Angelo murió cuando estaba a punto de triunfar. Un accidente absurdo y su sueño de poseer un hotel de lujo se desvaneció.
Pero el destino le dio una segunda oportunidad.
Reencarnó en Kael, un omega hombre olvidado en el harén del Emperador Ethan. El más bajo de los bajos. Un regalo que nadie mira. Invisible.
Kael tiene un objetivo: convertirse en Emperatriz. Tiene las armas: una mente fría y años de experiencia seduciendo a hombres poderosos en su vida anterior. Y tiene un plan: hacer que el Emperador, el Alfa más poderoso del imperio, se vuelva loco por él.
Pero el harén es un campo de batalla de secretos y traiciones. La Emperatriz, la favorita, las concubinas... todas lo aplastarían si pudieran verlo. Y el Emperador ni siquiera sabe que existe.
Kael solo necesita una oportunidad para ser visto.
Lo que no sabe es que en el juego más peligroso de su vida, algunas piezas se mueven solas. Y que el hombre al que juró conquistar podría convertirse en algo que nunca esperó
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Capítulo 2: El mapa del territorio
La primera semana fue un caos de información.
Kael aprendió pronto que la mejor manera de pasar desapercibido era hacer lo que esperaban de él: trabajar con la cabeza gacha y la boca cerrada. Así que trabajó. Limpió los aposentos de concubinas que ni siquiera levantaban la vista cuando él entraba. Fregó los pasillos de piedra hasta que le dolieron las rodillas. Vació braseros y vació cubos y vació su mente de todo excepto de lo que veía y oía.
Y veía y oía mucho.
En los aposentos de una concubina de rango bajo, escuchó a una criada quejarse amargamente de que su señora llevaba seis meses sin recibir la visita del Emperador. Seis meses. En el patio de servicio, dos cocineros discutían a voces sobre los platos favoritos de Su Majestad: cordero asado y vino especiado, y al parecer había que tenerlos siempre preparados por si acaso. En el ala norte, mientras vaciaba un brasero, una conversación entre guardias le reveló que el Emperador entrenaba con la espada cada amanecer en el patio de armas principal, y que no permitía que nadie lo interrumpiera.
Kael archivaba todo. Nombres, horarios, jerarquías, debilidades. Su mente, entrenada en otra vida para leer a los hombres poderosos, funcionaba ahora a pleno rendimiento.
Las noches eran para él.
La primera noche, se obligó a mantener las manos quietas sobre las rodillas durante diez minutos. El impulso de llevarse las uñas a la boca era casi un calambre, pero resistió. Diez minutos. Luego veinte. Al tercer día, las uñas habían dejado de sangrar.
La segunda noche, se plantó frente al espejo roto y se obligó a enderezar la espalda. Hombros atrás. Barbilla arriba. Le dolían los músculos acostumbrados a encorvarse, pero aguantó. Cinco minutos. Diez. Luego volvió a su postura de siempre, porque nadie podía verlo así.
La tercera noche, descubrió el peine.
Se lo había dejado una chica joven, de pelo castaño y ojos tímidos, que apareció en su puerta con una disculpa y una sonrisa nerviosa.
—Lo encontré en los almacenes —dijo, alargándole el peine de madera con algunas púas rotas—. Nadie lo usaba. Pensé que… bueno, que te vendría bien.
—Gracias —respondió Kael, y su voz sonó más suave de lo que pretendía—. ¿Cómo te llamas?
—Mira.
—Gracias, Mira.
Ella se sonrojó y salió corriendo. Kael miró el peine y luego su reflejo en el espejo. El cabello era una masa opaca y enmarañada. Esa noche, se pasó el peine hasta que los nudos más grandes desaparecieron y el pelo cayó, lacio, rozándole los omóplatos.
Todavía parecía un muerto de hambre, pensó. Pero un muerto de hambre ligeramente más limpio.
Una noche, solo en su habitación, decidió explorar los límites de su nuevo cuerpo.
En su vida anterior, Angelo había devorado cientos de novelas de omegaverse. Conocía la teoría: alfas, betas, omegas, feromonas, celos, nudos. Todo era ficción entonces. Ahora era real.
Se llevó la mano al cuello, a la pequeña protuberancia bajo la mandíbula —la glándula, lo sabía por las novelas— y se concentró. Un olor surgió, suave, herbal. Lavanda. Lo reconoció de aquel primer día. Luego lo apagó. Luego lo intensificó. Luego buscó más hondo, allí donde el primer día había sentido algo diferente.
Y lo encontró.
El almizcle emergió: profundo, íntimo, cálido. La habitación se llenó de un olor que hablaba directamente a algo primitivo, que llamaba al instinto. Kael lo sintió vibrar en su propia piel, y supo, con la certeza de quien ha leído demasiadas novelas, lo que aquello significaba: era la feromona que despertaba el deseo en los alfas. Un arma.
Lo mantuvo unos segundos, estudiándolo, y luego lo guardó.
Lavanda para el día a día, pensó. Almizcle para… otras cosas. Dos olores. Dos caras.
La idea le pareció fascinante. Él no era uno, sino dos. Podía mostrarse de una forma u otra según lo que necesitara.
Como una máscara, pensó. Dos máscaras para un mismo rostro.
A la noche siguiente, Mira volvió con más chismes. Se sentó en el suelo de la diminuta habitación, ajena al frío de las piedras, y empezó a hablar mientras Kael fingía interés en un trozo de pan duro.
—La concubina Lyra está de mal humor —contó, los ojos muy abiertos—. Dicen que el Emperador no la ha llamado en tres días.
—¿Y eso es mucho?
—Para ella, sí. Está acostumbrada a ser la favorita. Las demás se están frotando las manos.
—¿Y la Emperatriz?
Mira bajó la voz.
—Sera controla todo, pero… el Emperador no la toca. Nunca. Dicen que fue un matrimonio político, que ella es Alfa y… bueno.
Kael asintió. Sera controlaba el harén, pero no tenía la cama del Emperador. Eso era una Grieta, una grieta importante.
—¿Y el Emperador? —preguntó, como si tal cosa—. ¿Cómo es?
Mira se encogió de hombros.
—Alto. Muy alto. Cuando pasa, hasta el aire cambia. Los sirvientes tenemos que bajar la cabeza, así que no he visto bien su cara, pero dicen que tiene el pelo oscuro y que… impone. Que da miedo y ganas de mirar al mismo tiempo.
—¿Y su olor? —preguntó, sabiendo que Mira no podía percibirlo, pero tal vez había oído algo.
—Los betas no olemos feromonas —recordó Mira—, pero las concubinas hablan. Dicen que siempre, siempre, huele a madera. Una madera oscura, como la que queman en los templos. Fuerte, imponente. Que cuando pasa cerca, todas lo notan, aunque no lo vean. —Bajó aún más la voz—. Y también dicen que cuando está… ya sabes, en la intimidad, su olor cambia. Que se vuelve como vino añejo. Que embriaga. Eso solo lo saben las que han estado con él.
Kael mantuvo el rostro impasible, pero por dentro algo hizo clic. Madera para el día a día. Vino para la intimidad. Dos olores, dos caras.
Como yo.
Una semana después encontró la oportunidad de probar su teoría.
Lo asignaron a limpiar el patio de armas secundario, un espacio de piedra gris con maniquíes de paja y postes de entrenamiento. Había varios guardias, pero uno en particular entrenaba solo, cerca de la zona que Kael debía fregar. Joven, de pelo castaño, complexión robusta. Alfa.
Kael se colocó a unos metros, con el cepillo y el cubo, y observó.
El guardia golpeaba el poste con una espada de madera, una y otra vez, el sudor brillando en su frente. Su concentración era total. Perfecto.
Es ahora o nunca.
Kael se concentró en la glándula y dejó que el almizcle fluyera.
No fue un hilo mínimo. Fue una cantidad normal, la misma que había dejado salir aquella primera noche en su habitación. Quería ver el efecto real, sin medias tintas.
El resultado fue inmediato y aterrador.
El guardia se giró como un animal herido. Su espada de madera cayó al suelo con un golpe sordo. Sus fosas nasales se dilataron, sus ojos recorrieron el patio en busca de la fuente de ese olor, y cuando su mirada pasó sobre Kael —solo un instante, solo un roce— el guardia dio un paso hacia él. Luego otro. Su propia feromona, a cuero y pino, se intensificó, volviéndose cálida, apremiante, casi agresiva.
Kael cortó el almizcle al instante. Lo apagó por completo, reduciéndose a su lavanda más inofensiva, encogiendo los hombros, haciéndose pequeño, invisible.
El guardia se detuvo. Parpadeó, confundido. Olisqueó el aire una vez, dos veces, y luego negó con la cabeza, frotándose los ojos como si despertara de un sueño.
—¿Pasa algo? —le preguntó otro guardia desde el otro lado del patio.
—No —respondió, pero su voz sonaba ronca, extraña—. Creí oler… no sé. Nada.
Recogió su espada y volvió al entrenamiento, pero durante el resto de la tarde, Kael notó que su atención seguía dividida. De vez en cuando, sus ojos se desviaban hacia los rincones del patio, buscando algo que no podía encontrar.
Kael terminó su trabajo en silencio, el corazón golpeándole el pecho con tanta fuerza que estaba seguro de que todos podían oírlo.
Esa noche, en su habitación, no pudo calmarse hasta pasada una hora.
Funciona, pensó, y la certeza le heló la sangre. Funciona de verdad.
Pero también era peligroso, más peligroso de lo que había imaginado. Si no hubiera cortado el almizcle a tiempo, si el guardia hubiera llegado hasta él antes de recuperar la razón…
No quería imaginarlo. Un alfa excitado por su olor, un omega solo en un rincón del patio. Las historias de Mira sobre omegas que desaparecían le vinieron a la mente.
Tengo que tener más cuidado. Mucho más.
Pasó el resto de la noche practicando. Soltar, contener, reducir. Soltar, contener, reducir. Poco a poco, fue encontrando el equilibrio: lavanda en la superficie, calmante, inocente; y muy en el fondo, apenas un eco, el almizcle. Un llamado al instinto que ningún alfa podría ignorar, pero que ninguno podría señalar.
Así, pensó cuando por fin lo logró. Así tiene que ser.
Luego recordó la reacción del guardia, el paso que había dado hacia él, el hambre en sus ojos.
Y si eso fue con un guardia común… ¿cómo reaccionará un alfa supremo?
La pregunta lo inquietó y lo excitó a partes iguales.
Pero para entonces, se prometió a sí mismo, ya tendré esto controlado. Seré yo quien decida cuánto darle, no mi instinto.
Tres días después, mientras fregaba los pasillos del ala sur, Kael escuchó voces que le helaron la sangre.
Se pegó a una columna, detrás de un gran jarrón de bronce pulido, y contuvo la respiración.
—¿A qué has venido? —la voz de Sera era un cuchillo envainado en seda.
Lyra rió, pero no era una risa alegre.
—Tengo tanto derecho como tú a estar aquí. O ¿acaso crees que por ser la Emperatriz controlas hasta el aire que respiro?
—Controlo lo que me da la gana. Y tú deberías recordar tu lugar.
—Mi lugar —repitió Lyra, y ahora su voz tenía un filo peligroso—. Mi lugar es la cama del Emperador. ¿Y el tuyo? ¿Cuánto hace que no te mira?
Kael contuvo el aliento. El silencio que siguió fue denso, cargado de algo que podía ser odio o podía ser dolor.
—No necesito su cama —respondió Sera al fin—. Yo soy la Emperatriz. Yo controlo este harén. Tú solo eres un entretenimiento pasajero.
—¿Pasajero? Llevo tres años siendo su favorita. ¿Cuántas han pasado por tu precioso harén en ese tiempo? ¿Cuántas no han durado más de unos meses? Yo sigo aquí. Yo sigo en su cama. Y tú…
La pausa fue calculada, cruel.
—Tú solo eres la que firmó un papel hace años y ahora mira desde la barrera mientras otras intentan darle lo que tú no puedes.
El golpe había dado en el blanco. Kael lo supo por el silencio que siguió.
—Ten cuidado, Lyra —la voz de Sera era apenas un susurro, pero cortaba más que cualquier grito—. Las favoritas van y vienen. Yo siempre estaré aquí. Y cuando tú falles, cuando él se canse de ti, cuando otra ocupe tu lugar, yo seguiré siendo la Emperatriz. Y entonces…
—¿Entonces qué?
—Entonces recordaré esta conversación.
Pasos. Sera se alejó. Luego los pasos de Lyra, en dirección contraria.
Kael se quedó inmóvil un largo rato, procesando.
Lyra es fuego. Sera es hielo. El fuego quema rápido, pero el hielo espera. Siempre espera.
Esa noche, en su habitación, Kael se sentó frente al espejo roto y se miró.
El cabello, después de semanas de cepillado, había recuperado algo de brillo. Ya no era aquella masa opaca; caía lacio, negro, con reflejos azulados cuando la luz le daba en el ángulo correcto. Las uñas habían crecido sanas. La postura, cuando nadie miraba, se mantenía erguida durante minutos enteros.
No soy el mismo que cuando llegué a este cuerpo, pensó. Y eso es solo el principio.
Repasó mentalmente todo lo que había aprendido.
El harén era un tablero. Sera controlaba las piezas desde la sombra, pero no tenía al rey. Lyra tenía al rey, pero su posición era frágil porque no le daba un heredero. Y el Emperador… el Emperador tenía dos olores, como él. Madera para el mundo, vino para la intimidad. Dos caras.
Somos iguales, pensó. Él también lleva una máscara. Solo que la suya es de poder, y la mía de sumisión.
Se levantó y se acercó a la ventana. La luna iluminaba los tejados del palacio, las torres, las cúpulas. Allí, en algún lugar de ese laberinto de piedra y poder, estaba el hombre que podía darle todo lo que deseaba.
El hombre que era como él, solo tenía que hacer que lo mirara. Sonrió en la penumbra.
Paso a paso. El juego empieza ahora.
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