La vida de un escritor otaku
Saito Takahara tiene 28 años y lleva una vida tranquila y solitaria en Tokio.
Es un escritor de novelas ligeras que ha conseguido ganarse la vida con sus historias, pero fuera de su trabajo pasa la mayor parte del tiempo encerrado en su casa, escribiendo, jugando videojuegos y disfrutando de su mundo otaku.
Todo cambia una noche en Akihabara.
Al salir de una tienda, Saito encuentra a dos jóvenes sentadas en la calle, agotadas y sin un lugar donde pasar la noche. Son Izumi, de 21 años, y Akane, de 18.
Sin saber qué les ha ocurrido y sin esperar nada a cambio, Saito decide ayudarlas y les ofrece quedarse en su casa.
Lo que comienza como una simple ayuda termina convirtiéndose en algo mucho más grande.
La casa que durante años había estado en silencio comienza a llenarse de conversaciones, risas, videojuegos y momentos que Saito jamás imaginó vivir. Mientras Akane empieza a sentirse cada vez más cómoda a su lado, Izumi mantiene cierta distancia.
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Final de las vacaciones en Yokohama parte dos
Volviendo con Saito, aquella noche finalmente había llegado al bar donde Hana lo estaba esperando.
—¡Saito! —dijo Hana al verlo entrar—. Por aquí.
Saito se acercó y tomó asiento frente a ella.
—Perdón por hacerte esperar.
—No pasa nada. Acabo de llegar.
Ambos pidieron unas cervezas y algo de comida para acompañarlas. Cuando finalmente tuvieron todo sobre la mesa, comenzaron a hablar tranquilamente.
Al principio conversaron sobre cosas simples: el viaje, el trabajo y cómo les estaba yendo desde que habían vuelto a encontrarse después de tantos años.
Pero poco a poco, la conversación terminó llevándolos al pasado.
—¿Recuerdas cómo nos conocimos? —preguntó Hana.
Saito pensó unos segundos.
—Sí... aunque ha pasado bastante tiempo.
Hana sonrió.
—Cuando recién empezábamos la secundaria, te veía todos los días completamente solo.
—¿Todos los días?
—Todos.
Saito bajó la mirada, algo avergonzado.
—Supongo que no era precisamente una persona muy sociable.
—No. Siempre estabas leyendo o jugando con tu consola.
—Eso no ha cambiado demasiado.
Hana soltó una pequeña carcajada.
—Lo sé.
Después de unos segundos, continuó.
—Un día decidí acercarme a ti. Al principio pensé que sería difícil hablar contigo, pero cuando comenzamos a conversar descubrimos que teníamos muchas cosas en común.
—Nos gustaban las mismas novelas ligeras.
—Y los mismos videojuegos.
—Pasábamos demasiado tiempo hablando de ellos.
—También teníamos familias un poco complicadas.
Saito la miró en silencio.
Hana sonrió con cierta nostalgia.
—Creo que por eso nos entendimos tan rápido.
Saito también sonrió.
—Sí. Supongo que fue así.
Hana tomó un poco de su bebida antes de continuar.
—Con el tiempo nos hicimos amigos. Algunas tardes, después de clases, íbamos al GameCenter.
—Y tú siempre querías intentar conseguir algún peluche.
—Porque tú eras bueno en esas máquinas.
—No tanto.
—Saito, conseguiste varios para mí.
Él soltó una pequeña risa.
—Eso sí lo recuerdo.
—Yo también.
Hana lo miró durante unos segundos.
—De hecho, todavía tengo algunos de ellos.
Saito levantó las cejas, sorprendido.
—¿En serio?
—Claro.
—No pensé que guardarás eso y menos que recordaras todo.
Hana bajó un poco la mirada.
—Esos fueron algunos de los mejores momentos de aquella época de mi vida.
Las palabras hicieron que Saito se quedara callado.
Sin darse cuenta, su rostro comenzó a ponerse rojo.
—Me alegra que los recuerdes así.
Hana sonrió.
—Yo también me alegro de haber guardado a todos ellos.
Continuaron hablando durante un buen rato. Recordaron profesores, videojuegos, algunas situaciones vergonzosas de la secundaria y las tardes que habían pasado juntos.
Por un momento, Saito sintió que había regresado a esos años.
Hasta que su teléfono vibró sobre la mesa.
Saito lo tomó inmediatamente.
Pensó que quizá Izumi o Akane necesitaban algo.
Pero cuando abrió el mensaje, se quedó completamente quieto.
Era una fotografía.
Izumi aparecía sentada en su escritorio de la editorial durante su primer día de trabajo.
Debajo había un mensaje:
«Me olvidé de enviártela.»
Saito sintió cómo su rostro se ponía rojo.
—¿Está todo bien? —preguntó Hana.
—¡Sí!
Saito guardó rápidamente el teléfono.
Hana lo miró con curiosidad, pero decidió no insistir.
—Por cierto —dijo después de unos segundos—, ayer te vi con tus primas en la calle.
Saito casi se atragantó con su bebida.
—¿Nos vistes?
—Sí. Iban abrazadas a ti.
Su rostro volvió a ponerse rojo.
—Ah... sí.
—¿Siempre son así contigo?
—Lo hacen para molestarme —respondió Saito—. Les gusta ver mis reacciones.
—Sobre todo Izumi, ¿verdad?
Saito la miró sorprendido.
—¿Cómo lo sabes?
Hana se rio.
—Se nota.
Saito suspiró.
—Sí. Izumi disfruta mucho haciéndome pasar vergüenza.
Hana sonrió.
—A mí también me gustaba cuando te avergonzabas.
Saito se quedó en silencio.
—¿Eh?
—Cuando estábamos en secundaria. A veces me acercaba mucho a ti solo para ver cómo reaccionabas.
Saito recordó algunas de aquellas situaciones y volvió a sonrojarse.
—Tú también eras bastante cruel.
—Pero te hacía reír.
—Eso es cierto.
Hana apoyó el rostro sobre una de sus manos.
—Espero que podamos seguir viéndonos cuando volvamos a Tokio.
Saito la miró durante unos segundos antes de responder.
—Sí. Para mí también sería bueno volver a tener contacto contigo.
La expresión de Hana cambió inmediatamente.
Parecía realmente feliz por escuchar aquellas palabras.
—Me alegra mucho.
Sacó su teléfono.
—Entonces tenemos que tener una foto para recordar este momento.
—¿Ahora?
—Claro.
Hana se acercó a Saito y ambos sonrieron mientras ella tomaba una fotografía.
Cuando revisó la imagen, sonrió satisfecha.
—Perfecto.
Después de terminar sus bebidas y la comida, Saito acompañó a Hana hasta el hotel donde se estaba quedando con sus amigas.
—Gracias por acompañarme.
—No hay problema.
—Me divertí mucho esta noche.
—Yo también.
Hana sonrió.
—Nos vemos en Tokio, Saito.
—Nos vemos.
Después de despedirse, Saito regresó a su propio alojamiento.
Cuando abrió la puerta, encontró a Izumi todavía despierta.
Estaba sentada en el comedor y claramente había bebido demasiado.
—Izumi...
Ella levantó lentamente la mirada.
—Saito...
—¿Sigues despierta?
—Te estaba esperando.
Saito suspiró.
—Vamos. Deberías ir a dormir.
Se acercó y la ayudó a levantarse.
Izumi se apoyó en él mientras caminaban hacia la habitación.
—Saito...
—¿Qué?
—Prefiero dormir contigo.
Saito se quedó completamente rojo.
—No digas esas cosas como broma.
Izumi acercó el rostro a su oído y murmuró:
—No es una broma.
El corazón de Saito comenzó a latir mucho más rápido.
—Izumi...
Sin saber qué responder, la dejó cuidadosamente sobre su cama.
—Duerme.
Izumi sonrió ligeramente.
Saito salió de la habitación y cerró la puerta detrás de él.
Regresó a la suya, se cambió y se acostó.
Pero las palabras de Izumi continuaron dando vueltas en su cabeza.
«No es una broma.»
—¿Qué quiso decir con eso...?
Saito se quedó mirando el techo durante varios minutos.
Finalmente, el cansancio terminó venciendo sus pensamientos.
Y se quedó dormido.
A la mañana siguiente, Saito abrió los ojos.
Durante unos segundos no entendió dónde estaba.
Entonces giró la cabeza.
Y se quedó completamente inmóvil.
Akane e Izumi estaban durmiendo en su cama.
—¿Qué...?
Saito se levantó de golpe.
Las dos llevaban solamente la ropa interior y estaban cubiertas parcialmente por las sábanas.
Sin querer despertarlas, salió rápidamente de la habitación.
Bajó al vestíbulo, fue a una cafetería, compró café y algunas cosas para desayunar.
Cuando regresó, subió nuevamente a su habitación.
—Chicas... despierten.
Akane abrió lentamente los ojos.
—¿Saito...?
—Sí.
Akane miró alrededor y luego se incorporó.
—¿Qué haces en nuestra habitación?
Saito la miró confundido.
—Esta es mi habitación.
Akane se quedó en silencio.
Entonces miró a Izumi.
Después volvió a mirar a Saito.
—¿Y por qué estamos aquí?
Saito señaló la ropa de ambas.
—Y, sobre todo, ¿por qué están las dos aquí en ropa interior?
La cara de Akane se puso completamente roja.
—¡¿Qué?!
Izumi comenzó a despertarse lentamente.
—¿Qué pasa...?
—Ustedes dos aparecieron en mi cama esta mañana.
Izumi se quedó unos segundos pensando.
—Ah...
Parecía tener algo de resaca.
—No recuerdo mucho.
Saito dejó el desayuno sobre una pequeña mesa.
—Coman algo. Quizá te sientas mejor con el café.
Las dos comenzaron a desayunar en la cama.
Después de unos minutos, Izumi miró a Saito.
—¿Cómo te fue anoche?
Saito se quedó quieto.
Inmediatamente recordó lo que había ocurrido entre él e Izumi antes de dormir.
Su rostro volvió a ponerse rojo.
—Bien.
Izumi entrecerró los ojos.
—Por lo visto, muy bien.
—No pasó nada.
—¿Seguro?
—Sí.
Saito suspiró.
—La acompañe a su hotel y cuando regresé, te encontré bastante ebria en el comedor. Te ayudé a llegar a tu habitación y luego me fui a dormir.
Izumi lo miró durante unos segundos.
—¿Eso es todo?
—Sí.
Saito evitó mencionar las palabras que ella le había dicho.
No sabía si Izumi siquiera las recordaba.
Después de terminar el desayuno, comenzaron a preparar sus cosas.
El fin de semana había terminado.
Antes de abandonar Yokohama, los tres dieron una última mirada al paisaje.
Habían pasado apenas un par de días allí, pero parecía que habían vivido mucho más.
Finalmente tomaron el tren de regreso a Tokyo.
Durante el viaje, Akane miraba por la ventana.
—Me gustaría volver algún día.
Saito sonrió.
—Podemos hacerlo.
—¿De verdad?
—Claro. Incluso podemos visitar otra ciudad la próxima vez.
Izumi levantó la mirada.
—¿A dónde?
Saito pensó unos segundos.
—Podemos decidirlo cuando tengamos tiempo.
Akane sonrió.
—Entonces volveremos.
Saito miró a las dos chicas sentadas frente a él.
Y mientras el tren avanzaba rumbo a Tokyo, pensó que aquel fin de semana había sido mucho más especial de lo que esperaba.
Había recuperado recuerdos que creía olvidados.
Había vuelto a acercarse a alguien importante de su pasado.
Y, al mismo tiempo, empezó a crear nuevos recuerdos junto a las dos personas que ahora formaban parte de su presente.
Sin embargo, había algo que todavía no lograba entender.
Las palabras de Izumi de la noche anterior seguían dando vueltas en su cabeza.
«No es una broma.»
Saito miró por la ventana y suspiró.
Tal vez algún día descubriría qué había querido decir realmente.
Por ahora, solo quería disfrutar del camino de regreso a casa.