Elara entregó su lealtad, su corazón y sus años más jóvenes a Marcos Moretti, el hombre que una vez juró protegerla. Pero cuando su hermanastra Mía encaprichó su vida entera —hasta el punto de usurpar su vestido de novia—, la crueldad de Marcos no conoció límites. Tras una brutal paliza ordenada por el hombre que amaba, Elara perdió en silencio al hijo que llevaba en el vientre y, con él, la última chispa de su amor. Lo único que quedó en su interior fue un frío y implacable deseo de venganza.
Un contrato de sangre. Una traición imperdonable. Y una venganza vestida de novia.
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capitulo 19
El calor de la mañana se filtraba a través de las pesadas cortinas de terciopelo gris que cubrían los ventanales de la alcoba de Alejandro. La luz pálida del amanecer iluminaba las sábanas revueltas y los rastros de una noche donde la furia, la pasión y el dominio absoluto se habían fundido en un solo dolor placentero. Yo yacía boca arriba, con la cabeza apoyada sobre el pecho firme y musculoso de Alejandro, sintiendo el ritmo pausado y pesado de su respiración bajo mis dedos, los cuales trazaban perezosamente las líneas de sus tatuajes.
A pesar del cansancio físico, mi mente operaba con la precisión fría de un mecanismo de relojería. La tormenta inicial había pasado, pero el verdadero juego estratégico apenas comenzaba. Marcos seguía allá afuera, lamiéndose las heridas en su mansión en ruinas y consumido por la rabia de haber sido despojado de su trono. Sin embargo, un imperio como el de los Moretti no se desmoronaba con un solo golpe; necesitábamos un plan sistemático para asfixiarlos por completo, cortar sus rutas financieras y despojarles de cada gramo de poder que les quedaba.
Alejandro se movió ligeramente, interrumpiendo mis pensamientos. Sus dedos grandes y ásperos se enredaron con suavidad en los mechones de mi cabello suelto, acariciando mi nuca con una posesividad silenciosa.
—Estás muy callada esta mañana, mi pequeña loba —murmuró su voz ronca y profunda contra la coronilla de mi cabeza, vibrando en el silencio de la habitación—. ¿Estás pensando en cómo volver a incendiar el mundo, o te arrepientes de haber cruzado estas puertas?
Me incorporé despacio sobre el codo, apartando los hilos de cabello de mi rostro y mirando directamente a sus ojos azules, oscuros y penetrantes. No había rastro de timidez ni de sumisión en mi mirada.
—No soy de las que se arrepienten, Alejandro —respondí con una voz clara, fría y decidida—. Los errores los cometen los débiles, y yo ya pagué mi cuota de ingenuidad con creces en la casa de los Moretti. Justo por eso estoy aquí. No vine a ser una simple pieza de adorno en tu colección de trofeos ni una esposa de postal para presumir ante los consejos del norte.
Las comisuras de los labios de Alejandro se curvaron en una media sonrisa intrigada, mientras sus ojos brillaban con un destello de genuina fascinación. Se apoyó también sobre el otro codo, dejando al descubierto su torso ancho y tatuado, y me sostuvo la mirada sin parpadear.
—Me ofendes si crees que te habría traído a mi fortaleza para convertirte en una mujer florero, Elara —respondió él con un tono burlón pero absolutamente firme—. Sé exactamente quién eres. Sé que tienes tanta sed de venganza como yo tengo de expansión territorial. Así que habla de una vez. ¿Qué es lo que ronda por esa cabeza tuya?
Me acomodé mejor sobre las sábanas, cruzando las piernas bajo la sábana de seda y adoptando una postura de absoluta igualdad frente al capo más temido del país.
—Hagamos un trato —le propuse con una seriedad milimétrica—. Yo seré todo lo que este clan necesita de una esposa principal: impecable en las apariciones públicas, letal en las mesas de negociación si es necesario, y absolutamente leal a los intereses de nuestra alianza. Cumpliré mi parte del pacto a la perfección.
Alejandro entornó los ojos, analizando cada una de mis palabras con la cautela propia de un depredador alfa.
—¿Y a cambio de esa impecable devoción, qué es lo que exiges? —preguntó con un hilo de voz grave, esperando el golpe.
—Protección absoluta, acceso ilimitado a los recursos logísticos de tus hombres, y el respaldo financiero y armado necesario para desmantelar, uno a uno, los negocios de Marcos y su familia hasta dejarlos en la miseria absoluta —le solté sin vacilar, clavando mis ojos en los suyos—. No quiero que simplemente mueran de un tiro rápido en la cabeza, Alejandro. Quiero ver cómo su imperio se pudre desde adentro, quiero que experimenten la misma impotencia que yo sentí cuando me arrebataron todo, y necesito que tu red de inteligencia y tus comandos me respalden para ejecutarlo.
Un silencio espeso y magnético llenó la estancia. Alejandro no se movió; durante unos segundos eternos, su rostro permaneció inescrutable, como si estuviera sopesando el peso de una declaración de guerra internacional.
Luego, una risa baja, gutural y profundamente divertida brotó de su garganta.
—Dios mío... eres un demonio absoluto, Elara —susurró él con una mezcla de asombro y una lujuria renovada que volvió a encenderse en sus pupilas—. ¿Cómo demonios podría negarme a una oferta así? Me pides que te entregue un ejército para quemar a tus enemigos, y a cambio me ofreces reinar a tu lado sobre las cenizas.
Sin darme tiempo a responder, Alejandro se abalanzó sobre mí con una rapidez felina, derribándome de nuevo contra las almohadas en un movimiento tan ágil que me dejó sin aliento. Su cuerpo pesado y caliente me aprisionó por completo, y sus manos grandes y ásperas sujetaron mis muñecas a los lados de mi cabeza, inmovilizándome contra el colchón con una autoridad innegable.
—Acepto el trato, esposa mía —murmuró su voz a escasos milímetros de mis labios, con un tono febril y oscuro que me hizo temblar las entrañas—. Tienes mis recursos, mis hombres y mi protección jurada por sangre. Pero que te quede muy claro: una alianza con el diablo exige un precio, y el pago se cobra por adelantado.
—Demuéstrame si tienes lo que hay que tener para cobrarlo —le desafié con una sonrisa felina en los labios, arqueando las caderas contra las suyas para hacerle sentir el calor urgente de mi cuerpo.
Alejandro soltó un gruñido ronco de pura aprobación y selló mis palabras con un beso feroz, hambriento y posesivo que nos devoró sin piedad. Sus labios duros y expertos pisotearon cualquier atisbo de duda, mientras sus manos rudas recorrían con desesperación la piel de mi cintura, arrancando la última sábana que nos cubría y volviendo a sumergirnos en el abismo de una pasión tan destructiva y perfecta que el mundo exterior dejó de existir.
Cada embestida, cada gemido ahogado contra su cuello y cada arañazo que dejé grabado a fuego en su espalda eran la firma definitiva del contrato: habíamos sellado nuestra unión no con tinta sobre un papel notarial, sino con fuego, carne y una sed insaciable de venganza que muy pronto haría temblar los cimientos de todo el bajo mundo.