Ella es la ley. Él es el pecado. Rose Smith quiere justicia; John Blake quiere poseerla. Un juego macabro de poder, mafia y deseo prohibido donde el odio es el mejor afrodisíaco.
NovelToon tiene autorización de Choly Flores para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
El Jaque Mate de Sangre
La mansión Blake se transformó en un centro de comando de guerra en cuestión de minutos. El aire olía a ozono, pólvora y a la sangre que goteaba de los mercenarios inconscientes. John, con su presencia de un metro noventa dominando la estancia, irradiaba una furia tan antigua que las sombras de la oficina parecían cobrar vida propia, retorciéndose a su alrededor.
Rose no permitió que el pánico nublara su juicio. Mientras John daba órdenes a sus guardias más leales para limpiar el desastre, ella ya estaba sentada frente a su laptop, con los dedos volando sobre el teclado. Bella descansaba en un diván cercano, bajo la vigilancia de dos centinelas que sabían que morirían mil veces antes de permitir que otro intruso se acercara a la pequeña.
—John, escúchame bien —dijo Rose, su voz ruda y cortante como un bisturí—. Si lo matas ahora sin más, lo convertirás en un mártir para los clanes disidentes y el Consejo te declarará tirano. Tenemos que decapitarlo financiera y legalmente antes de que tú le cortes la garganta.
John se detuvo junto a ella, su mano gélida apoyándose en el respaldo de la silla de Rose.
—Viktor no entiende de leyes, Rose. Entiende de cenizas.
—Pero sus aliados sí entienden de dinero —replicó ella, girando la pantalla hacia él—. He rastreado las cuentas puente. Viktor ha garantizado la lealtad de la mafia italiana prometiéndoles acceso a los puertos de la Estirpe. Acabo de redactar una orden de embargo preventivo bajo una ley federal de seguridad nacional que todavía puedo activar a través de un contacto en la fiscalía. Si envío esto, todos los activos de Viktor y sus socios serán congelados por el gobierno humano en diez minutos. Se quedarán sin gasolina, sin armas y, lo más importante, sin lealtad.
John esbozó una sonrisa lenta y peligrosa. La sabiduría de Rose era el complemento perfecto para su fuerza bruta.
—Hazlo. Déjalos ciegos y pobres. Yo me encargaré de que se sientan desprotegidos.
Mientras Rose ejecutaba el ataque financiero, enviando correos encriptados que harían caer el imperio de papel de Viktor como un castillo de naipes, John se preparaba para la caza. Se puso un abrigo de cuero largo y revisó un par de dagas de plata grabadas con runas.
—Estaré de vuelta antes del amanecer —dijo John, inclinándose sobre Rose. Sus ojos carmesí buscaron los azules de ella—. No salgas de esta habitación. Si alguien que no sea yo intenta cruzar esa puerta... —miró a Bella— ...deja que ella termine lo que empezó.
John desapareció en la noche, una sombra veloz que se dirigía al club nocturno donde Viktor se escondía con sus mercenarios.
Rose, sola en la oficina con los centinelas, sintió que el peso del mundo caía sobre sus hombros. Pero no se permitió flaquear. Accedió al sistema de cámaras de la ciudad, usando un software de reconocimiento facial que solía usar para rastrear delincuentes de cuello blanco. Localizó los convoyes de Viktor moviéndose por el puente George Washington.
—Te tengo —susurró Rose. Con un clic, envió la información a la unidad de delitos complejos, asegurándose de que la policía humana interceptara el armamento pesado de Viktor antes de que llegara a la mansión.
En el club nocturno, el caos se desató. John irrumpió como un huracán de muerte. No usó armas de fuego; su velocidad era tal que los mercenarios caían antes de poder apretar el gatillo. Viktor, viendo cómo sus teléfonos se llenaban de alertas de cuentas bloqueadas y sus aliados mafiosos lo abandonaban por miedo a la intervención federal, se refugió en la bóveda trasera.
—¡Blake, esto es una locura! —gritó Viktor desde el interior—. ¡La humana te ha envenenado el juicio!
—La humana ha hecho más por mi reino en una noche que tú en cinco siglos, Viktor —la voz de John resonó desde algún lugar del techo, gélida y absoluta.
John arrancó la puerta de la bóveda de sus bisagras con un esfuerzo mínimo. Viktor estaba allí, empuñando una espada antigua, temblando. John no lo mató de inmediato. Lo tomó del cuello, levantándolo del suelo como si no pesara nada.
—Rose quería que sufrieras la humillación de la pobreza antes del final —dijo John, sus colmillos brillando bajo las luces de emergencia—. Pero yo soy un hombre de placeres más directos.
Mientras tanto, en la mansión, Rose recibió una notificación en su pantalla. Todas las cuentas de Viktor estaban en cero. Su misión estaba cumplida. Se levantó y caminó hacia Bella, tomándola en brazos. La niña despertó lentamente, sus ojos buscando a su madre.
—¿Se acabó, mami?
—Por ahora, pequeña —respondió Rose, sintiendo una mezcla de alivio y una oscuridad creciente en su propio pecho. Había usado la ley para facilitar una ejecución. Se estaba convirtiendo en parte del mundo de John, y lo peor era que la rudeza que sentía en sus venas la hacía disfrutar de la victoria.
El sol empezaba a asomarse por el horizonte cuando John regresó. No traía la cabeza de Viktor, pero traía su anillo de sello, empapado en sangre negra. Se lo entregó a Rose.
—El Consejo ya no tiene un segundo al mando —dijo John, con la respiración pesada—. Ahora solo quedamos nosotros.
Rose miró el anillo y luego a John. El poder era embriagador, pero sabía que Edith seguía desterrada y que otros enemigos surgirían.
—Esto es solo el principio, John. Mañana el Consejo exigirá explicaciones por la intervención de la policía humana.
—Que pregunten —respondió él, rodeando la cintura de Rose con su brazo—. Tú eres la Protectora. Inventa una ley que los mantenga callados.