Durante diez años, Rebecca le volvió la espalda al pasado, decidiendo aceptar la traición de Jay Lorence y abrirse paso sola en la vida. Pero ahora, nada podía apartarla del lecho de su madre; ni siquiera para enfrentarse a Jay de nuevo... Después de todo, él jamás se molestó en averiguar qué le sucedió a la adolescente que huyó de Thornley, jurando nunca regresar, ni cómo sobrevivió la chica cuyo amor y confianza rechazó con tanta crueldad...
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Capítulo 17
Como parlamento final era impecable y Rebecca todavía conservaba la sensibilidad suficiente como para que la invadiera el orgullo de poder callar a su anfitrión. Terminó de subir con la barbilla en alto y los erguidos. Sólo cuando cerró la puerta de su habitación, se dejó caer sobre la cama, temblando por la tensión.
- ¡Maldito!-musitó, balanceándose hacia atrás y hacia adelante, presa de un profundo dolor- Ese maldito cruel y despiadado.
Nevó esa noche y los copos cubrieron el campo con una sábana blanca. Cuando llamó a Kit a la mañana siguiente, el niño de inmediato quiso saber si ella no podría salir de la casa, debido a la tormenta.
-Dicen que Yorkshire está enterrado bajo la nieve -le informó- ¡Que hay montañas de nieve tan grandes como una casa!
-Exageran -se rió Rebecca-. Sí, nevó, y sí hay una capa bastante gruesa en el suelo. Pero las carreteras están transitables y los noticiarios sólo provocan pánico -se mordió el labio, preguntándose si Kit decía la verdad. La idea de permanecer encerrada en esa casa no la atraía. Ya había decidido regresar esa mañana a Londres, aunque eso significara dejar de ver a su madre unos días.
No podía quedarse allí más tiempo... empezaba a lastimarla demasiado.
Esa mañana su madre se veía demasiado cansada e inquieta y algo que la preocupaba, la llenaba de ansiedad. Rebecca trató de tranquilizarla leyéndole, pero no lo logró y la enfermera de guardia visitaba a la paciente con más frecuencia que otros días.
A la hora de la comida, el cielo se oscureció y aparecieron nubes c de nieve. La urgencia de regresar a Londres, antes de quedar atrapada, la hizo inclinarse sobre su madre para tratar de explicarle por qué se iba.
- ¡No!-gritó Lina Shaw, aferrándose a la mano de su hija-. No me dejes, Becky... no me abandones otra vez. ¡Por favor, no me dejes!
-Cálmate, mamá -le rogó, odiándose por hacerla sufrir-. Te prometo que regresaré la semana entrante... -aunque tenga que usar una pala para llegar al hospital, se dijo, con una enorme sensación de culpa. Repetiría la visita cada fin de semana hasta que su madre mejorara lo suficiente como para salir del hospital; pero en ese momento no soportaba la cercanía de Jay ni un segundo más. -Por favor, trata de comprender, tengo compromisos ineludibles y otras personas no pueden sustituirme -ya le había contado a su madre que su negocio le exigía una dedicación de tiempo completo.
-No quiero que te vayas, Becky -las lágrimas empezaron a llenarle los ojos de desesperación y, sintiéndose impotente, Rebecca se sentó sobre el borde de la cama para abrazar a su madre.
-Te quiero mucho, mamá -susurró, confesándolo por primera vez y descubriendo, para su sorpresa, que en verdad lo sentía-. No quiero dejarte aquí. Pero Jay te visitará y yo regresaré el fin de semana…
-No, no lo harás -suspiró la enferma-. Te irás y me olvidarás de nuevo -empezó a sollozar, con gemidos patéticos que estrujaban el corazón de Rebecca y la hacían abrazarla con más fuerza.
-No llores, mamá -de suplicó, emocionada-. No llores porque no lo soporto.
-Sé que debes odiarme -musitó, a través de los sollozos-. ¡Pero tienes que perdonarme, Becky! ¡Tienes que perdonarme! ¡No podré seguir viviendo si no lo haces! ¡N-no podré!
-Te perdono -afirmó su hija, con pasión-. ¡Claro que te perdono!
-Todos estos años... -continuó la anciana. Los dedos deformes acariciaron el cabello de Rebecca y se aferraron a la joven, como si la aterrara soltarla-, el remordimiento me ha carcomido, Becky royéndome las entrañas hasta que ya no podía más.
-Calla -la tranquilizó Rebecca, conmovida por el caudal de culpa y dolor de su madre-. Ya no importa. Nada importa excepto que te alivies. -
-Oh, pero sí importa -gimoteó-. Todos te traicionamos. Yo, el señor Lorence, Jay -la parálisis facial la volvía grotesca en ese momento de agonía-. Cometimos un crimen, Becky, un crimen imperdonable y tú pagaste las consecuencias. ¡Un bebé... que Dios nos ayude, nos confabulamos para destruir a un bebé indefenso! ¡Señor! -Se ahogó y el llanto sacudió el frágil cuerpo-. El hijo de Jay... mi nieto. Lo aplastamos en nombre de un estúpido orgullo. No existe una disculpa para ese pecado. Nada puede... yo.
Entonces ese tormento explotó dentro de su madre y Rebecca la sintió sacudirse, aterrada, con los ojos desorbitados, mientras la recostaba sobre las almohadas, desmayada.
- ¡No!-gritó, fuera de sí-. Por el amor de Dios... ¡no aborté! - ¡Tienes un nieto, mamá... un maravilloso, sano, nieto de nueve años!
Entonces, el infierno se desató a su alrededor, empezando por el monitor al lado de la cama que solió un agudo sonido de alarma. Se volvió, buscando con ojos enloquecidos a la enfermera y se quedó helada, totalmente helada, mientras su mirada descansaba sobre la alta figura parada a los pies de la cama. La miró consternado, con los ojos opacos por el impacto y la piel pálida y tensa, como si hubiera envejecido diez años en esos breves, pero devastadores instantes.
Las personas corrían por doquier, empujándolo en su urgencia por acercarse a Lina, apartando a Rebecca de la cama, para iniciar la batalla por salvar una vida. Sin embargo, ni las órdenes, ni la eficiencia de los médicos, rompieron el contacto visual entre Rebecca y Jay.
Oyó... lo sabe… era todo lo que ella podía pensar. Una vez más llegó en silencio y escuchó cada palabra delatora, que lanzó al viento.
Entonces, alguien tomó a Rebecca por los hombros, murmurando algo para alentarla y conduciéndola con cautela fuera del cubículo. Parpadeó, apartó las pupilas grises de Jay y permitió que la sentaran en una silla, donde empezó a temblar, sacudida por las emociones.
Cuando se reunió con ella, lo ignoró; pero de repente estaba sentado a su lado, apresándole la mano entre las de él. No hablaron y Rebecca no trató de apartarlo, inmóvil en cuerpo y alma hasta que, momentos más tarde, un doctor uniformado dé blanco, apareció ante ellos y les dijo en voz baja:
-Está bien, señorita Shaw. Su madre está bien. Una pequeña falla del corazón, provocada por la sobreexcitación, nada más. La sedamos Y quizás la mantendremos así durante un par de días, para no correr riesgos.
Rebecca alzó los ojos, sin registrar nada. Contempló el rostro amable del médico el cuarto a sus espaldas, donde el monitor continuaba con sus tranquilizantes ruiditos estables, inalterables. Se fijó en manos; acunadas por las de Jay, en su muñeca cubierta de vellos oscuros y el puño inmaculado de la camisa.
De repente, con un relámpago de intuición que la impactó de nuevo se dio cuenta de lo que no captó hacía diez años, ni siquiera hace dos días, durante el largo viaje al pueblo, ni siquiera hoy, al escuchar a su madre escupir la culpa que la agobiaba.
Que no importaba. Nada importaba. Ni la manera en que su madre la echó de su casa cuando más la necesitaba. Ni el abandono cruel de Jay. Ni el modo en que su padre lanzó su ultimátum, ni el pago que le tendió en un cheque de despedida. Ni siquiera la sensación amarga de ser traicionada. Nada, en el último análisis, importaba porque no hizo lo que los demás le ordenaron. Esos diez años de odio, de fingir que no existía, de ignorar los sentimientos de culpa de su madre, se sufrieron en vano. Porque Kit vivía y era un niño sano y feliz. Un niño rechazado en el vientre por aquellos que temían su poder si vivía y, si ella no hubiera huido, si hubiera defendido sus principios enfrentándose a todos, restregándoles la realidad de su embarazo, entonces esos diez años largos y dolorosos, habrían sido claros porque la verdad y la justicia siempre sofocan la amargura, la culpa y el egoísmo.