Gabriela y Gonzalo apenas llevan poco de casados, pero su matrimonio se verá amenizado cuando Gabriela decide la tontería de intercambiarse con su hermana gemela, quien no es precisamente buena y que, además, está en prisión. ¿Podrá su matrimonio sobrevivir? ¿Podrá Gonzalo darse cuenta de quién está frente a él?
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ARLET LIBRE.
...ARLET:...
Convencer a mi hermana no fue difícil.
Cuando supe que mi padre estaba buscando al hombre que adulteró el trago de Lauro, lo supe de inmediato: tenía que hacer lo que fuera para que no lo encontraran. Eso solo me hundiría más.
La única manera de salir de prisión sin salir aún más perjudicada era demostrar que las pruebas en mi contra se obtuvieron de manera ilícita.
Era lo más seguro.
Pero no había pruebas de eso.
Así que tenía que encontrarlas.
Gabriela me dio tres semanas. Pero lo sentía mucho: si no conseguía nada, no estaba dispuesta a volver a ese infierno.
No se dio cuenta de la manipulación.
Lo planeé muy bien desde que entré.
Tuve que aguantar hambre y sed durante algunos días, pero si quería que el intercambio fuera posible, era la única manera.
La última reja se abrió ante mí.
Nadie sospechó nada.
Fue demasiado fácil.
Inhalé el aire fresco y sentí los rayos del sol en el rostro.
Un chofer me saludó. Supuse que era el de mi hermana.
Subí al auto y no miré atrás.
Buena suerte, hermana. La vas a necesitar.
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Cuando llegué a la casa me sorprendí un poco.
¿La habría comprado mi hermana , o su esposo?
Claro que ella. No creo que el tuviera tal capital.
¿Ya habría recibido su herencia por el matrimonio?
De ser así, podía usarla a mi favor. En la próxima visita trataría de sacarle más información: claves de tarjetas, cuentas, todo.
Cuando entré a la casa, había una empleada limpiando.
Debía ser amable. Como Gabriela.
Mi papel ya empezaba desde aquí.
—Señora, ya volvió. ¿Gusta que la llevemos el desayuno a su habitación o al comedor?
—En mi habitación.
La mujer se marchó. Divisé las escaleras y subí, preguntándome cómo haría para averiguar cuál era mi estancia.
Entré a algunas habitaciones, pero al revisarlas no había nada. Evidentemente, no eran esas.
De pronto entré en una que estaba ocupada.
Había una mujer junto a la ventana.
Traté de recordarla. Recordar quién era.
Entonces lo hice. Nos presentaron en la boda, pero ella ni siquiera respondió. Más bien la llevaron solo para hacer acto de presencia durante la ceremonia y después se la llevaron.
Era la madre del esposo de mi hermana.
No recordaba ni su nombre.
Su vista se giró hacia mí.
—Perdón, no quise molestar.
—Bruja —dijo, con la mirada fija en mí—. Maldita bruja. ¿Dónde está la princesa?
Retrocedí cuando se levantó de su silla.
—¿Qué le hiciste a la princesa, maldita? —preguntó.
La mujer caminó hacia mí y yo seguí retrocediendo.
Pero llegó un punto en que no pude hacerlo más.
Entonces me atacó.
—Maldita bruja. ¿Dónde está la princesa? ¿Dónde la dejaste? ¿Qué le hiciste?
No dejaba de repetirlo mientras me jalaba del cabello e intentaba golpearme el rostro.
Empecé a gritar pidiendo ayuda.
Lo que parecía ser una enfermera entró apresurada, intentando tranquilizarla.
—Señora Loan —intentó llamarla—. Señora Loan, por favor, tranquilícese.
Comenzó a llevarla hacia atrás.
—Señora Loan, es la señora Gabriela.
Pero la mujer no escuchaba.
—Señora, será mejor que salga de aquí en esta ocasión. Trataré de tranquilizarla.
Hice lo que me pidió en cuanto logró quitármela de encima.
Salí rápidamente.
¿Qué carajos?
Tenía la respiración entre cortada.
No salí de prisión para pasar por esto.
Por fin encontré la habitación.
Lo supe no solo porque había ropa, sino por los libros y las gafas sobre el buró. Eran de mi hermana.
Lo primero que hice fue darme un baño.
Tendría que interpretar bien a mi hermana si no quería que nadie se diera cuenta. Sobre todo mi madre; es quien más ha convivido con ambas, quien tal vez podría notar el cambio.
—Ni modo, Arlet —murmuré—. Este será… el papel de tu vida.
Dejé caer la cabeza en la tina, disfrutando del agua caliente, del té… y de la libertad.
Habían traído el desayuno, así que me obligué a salir.
Tomé la bata y salí del baño.
Todo estaba bien… hasta que noté lo que me habían traído.
En la charola había hot cakes con mantequilla, tocino crujiente, papas doradas y un vaso de jugo. Nada ligero. Nada discreto.
Gabriela solía darse esos gustos.
Pero yo.
Nunca lo hacía.
Me quedé de pie unos segundos, observando la comida como si fuera una prueba.
Nadie me estaba mirando… y aun así sentí que alguien podía notarlo.
Me senté.
Tañ vez si no como, no qie estupidez ella siempre come estas cosas.
Corté un trozo pequeño, el más inofensivo que encontré, y lo llevé a la boca.
Masticar fue más difícil de lo que debería.
No por el sabor, sino por lo que significaba.
Tenía que comer.
Tenía que hacerlo como ella.
Porque este papel no se actuaba solo frente a las personas.
También se actuaba a solas.
Volví a llevarme otro trozo a la boca cuando por fin logré pasar el primero, pero fue mi límite.
Llamé a la empleada.
—Creo que el día de hoy no me siento bien —dije—. ¿Podrías traerme algo más ligero?
—Claro, señora.
La mujer tomó la charola y se marchó.
Cuando cerró la puerta, me levanté de la mesa suspirando.
Me giré hacia un espejo que estaba cerca.
Tenía el ceño fruncido, algo muy mío.
Siempre me decían que parecía estar de malas, así que me obligué a relajarlo.
Y sonreí.
Sonreí imaginando al hombre que yo amaba.
Al único que de verdad me importaba.
Era la única manera.
Entonces me prometí verlo en cada persona.
Solo así podría interpretarla.
Solo así podría ser mi hermana.
El sonido de un teléfono me saco de mis pensamientos.
Era el teléfono de Gaby.
El teléfono seguía vibrando en mi mano.
Respiré hondo antes de contestar.
— ¿Hola?
Hubo un silencio breve al otro lado.
— ¿Pensabas no decirme nada? —preguntó Gonzalo—. ¿O creíste que no me iba a dar cuenta?
Mi espalda se tensó de inmediato.
— ¿De qué hablas?
Fingí demencia. Era lo único que podía hacer.
— De lo que pasó hoy —continuó—. Con mi madre.
Tragué saliva.
— No fue nada —dije, restándole importancia—. De verdad, estoy bien.
— Gabriela… —su voz se volvió más seria—. Eso es raro.
— ¿Raro cómo?
— Mi madre siempre reacciona bien contigo. Tú lo sabes.
Incluso… —dudó un segundo—, ella solo reacciona así conmigo y contigo.
Mi mano se cerró con fuerza alrededor del teléfono.
— No lo sé —respondí, más fría de lo que pretendía—. Tal vez… tal vez está empeorando.
Hubo un silencio largo.
— Eso es lo que me preocupa —dijo al fin—. No quiero que te arriesgues.
Prométeme que te mantendrás alejada de ella.
— Está bien —respondí enseguida—. Lo prometo.
Su tono cambió, se suavizó.
— Amor… siento no estar ahí. Apenas regrese…
— No pasa nada —lo interrumpí—. Descansa. El viaje debió ser pesado.
Otro silencio. Más incómodo.
— Te extraño —dijo.
Apreté los labios.
— Ajá.
— ¿Ajá?
— Sí… yo también.
Mentí.
— ¿Todo está bien? —preguntó con cuidado.
— Sí —respondí rápido—. Solo estoy cansada.
— Te llamo más tarde, ¿sí?
— Está bien.
Colgué antes de que pudiera decir algo más.
Dejé el teléfono sobre la mesa y solté el aire que había estado conteniendo.
De acuerdo, la proxima vez actuaré más amorasa, no pueden descubrirme.
Decidí cambiarme. Debía poner manos a la obra y no desperdiciar el tiempo. Si mi hermana hablaba, todo podía complicarse.
La primera parada: el hotel.
El lobby estaba igual que ese día.
Me acerqué al mostrador sin prisa. No había necesidad de parecer nerviosa.
—Buenos días —dije—. Busco al encargado de seguridad.
La recepcionista levantó la vista.
—¿En qué puedo ayudarla, señora?
—Necesito hablar con quien está a cargo del sistema de cámaras.
Asintió y tomó el teléfono. Minutos después, me indicó el pasillo lateral.
—Puede esperar ahí. Ya vienen por usted.
Mientras aguardaba, observé el ir y venir del personal. Entonces lo vi.
Un hombre demasiado joven para haber estado aquí hace dos años caminaba junto a otro mayor. El mayor hablaba, señalando un monitor en una tablet. El joven asentía, atento.
Cuando se acercaron, supe que no necesitaba preguntar demasiado.
—Buenos días —dije—. ¿Usted es el encargado de seguridad?
El hombre mayor respondió:
—No —dijo—. Estoy capacitando al nuevo jefe de cámaras.
Mi atención se desplazó al joven. No tendría más de treinta años.
—¿Desde cuándo está en el puesto? —pregunté, mirándolo directamente.
—Hace un par de semanas —respondió—. El anterior encargado renunció.
Ahí estaba.
—¿Renunció? —repetí, como quien confirma un dato sin importancia.
—Sí, señora —intervino el mayor—. Fue algo repentino.
Asentí despacio.
—¿Hay alguien que pueda decirme dónde encontrarlo?
—Él renunció, pero no dijo nada más.
—Entiendo. ¿Y las grabaciones antiguas? —pregunté—. ¿Cuánto tiempo se conservan?
El nuevo encargado respondió de inmediato.
—No más de seis meses. Después se borran automáticamente.
—¿Incluso las de hace dos años? —insistí.
—Esas ya no existen —dijo—. Fueron eliminadas hace tiempo.
No hubo tensión. No hubo incomodidad. Lo dijeron como quien recita una norma.
—Gracias —respondí—. Si llegan a saber algo de él, por favor contáctenme.
Dejé mi número de teléfono.
Me despedí con una sonrisa educada y regresé al lobby.
Mientras caminaba hacia la salida, lo entendí.
No iba a encontrar nada aquí.
Esa maldita se había asegurado de que ya no quedara nada.
Y yo había llegado tarde.
Pero no derrotada.
Si el encargado anterior había renunciado, entonces ese era el hilo a seguir.
Al salir del hotel, mi padre me llamó.
Iba llegando de su vuelo, pero dijo que era indispensable que me reuniera con la familia.
Había una junta.
El tema: la posible revocación de la herencia que se le otorgó a Cora cuando se casó.
No sabía exactamente de qué se trataba, pero aun así me presenté.
Al llegar a la casa de mis tíos, lo primero que hice fue acercarme a mi padre.
—¿De qué se trata todo esto? —pregunté en voz baja.
—Al parecer están teniendo un conflicto por el tema del debate en el que tu prima está inmiscuida.
—Ya veo —asentí despacio.
—Sea lo que sea, no pienso apoyarla después de lo que le hizo a tu hermana.
Lo miré, pero no fingí sorpresa.
Mi padre estaba genuinamente molesto por la situación… por mi estancia en la cárcel.
No era tan cercano a él como lo era a mi madre, pero ese gesto me hizo sentir que, aunque Gaby siempre había sido su favorita, también me amaba.
Saludé a todos con una sonrisa medida.
Me acerqué a Brandon. Me respondió con amabilidad, muy distinta a la actitud que había tenido conmigo días atrás, después de enterarse de lo que le hice a su hermana.
No me reconoció.
Y eso fue bueno.
Tal vez, con el tiempo, podría recuperar mi relación con él.
Cuando todos tomamos asiento, Arturo —el mayor de mis primos— fue el primero en hablar.
—No se trata de quitarle nada a nadie —dijo—, sino de restablecer el equilibrio.
Vi a Cora y a Lauro sentados juntos. La ira me atravesó el pecho, aunque por fuera me mantuve serena.
Ella, en cambio, lo miraba sin miedo.
—¿Ah, no? —respondió—. Entonces, ¿por qué la única parte que se quiere retirar es la mía?
Su tranquilidad me incomodó.
No parecía alguien acorralada.
—Estoy casada —continuó—. Desde el día que firmamos el acta. Eso me da derecho a disponer de mi herencia como me plazca.
Arturo se inclinó hacia adelante.
—Lo que cambia es la intención con la que fue otorgada. No fue para financiar proyectos personales ni políticos. Fue una herencia familiar, no un fondo para tus… causas.
Causas que, además, ponen el apellido en entredicho.
Sentí cómo varias miradas se posaban sobre mí.
Gabriela habría hablado.
Yo también tenía que hacerlo.
Crucé los brazos, imitando un gesto que sabía que ella usaba cuando quería parecer firme.
—Entiendo a Arturo —dije—. La herencia se pensó como un respaldo familiar, no como una bandera para pleitos públicos.
Cora me miró, dolida. Lo vi con claridad.
—Pensé que tú, de todas, lo entenderías —me dijo—. Dijiste que el debate te parecía una causa noble.
No titubeé.
Este golpe era necesario.
—Y lo es —respondí—. Pero hay formas y momentos. No puedes arrastrar el apellido en medio de un juicio y una exposición mediática. Ya hemos estado bastante expuestos.
Mi padre intervino, apoyándome.
—Nadie cuestiona tu trabajo, Cora. Pero hay protocolos. La familia no puede parecer dividida.
Dante bufó.
—¿Desde cuándo tener opinión propia es dividir?
Brandon asintió, siguiéndola.
—Exacto. Si Cora quiere usar su parte para algo en lo que cree, está en su derecho.
Vania, que había permanecido en silencio, levantó la mirada.
—Yo recibí mi herencia al casarme —dijo—. Nadie me preguntó cómo la usaría. Tampoco deberían hacerlo ahora.
El padre de Arturo observaba en silencio. Sabía que tarde o temprano tendría que intervenir.
Yo debería estar aquí con mi propio nombre, oponiéndome sin máscaras.
Pero esa maldita me arrancó esa oportunidad.
—Se ha luchado por generaciones para que la firma llegue hasta donde está —insistió Arturo—. No voy a permitir que ahora, por tu “altruismo”, todo se pierda.
Vania no retrocedió.
—Quitarle la herencia no va a detenerla. Solo ganarás dinero… y resentimiento.
—El problema es que lo hace con el apellido Valencia —replicó Arturo.
Cora sostuvo su mirada.
—Aunque esté casada, el apellido es un formalismo. Puedo usar el mío si así lo decido.
Claro.
Porque tu esposo no es nadie, pensé.
Arturo se tensó. Meredith apoyó una mano en su brazo para calmarlo.
Todos discutían con argumentos sólidos, entre leyes y poder. Sabían hacerlo sin gritar, pero sin ceder.
Finalmente, mi tío habló.
—No quiero discordia —dijo—. Esto debía ser una conversación familiar, no una guerra.
—Entonces votemos —propuso Cora—. La cláusula exige mayoría, ¿no?
—Así es —confirmó Arturo.
El aire se volvió más pesado.
Los votos comenzaron a pronunciarse.
Yo ya sabía cómo votaría mi padre.
Voté igual que él y que Arturo: a favor de revocar.
Sentí la decepción de Cora, aunque no dijo nada.
Gaby habría votado distinto. Nunca mezclaba las cosas.
Toma eso, desgraciada.
Vania votó en contra.
Dante y Brandon también.
Mi tío respiró hondo.
—Mi voto es en contra —dijo—. Cora conserva su herencia.
Arturo apretó los labios.
Bajé la mirada. No podía permitir que se notara cuánto me enfurecía que se saliera con la suya.
Cora se puso de pie.
—Gracias —dijo.
Cuando todos comenzaron a levantarse, se acercó a Arturo y lo abrazó.
—Sé que intentas protegernos —le dijo—. Te amo, incluso así.
Arturo no respondió.
Mi padre estaba molesto.
Yo también.
Entonces Cora habló de nuevo.
—¿Por qué no vienen el fin de semana a comer a nuestra casa? Un asado.
La propuesta cayó como algo inesperado.
Dante rió.
—¿Y ahora qué? ¿Te vas a morir o qué?
Las risas se expandieron.
Menos en mi padre.
Menos en mí.
—¿Van o no? —insistió ella.
—Yo voy —dijo Brandon—. Extraño el asado de Lauro.
Cora sonrió.
Tomó la mano de Lauro y se marcharon juntos.
Yo me quedé observando cómo se alejaban.
Mientras todos discutían por dinero y apellidos, yo acababa de confirmar algo mucho más peligroso:
Cora no estaba sola.
Y ahora tenía justo lo que yo siempre quise que no tuviera.
Me marché, furiosa.