Adán siempre pensó que, después de la muerte de su padre omega, su mundo no podía romperse más. Pero al iniciar su último año de universidad, descubre que su papá—un beta inestable, adicto al alcohol y a los casinos—no solo tenía una segunda familia, sino que también había cobrado el seguro por la muerte del hombre que lo crió. Cuando las deudas de su padre se vuelven impagables y los acreedores empiezan a presionar, Adán se ve obligado a enfrentar a uno de los dueños del casino: Víctor Salvatierra, un alfa de treinta años con fama de frío, calculador y peligroso. Un hombre que dirige negocios legales… y otros de los que nadie quiere hablar. Víctor está cansado de escuchar a su madre criticarlo por no tener pareja, convencida de que nunca podrá lograr un vínculo estable. Pero cuando Adán aparece en su oficina exigiendo que liberen a su padre, Víctor encuentra la oportunidad perfecta:
Una deuda enorme. Un omega desesperado. Y una propuesta que podría solucionarles la vida a ambos.
NovelToon tiene autorización de Gabitha para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
DISCUSIÓN
Tal y como Lara había dicho antes de irse, había llegado el día jueves. Y aunque ambos no planeaban tener alguna actividad ese día, la mujer alfa estaba emocionada al verlos desayunar juntos, sentados uno frente al otro como si se tratara de una escena cotidiana… casi familiar.
—Mamá, deja de mirarlo —ordenó Víctor, refiriéndose a Adán.
—Tranquilo, Víctor, no me molesta —dijo Adán, defendiendo a su suegra con una leve sonrisa.
—Es que se ven tan lindos juntos. Adán, una pregunta —dijo comenzando a comer—, ¿tu cabello es de ese color?
—No es normal tenerlo de este color, pero sí, mi padre dijo que era herencia —respondió Adán, tocando distraídamente uno de sus mechones.
—Ya veo… es un bonito color —dijo Lara, sonriendo con calidez.
El alfa miró sorprendido a su madre. En los años que llevaba como viuda, eran muy pocas las veces en las que la veía sonreír como lo hacía con Adán, con esa tranquilidad que parecía haber perdido tiempo atrás.
—Víctor, ya sé que no te gusta, pero hace unos días mandé a hacerle ropa a medida a Adán. Un poco ya lo traerán al mediodía, lo demás necesita ajustes, pero quiero verlo probarse la ropa. ¿Me lo puedo llevar? —preguntó la alfa, haciéndole ojitos de niña buena a su hijo.
—Por favor, no hagas eso, me dan escalofríos… y solo si Adán quiere —respondió Víctor, apartando la mirada.
—Vamos, Adán, si no quieres ir solo conmigo nos llevamos a Lili, pasemos un día juntos —dijo Lara, rogando al omega.
—Me parece bien, pero me gustaría que Víctor también nos acompañe —dijo Adán, cediendo ante el ruego de su suegra.
—A Víctor no le gusta ir al centro comercial. Además, tú y él pasan mucho tiempo juntos aquí en casa. Yo solo puedo venir cuando puedo… anda, ¿sí? —insistió Lara.
—Iré con ustedes —interrumpió Víctor de pronto.
—Entonces andando, pero coman primero —dijo Lara, sentándose nuevamente a la mesa, satisfecha.
Mientras terminaban de comer, Víctor y Adán compartieron el mismo pensamiento.
"Será un día largo y cansado."
Y tenían razón.
Al llegar al centro comercial, Lara y Lili se separaron de ellos, dejándolos solos junto a la fuente central.
—Iremos un momento y volvemos —dijo Lara, señalando una tienda.
—Vayan ya y no tarden —respondió Víctor.
—A la orden, sargento —respondieron ambas con burla militar antes de alejarse.
Mientras ellas se iban a hacer lo que tenían planeado, Víctor y Adán se quedaron sentados cerca de la fuente, observando a la gente pasar.
—Adán, no siempre tienes que hacer lo que mi madre y Lili quieren —dijo Víctor, sentándose a su lado.
—No lo hice para complacerlas. Víctor, te dije hace unos días que si no nos ven compartir alguna salida, todos sospechan —respondió Adán, cruzándose de brazos.
—Perdón, lo olvidé por completo —dijo Víctor, intentando con torpeza que bajara los brazos.
—Víctor, a veces… solo a veces podemos vernos en casa. No puedo aparentar algo yo solo, tiene que ser de ambos —continuó Adán, mirando hacia otro lado, visiblemente incómodo.
—Vamos, Adán, entiéndeme. Toda la vida he trabajado. Para mí no es normal tener un omega esperando en casa —dijo Víctor, con un tono más duro de lo que pretendía.
Ese tono fue suficiente para encender la ira del omega.
—Pues disculpa por querer hacer lo que firmé en un contrato. No es mi culpa todo esto, ¿lo recuerdas? —dijo Adán, levantándose de la silla.
Sin esperar respuesta, tomó rumbo hacia otro lado.
—¡Adán! —gritó Víctor.
Las palabras del alfa habían herido al omega. Adán sabía que desde la plática con la maestra Edith había comenzado a sentir algo por Víctor, algo que no debía. Pero recordar esas palabras solo lo hacía sentir molesto… y dolido.
Mientras entraba a una de las tiendas, Víctor era regañado sin piedad por su madre y su amiga.
—¿Cómo que salió corriendo? —preguntó Lara con autoridad.
—¿Víctor, qué fue lo que le dijiste? —preguntó Liliana, cruzándose de brazos.
—Solo le dije que aún no estaba acostumbrado a que un omega me esperara en casa. Mamá, he trabajado mucho tiempo y no me siento listo para enfrentar la vida de casado —explicó Víctor.
Sus palabras, lejos de ayudarlo, enfurecieron aún más a su madre.
—A veces creo que no eres mi hijo, eres un completo tonto. Hijo, si no te hubiera cargado nueve meses en mi vientre, ni siquiera sabría si he criado a mi hijo de sangre —dijo Lara, jalándolo de las orejas.
—¡Eso duele! —se quejó Víctor.
—Ahora imagina cuánto no le dolieron tus palabras a Adán. Tienes que entender algo: Adán aún es muy sensible con lo que decimos. Para ti, tus palabras se las lleva el viento, pero para él pesan mucho —continuó Lara—. Nadie nace listo para casarse, se aprende de los errores.
—Ya entendí… voy a buscarlo. Las alcanzo en la boutique —dijo Víctor, alejándose.
—Víctor, espera —dijo Liliana, deteniéndolo.
La omega se acercó y, sin previo aviso, le dio un fuerte golpe en el estómago.
—Si no fueras mi amigo, hubiese sido peor. Ahora vete a buscarlo.
El dolor recorrió todo el cuerpo del alfa. Ahora lo sabía: su amiga era de temer.
Víctor recorrió varias tiendas hasta que finalmente lo encontró.
Vio cómo una pareja de betas se acercaba a su omega y decidió quedarse a escuchar.
—Pero mira nada más a quién tenemos aquí —dijo la mujer.
El rostro de Adán, que hasta ese momento se había mantenido calmado, se ensombreció.
—Pero si es nada más y nada menos que nuestro bello omega de la facultad de finanzas —continuó la mujer.
—¿Qué quieres, Marcia? —preguntó Adán, levantando la frente con orgullo.
—Nada en especial, solo quiero esa blusa que tienes en la mano.
—Hay muchas en la exhibición, toma una de ellas.
—Pero yo quiero esa. Julián me trajo aquí solo para comprar esa —dijo Marcia, señalando a su pareja.
El beta se había mantenido en silencio, mirando con devoción a SU OMEGA.
Esas dos últimas palabras resonaron con fuerza en la mente de Víctor.
—Hola, Adán. ¿Cómo has estado? Escuché lo de
James —dijo Julián.
—No te atrevas a decir su nombre con tu boca sucia —recriminó Adán.
Marcia, molesta por quedar excluida, jaló la blusa con fuerza, rompiéndola.
—Señor, tendrá que pagar eso —dijo la empleada.
—Pero no he sido yo, ¿acaso no vio que fue ella quien lo hizo?
La empleada no quiso escuchar. La pareja había entrado como clientes “importantes” y ella no estaba dispuesta a perder su trabajo.
—Marcia, ya cálmate —dijo Julián, jalándola de la mano.
A la beta no le importo nada que el beta estuviera pasando una vergüenza al pelear con el omega.