Renata creyó que el peor error de su vida había sido amar a un hombre que jamás la quiso.
Durante tres años fue la esposa perfecta de Rodrigo, soportando humillaciones y sacrificios con la esperanza de que algún día él la mirara con amor. Pero la noche de su tercer aniversario descubre la verdad más cruel: su esposo la engaña con Daniela, su propia hermana, la mujer que desde niña le arrebató todo lo que alguna vez quiso.
Decidida a recuperar su dignidad, Renata pide el divorcio y jura no volver a depender de ningún hombre. Sin embargo, cuando cree haber perdido a la única familia que le quedaba, alguien inesperado comienza a sostenerla en silencio.
Adrián siempre estuvo ahí.
Quince años menor que ella. Hermano de su mejor amiga. El hombre al que jamás debería mirar.
Lo que Renata ignora es que Adrián lleva años enamorado de ella, observándola desde la distancia, esperando el día en que pudiera demostrarle que el amor no duele, no humilla y mucho menos traiciona.
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Capítulo 22
Renata volvió al salón todavía con las palabras de Roxana clavadas en el pecho, y lo hizo justo a tiempo para el segundo acto del desastre.
Daniela no se había calmado. Rodrigo había intentado sacarla, Roxana la había regañado, pero el alcohol y la humillación la tenían suelta, y cuando vio a Renata reaparecer por la puerta de la terraza, encontró un blanco nuevo para su rabia.
—¡Ahí está! —Daniela levantó el vaso vacío, señalándola—. La santa. La perfecta. La que se hace la digna. —Se rió, torcida—. Igualita a la loca de su mamá.
El salón, que apenas empezaba a recomponerse, volvió a quedarse quieto.
Renata se detuvo en seco.
—No hables de mi mamá.
—¿Por qué no? —Daniela caminó hacia ella, tambaleándose—. Si toda la ciudad lo sabía. Una mujer histérica, andando por ahí de metiche, buscando problemas, hasta que se estrelló ella solita contra un barranco. —Sonrió con crueldad—. Mi mamá me lo contó todo. Que era una amargada, que tu papá vivía miserable con ella, que hasta se alegró cuando por fin se murió y pudo rehacer su—
La bofetada resonó en todo el salón.
Renata ni siquiera se dio cuenta de que había levantado la mano hasta que la sintió estrellarse contra la cara de Daniela, con veinte años de rabia contenida detrás. Daniela trastabilló, se llevó la mano a la mejilla, y por un segundo el salón entero contuvo el aire.
—Vuelve a nombrar a mi madre. —A Renata le temblaba la voz de pura furia—. Atrévete. Vuelve a decir una sola palabra sobre ella, con esa boca sucia que tienes, y te juro que la bofetada va a ser lo más suave que te pase esta noche.
Daniela abrió la boca, entre el shock y el vino, y de repente rompió a llorar con un llanto escandaloso, teatral, llevándose las dos manos a la cara.
—¡Me pegó! —chilló—. ¡Todos vieron! ¡Está loca, me pegó!
—
—¡¿Cómo te atreves?!
La voz de Armando cortó el salón como un latigazo. Renata se giró y vio a su padre cruzando hacia ella con la cara desencajada de furia, más rojo de lo que lo había visto nunca, empujando invitados a su paso.
—¡Le levantaste la mano a tu hermana! —Armando llegó hasta ella con el brazo ya alzado, ciego de rabia—. ¡Delante de todo el mundo! ¡Malagradecida, después de todo lo que—!
Renata se encogió por instinto, el viejo reflejo de la niña que aprendió a hacerse pequeña, esperando el golpe.
No llegó.
Un cuerpo se interpuso entre ella y su padre, y una mano firme atrapó la muñeca de Armando en el aire antes de que descargara.
—No.
Adrián. Se había plantado delante de Renata, media cabeza más alto que Armando, sosteniéndole la muñeca con una fuerza que no admitía discusión, y aunque no había levantado la voz, algo en su tono hizo que Armando se detuviera en seco.
—Usted no le va a poner una mano encima. —Adrián lo miró a los ojos, glacial—. Ni esta noche, ni nunca. Y si vuelve a intentarlo delante de mí, le prometo que va a lamentar cada segundo de lo que le voy a hacer a su reputación y a sus negocios en esta ciudad. ¿Me entendió?
Armando lo miró, entre la furia y el desconcierto, midiendo de golpe quién era el hombre que le sostenía la muñeca. El CEO del Grupo A. Uno de los pocos hombres en ese salón con más poder que él. Y despacio, con la mandíbula temblándole de rabia contenida, bajó el brazo.
—Esto no es asunto tuyo, Adrián.
—Se volvió mío. —Adrián lo soltó con desprecio—. Váyase a atender a su otra hija, que está haciendo un escándalo, y deje a Renata en paz.
Beatriz apareció entonces, golpeando el suelo con el bastón, con una autoridad que a sus ochenta años seguía callando a cualquiera.
—¡Ya basta! —La anciana barrió el salón con la mirada—. Esta es mi fiesta, mi casa, y no voy a permitir un circo más. Armando, saca a tu hija de aquí antes de que la saquen mis guardias. Y tú, Renata, ven conmigo. —Le tendió la mano—. Los demás, sigan disfrutando, que la orquesta no cobra por descansar.
Poco a poco el salón volvió a moverse, los murmullos, la música, la vergüenza tapada con más champaña. Armando se llevó a Daniela y a Roxana, lanzándole a Renata una última mirada de odio antes de desaparecer. Y Renata, temblando, dejó que Beatriz se la llevara del brazo, pero antes de salir buscó los ojos de Adrián, y le dijo, sin voz, solo con los labios: gracias.
Él le sostuvo la mirada un segundo de más. Un segundo demasiado largo.
—
Ximena lo vio todo.
Vio a su hermano interponerse entre Renata y Armando sin dudarlo un instante. Vio cómo la protegió, cómo la amenaza en su voz fue la de un hombre defendiendo algo suyo. Vio esa última mirada entre los dos, ese "gracias" mudo, ese segundo de más.
Y ya no pudo seguir fingiendo que no veía.
Esperó a que la fiesta bajara, a que Renata se fuera con Beatriz, a que el salón se vaciara lo suficiente, y entonces agarró a Adrián del brazo y se lo llevó a un rincón apartado, junto a los ventanales del jardín.
—Necesito preguntarte algo. —Ximena lo miró a los ojos, seria como Adrián casi nunca la veía—. Y necesito que me digas la verdad. No la que crees que quiero oír. La verdad.
—Ximena—
—Te vi. —Le apretó el brazo—. Cómo te paraste delante de ella. Cómo la miraste después. Llevo semanas viéndote, hermanito, desde la cena en mi casa, con esa cara cada vez que ella está cerca. Y me he estado diciendo que son ideas mías, que no puede ser, que tú no serías capaz.
Adrián no dijo nada. Y ese silencio, para Ximena, fue peor que cualquier palabra.
—Dímelo de frente. —A Ximena le tembló la voz—. ¿Hay algo entre tú y Renata que yo deba saber?
quedé sorprendida por toda la redacción
Mi imaginación, recreo toda la escena 👏👏👏
Felicidades autora ☺️🎆