Isabella, una escritora huye a Italia a buscar algo que la inspiré para una historia de amor. Su novio la engaño con su mejor amiga y su jefa le dijo que no sirve para escribir.
No imagino que en aquel pueblo de Italia encontrará el amor, disfrazado de una coraza celosa, posición y amor.
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Después De La Tristeza.
Pasaron 7 días del entierro.
La villa Valero de 4 pisos estaba en silencio. Nunca había estado en silencio. Ni cuando Pietro era niño, ni cuando llegó Isabella huyendo, ni cuando nació Franquito.
Franco grande volvió del hospital de Arezzo el 22 de marzo. Con pastillas para el corazón. Con bastón nuevo. Con la orden del doctor de no tomar vino por 3 meses. Para un Valero, eso es como decirle que no respire.
Estaba sentado en el sillón grande frente a la chimenea, donde Isabella le había dado pecho a Franco chiquito, mirando el fuego, sin hablar. Mirando la foto de Marco de 18 años que tenía en la mano.
Pietro no fue a la bodega en 7 días. No contó botellas de "Luna di Isabella". No pisó el viñedo. Estaba todo el día en el cuarto, con Isabella y con Franco chiquito, que ya tenía casi 3 meses, con su piel blanca como la nieve, con su pelo rizado más largo ya, con sus ojos marrones claros que ahora miraban fijo.
Giulia no se fue. Se quedó a dormir en la villa. En el cuarto de invitados. Todas las noches lloraba bajito.
La noche del 25 de marzo, Isabella bajó a la cocina. Hizo lo único que sabía hacer cuando estaba triste en Lima, cuando su padre la gritaba, cuando no tenía plata.
Hizo una parrilla con carne fresco que le trajo el carnicero de Montalcino que ya aprendió a traerle.
Y subió con el plato grande a la sala. Donde estaban los tres Valero tristes: Franco grande, Pietro, Giulia. Y Franquito en su cuna de madera, con la manta.
—Nadie me preguntó — dijo Isabella, con su voz bajita, con su pelo rizado desordenado, con ojeras también —. Pero en mi casa, cuando alguien se moría, mi mamá hacía comida rica. Porque decía que el dolor necesita sabor fuerte para irse. Para que no se quede pegado en la garganta.
Puso el plato en el medio.
—Marco no alcanzó a comer mi ceviche nunca, pero ai comió parrilla también le encantaba las carnes a la parrilla — dijo —. Siempre me decía por mensaje: "cuñada, guárdame ceviche para Pascua". Y ya no va a venir en Pascua.
Franco grande levantó la cabeza.
Pietro la miró.
Giulia se limpió las lágrimas.
—Pero Franquito sí está — dijo Isabella, con lágrimas ya —. Y él tiene la sangre de Marco también. Tiene sus ojos, ¿se acuerdan? El otro día lo miré y tiene el mismo brillo de Marco cuando se reía. Así que si comemos, no es porque nos olvidamos de Marco. Es porque Marco querría que su sobrino crezca en una casa donde se sigue comiendo, donde se sigue brindando, aunque sea con agua por 3 meses, papá.
Se acercó a la cuna. Cargó a Franquito, con su piel blanca como la nieve, que hoy no lloraba, que estaba tranquilo, mirando a todos con sus ojos marrones claros, como si entendiera.
—Mira, papá Franco — le dijo a Franco grande —. Tu nieto. Tu primer nieto. Marco lo alcanzó a ver cuando nació y enviamos muchas fotos. Nos mandó mensaje: "que lindo mi sobrino de pelo rizado". Él ya lo conoció. Y ahora te necesita a ti vivo. No al lado de su ataúd. Acá. Para enseñarle a hacer vino.
Franco grande se paró con bastón. Con dificultad. Se acercó a Isabella. Le tocó la cabeza a Franquito. Su pelo rizado.
—Tienes razón, hija — le dijo, con voz ronca, la primera vez que hablaba en 4 días —. Mi hijo mayor se fue. Pero mi nieto primerizo se quedó. Y no puedo irme yo también y dejar a mi hijo Pietro solo con una bodega y un bebé.
Pietro se levantó. Abrazó a su padre. Fuerte. Con cuidado por su corazón.
—Papá...
—Marco querría que sigamos — dijo Franco grande.
Giulia se paró también. Se acercó. Los cuatro. Más Franquito en medio. Un abrazo de 5. Por primera vez en 7 días, sin llanto de tristeza profunda. Con llanto, pero de alivio.
Comieron carne a la parrilla. Todos. Hasta Franco grande, que tenía prohibido el ají, comió un poquito y dijo:
—Pica como el carácter de mi nuera peruana. Y me gusta.
Pietro esa noche volvió a la bodega. Abrió una botella de "Luna di Isabella" y no la tomó. La puso al lado de la foto de Marco.
—Para ti, hermano mayor — dijo —. Cuando mi hijo cumpla 18, la tomamos los tres. Tú desde donde estés.
Y esa noche, en la villa de 4 pisos, Franquito durmió toda la noche sin llorar, por primera vez desde el accidente. Con su piel blanca como la nieve, con su pelo rizado de su madre, con sus ojos marrones claros de su padre y de su tío Marco, dormido tranquilo, como diciendo: ya pueden descansar, familia. Ya lloraron. Ahora sigan.
Declaró tomar Vino es más peligroso que tomar Ron puro.
Atrapa
afloja
y habré lo que se debe mantener cerrado.
y acá va a:
calentar.
subir la temperatura y abrir lo que estaba cerrado pero entrando en calor y poniendo más aguado que gelatina fuera del enfriador. ( nevera o heladera)
ahora lo culpan😭