo besó. Un beso breve, intenso, lleno de promesas.
—Espérame —dijo—. Vuelvo enseguida.
Y se dirigió hacia el altar.
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El altar era una losa de piedra negra, manchada por siglos de sacrificios. Leila se arrodilló frente a él y extendió las manos.
La luz brotó de sus palmas, dorada y cálida.
—Sangre de Aelindel —dijo, con voz firme—. Sangre de la última de mi linaje. Te ofrezco lo que soy, lo que tengo, lo que seré. A cambio, cierra el portal. Deja a los dioses en su sueño eterno. No permitas que regresen nunca.
Se cortó la palma con un cuchillo ceremonial.
La sangre cayó sobre la piedra.
Y el mundo tembló.
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El portal comenzó a cerrarse.
Pero no lo suficientemente rápido.
—Necesita más —dijo Círdan—. Tu sangre no es suficiente.
—Entonces daré más.
Se cortó de nuevo. Más sangre. Más luz.
El portal seguía abierto.
—No entiendo —susurró Leila, sintiendo que las fuerzas la abandonaban—. Mi abuela dijo que mi sangre era pura. Dijo que podría cerrarlo.
—Tu sangre es pura —dijo una voz detrás de ella—. Pero no es la única que hace falta.
Angrod se arrodilló a su lado.
—¿Qué haces?
—Lo que debería haber hecho desde el principio.
Se cortó la palma con su propia daga. Su sangre —oscura, espesa, maldita— se mezcló con la de ella sobre la piedra.
—La sangre del maldito —dijo—. La sangre del que lleva la oscuridad en las venas. La sangre del hijo no amado, del príncipe traidor, del hombre que aprendió a amar cuando ya creía que era demasiado tarde.
—Angrod...
—Dos almas —continuó él—. Dos sangres. Una luz, una oscuridad. Ofrecemos lo que somos, lo que tenemos, lo que seremos. A cambio, cierra el portal. Deja a los dioses en su sueño eterno. No permitas que regresen nunca.
La piedra brilló.
No con luz dorada ni con sombra negra. Con algo nuevo, algo que era ambas cosas y ninguna. Un equilibrio perfecto.
El portal tembló.
Y luego, lentamente, comenzó a cerrarse.
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—Está funcionando —dijo Círdan, asombrado—. Nunca había visto algo así.
—Porque nunca nadie lo había intentado —respondió Leila.
Miró a Angrod. Tenía el rostro pálido, la respiración agitada. Su sangre seguía manando, mezclándose con la de ella sobre la piedra.
—Vas a agotarte —dijo.
—Tú también.
—No pares.
—No pienso hacerlo.
El portal se cerró centímetro a centímetro. La luz enfermiza se fue apagando, reemplazada por la oscuridad tranquila de Hassan.
Y entonces, con un suspiro que pareció recorrer todo el reino, la grieta desapareció.
Silencio.
Leila cayó hacia atrás, agotada. Angrod la sostuvo antes de que su cabeza golpeara el suelo.
—¿Lo logramos? —susurró ella.
—Sí.
—¿Viviremos?
—Sí.
—¿Seguro?
—Te lo prometo.
Ella sonrió. Era una sonrisa pequeña, cansada, pero radiante.
—Entonces bésame —dijo—. Mientras pueda sentirlo.
Él la besó.
Y en ese beso, los dos supieron que, pase lo que pase, ya no estaban solos.
Nunca más.