Esta es la historia de Alejo, quien acaba de perder al amor de su vida.
Con el corazón roto, intenta comprender cómo seguir adelante cuando Santiago, la persona con la que imaginó compartir sus días, ya no está.
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Rafa.
Hacía mucho tiempo que ya no salía a bares. Había dejado mi vida social un poco de lado, como en otros momentos de mi vida. A veces por falta de tiempo, otras por falta de ganas y, otras, creo, por la edad.
Esa tarde me había escrito Valeria, una excompañera de la universidad.
Si bien en los últimos años no habíamos hablado demasiado, me escribió porque estaba de viaje por la ciudad y había conseguido mi número. Me invitó a tomar una cerveza y comer unas pizzas, como en nuestros años de adolescencia, cuando estudiábamos juntos y juntábamos moneda por moneda para salir a comer algo rico, aunque fuera una vez al mes.
Hoy los dos estábamos recibidos, ya éramos profesionales y, por suerte, no teníamos los mismos problemas económicos de estudiantes. Aun así, decidimos ir a la pizzería de siempre. Aquella que se había convertido en nuestra pizzería especial años atrás, donde habíamos tenido las mejores charlas durante la carrera.
Disfruté mucho el reencuentro. Nos reímos toda la noche. Hablamos de sus historias de amor y, las mías, decidimos apenas mencionarlas. Santy seguía siendo un tema tabú para muchos, y esa no era una noche para mis historias: solo queríamos divertirnos.
Cuando la noche ya llegaba a su fin, salimos a buscar un taxi. Íbamos en direcciones distintas, así que me quedé esperando el primero que parara para que ella pudiera irse al hotel.
Justo cuando llegó su taxi, vi que alguien me saludaba desde la cuadra de enfrente. Alguien me hacía señas con ambas manos. Cuando miré bien, era Rafa.
Rafa había sido mi primer intento de relación seria, por así decirlo. A miles de kilómetros de mi casa, volvía a encontrarlo. Bendito destino. Bendito universo.
Crucé la calle y nos abrazamos. No salía de mi sorpresa. Me contó que se estaba quedando en la casa de su hermana, que había viajado a la costa y la tenía sola ese fin de semana. Nunca supe que su hermana vivía en la misma ciudad que yo. Me invitó a ir a la casa de la hermana para charlar.
No era la mejor idea, después de casi veinte años de nuestra historia. Pero debo admitir que el alcohol tuvo mucho que ver y terminé aceptando. Sin dudarlo, me subí al primer taxi que paró. Ya estaba amaneciendo y los primeros rayos de sol asomaban por el horizonte, picándome las mejillas.
El viaje fue mucho más corto de lo que hubiera imaginado. No supe qué preguntar; Rafa tampoco. Y eso que habían pasado muchos años desde la última vez que nos vimos, allá en mi ciudad natal. Al llegar, pagó el viaje y se bajó rápido para abrirme la puerta. Esos gestos eran los que una vez me habían hecho enamorarme: esa mezcla de amabilidad y picardía que manejaba tan bien. Me había gustado tanto que fuera atento conmigo cuando era joven.
Para ese entonces, él estaba cerca de los cincuenta años. Aun así, se veía muy bien. Siempre había sido una persona sumamente seductora, con una mirada muy particular. Seguía vistiéndose de la misma manera que me gustaba cuando estábamos juntos. Yo había pasado por muchos cambios en los últimos años; quizás porque cuando lo conocí él ya era un adulto y yo apenas un adolescente.
Me invitó a pasar a la casa de su hermana, recordándome que no había nadie. Al entrar le pedí un té, cosa que, al parecer, no le hizo mucha gracia. Aun así, de mala gana, se puso a prepararlo. Me acerqué a la cocina para servirme un vaso de agua y, al pasar detrás de él, mi mano rozó la suya. Hubo un cruce de miradas, una sonrisa a medias. Nada más que eso. En ese instante supe que tenía que hacer tiempo e irme apenas pudiera.
No entendía cómo había terminado otra vez en esa situación, con alguien que pertenecía a mi pasado. Eso era lo que más me resonaba: ya no formaba parte de mi presente. Hacía toda una vida —o al menos así me parecía— que habíamos tenido un intento de relación. Después de decidir dejarlo para irme a estudiar, no nos vimos más. Había conocido a Santy, había hecho una carrera, luego había conocido a Teo. Habían pasado demasiadas cosas. Jamás volvimos a hablar, aunque yo le escribí durante mi primer año de universidad y nunca me respondió. Para ese entonces, ya me había dado cuenta de que no tenía ganas de compartir nada con él.
Tuvimos una charla incómoda. Puso música, cerró las cortinas y me invitó a sentarme en un sillón amarillo que resaltaba en el living. Yo conocía ese juego de seducción. Así que me senté, pero en la otra punta. A medida que me preguntaba por mi vida, se iba acercando.
Me levanté, dejé la taza de té a medio tomar en la cocina y le pedí permiso para usar el baño. Apenas cerré la puerta con llave, lo escuché acercarse. Cuando abrí, después de lavarme las manos, entró y me tomó del brazo. Le dije que lo esperaba en el living. Sonrió, fue al baño y dejó la puerta abierta mientras me hablaba de su trabajo actual.
Le respondí como si lo escuchara. Tomé una libreta que había visto al entrar y escribí rápido:
“Perdón. Gracias por el té. Buena vida.”
Salí apurado. No quería que me buscara. Solo quería dejar todo eso atrás, dejar ese pasado donde debía estar: en el pasado.
Y acá comienza la historia de Rafa. La persona que en mi adolescencia me enseñó a amar y a odiar. La primera en la que confié ciegamente. Y mi primera desilusión amorosa, aun cuando todavía no sabía qué era el amor.