Traicionada por el marido. Engañada por la hermanastra. Asesinada por el hijo.
Pero el destino le dio una segunda oportunidad.
Ahora, de vuelta al día de la boda, Helena cambia los contratos y modifica su propio destino.
Casada con el tío de su ex, descubre el sabor de la venganza… y de un amor que jamás esperó encontrar.
“En la vida pasada fue engañada. En esta, nadie volverá a usarla.”
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Capítulo 13
Él controló la expresión, suavizó la voz, no por amor, sino por conveniencia, necesitaba calmarla para no causar más problemas.
—No fue eso lo que quise decir —mintió con una sonrisa tensa—. No estaba hablando de su cuerpo, sino de cómo me ayudaba con el trabajo y cuidaba de mi imagen, ella jamás haría una escena de esas frente a todos.
Lorena absorbió cada palabra, luchando por creer.
Mientras tanto, Helena caminó hacia el ascensor con pasos tranquilos.
La guerra había comenzado.
Y esta vez... ella no era la parte frágil en esta historia.
Helena observaba su propia imagen reflejada en el cristal de la sala, postura erguida, expresión calma, impecable. Y fue imposible no recordar a la mujer que había sido antes: frágil, ilusionada, siempre con miedo de perder lo que creía que era amor.
Pero ahora... ahora era Lorena quien cargaba con esa mirada inquieta, esa tensión constante en los hombros, el miedo quemando detrás de la arrogancia. Lorena vivía exactamente lo que ella vivió en la vida pasada: inseguridad, desesperación y el pavor silencioso de perder a Saulo.
La diferencia era simple.
Helena había sido una tonta engañada.
Lorena eligió ese camino.
No había espacio para pena en su corazón, solo la certeza fría de que el destino tenía una forma perversa de ajustar cuentas.
Sus pensamientos fueron arrancados del silencio por la puerta que se abrió con fuerza. Lorena entró, nariz respingada, quijada tensa, los ojos dilatados por la rabia que rebosaba.
—¿Crees que tratando de parecerte a mí Saulo te va a mirar? —escupió las palabras, venenosa—. Él nunca te amó de verdad, y solo aceptó el compromiso porque...
La frase murió con el chasquido seco que inundó la sala. Helena, con la calma de quien se cansó de ser blanco, dejó caer su mano con firmeza contra el rostro de Lorena.
—Todavía ni siquiera he devuelto tu traición —dijo ella, la voz fría como el acero—, ¿y tienes la osadía de venir aquí, a mi trabajo, a hacer un escándalo?
Lorena se quedó inmóvil por un instante, en shock. Se dio cuenta de que el cambio de Helena no era solo en la apariencia, parecía diferente, como si fuera otra persona.
Al recuperar el aliento, Lorena levantó la mano para responder, pero Helena se movió primero. Desvió con facilidad, agarró los cabellos de ella y tiró hacia atrás con firmeza, obligándola a encararla de cerca.
—Cuidado, Lorena —la voz de Helena salió baja, firme y afilada—, ya no soy la tonta a la que pisoteabas. Si me provocas... respondo.
Lorena resopló, intentando zafarse, pero Helena sujetó con más firmeza.
—¡Suéltame, zorra! —escupió Lorena, desesperada—. Sé por qué viniste a trabajar aquí. Pero no sirve de nada —rió, histérica—, ¡aunque te arregles esa cara y ese cuerpo, Saulo nunca te va a mirar!
Helena sonrió, lento, peligroso.
—¿Miedo? —preguntó, los ojos brillando con ironía—. ¿Dónde quedó toda esa confianza que ostentabas?
¿O será que ahora que estás... en este estado, tu marido ya no te encuentra tan interesante?
El rostro de Lorena palideció, inseguridad expuesta, cruda, palpitante.
—Debe doler —continuó Helena, suave como veneno—, darte cuenta de que ese hombre que robaste puede estar cansándose de ti. Pero relájate... el papel de amante siempre fue más tu estilo. Yo no compito por basura.
Lorena tembló.
—Mi abuelo no va a dejar que trabajes aquí —gruñó, desesperada—. ¡Te va a sacar de aquí!
Helena soltó una carcajada limpia, afilada, llena de desprecio.
—Entonces corre. Ve a llorar a sus pies.
Y con un gesto lento, deliberado, Helena la soltó, como quien suelta algo desechable, indigno.
Lorena tropezó hacia atrás, jadeante, mientras Helena solo la miraba desde arriba, serena en su victoria silenciosa.
—Sal de mi oficina, Lorena. Y la próxima vez que intentes atacarme, recuerda lo que puede pasar.
Lorena se tambaleó hacia atrás, ojos dilatados, rostro ardiendo, no solo por la bofetada, sino por el dolor de darse cuenta de que la mujer que antes despreciaba ahora era alguien a quien ya no podía derrotar con un insulto.
...****************...
Más tarde ese mismo día, Dante se quedó de pie frente al escritorio, postura impecable, la tableta en las manos.
Arthur apenas levantó los ojos de los papeles, pero el leve fruncimiento de ceño delataba que estaba escuchando cada palabra.
—Lorena apareció en la empresa esta mañana —comenzó Dante, voz neutra—. Hizo un escándalo frente a varios empleados.
Arthur levantó la mirada. Había allí una curiosidad contenida.
—¿Y qué hizo Helena? —preguntó sin prisa.
Dante dudó por un segundo, buscando la palabra exacta. —Ella mantuvo la calma. Sin groserías. Sin perder la compostura. Fue... precisa en sus palabras.
Arthur se reclinó en la silla, pensativo.
—¿Y después?
—Lorena discutió con Saulo en su oficina. Después fue tras Helena a su oficina. Cuando salió, tenía el rostro rojo. Y señales de que había llorado.
El silencio que siguió tenía peso.
Arthur tamborileó los dedos en la mesa mientras procesaba y evaluaba esa información.
—¿Helena se acercó a Saulo en algún momento? —preguntó en un tono frío y analítico.
—No, señor —respondió Dante inmediatamente—. Ella evita el contacto directo. Solo interactúan en reuniones formales. Ni siquiera lo mira fuera de eso.
Arthur encaró a Dante por largos segundos.
En el fondo de los ojos de él, algo se encendió, interés y respeto en construcción.
—¿Y el proyecto imposible? —preguntó, cambiando de tema.
Dante comenzó a extrañarse de aquel interés inusual. Cuando Arthur estaba comprometido con Lorena, también la mantenía bajo vigilancia, pero jamás demostró tanta curiosidad. Con Helena, sin embargo, cada detalle parecía importar. Aun así, prefirió guardar para sí aquellas impresiones y se limitó a responder a las preguntas del jefe con la precisión de siempre.
—Ella ya presentó la primera etapa con una propuesta de reorganización estructural. La propuesta es muy prometedora. El departamento quedó dividido: algunos creen que está recibiendo ayuda, otros encontraron el resultado mejor de lo que esperaban.
Arthur soltó una risa corta, no de humor, sino de sorpresa.
—Hum. Entonces no está solo jugando.
—No, señor —concordó Dante—. Al contrario. Está trabajando firmemente en el proyecto y creo que va a conseguir presentar un excelente trabajo dentro del plazo.
Arthur se quedó en silencio nuevamente. Pensando. Midiendo.
Entonces habló con aquella frialdad cargada de cierta admiración:
—Continúa observando. Quiero informes diarios.
—Sí, señor —respondió Dante.
Cuando Dante salió, Arthur continuó mirando hacia el horizonte de la ciudad.
Y, por primera vez en muchos años, la sensación no era control absoluto.
Era curiosidad.
Y una punzada, pequeña, casi imperceptible, de inquietud.