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Mi ex necesita un urólogo

Mi ex necesita un urólogo

Status: En proceso
Genre:Amor tras matrimonio / Doctor / Juego de roles / Triángulo amoroso / Amante arrepentido / Divorcio
Popularitas:1.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Irin_Kokh

Durante tres años, Valeria Rivas cuidó de su esposo mientras él permanecía en coma. Cuando Alejandro Montenegro despertó, ella creyó que por fin llegaría su oportunidad de ser amada. Pero el regreso de su primer amor convirtió esa esperanza en una humillación.
Para él, Valeria era una muchacha del campo que no estaba a su altura. Para sus amigos, la esposa que sobraba.
Hasta que ella le entregó los papeles del divorcio.
El motivo: «Mi esposo no cumple en la cama».
Alejandro fue a exigirle explicaciones. Esperaba encontrar a una mujer suplicando que no la dejara. En cambio, encontró a una Valeria que ya no pensaba bajar la cabeza… y que ocultaba mucho más de lo que él imaginaba.
Ella lo recibió con una sonrisa.
—Señor Montenegro, ¿viene a pedir cita con el urólogo?

NovelToon tiene autorización de Irin_Kokh para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 6

Capítulo 6. Te aprovechas de que te consiento

¿A los dieciséis? Nicolás no podía creerlo.

Su círculo no admiraba a Camila solo por su belleza. Siempre había sido una alumna sobresaliente y había estudiado en una institución de primer nivel. Entre las jóvenes de la alta sociedad de Puerto Azul, ninguna la superaba.

Ella sí estaba a la altura de Alejandro.

La belleza por sí sola no bastaba; con buenos estudios, en cambio, se volvía una combinación imbatible. Y cuanto más alta era la posición de una familia, más importaban los estudios de una mujer.

La poca simpatía que Nicolás acababa de sentir por Valeria desapareció.

—¿De verdad dejaste de estudiar a los dieciséis? —preguntó con desprecio.

Valeria miró a la orgullosa Camila y sonrió con calma.

—Sí. Dejé de estudiar a los dieciséis.

—Qué casualidad. Alejandro también. Solo que él es un genio de verdad: a esa edad ya tenía dos maestrías de Harvard e hizo historia. Tú ni siquiera debes tener el bachillerato.

Su carcajada resonó en el pasillo. Camila seguía mirándola desde arriba. Todos la despreciaban.

Bajo la luz del corredor, Alejandro observó a Valeria con su habitual expresión fría. Durante tres años ella no había sido más que una ama de casa pendiente de él; no le sorprendía que careciera de estudios.

Pero Valeria no se mostró avergonzada ni intimidada. Le sostuvo la mirada con sus ojos claros y vivos, y sonrió.

—Sí. Qué casualidad, ¿no?

Qué casualidad. Sin saber por qué, Alejandro sintió que algo se le movía por dentro. Valeria tenía unos ojos realmente hermosos, llenos de vida. Casi hablaban.

—¡Val!

Dani llegó corriendo. Al ver a Camila, se enfureció.

—¿Otra vez estás molestándola?

—No la estamos molestando —respondió Camila con altivez—. Queremos ayudarla a encontrar trabajo.

—¿Ustedes? ¿Conseguirle trabajo a Val?

—Claro. Aunque no tenga títulos ni estudios, haremos lo posible por conseguirle un buen empleo.

Dani soltó una risa de pura indignación.

—¿Saben siquiera quién es ella? Val es…

Valeria la tomó del brazo, interrumpiéndola.

—Vámonos, Dani.

Su amiga no insistió. Miró a Camila como si estuviera haciendo el ridículo.

—Ya te tocará tragarte tus palabras.

Se llevó a Valeria, y Nicolás protestó:

—¿Qué se cree? Dejó de estudiar a los dieciséis y todavía se da esos aires. A mí me daría vergüenza salir a la calle.

Camila no estaba enojada. Jamás había considerado a Valeria digna de su atención, mucho menos una rival. Molestarse por ella sería rebajarse.

—Déjalo, Nico —dijo sonriendo—. La ignorancia es muy atrevida.

—Apura ese divorcio, Alejandro. Ella no está a tu altura.

Sin mostrar emoción, él se volvió hacia Camila.

—Vámonos.

—Sí.

Camila y Nicolás salieron detrás de él.

Apenas dejaron el club, una voz lo llamó:

—¿Señor Montenegro?

Alejandro alzó la vista. Era Alex Beltrán, quien dirigía Harvard. Se acercó a saludar.

—Beltrán, ¿qué hace en Puerto Azul?

Camila trataba a Beltrán con mucho respeto. Pese a sus excelentes notas desde niña, no había logrado entrar en una universidad del nivel de Harvard.

—Vine para un seminario —respondió Beltrán con una sonrisa—. Y fíjese qué coincidencia: una antigua alumna de una promoción posterior a la suya también está aquí.

Alejandro hizo una pausa.

—¿Una alumna?

—En Harvard tenemos dos leyendas. La primera es usted. La segunda es esa joven. Igual que usted, obtuvo dos títulos a los dieciséis. Es una muchacha de una inteligencia extraordinaria. Lástima que estudiaran en promociones distintas; por eso no se conocen.

Nicolás se llenó de curiosidad.

—¿Es tan buena? ¿Quién es mejor, ella o Alejandro?

Beltrán sonrió mirando a Alejandro.

—Están al mismo nivel.

Él alzó una ceja. Nunca había conocido a una mujer que pudiera medirse con él de igual a igual.

Era la primera vez que Camila oía hablar de aquella antigua alumna genial. Valeria nunca le había despertado hostilidad, pero esa mujer capaz de igualar a Alejandro la alteró de inmediato.

¿Quién era?

Se le encendieron los celos y la animadversión.

Beltrán sacó el teléfono.

—Le envié su contacto en Conecta. Agréguela cuando tenga tiempo. Como también está en Puerto Azul, podría orientarla un poco. Al fin y al cabo, usted salió de Harvard antes que ella.

—De acuerdo.

Cuando Beltrán se marchó, Nicolás lo apremió:

—Agrégala ya. Quiero ver cómo es.

Alejandro abrió el perfil. El nombre era una sola letra: V. El fondo estaba completamente blanco.

—¿Qué significará esa V? —preguntó Nicolás.

Alejandro tampoco lo sabía. Envió una solicitud de contacto y escribió su nombre: «Alejandro Montenegro». Quedó pendiente de aceptación.

—Cuando te acepte, pásame su contacto —pidió Nicolás, entusiasmado—. Ya la admiro.

A Camila le molestaba que toda la atención se hubiera desviado hacia aquella mujer. En ese momento se detuvo un lujoso Rolls-Royce de ejecutivo. Lo conducía Soto, que se ocupaba de la secretaría personal de Alejandro.

—Ya llegó el auto —dijo Camila, dando por terminado el asunto—. Vamos, Alejandro.

—Nos vemos, Alejandro. Cami —se despidió Nicolás.

El Rolls-Royce avanzaba con suavidad. En el habitáculo lujoso y silencioso, Soto miró por el retrovisor hacia el asiento trasero.

—¿Adónde vamos, señor?

—A la empresa.

Camila observaba a Alejandro. Las luces de neón se deslizaban por los cristales y dibujaban sombras sobre su rostro, como una película en blanco y negro. Se veía distinguido y misterioso.

Ella lo miró con amor.

—¿Qué pasó hace un rato con Valeria? No me digas que ahora que está bonita quieres tener algo con ella.

Él le echó una mirada y contestó con desgana:

—Es mi esposa. Sería normal que tuviéramos algo. ¿No fuiste tú quien la empujó hacia mí?

Camila entendió el reproche. Todavía le echaba en cara que lo hubiera abandonado tres años atrás, cuando quedó en estado vegetativo, y se hubiera ido al extranjero, dejando que Valeria se casara con él.

—Fue Valeria la que insistió en casarse contigo. Yo solo dejé que ella se quedara contigo…

—¿Tú misma te crees eso?

Camila se quedó sin respuesta. Se mordió el labio y soltó, ofendida:

—Sí, te abandoné hace tres años. Si no lo soportas, terminemos. Déjame y ya. —Se dirigió hacia adelante—. ¡Soto, detén el auto!

Quiso bajarse, pero Alejandro le atrapó la muñeca y tiró de ella. Camila cayó contra su pecho firme. Sobre su cabeza sonó aquella voz, resignada y llena de indulgencia.

—Camila, te aprovechas de que te consiento.

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