El frío del acero en mi garganta no dolía tanto como la mirada de mi propio hijo.
Frente a mí, con la túnica imperial empapada en sangre fresca y la espada goteando sobre el mármol, Cassian ya no era el niño de mirada dulce que alguna vez buscó mi mano. A sus veinte años, se había convertido en la bestia implacable que yo misma forjé a fuerza de golpes, exigencias y castigos.
—¿Es esto lo que querías, madre? —me preguntó, con una sonrisa rota que no alcanzaba sus ojos muertos—. ¿Estás feliz ahora? Míralo tú misma... soy el nuevo Emperador. Asesiné a mis hermanos como me ordenaste. Acabé con el duque que torturó a Rosalind hasta arrojarla al vacío desde el balcón norte. Ya no queda nadie en el trono, solo yo. Dime... ¿por fin estás orgullosa de mí?
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Capítulo 11: Las grietas del miedo
La euforia de mi alianza con la Emperatriz duró exactamente lo que tardé en cruzar las puertas del Palacio Zafiro.
Creí, en mi ingenua prisa por borrar la vida pasada, que un par de abrazos y pasteles de miel bastarían para reparar años de frialdad. Pero el daño que le había infligido a mis propios hijos no era una mancha de tinta que pudiera limpiarse con agua: era una cicatriz viva y profunda.
Al entrar a la pequeña sala de estudio, vi a Cassian sentado frente a la ventana. Tenía un libro abierto sobre las piernas y la espalda tan tensa como la cuerda de una ballesta. Rosalind estaba a su lado, bordando con los dedos temblorosos.
—Cassian, cariño —lo llamé con suavidad mientras me acercaba.
El niño pegó un salto brusco. Antes de mirarme, cerró el libro de golpe y lo escondió torpemente detrás de su espalda, bajando la cabeza con pánico.
—Madre... no estaba perdiendo el tiempo —balbuceó con la voz rota, encogiéndose en el asiento—. Estaba repasando la geografía de los valles del norte, lo juro. No me castigues.
Sentí un pinchazo en el pecho. Levanté la mano despacio, con la única intención de acomodarle un mechón de cabello que le caía sobre la frente.
Cassian cerró los ojos con fuerza y se encogió sobre sí mismo, esperando el golpe.
Me quedé congelada en medio del movimiento, con los dedos temblando en el aire. A su lado, Rosalind se puso de pie de inmediato, haciendo una reverencia tan rígida que parecía una marioneta a punto de romperse.
—Pido disculpas en nombre de mi hermano, Su Alteza Ilustre —dijo la niña con una cortesía ensayada y hueca—. Cassian solo descansó diez minutos. Yo misma me encargaré de que copie el tratado dos veces esta noche para compensarlo.
«Dioses del cielo... Creen que todo esto es una farsa. Creen que estoy fingiendo para ponerlos a prueba».
El dolor que me atravesó fue peor que cualquier amenaza de la corte. Mis hijos no me querían; me tenían un terror absoluto. Estaban esperando el segundo exacto en que la madre despiadada de siempre volviera a salir a la luz para arrebatarles la comida o encerrarlos en la torre.
—Vayan... vayan a sus habitaciones —les dije con un hilo de voz, tragándome las lágrimas que me ahogaban la garganta—. No tienen que copiar nada. Descansen.
Los niños no sonrieron ni se relajaron. Se miraron con desconfianza, hicieron una reverencia apresurada y salieron del salón casi corriendo, como prisioneros a los que se les concedía una tregua temporal.
Caminé hacia el despacho principal arrastrando los pies. Al entrar, cerré la puerta y me apoyé contra la madera, dejando caer la frente sobre mis manos.
En la sala estaban mis padres. Mi padre limpiaba su daga cerca de la chimenea y mi madre revisaba mapas sobre la mesa. Ambos se detuvieron al ver mi respiración entrecortada y el temblor que me sacudía entera.
—¿Qué ocurre, Valeria? —preguntó mi madre con preocupación, poniéndose de pie de inmediato—. ¿Acaso Eleanor intentó alguna jugada sucia?
—No... no es Eleanor —respondí, con la voz quebrada mientras me deslizaba hasta sentarme en el suelo, derrotada—. Son los niños.
Mi padre frunció el ceño, dejando la daga sobre la mesa con un golpe sordo.
—¿Qué tienen los niños?
Alcé la vista hacia ellos. El peso de trece años de orgullo se transformó en una vergüenza insoportable. Tenía que decirles la verdad; no podía seguir fingiendo que solo Kaelen era el monstruo de esta historia.
—Les tienen terror a mis manos —confesé, y un sollozo amargo se me escapó del pecho—. Cassian se encogió cuando intenté tocarle el pelo. Cree que lo voy a golpear. Rosalind habla como una sirvienta asustada cada vez que me mira.
Mi madre se quedó inmóvil. Mi padre entrecerró los ojos grises con una gravedad que heló la habitación.
—En tu carta hablaste de las presiones de Kaelen —dijo el Gran Duque con voz baja y tensa—. Ahora dime la verdad completa, Valeria. ¿Cómo criaste a esos niños durante estos años?
Apreté los puños contra mi falda hasta que los nudillos se me pusieron blancos.
—Los quebré, padre —admití, mirándolo directo a los ojos a pesar de la culpa corrosiva—. Estaba tan aterrorizada de que las otras consortes los envenenaran o que Kaelen los desechara por débiles, que convertí este palacio en un cuartel. A Cassian lo obligaba a estudiar dieciocho horas seguidas; si no memorizaba un tratado, lo dejaba a oscuras sin cenar. A Rosalind la insultaba cada vez que lloraba, diciéndole que su único deber era no estorbar para conseguir una alianza matrimonial que nos protegiera.
El silencio que cayó sobre el despacho fue sepulcral.
Mi madre se llevó una mano al pecho, mirándome con una mezcla de horror y profundo desconsuelo maternal. Mi padre permaneció rígido como una columna de granito. El viejo general, que había visto las peores atrocidades en la guerra, tenía la mandíbula apretada con tanta fuerza que los tendones de su cuello parecían a punto de reventar.
—Pensaste como una bestia acorralada —soltó mi padre al fin, con una dureza implacable que me caló hasta los huesos—. Ganar una batalla política frente a los nobles te tomó una mañana, Valeria. Desenmascarar a una concubina es un juego de niños. Pero sanar el alma de un hijo al que tú misma le rompiste el espíritu toma años.
—Lo sé... por los dioses, lo sé —lloré, cubriéndome el rostro—. Merezco que me odien.
—No te odian, niña tonta —intervino mi madre, arrodillándose a mi lado y obligándome a levantar el rostro para mirarla—. Te temen, que es mil veces más difícil de borrar. Tendrás que tragar saliva todos los días cuando retrocedan. Tendrás que aguantar su desconfianza sin enojarte, porque cada centímetro de esa distancia te la ganaste tú sola.
Mi padre suspiró con pesadez, cruzando sus brazos acorazados.
—El perdón de tus hijos no se compra con órdenes de palacio ni con alianzas con la Emperatriz. Se gana demostrándoles todos los días que tus manos ya no castigan. Y más te vale tener paciencia, porque Kaelen no te va a dar tregua para lamentarte.
Como si sus palabras hubieran convocado la tormenta, la puerta del despacho fue golpeada con urgencia. Marta entró con una bandeja dorada en las manos, pálida como la cera.
—Su Alteza Ilustre... perdón por interrumpir —dijo la doncella con un hilo de voz—. Acaba de llegar un decreto directo del palacio central. El canciller imperial lo entregó personalmente.
Tomé el pergamino enrollado, sellado con el dragón dorado de Kaelen. Rompí la cera con dedos firmes.
Al leer las líneas caligrafiadas con tinta negra, sentí cómo la frialdad del harén volvía a cerrarse sobre mi cuello. Kaelen no estaba derrotado en lo más mínimo; acababa de mover sus piezas con la crueldad de siempre.
«Por orden de Su Majestad Imperial Kaelen de Carlisle: Tras la vacante del rango de Consorte Serena por los crímenes de Evelyn, la administración de los fondos mercantes y el control de las provisiones del ejército quedan transferidos de inmediato a la custodia del Palacio de las Espadas, bajo el mando de la Consorte Celestial Theresa. Asimismo, se ordena a la Noble Consorte Valeria von Rosental presentarse mañana al anochecer en los aposentos privados del Emperador para una revisión formal de las finanzas del Palacio Zafiro y del estatus de la escolta extranjera acampada en la capital».
Apreté el pergamino hasta arrugarlo.
—Es un movimiento brillante y sucio —masculló mi padre, leyendo el decreto sobre mi hombro—. Le quitó el dinero a Evelyn para entregárselo a la familia marcial de Theresa. Puso el presupuesto militar en manos de la madre del Segundo Príncipe, Gilbert.
—Kaelen está sembrando una trampa abierta —añadió mi madre con tono gélido—. Sabe que Theresa es agresiva y territorial. Al darle el dinero que sostiene a tus tropas, la está empujando a chocar directamente contra nosotros. Quiere que nos despedacemos entre las consortes para que él no tenga que ensuciarse las manos.
Y lo peor no era Theresa. Lo peor era la citación a solas en sus aposentos privados al anochecer.
Kaelen quería acorralarme lejos de mis padres y de mis guardias, utilizando la autoridad del Emperador para quebrarme en la intimidad donde nadie pudiera escucharme.
Miré por la ventana hacia el jardín, donde Cassian y Rosalind caminaban con pasos cautelosos, todavía mirando hacia atrás como si temieran que yo saliera a buscarlos con una vara de castigo.
Me sequé las lágrimas de un solo golpe. La fragilidad se esfumó de mis ojos, reemplazada por una determinación de hierro.
—No voy a permitir que destruya a mis hijos ni voy a dejar que use a Theresa como escudo —dije con voz firme, poniéndome de pie—. Primero tendré que soportar el miedo de mis niños hasta que entiendan que jamás volveré a lastimarlos. Y mañana por la noche... mañana Kaelen aprenderá que sus amenazas a puerta cerrada ya no tienen ningún poder sobre mí.
por fin es libre y Kaelen por fin murio
se la mujer libre que yo no puedo ser 😭😭😭
jajaja como dicen muerto el perro se acabó la rabia 🤭
y tómala maldito emperador por fin Cassian puede ser libre