Noelia Pérez es una mujer mayor de 89 años que muere de un ataque al corazón, pero inexplicablemente despierta en otra realidad. No se ha convertido en ninguna preciosa jovencita, sigue siendo una mujer mayor, pero esta vez tiene unos 50 años, un gato tuerto, una casa desvencijada y un nieto delicado que viene a vivir por ser rechazado por su preferencia sexual. ¿Qué hará Noelia con esta nueva vida? Acompáñame y verás como solo hay que desear vivir con mucha fuerza para brillar desde la miseria más absoluta.
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El corazón del valle
Durante los dos meses siguientes, el valle aprendió a vivir con los Santiesteban. No ocurrió de golpe. No hubo una mañana determinada en la que alguien pudiera señalar con el dedo y decir. Hoy dejaron de ser forasteros. Fue algo mucho más silencioso. Una suma de pequeñas costumbres. Una puerta que empezó a quedar abierta. Un plato que apareció sobre una mesa sin que nadie recordara quién lo había traído. Una conversación que ya no se interrumpía cuando Andrés entraba y sobre todo, las visitas de Fátima.
La madre de Andrés había establecido una costumbre que parecía inamovible. Una vez por semana subía hasta la montaña para visitar a Noelia. Al principio llevaba alguna excusa.
-Te traje harina. Encontré estas mantas. Capitán necesita que alguien le compre comida decente. Estos conjuntos le quedarán perfectos a tus chicos.
Después dejó de necesitar excusas. Simplemente aparecía. A veces se quedaba una hora. Otras, tres y Noelia, que al principio había recibido aquellas visitas con cierta cautela, terminó esperándolas. Fátima llegaba hablando. Noelia escuchaba. Fátima se marchaba mucho más tranquila. Así de sencillo. Porque Noelia no tenía respuestas para casi nada. Lo curioso era que nadie parecía necesitar que las tuviera. El valle había descubierto algo extraordinario en aquella mujer que vivía en una cueva. Sabía escuchar. No juzgaba. No interrumpía. No intentaba demostrar que tenía razón. Cuando alguien llegaba con un problema, Noelia simplemente servía café, acomodaba una manta sobre las piernas del visitante si hacía frío y permanecía allí. A veces decía.
-¿Y tú qué crees que deberías hacer? O ¿Eso es realmente lo que quieres? -nada más. El resto lo hacía la persona. Hablaba durante media hora. A veces durante dos. Se quejaba, se contradecía, recordaba cosas que había olvidado, se enfurecía consigo misma y finalmente, encontraba una solución que había estado allí desde el principio. Entonces se levantaba con una expresión de revelación.
-¡Ya sé qué voy a hacer! -Noelia sonreía.
-Me alegro. -y el visitante bajaba al pueblo convencido de haber recibido una especie de iluminación. Así nació la leyenda. Primero fue una broma. Después una costumbre. Finalmente se convirtió casi en una institución.
-¿Estás estresado?
-Sí.
-¿Ya fuiste con Lía?
-No.
-Pues sube.
-¿Para qué?
-Para hablar.
-¿Y ella qué me va a decir?
-Nada.
-¿Cómo que nada?
-Precisamente.
Y allá iban. Uno tras otro. Por una decepción amorosa. Por una discusión matrimonial. Por una cosecha que no había salido bien. Por un hijo rebelde. Por una decisión que nadie se atrevía a tomar. Incluso por asuntos completamente absurdos. Una tarde llegó un hombre angustiado porque no sabía si debía vender una vaca. Noelia lo escuchó durante cuarenta minutos. Al final, él se puso de pie.
-No la vendo.
-Bueno.
-Me quedo con ella.
-Bueno.
-¡Eso era lo que necesitaba escuchar! -Noelia lo miró marcharse con absoluta perplejidad. Capitán, desde una roca cercana, abrió su único ojo.
-No sé qué haces tú. -murmuró ella al gato. -Pero definitivamente yo no soy la santa que creen. -Capitán respondió con un ronroneo. -Y Tú tampoco bicho. -el gato movió la cola. Noelia suspiró. -Aunque tú sí cobras por consulta. En comida.
El valle, entretanto, empezó a devolverle el favor. Los suministros nunca faltaban. Quien subía llevaba algo. Alguien apareció con verduras. Otro con carne. Una anciana le llevó conservas. Un muchacho apareció con dos sacos de harina. Alguien reparó una ventana. Otro arregló una tubería. Un tercero se presentó con herramientas y declaró que aquella instalación eléctrica era una vergüenza. Noelia intentó protestar. Nadie le hizo caso. La cueva cambió. Primero fue una mesa nueva. Después unas lámparas. Luego estanterías. Una pequeña cocina más funcional. Un sistema de agua mejorado. Cortinas. Alfombras. Un sofá.
Hasta una bañera que provocó una discusión de tres días entre varios hombres del valle porque ninguno quería admitir quién había tenido la idea de subirla hasta allí. La cueva que durante tanto tiempo había sido un escondite empezó a parecer una residencia. Una residencia moderna. Cómoda. Cálida. Casi elegante. Solo que seguía teniendo una montaña encima y un gato tuerto que se consideraba dueño absoluto de la propiedad. Noelia contemplaba todo aquello con una mezcla de gratitud y desconcierto. Había pasado años intentando desaparecer de este valle. Incluso huyó de él y ahora el valle la recibía con la calidez de una hija descarriada que ha vuelto a casa y Noelia empezaba a ser feliz porque el mundo insistía en encontrarla, pero quizá lo más extraño no era aquello. Era que ya no quería esconderse.
Con quien realmente hablaba Noelia era con Capitán y con los chicos. Con ellos podía ser ella misma. No necesitaba representar el papel de la mujer sabia, de la ermitaña, de la consejera ni de la misteriosa Lía que parecía saberlo todo. Con los muchachos podía reírse. Regañarlos. Preguntarles por las clases. Escuchar sus planes y recordar, de vez en cuando, que ella también había sido joven. Aquella mañana los encontró especialmente inquietos. Entraban y salían de la cueva como si hubieran sido alcanzados por una descarga eléctrica.
-¡No olvides los libros Mateo!
-¡Ya los tengo Lian!
-¡Te faltan los cuadernos!
-¡Los llevo aquí!
-¿Y la ropa?
-¡También! -Noelia los observó desde la mesa.
-¿Van a estudiar o a mudarse? -los muchachos intercambiaron miradas cómplices.
-Nos quedamos en casa de los Santos después de clases.
-¿Los dos?
-Sí.
-¿Y por qué necesitan tanta ropa para una noche? -uno de ellos sonrió.
-Porque Aritza dijo que la pista de hielo ya está restaurada. Nos quedamos todo el fin de semana. -Noelia levantó lentamente la mirada.
-¿La pista?
-Sí. Estuvo rota desde dos años atrás, pero ahora el señor Santiesteban hizo una inversión millonaria y la restauró en todo su esplendor. La inauguración va a ser el domingo. -dijo Mateo y Lian le interrumpía acotando algo siempre.
El entusiasmo de los muchachos era contagioso. Hablaron al mismo tiempo. Que habían arreglado el hielo. Que estaba mejor que antes. Que todos bajarían. Que seguramente habría carreras. Que alguien iba a caerse. Que ellos no se caerían. Que eso era mentira. Noelia sonrió y durante un instante, dejó de ver a los muchachos que tenía delante. Vio nieve. Vio árboles desnudos. Vio el río congelado y se vio a sí misma. Muchos años atrás en ese mismo valle. Era apenas una muchacha entonces. Ligera. Libre. Con un abrigo tejido tan largo que le llegaba a las rodillas. Era una muchacha deslizándose sobre la superficie imperfecta del río congelado con una gracia que hacía parecer que sus pies no tocaban el hielo. No había una pista perfecta. No había música. No había luces. Solo el invierno. El cielo gris. El viento y ella. Había bailado sobre aquel hielo como un hada de las nieves. Aquella memoria apareció tan nítida que por un segundo le dolió. Noelia parpadeó.
-¿Estás bien? -preguntó uno de los chicos. -ella sonrió.
-Sí.
-Parecías triste.
-Solo estaba recordando algo.
-¿Qué? -Noelia miró hacia la montaña.
-Cuando era joven también patinaba. -los chicos abrieron los ojos.
-¿Tú?
-Yo.
-¿Y eras buena? -Noelia sonrió con una pequeña arrogancia que hizo reír a todos.
-Era excelente.
-Eso hay que verlo.
-Quizá. -uno de los muchachos dejó caer la abultada mochila sobre la mesa.
-Entonces baja el domingo. -Noelia se quedó callada. El domingo. Parecía una palabra sencilla, pero para ella significaba mucho. Significaba bajar. Significaba dejarse ver. Significaba regresar a un lugar que había pertenecido a otra versión de sí misma. Finalmente asintió al ver la cara esperanzada de los dos adolescentes.
-Está bien. -los chicos celebraron como si hubiera aceptado una invitación a una fiesta.
-¡Prometido! -casi gritaron al unísono con el entusiasmo renovado.
-Prometido. -cuando los muchachos se marcharon, la montaña quedó extrañamente silenciosa. Noelia salió al exterior. Capitán la siguió. El gato caminaba con su habitual dignidad, aunque de vez en cuando tropezaba con alguna piedra que su único ojo no alcanzaba a calcular.
-No te rías. -le dijo Noelia. -Capitán se detuvo. Ella lo miró. -¿Qué? -el gato siguió caminando. -Sí, tú también recuerdas cuando eras joven y perseguías gatas. -el animal se sentó. -Noelia sonrió. -Aunque seguramente tú ya eras viejo entonces. Bicho goloso y gruñón. -Capitán maulló. -No me insultes.
El viento descendió desde las cumbres. Noelia cerró los ojos. Abajo, el valle parecía diferente. Ya no era el lugar que había abandonado de joven para perseguir un amor olvidado. Había voces. Humo saliendo de las chimeneas. Niños corriendo. Caballos. Carretas. Gente entrando y saliendo de las casas y en algún punto de aquella comunidad, estaba Andrés. Su presencia se había vuelto parte del paisaje con una naturalidad que incluso a Noelia le sorprendía. Andrés y su familia habían encontrado su sitio.
Fátima ya conocía a las mujeres del pueblo y Andrés ya se permitía frases como buenos días o buenas tardes a sus compañeros, sin el impulso de agredirlos o de salir corriendo. Sus muchachos tenían amigos y parecían felices. Carlos se convertía en un pilar de la comunidad y hasta los Santos habían terminado aceptando que aquella familia pertenecía allí. En cuanto a ella las visitas a la montaña eran ya normales. Casi una rutina del día a día. Era irónico, en su otra vida añoraba la compañía y murió completamente sola y en esta vida quiso estar sola y nunca había estado más acompañada. Quizá el valle no había cambiado. Quizá quienes habían cambiado eran ellos. Fátima llegó aquella misma tarde. Traía una cesta. Noelia la vio acercarse y sonrió.
-¿Qué traes?
-Comida.
-Tengo comida.
-Ahora tienes más. Sé por experiencia propia que los adolescentes tienen tres estómagos.
-Fátima...
-No discutas. -entró. Dejó la cesta sobre la mesa. Miró alrededor, a la cueva. -Cada vez está más bonita.
-Cada vez hay más gente empeñada en reformarla.
-Eso es porque todos te quieren. -Noelia bajó la mirada. La frase la tomó desprevenida. Fátima se dio cuenta.
-¿No te lo habían dicho?
-No de esa manera. -Fátima se acercó y tomó una taza.
-Pues deberías acostumbrarte. -Noelia la miró.
-¿Por qué? -Fátima sonrió.
-Porque ya no eres la mujer que vive sola en una montaña. -miró alrededor. Después señaló la puerta. -Eres la mujer a la que todo un valle viene a buscar cuando no sabe qué hacer con su vida. -Noelia soltó una risa.
-Eso es absurdo.
-Puede ser. -Fátima tomó un sorbo de café. -Pero funciona. -las dos rieron. Afuera, Capitán apareció en la entrada. Fátima lo señaló. -Ese gato también te adora.
-Ese gato adora la comida.
-No. A ti. -Noelia miró al animal. Capitán se acercó y se frotó contra sus piernas. Ella se agachó y lo acarició.
-Bueno... quizá un poco.
Fátima observó la escena en silencio y comprendió algo que no necesitaba decir en voz alta. Noelia había pasado demasiado tiempo sobreviviendo a la soledad. Ahora, sin darse cuenta, estaba aprendiendo a pertenecer. Las personas continuaron viniendo y cada una dejaba algo. Una nueva planta junto a la entrada. Un banco de madera. Una caja de libros. Una manta. Una cesta. Una visita. Una conversación. Una risa. El valle había encontrado en aquella mujer un refugio. No porque Noelia tuviera respuestas. Sino porque tenía algo mucho más escaso. Tiempo. Escuchaba y en un mundo donde todos tenían prisa por hablar, aquello parecía un milagro. Por eso, cuando alguien preguntaba dónde podía encontrarla, la respuesta se volvió automática.
-Arriba.
-¿En la montaña?
-Sí.
-¿Y qué hace? -la gente sonreía.
-Escucha. -y parecía suficiente.
El domingo llegó. Noelia se quedó de pie frente a la entrada de la cueva mucho tiempo. Capitán estaba sentado a su lado. Abajo, el valle despertaba y más allá, la pista de hielo esperaba. Noelia respiró profundamente. Había pasado años huyendo del valle y ahora no quería estar en ninguna otra parte. Aquella mañana comprendió que quizá no necesitaba huir más. Podía regresar. Podía mirar a aquella joven que alguna vez bailó sobre el río. Podía reconocerla y tal vez, incluso perdonarla. Se acomodó el abrigo. Capitán maulló.
-Sí. -dijo ella. -Ya voy. -y comenzó a bajar. Por primera vez en mucho tiempo, Noelia no descendía de la montaña para escapar de algo. Ni para buscar respuestas. Descendía para encontrarse con los demás y sin saberlo todavía, también para comenzar a descubrir que el lugar que había creído perdido para siempre quizá siempre había estado esperándola.