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Habitar Tu Piel. El Precio De La Farsa

Habitar Tu Piel. El Precio De La Farsa

Status: En proceso
Genre:Omegaverse / Reencarnación / Escuela
Popularitas:4.8k
Nilai: 5
nombre de autor: Hanabi Montano

Ian es el omega perfecto: dócil, hermoso, prometido al alfa más codiciado de la preparatoria. No sabe que para Karl es solo una fachada. Cuando descubre la verdad, muere empujado por unas escaleras.

Pero en su cuerpo despierta Joseph, un chico de barrio con alma de superviviente. Ahora habita la piel del omega ingenuo y tiene un plan: desenmascarar a Karl y liberarse del compromiso.

El problema es Kevin, el hermano mayor de Karl. El heredero silencioso. El único que parece ver más allá de la farsa.

Lo que empieza como venganza se convierte en un amor prohibido. Porque las feromonas no mienten, y Joseph tendrá que elegir entre seguir habitando una mentira o confesar quién es... y perderlo todo.

NovelToon tiene autorización de Hanabi Montano para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 1: La dimensión equivocada

Ese pitido era insoportable.

Constante, agudo, como un despertador que llevara horas sonando en el infierno. Lo primero que pensé fue que alguien debería haber inventado ya un botón para silenciarlo, lo segundo, que si esto era el cielo, prefería devolverme. Porque el cielo no debería tener pitidos, ¿no? Se supone que es paz eterna, no una sala de espera con ruido de fondo.

Abrí los ojos.

Techo blanco, luces tenues, de esas que no lastiman la vista. Olor a limpio, pero no a cloro barato, sino a ese aroma caro que usan en los hoteles de lujo para que todo parezca un bosque después de la lluvia. Las sábanas eran de algodón suave, de las que no irritan, la habitación era enorme, con un sofá en una esquina y un cuadro en la pared que seguramente costaba más que el departamento entero de mi mamá.

Hospital. Pero no un hospital cualquiera, esto era de esos lugares donde la gente va a morirse con estilo.

Intenté moverme y un dolor recorrió todo mi cuerpo, de esos que te hacen ver estrellas, no de las bonitas, de las que dan ganas de llorar como un niño. Tenía la cabeza vendada, el brazo derecho también y las costillas... uf, las costillas dolían hasta para respirar.

Y entonces, como un golpe en la memoria, recordé.

El autobús, el maldito autobús de las seis. El impacto, los vidrios volando, la señora de adelante, esa que siempre llevaba un carrito de compras, volando también. Y yo. Yo volando y luego el suelo, el dolor y la oscuridad.

Yo había muerto.

Lo sabía con la misma certeza con la que sé que el pan con tomate queda mejor con un poco de aceite. Había muerto. Punto. Game over. Fin de la partida.

Entonces, ¿qué demonios hacía yo aquí? Intenté hablar y de mi garganta salió algo entre gemido y ronquido. Muy digno.

Una mujer se levantó de un sillón —no una silla, un sillón de verdad— al lado de la cama. Pelo castaño, ojos grandes, vestida como si fuera a una boda. Me miraba como si yo fuera un bebé recién nacido y ella acabara de verme dar el primer paso.

—¿Ian? —dijo. La voz le temblaba un poco, pero controlado, como alguien acostumbrado a no perder la compostura—. Hijo, ¿me escuchas?

Ian.

Parpadeé. Una, dos, tres veces. Bueno, pensé, o esta señora está loca o yo aterricé en la dimensión equivocada. Y entonces pasó algo raro.

Un olor.

No sé cómo explicarlo, no era un olor normal, no era como cuando alguien lleva perfume. Esto era... más. Entraba por la nariz, sí, pero también por la piel, se me colaba en el cerebro sin pedir permiso, me envolvía como una manta.

Azahar, la flor del naranjo. Pero no un azahar cualquiera; era suave, dulce, con ese punto cremoso de la leche tibia y la miel. Olía a desayuno en la cama cuando estás enfermo, olía a que todo iba a estar bien. Y yo, sin saber por qué, sentí ganas de llorar, lo cual era ridículo, porque yo no lloro, Joseph no llora. Pero mi cuerpo... mi cuerpo quería.

—¿Quién? —logré articular, y mi voz sonó como la de un niño de escuela privada, fina y suave—. ¿Quién es Ian?

La mujer palideció, pero no se desmayó ni se puso a llorar descontroladamente. Se mordió el labio, respiró hondo y luego dijo:

—Tú, hijo, tú eres Ian. Ian Mendoza.

Me reí. Bueno, intenté reírme, pero me dolió todo y salió una especie de quejido patético.

—Señora, con respeto, yo soy Joseph y acabo de morir en un autobús. Así que si usted no es una alucinación post mortem, tenemos un problema muy grande.

La mujer —Elvira, descubriría después— se llevó una mano al pecho. Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero no lloró, no frente a mí. Salió de la habitación con paso firme y volvió a los cinco minutos con un hombre.

El hombre era alto, muy alto. Y cuando digo alto, digo de esos que parecen que van a tocar el techo con la cabeza. Traje impecable, canas en las sienes, mandíbula cuadrada y una mirada... Dios, una mirada que te helaba la sangre.

Pero antes de que pudiera decir nada, llegó otro olor.

Vetiver. Olía a tierra, a tierra mojada, de esa que huele cuando llueve después de mucho tiempo de sequía. A raíz, a algo viejo, muy viejo, como si ese hombre hubiera estado en el mundo desde antes de que existieran los apellidos. Era un olor que no te invitaba a acercarte, te invitaba a quedarte quieto, a no hacer ruido, a no llamar la atención. Como cuando pasas por delante de un perro grande que no está ladrando, pero tú sabes perfectamente que podría. Y yo, sin saber por qué, sentí que debía bajar la mirada, que debía callarme, que debía...

¿Qué demonios?

Luché contra ese impulso. Respiré hondo, mantuve la mirada fija.

—Tu mamá dice que no sabes quién eres —dijo el hombre. Su voz era grave, pausada, como un motor ronroneando. No preguntaba, afirmaba.

—Yo sé quién soy —respondí, y aunque las entrañas me temblaban, mantuve la mirada fija—. Me llamo Joseph, tengo diecisiete años y morí en un autobús.

El hombre me miró en silencio. Unos segundos largos, incómodos, de esos en los que no sabes si vas a recibir un abrazo o un golpe. Luego asintió.

—Los médicos hablan de amnesia postraumática —dijo—. Dicen que es posible que no recuerdes cosas de tu vida. Pero eres Ian, eres mi hijo y vas a estar bien.

No lo dijo como un deseo, lo dijo como una orden, y yo, que no soy de callarme ni ante los tipos de mi barrio, me quedé callado. Porque este hombre imponía y porque esos olores... esos olores no se iban, seguían ahí, envolviéndome, diciéndome cosas que no entendía.

 ———

Día 1 (o lo que sea que sea)

Tres horas después, o cuatro, perdí la noción del tiempo entre médicos de bata blanca que hablaban en voz baja y usaban palabras como "traumatismo" y "disociación" y "ya veremos". Una psicóloga que también olía, a jazmín muy dulce, empalagoso, me daba dolor de cabeza. ¿Y esta qué quiere? ¿Analizarme o marearme?

Cuando se fueron todos, cuando por fin la habitación quedó en silencio (el silencio de lujo, que es como el silencio pero con una fuente de agua en el jardín), me quedé mirando el techo.

Vendado. Roto. Vivo. O no. No lo sabía, no sabía nada.

Elvira, la mujer que decía ser mi mamá, se había quedado en el sillón. No dormía, me miraba y su olor —ese azahar con leche y miel— seguía ahí, envolviéndome, diciéndome todo va a estar bien aunque mi cabeza supiera que no.

—¿Quieres que llame a Karl? —preguntó al rato.

—¿Qué?

—Karl, tu novio, ha llamado varias veces. Está preocupado. ¿Quieres que venga?

Mi novio.

Ah, vaya, Ian tenía novio. Yo tenía novio.

—No —dije rápido, demasiado rápido—. O sea... todavía no. No me siento bien, no recuerdo nada. Sería extraño.

Elvira asintió, pero vi algo en sus ojos, una sombra, como si supiera algo que no quería decirme, o tal vez eran imaginaciones mías. Con todo lo que estaba pasando, no podía confiar ni en mis propias sospechas.

—Bueno, descansa hijo, mañana volveré.

Se levantó, se acercó a la cama y me rozó el pelo con una suavidad que me heló. No por ella, sino porque mi cuerpo... mi cuerpo se relajó con ese gesto, como si la conociera de siempre, como si fuera mi madre de verdad. Cuando la puerta se cerró tras ella, me quedé solo.

Y entonces lo vi.

En la mesilla de noche, junto a la cama, había un espejo, pequeño, de esos que usan las enfermeras para revisar vendajes. No sé por qué tardé tanto en verlo, tal vez porque no quería, tal vez porque una parte de mí ya sabía. Lo tomé con manos temblorosas, lo levanté y miré.

No eran mis manos.

Eran más pequeñas, más finas, con las uñas cuidadas, como las de alguien que nunca había trabajado con ellas. Sin callos, sin cortes, sin esa capa de grasa y mugre que se te queda cuando pasas la tarde en el taller.

Y luego la cara. No era mi cara.

El espejo me devolvió el rostro de un extraño. Pómulos marcados, piel blanca como la porcelana, ojos grandes de un marrón claro que parecían ámbar con la luz. Labios llenos, cejas perfectas, una pequeña cicatriz fresca en la ceja izquierda, de la caída. Era guapo, muy guapo, el tipo de cara que sale en las revistas, en los anuncios de colonias caras, en las fotos de Instagram con filtros que yo nunca pude permitirme.

Pero no era mi cara.

Yo tengo la nariz un poco torcida de cuando me la rompí jugando fútbol, yo tengo una cicatriz en la barbilla por una caída de la bici a los ocho años. Yo tengo la mandíbula más cuadrada, los ojos más pequeños, el pelo más castaño y menos brillante.

Yo soy Joseph, y el del espejo no era Joseph.

El espejo cayó al suelo, serompió en mil pedazos, y yo me quedé ahí, temblando, mirando los fragmentos que reflejaban partes de ese rostro desconocido.

No es mi cara, no es mi cuerpo, no son mis manos. ¿Quién demonios soy?

Elvira entró asustada por el ruido. Me encontró temblando, con los pedazos de espejo en el suelo.

—¿Ian? ¿Qué pasó?

—No me llames así —dije, y mi voz... mi voz tampoco era la mía. Era más fina, más suave, como de niño rico—. No soy él, no sé quién es él. Yo soy Joseph.

Ella se acercó con cuidado, como quien se acerca a un animal herido.

—Está bien. Los médicos dijeron que podrías tener amnesia, que tal vez no recuerdes algunas cosas. Pero eres Ian, mi hijo.

—No te conozco —susurré—. No conozco esta cara, no conozco nada.

—Ya volverá —dijo con esa ternura que olía a azahar, leche y miel—, la memoria volverá. Tienes que descansar.

Quise gritar que no, que no iba a volver nada porque yo no era Ian, porque Ian estaba muerto en algún sitio, porque yo era un fantasma en un cuerpo prestado. Pero no tenía fuerzas. Me dejé caer contra la almohada y cerré los ojos. Esto es una pesadilla, pensé, me morí y esto es el infierno. Pero no, esto era real.

Y yo estaba atrapado en el cuerpo de un desconocido.

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kohaku viento
estubo de suspenso el capítulo. 🤭🤭🤭🤭. espero el próximo y queri ver la caída de Karl
kohaku viento
vamos que se puede aquí le hecho porras 🤣🤣🤣🤣🤣
Julissa Jimenez
siiiiii por fin tiene las pruebas 😂😂😂😂😂autora más capítulos para saber cómo va utilizar esas pruebas 😍😍😍😍😊😊😊😊😊
Alex
ojalá que cuando se rompa el compromiso la solución sea comprometer a Kevn y a Ian 🙏🏼🙏🏼
Alex
espero que Diego sea amigo y no enemigo
☆Nanu☆
son muy hábiles!!!👏👏👏👏
y el pobre de Diego debería ser pronto un aliado, hay que desvaratarles el mundo, como hicieron ellos, pero con la verdad, esa es la diferencia entre unos y otros 😏💪
y también recuperar la presencia de Kevin!!! vamos muchacho, conversa con tu amiga y que te ponga en eje!!!🤭
Nidia Mojica
Se puso bueno, le hubiera dado unos chingadazos el viejo a Karl e Ian Ignora y sigue cerca de Kevin así cambia de prometido.
kohaku viento
me encantó. si karl piensa que logrará revertir esto creo que realmente está loco y es todo un idiota 🤣🤣🤣 y en cuanto al contrato también puede cambiarse digo Kevin también es su hijo 🤭🤭🤭🤭 y así no se arruinan nadien. problema resuelto solo se cambia el nombre del prometido 🤭🤣🤣🤣🤣
☆Nanu☆
por fin Kevin muestra su carta, aunque se apagó un poco con papi... pero puede que Ian lo insite a desobedecer 🤪😏🤭
Podría mostrar un punto para cambiar de prometido🤭🤭🤭 aunque si pudiera ser, para eso falta. No veo la hora de que se planten un beso🫦 (para eso también debe falta pero espero 🙏 🥰)
☆Nanu☆: me encanta!!! 😏🎉👏👏👏👏
total 3 replies
Julissa Jimenez
sigo pensando que Karl es muy poca cosa para este nuevo Ian 😊😊😊😊😊😊Kevin es mejor pareja 😍😍😍😍
Kevin por favor no hagas caso sigue viendo a Ian 😍😍😍😍escondidos 😍😍😍😍interesante 😍😍😍😍
Nidia Mojica
Ya era hora que Karl se diera cuenta del gran cambio de Ian. Me encanto el capitulo.
Julissa Jimenez
estupido Karl 🙄🙄🙄🙄🙄esta bien que Ian le de hasta con le pote😊😊😊😊se lo merece y mas😊😊😊😊😊me encanta Ian y Kevin 😍😍😍😍más capítulos 😊😊😊😊😊
kohaku viento
esto ya es guerra. ya quiero ver. destrozado. a karl y definitivamente Kevin es mucho mejor para Ian 🤭🤭🤭
☆Nanu☆
se puso caliente la papa!!! 🤭 ya me gustan más estos dos casi que aliados. Espero actualización pronto porque me como los codos!!!
Nidia Mojica
Ya le cauo jna mosca a la sopa, también que estaban ellos dos.
☆Nanu☆
eh bue, lo bueno dos veces bueno, pero a veces dura poco...
Kevin, demuestre lo que realmente vale saber y querer saber del que te gusta 😉.
Será que la madre de Ian les dijo a donde iban estos dos a Karl??? 👀
Yolanda Plazola Arroyo: si creo que que ella le dijo porque es mucha coincidencia que se encontrarán ai
total 3 replies
kohaku viento
noo ya llegó la basura a arruinar el momento
Alex
ya le cayó 💩 al pastel 🙄
DAM 💜💜💜
ahora sí que no confíe en sus supuestos padres ellos saben algo o están encubriendo no lo sé tengo esa sensación
DAM 💜💜💜
Ahora sí comienza su verdadera lucha de aprender a vivir en otra piel hay me encanta
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