Muchos hombres en un Harén. Un trono y un corazón que no sabe a quién elegir. En el Reino del Sol Naciente, las mujeres gobiernan y los hombres sirven. Aiko es una princesa destinada a convertirse en emperatriz (Jotei) y, como manda la tradición, recibirá a tres consortes para empezar a formar su futuro harén.
Cada uno es diferente. Cada uno tiene sus propios secretos. Y cada uno podría ocupar un lugar distinto en el corazón de la futura emperatriz.
Pero Aiko pronto descubrirá que elegir a quién amar puede ser mucho más difícil que elegir a un compañero con quién gobernar.
NovelToon tiene autorización de Darianrb para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Desahogo de princesa
La Jotei la recibió en una sala pequeña del ala principal, sentada sobre un cojín de seda oscura mientras dos de sus consortes le peinaban el cabello con peines de laca y un tercero le pintaba las uñas con una precisión silenciosa. Ninguno de los tres levantó la vista cuando Aiko entró. Ninguno pareció, siquiera, registrar su presencia como algo relevante en la habitación, todos estaban concentrados en la emperatriz.
—Sentate —dijo la Jotei, sin apartar los ojos del espejo de bronce que uno de sus consortes sostenía frente a ella.
—Prefiero quedarme de pie, madre.
Algo en el tono de Aiko hizo que su madre finalmente la mirara, con esa expresión imperturbable que llevaba toda la vida perfeccionando.
—Como quieras.
Aiko sintió que el corazón le latía demasiado fuerte, un tambor nervioso que no lograba acallar por más que respirara hondo. Todo en esa sala —el peine deslizándose por el cabello de su madre, el pincel diminuto pintando cada uña con una lentitud casi burlona, el silencio absoluto de los tres hombres arrodillados— le recordaba exactamente cuánto poder tenía la mujer frente a ella, y cuán poco, en comparación, sentía tener ella misma en ese momento.
—Quiero preguntarte algo —dijo, finalmente, con la voz lo más firme que pudo—. ¿Para qué me diste un harén, si al final ni siquiera voy a poder elegir con quién casarme?
La Jotei no se inmutó. Le hizo un gesto mínimo al consorte del pincel para que se detuviera un momento.
—El harén no es sobre elegir esposo, Aiko. Es sobre aprender a gobernar personas. A leerlas, a manejarlas, a decidir qué hacer con el poder que tienes sobre ellas antes de que tengas que decidir qué hacer con el poder sobre un reino entero.
—Entonces es una farsa. Todo esto —Aiko hizo un gesto amplio, señalando algo que iba mucho más allá de la sala en la que estaban—. Dejame amar a alguien, déjame creer que puedo elegir, y después sacármelo de las manos de todos modos.
—Nadie te dijo que no podías amar a quien quisieras —respondió la Jotei, con una frialdad que a Aiko le heló la sangre—. Solo te dije con quién no podés casarte. Hay una diferencia enorme entre esas dos cosas, aunque ahora mismo no quieras verla.
—¿Y Ryu sí puede ser mi esposo? ¿Solo porque su familia le sirve a la corona? Y ren, como odias a la familia, no podría si yo lo eligiera.
—Exactamente por eso. —La Jotei se giró por completo hacia ella, dejando que el consorte con el espejo bajara los brazos, visiblemente aliviado—. La familia de Ryu controla la frontera sur. Sin esa alianza confirmada con un matrimonio real, ese territorio queda vulnerable a la primera señal de debilidad.
¿Sabés cuántas vidas se pierden cuando una frontera cae, Aiko? ¡No es un capricho mío. Es aritmética. Vidas contra sentimientos!
—Qué manera más cómoda de justificar todo lo que haces madre, siempre fue así.
—No busco tu aprobación —dijo la Jotei, con un tono que por primera vez sonó genuinamente cansado—. Busco que sobrevivas a esto. Y que el reino sobreviva contigo.
Algún día vas a tener que tomar decisiones igual de crueles, y vas a agradecer haber aprendido antes que se sienten exactamente así: imposibles, hasta que no lo son.
Aiko sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas, y odió a su madre un poco más por eso, por hacerla llorar delante de tres extraños arrodillados que seguían sin mirarla, como si su dolor fuera tan poco relevante como el resto de su presencia en esa sala.
—Puedes retirarte —agregó la Jotei, volviendo la vista hacia el espejo, dando la conversación por terminada.
Aiko no logró contener las lágrimas hasta que dobló la primera esquina del pasillo, y para entonces ya no le importaba quién la viera.
Caminó a paso rápido, casi corriendo, sin un destino claro en la cabeza, hasta que sus pies la llevaron, casi sin querer, hasta la puerta de la habitación de Kaito.
Entró sin golpear.
Kaito, sorprendido, se puso de pie de inmediato al verla entrar así, con el rostro descompuesto y las mejillas todavía húmedas.
—¿Aiko? ¿Qué...?
—No preguntes nada —lo cortó ella, con la voz quebrada, cerrando la puerta detrás de sí—. Solo necesito sentir que controlo algo. Lo que sea.
Kaito no dudó ni un segundo. Se arrodilló frente a ella, con esa entrega inmediata que solo le mostraba a ella, y Aiko sintió que, por primera vez desde que había entrado a la sala de su madre, algo dentro de su pecho volvía a respirar con normalidad.
Se acercó despacio, tomándole el rostro entre las manos, y lo besó con una necesidad que no se molestó en disimular, dejando que cada beso fuera borrando, de a poco, el eco de la voz de su madre. Kaito respondió de inmediato, con las manos quietas a los costados del cuerpo, esperando instrucciones, dejándose guiar sin ofrecer ninguna resistencia.
—Quedate quieto —murmuró Aiko contra sus labios, empujándolo despacio hacia el futón.
—Como usted ordene —respondió él, con la voz ya tomada por el deseo, aunque sin moverse ni un centímetro más de lo que ella le permitía.
Aiko marcó cada gesto, cada pausa, tomándose su tiempo de una manera que no había podido tomarse con nada más en todo el día, disfrutando de la certeza absoluta de que ahí, al menos, cada respuesta de Kaito dependía enteramente de ella. Y eso les gustaba a ambos.
Él se dejó llevar por completo, con los ojos cerrados y la respiración cada vez más entrecortada, murmurando su nombre entre jadeos bajos, sin ningún rastro de la rigidez orgullosa que mostraba fuera de esas cuatro paredes. — Aiko-hime, Aiko-hime, ahhh, ahhh...
Aiko, por su parte, que al principio solo lo tocaba superficialmente, rozando sus genitales, metió su mano en su fundoshi y sujetó su miembro con una fuerza que a él lo hizo quejarse, pero ella no se detuvo.
Mientras besaba detrás de sus orejas y mordía su cuello, Aiko empezó a mover su mano para arriba y abajo, sintiendola cada vez más húmeda en hinchada. Cuando la cabeza estuvo afuera del todo, sintió como empezaba a salir su fluido y se detuvo en seco.
— Aún no, quiero que aguantes unos minutos más — le susurró al oído mientras le quitaba la poca ropa que le quedaba.
Y así lo estuvo torturando un rato, hasta el punto que Kaito empezó a gemir más y más. La princesa de excitó muchísimo con eso y empezó a besar y morder los labios de él de una forma descontrolada, dejándolos hinchados.
Cuando finalmente le dio permiso para acabar, estando kaito al borde de no poder aguantar más, ambos se ensuciaron, pero no les importó.
Kaito, agotado y sensible, se disolvió del todo en la cama y su princesa se quedó tendida junto a él, con la cabeza apoyada sobre su pecho, escuchando los latidos todavía acelerados bajo su oído.
—Gracias —murmuró ella, casi en un susurro.
—¿Por qué? —preguntó Kaito, pasándole los dedos por el cabello con una ternura que pocas veces se permitía mostrar.
—Por dejarme sentir que todavía puedo decidir algo.
Kaito no respondió con palabras. Simplemente la abrazó un poco más fuerte, a lo que Aiko respondió tomándolo del cabello desde atrás, con toda la fuerza que pudo. Su consorte lanzó un gemido que la hizo perder la cabeza una vez más.
Y cuando él estuvo listo, después de mucho besarlo y acariciarlo con devoción, Aiko subió en el para embestirlo, gimiendo ambos de placer, una y otra vez, como una forma maravillosa de desahogo...