En un mundo donde el poder compra silencios y el amor puede destruir imperios, ella se convirtió en su única luz… justo cuando él olvidó quién era.
Un accidente cambia el destino del CEO más temido de la ciudad, y una asistente invisible se convierte en la mujer a la que él promete proteger con una obsesión casi irracional.
Pero la memoria no permanece perdida para siempre… y cuando regrese, todo se romperá. O sanará o ambos.
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Capítulo 8: El hombre del ala norte
El pasillo del hospital parecía haber sido tragado por un torbellino: pasos apresurados, voceadores llamando códigos médicos, enfermeras corriendo en distintas direcciones. Las luces parpadeaban con un tono inquietante, como si el edificio respirara con dificultad.
Mía se quedó quieta solo un segundo, lo necesario para que su mente procesara el peligro. No era coincidencia. No podía serlo.
Liam la miraba desde la cama, el pecho agitado, los ojos abiertos con una lucidez que no había tenido desde el accidente.
—Mía —dijo con urgencia—, no salgas.
Ella negó.
—Tengo que saber quién es ese paciente. Tengo que saber por qué está aquí.
—Porque te busca —sentenció él, sin dudar.
La frase la paralizó. Sophie también la miró, procesando el alcance de esas palabras. No había tiempo para negar ni suavizar nada.
—Liam —susurró ella, acercándose—, no puedo dejarte solo.
—Yo estaré bien —intervino Sophie, tomando la baranda de la cama—. Me quedo con él. Ve. Descubre quién es. Y regresa. Rápido.
Mía dudó.
Liam no.
Él tomó su mano. Su agarre era firme, casi desesperado.
—Vuelve conmigo —pidió, sin disfrazar la vulnerabilidad—. No me dejes sin respuestas.
Ella apretó su mano por un instante.
—Prometido.
Y salió.
El caos aumentaba a medida que se acercaba al ala norte del hospital. Policías uniformados se movían por el área, intercambiando órdenes con los guardias de seguridad. El ambiente estaba cargado de una tensión densa, casi palpable.
Una enfermera intentó detenerla.
—Señorita, no puede estar aquí—
—Trabajo con el CEO Vander —mintió sin pensarlo—. Necesito saber qué está pasando.
La enfermera vaciló, pero en medio de la confusión, la dejó pasar.
Mía avanzó hasta una zona acordonada con cinta amarilla. Un paramédico recogía pedazos de vidrio del suelo. Las luces de alarma parpadeaban sobre un carrito volcado.
—¿Qué ocurrió? —preguntó ella a un guardia.
El guardia la miró de arriba abajo, evaluándola.
—Paciente 117-A —respondió—. Estaba bajo supervisión psiquiátrica y vigilancia policial. No debía poder salir. Pero atacó a un guardia y arrancó la pulsera de monitoreo.
Mía sintió un escalofrío.
—¿Atacó…? ¿Con qué?
El guardia señaló el suelo.
Había sangre. No mucha. Pero suficiente.
—Fue rápido —explicó—. Golpe directo. Preciso. Como si supiera dónde pegar.
Un paciente común no tendría esa precisión.
Mía tragó saliva.
—¿Saben hacia dónde fue?
—Sí —respondió el guardia, intercambiando una mirada con el otro oficial—. Hacia el sector de habitaciones privadas del piso cuatro.
El corazón de Mía se disparó.
—Ahí está… —murmuró, sin poder terminar la frase.
El guardia la miró con suspicacia.
—¿A quién busca ese hombre? —preguntó.
Mía respiró hondo.
—No lo sé —mintió—. Pero tengo que regresar.
No esperó que la dejaran ir.
Corrió.
Al llegar al elevador, presionó repetidamente el botón. Sus manos temblaban. Cada segundo parecía estirarse. Finalmente, las puertas se abrieron. Subió. Marcó el piso 4.
Mientras subía, recordó algo.
Un fragmento que había intentado olvidar.
Una voz en un callejón.
Un susurro detrás de ella.
Una amenaza que nunca debió escuchar:
“No vuelvas a intervenir a menos que quieras terminar como esa chica.”
A esa chica.
A la del vidrio.
A la noche que Liam apenas empezaba a recordar.
La campana del elevador sonó.
Las puertas se abrieron.
El pasillo del piso 4 estaba inquietantemente silencioso. Muy distinto del caos abajo. Las luces parecían menos brillantes, como si alguien hubiera ajustado la intensidad.
Mía avanzó despacio.
No quería llamar la atención.
No quería correr el riesgo de que él la encontrara antes de estar preparada.
Pasó frente a la sala de enfermeras. Vacía.
Llegó al sector de habitaciones privadas.
Se detuvo.
Había una figura frente a la puerta de la habitación de Liam.
Un hombre.
De espaldas.
Alto. Abrigo oscuro. Cabeza inclinada hacia el pasillo, como esperando… o escuchando.
Su pulso se aceleró tanto que sintió los latidos en las sienes.
—¿Quién eres? —preguntó Mía, con la voz traicionándole apenas un temblor.
El hombre giró lentamente la cabeza.
No tenía el rostro cubierto, pero su expresión era una máscara sin emoción. Tenía unos ojos oscuros y hundidos, la mirada de alguien que ha visto cosas demasiado terribles para temer algo nuevo.
—Tú… —susurró él, como si la reconociera—. Te estaba buscando.
Mía retrocedió involuntariamente un paso.
—No deberías estar aquí —dijo ella, intentando mantener la compostura.
Él inclinó la cabeza, casi con curiosidad.
—Tú tampoco.
El hombre dio un paso hacia ella.
No rápido. No violento.
Simplemente decidido.
Mía inhaló bruscamente.
—Aléjate —advirtió, aunque sabía que no tenía forma de detenerlo si él quería atacarla.
El hombre sonrió. Una sonrisa vacía.
—Hace dos años —dijo, con voz ronca—. Tú gritaste. Yo escuché.
La sangre de Mía se heló.
Ese hombre.
No podía ser.
No aquí.
No ahora.
—No… —susurró ella—. No. No puede ser.
Él se acercó más.
—Pensé que habías muerto —continuó, sin emoción—. O que te había matado yo mismo.
Ella sintió que las piernas querían fallarle.
Era él.
El hombre de aquella noche.
El hombre responsable del vidrio.
De la sangre.
Del miedo.
Y de la sombra que Mía había llevado consigo desde entonces.
—¿Por qué estás aquí? —preguntó ella, luchando contra el temblor—. ¿Por qué vienes ahora?
El hombre la miró como quien contempla un insecto interesante.
—Porque él volvió a buscarte.
Él.
Liam.
—El hombre que te defendió aquella vez —continuó—. El que casi muere por tu culpa.
La voz de Mía se rompió.
—No… no fue por mí.
—Todo lo que toca ese hombre se pudre —escupió el desconocido—. Todo.
—Su sonrisa se torció—. Incluyéndote a ti.
De pronto, el manómetro de oxígeno detrás de él hizo un chasquido metálico, como un latigazo.
Y Mía aprovechó.
Corrió hacia la puerta.
Pero él también.
El hombre la alcanzó por el brazo, sujetándola con una fuerza casi inhumana.
Mía gritó.
—¡SUÉLTAME!
Él la empujó contra la pared. El impacto le sacó el aire.
—No deberías estar viva —susurró él, acercando su rostro a centímetros del suyo—. Pero al menos… ahora puedo terminar lo que comencé.
Mía sintió el terror abrazarla por completo.
Justo cuando el hombre levantó la mano para golpearla—
La puerta de la habitación se abrió de golpe.
Y Liam apareció.
Sin recordar quién era.
Sin fuerza plena.
Sin equilibrio.
Pero con una furia tan pura que parecía incendiarle el alma.
—¡ALÉJATE DE ELLA! —rugió.
El hombre giró la cabeza.
Liam avanzó, tambaleante.
—Tú… —dijo el desconocido—. Deberías estar muerto.
Liam no lo pensó.
No midió consecuencias.
Lanzó un golpe.
El hombre lo esquivó como si fuera un movimiento fácil, casi aburrido, y empujó a Liam de vuelta hacia la pared. Liam cayó al suelo, pero trató de levantarse de inmediato, como si el cuerpo no le obedeciera pero la voluntad sí.
Mía gritó:
—¡Liam, no! ¡Estás herido!
El hombre sonrió.
—Esto será rápido.
Y avanzó hacia él.
Mía tomó el primer objeto que encontró: la bandeja metálica que había traído horas antes. Sin pensarlo, la lanzó contra la cabeza del agresor.
¡CLANG!
El hombre se tambaleó.
Liam aprovechó ese instante, se lanzó sobre él nuevamente y, aunque su cuerpo lo traicionaba, logró empujarlo hacia atrás. Ambos chocaron contra el carro de suministros, derribándolo.
El agresor gruñó, dándose la vuelta para escapar.
Y lo hizo.
Corrió por el pasillo.
Rápido.
Demasiado rápido para que Mía, o un Liam debilitado, pudieran alcanzarlo.
En segundos, ya no estaba.
El pasillo quedó en silencio.
Mía cayó de rodillas junto a Liam, con el corazón en la garganta.
—Liam… —susurró, tocando su rostro—. ¿Estás bien?
Él jadeaba, apoyado contra la pared, con los ojos encendidos por una mezcla de rabia, miedo y otra cosa que la estremeció:
Determinación absoluta.
—Mía… —dijo él, con voz ronca—. Ese hombre…
Lo miró directo a los ojos.
—Yo ya lo había visto antes.
—Su voz bajó—. No en mis sueños.
En mi vida real.
Mía sintió que el mundo se rompía por la mitad.
Porque Liam acababa de recuperar algo.
No un recuerdo completo.
Pero sí un nombre.
—Mía… —susurró él, con un temblor en la voz—.
Creo que sé quién es.
Ella lo miró, conteniendo el aliento.
Y Liam completó:
—Ese hombre… trabajaba para mi padre.