Alan Eduardo Porto es ciego, pero ve más lejos que cualquiera. Cuando entra como becario al departamento jurídico de una de las corporaciones más poderosas del país, sabe que tendrá que soportar las burlas, el sabotaje y los prejuicios. Lo que no imagina es que un choque en un ascensor lo pondrá frente al hombre que puede destruirlo… o poseerlo.
Rodolpho es el presidente de la empresa: implacable, arrogante, acostumbrado a que el mundo se doblegue ante él. Nunca nadie le había plantado cara. Hasta que apareció ese muchacho que no baja la cabeza, que no teme y que, sin siquiera proponérselo, despierta en él una obsesión que no logra controlar.
Entre ellos se enciende un juego peligroso de poder y deseo, donde cada acercamiento tiene un precio. Pero Alan carga un secreto y una promesa: sacar a su hermano menor de donde está, cueste lo que cueste. Y hay sombras del pasado dispuestas a todo con tal de arrebatárselo todo.
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Capítulo 01
Alan apenas había logrado dormir desde que recibió el correo que confirmaba su selección y aprobación para la pasantía de Asesor Jurídico Júnior en una gran empresa.
Era la oportunidad que necesitaba. El cielo parecía haber escuchado por fin sus plegarias, aunque fuera ateo.
Eligió la mejor ropa que tenía, un traje que guardaba desde hacía un par de años, y se acomodó la corbata lo mejor que pudo. Detestaba usar esa clase de ropa, pero era el uniforme de trabajo, así que no tenía alternativa.
Tomó su mochila, la billetera, las llaves y, por supuesto, a su fiel compañero: el bastón.
Alan llegó al edificio unos minutos antes de la hora acordada. El ruido de las puertas automáticas al abrirse, el eco de los pasos apurados en el vestíbulo y el perfume caro de decenas de desconocidos componían un escenario que él solo podía imaginar.
Sus dedos apretaron el mango del bastón mientras intentaba controlar los nervios. Era su primer día, y esa oportunidad significaba mucho más que una simple pasantía.
Después de años oyendo que jamás podría competir en igualdad de condiciones con los demás, por fin tenía la ocasión de demostrar lo contrario.
Una recepcionista lo condujo hasta el ascensor y le explicó cómo se distribuían los pisos de la empresa. Alan se lo agradeció con una sonrisa cortés y memorizó cada dato con cuidado. Estaba decidido a causar una buena impresión. Esa pasantía era la oportunidad que había esperado durante años, y no pensaba desperdiciarla.
Los problemas empezaron menos de una hora después. Apenas entró al departamento jurídico, notó el cambio sutil en el ambiente. Las conversaciones bajaron de volumen unos segundos y enseguida dieron paso a unos murmullos que no tardó en descifrar.
—¿Entonces es él? —oyó preguntar a alguien.
—¿El becario ciego? —completó otra voz.
—No puedo creer que hayan contratado a alguien así para el jurídico.
Alan fingió no oír. Estaba acostumbrado. Desde la escuela, pasando por la universidad y por casi todos los ambientes nuevos que había pisado, siempre había alguien dispuesto a juzgarlo antes incluso de conocerlo. Se sentó a su escritorio y empezó a organizar los documentos digitales que le habían enviado. El lector de pantalla le narraba todo a través de los auriculares mientras él tomaba notas y se familiarizaba con los procedimientos de la empresa.
Al otro lado de la sala, algunos colegas seguían observándolo y comentando.
—Apuesto a que entró por cuota.
—Ha de dar un trabajo bárbaro... Imagínate tener que estar ayudándolo todo el tiempo.
Alan mantuvo la atención en su trabajo. Ignoró los comentarios, aunque cada palabra le resultara desagradable. Ya había aprendido que responder rara vez mejoraba las cosas. La mayoría de las veces solo les daba a los demás justo la reacción que buscaban.
Las provocaciones empezaron de forma discreta. Un objeto cambiaba de lugar. Una silla aparecía unos centímetros fuera de su posición habitual. Surgían comentarios cada vez que creían que no los escuchaba. Nada lo bastante grave como para justificar una queja formal, pero suficiente para generar una sensación constante de incomodidad.
Poco antes del almuerzo, le encargaron organizar unas carpetas para una reunión jurídica. Lo separó todo con cuidado a su lado y siguió trabajando. Cuando volvió a buscarlas unos minutos después, simplemente habían desaparecido.
Alan frunció el ceño. Pasó la mano por el escritorio. Nada. Revisó el espacio a su alrededor. Nada. Fue entonces cuando oyó unas risitas ahogadas y comprendió de inmediato lo que había pasado.
Le estaban escondiendo sus cosas otra vez.
Apretó la mandíbula. Por unos segundos, sintió aquella mezcla conocida de rabia y humillación oprimirle el pecho. Aquello nunca dejaba de doler, sin importar cuántas veces ocurriera. Aun así, se negó a darles a sus colegas la satisfacción de verlo perder la calma.
Se levantó y se puso a buscar. Se movía con tranquilidad, guiándose por la memoria del espacio, por la posición de los escritorios y por el bastón. Las risas continuaban, aunque parecían menos seguras a medida que pasaba el tiempo. Después de unos minutos, encontró las carpetas escondidas detrás de un armario.
El silencio que siguió fue casi incómodo.
Alan simplemente recogió los documentos y volvió a su escritorio. No acusó a nadie. No se quejó. No exigió explicaciones. Solo retomó el trabajo exactamente donde lo había dejado, como si nada hubiera pasado.
Pero la sensación de estar siendo puesto a prueba lo acompañó el resto de la mañana. Como si esas personas estuvieran esperando el momento en que por fin perdiera la compostura y les diera un motivo para decir que no pertenecía a ese lugar.
Alan no pensaba darles ese gusto.
Intentó seguir el resto de la mañana como si nada hubiera ocurrido, pero la sensación de ser evaluado a cada instante no desaparecía. Incluso cuando el ambiente parecía más calmo, seguía percibiendo pequeños cambios de comportamiento a su alrededor, como si sus colegas aguardaran de él una reacción que nunca llegaba. Cuando le pidieron llevar unos documentos al piso de la dirección, aceptó sin dudar.
El ascensor estaba más lleno de lo ideal cuando llegó al vestíbulo. La gente entraba y salía en un flujo constante, hablando de reuniones y de plazos. Alan esperó a que el movimiento amainara para acercarse y entró con cuidado, ubicándose junto a uno de los laterales. El interior era estrecho y los sonidos parecían amplificarse en aquel espacio cerrado, lo que lo obligaba a prestar aún más atención a los movimientos a su alrededor.
Fue entonces cuando sintió un fuerte golpe en el hombro.
El impacto bastó para hacerle perder el equilibrio un instante, y la carpeta que sostenía se le escurrió de las manos y cayó al suelo con un ruido seco. Las hojas se desparramaron enseguida por el piso del pasillo, empujadas apenas por los pasos apurados de la gente que seguía pasando alrededor.
—Fíjate por dónde caminas —dijo una voz masculina, baja y cargada de impaciencia.
Alan respiró hondo antes de responder, tratando de mantener la calma que venía sosteniendo desde el inicio del día.
—Fue usted quien chocó conmigo.
El silencio que siguió fue inmediato. Algunas personas aflojaron el paso; otras simplemente se detuvieron. La tensión en el aire se volvió más densa, como si todos alrededor hubieran percibido que aquella situación podía escalar con facilidad.
—Y encima cree que puede corregirme —respondió la misma voz, ahora más cerca.
Alan frunció el ceño y se agachó para empezar a recoger los papeles.
—Solo estoy diciendo lo que pasó.
Antes de que alcanzara algunas hojas, oyó a alguien agacharse también. La presencia a su lado transmitía una autoridad difícil de ignorar.
—Deja —dijo el hombre.
—No hace falta —respondió Alan de forma automática.
—No te estoy preguntando.
La respuesta llegó seca, sin margen para la réplica. Alan vaciló un segundo, no por miedo, sino por lo extraño de aquella imposición tan directa en una situación tan simple. Aun así, siguió recogiendo los documentos en silencio, sintiendo a la otra persona hacer lo mismo a su lado.
Cuando terminaron, la carpeta volvió a sus manos.
Por un instante brevísimo, los dedos de ambos se rozaron. Fue un contacto rápido, casi irrelevante, pero que dejó una sensación extraña flotando en el aire, difícil de identificar o de ignorar.
—Gracias —dijo Alan, poniéndose de pie.
—Mmm —fue la única respuesta.
El hombre se alejó enseguida, con pasos firmes y precisos, sin prisa, pero con una presencia que parecía reorganizar el espacio a su alrededor. El sonido se fue perdiendo por el pasillo hasta desaparecer del todo.
Fue entonces cuando empezaron los murmullos.
—No puedo creer que le haya hablado así...
—Eso no fue buena idea.
—No tiene ni idea…
Alan giró apenas el rostro hacia las voces.
—¿Quién era? —preguntó, con una calma que no combinaba con su evidente curiosidad.
Hubo una breve vacilación antes de que alguien respondiera.
—El presidente de la empresa.
A Alan se le hundió el estómago un instante, no por intimidación, sino por la constatación tardía de que acababa de enfrentar, sin saberlo, a la persona más importante de aquel edificio.
Se pasó la mano por la cara y dejó escapar un suspiro bajo.
Genial… qué maravilla de primer día.
Mientras tanto, en el último piso, el presidente ya había vuelto a su ambiente habitual, aunque claramente menos concentrado que antes. Las reuniones seguían a su alrededor, se presentaban documentos y se discutían decisiones, pero su atención insistía en regresar al mismo punto. No al hecho de haber sido interrumpido por un empleado, y encima un becario, sino a la forma en que aquello había ocurrido.
No había vacilación en la voz del muchacho. Ni intento de suavizar lo que decía. Ni ese reflejo automático de darle la razón a cualquier cosa con tal de evitar problemas. Cuando Rodolpho lo acusó de no fijarse por dónde caminaba, él simplemente respondió que había sido al revés. Sin levantar la voz, sin mostrar nerviosismo y sin la menor preocupación por agradar.
Aquello no debería tener importancia. Empleados entraban y salían de esa empresa todos los días, y Rodolpho rara vez los recordaba pasados unos minutos. Y sin embargo, por algún motivo, la situación seguía ocupando espacio en sus pensamientos.
Tal vez porque estaba demasiado acostumbrado a que la gente midiera cada palabra en su presencia. Tal vez porque la mayoría de los empleados parecían más preocupados por causar una buena impresión que por decir lo que de verdad pensaban. O tal vez porque aquel becario simplemente no había mostrado ninguna de esas preocupaciones.
El recuerdo de los murmullos que surgieron justo después tampoco ayudaba. Estaba claro que el muchacho ya había llamado la atención de parte del departamento, aunque Rodolpho no supiera exactamente por qué.
Al final, aquello era irrelevante. Había contratos que analizar, reuniones que cerrar y problemas mucho más importantes reclamando su atención.
Pero cada tanto volvían a su mente el recuerdo del choque, de los dedos rozándose y de lo que él juzgó una pizca de insolencia del muchacho.
—¡Pero qué mierda! —suspiró.
Enseguida alguien golpeó a su puerta.
—Adelante.
Era Helena, su secretaria, que traía unos documentos que él debía firmar antes de que salieran.
—¿Cómo les va a los nuevos becarios? —preguntó como quien no quiere la cosa.
Al principio a Helena le extrañó la pregunta; Rodolpho no era de los que se interesaban en eso.
—Al parecer les está yendo bien, jefe...
Él dejó de firmar los documentos y la miró.
—Pero...
Ella inspiró hondo.
—Hay uno de los becarios con el que el personal se está ensañando... No sé bien los detalles, la verdad, pero parece que se están aprovechando de su condición.
—¿Qué condición?
—Es ciego.
¿Será?, se preguntó Rodolpho, tratando de recordar si el muchacho con el que había chocado era ciego, pero sin éxito. Terminó de firmar los documentos y se los devolvió a la secretaria.
—Mándame los archivos de los nuevos becarios —pidió, cuando Helena ya salía de la oficina.
En cuanto recibió los archivos, buscó las fotos de los contratados, y el primero que apareció fue el del muchacho de más temprano.
Vaya, vaya… qué interesante, pensó mientras repasaba con la mirada la ficha de Alan Eduardo Porto.