Santiago Reyes tiene veinte años, estudia literatura en la UNAM y no le debe nada a nadie. Hasta que León Villanueva —CEO de uno de los grupos empresariales más poderosos de México— decide que Santiago le pertenece.
Lo que comienza como una seducción imposible de rechazar se transforma en una pesadilla: una mansión cerrada con llave, cámaras en cada esquina y un hombre que dice "te amo" mientras le quita la libertad.
Santiago intenta escapar. Una vez. Dos. Tres. Cuatro. Cinco.
Cada intento fracasa. Cada castigo es peor que el anterior. Pero Santiago no se rinde.
Hasta que un día, León abre la puerta.
Y Santiago descubre que lo más aterrador no es estar encerrado con un monstruo.
Es darse cuenta de que el monstruo ha aprendido a amarte de verdad.
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Capítulo 23
Capítulo 23: Aire fresco
León no dijo que no.
Tampoco dijo que sí de inmediato, y Santiago vio la batalla cruzarle la cara. No era una batalla contra él, no esta vez. Era contra la parte de León que quería contar riesgos, cerrar rutas, llamar guardias y convertir una caminata en operativo.
Santiago esperó con el celular en la mano.
—Afuera —repitió—. Donde haya gente.
León apretó los dedos contra la taza.
—Chapultepec —dijo al fin—. Es abierto. Hay gente. Podemos caminar sin entrar a ningún lugar cerrado.
Santiago sostuvo su mirada.
—No "podemos". Yo camino. Tú puedes venir si no estorbas.
—Está bien.
La facilidad de la respuesta lo incomodó más que una discusión. Santiago guardó el celular y agregó:
—Sin guardias alrededor.
—Sin guardias.
—Sin cerrar seguros.
—Sin cerrar seguros.
—Y si digo que regreso, regresamos. Si digo que me voy a otro lado, no me jalas.
León respiró por la nariz.
—No te jalo.
Al día siguiente, Don Rafael los esperaba junto a la camioneta negra, frente al portón abierto de Pedregal. Era un hombre de cabello canoso, camisa impecable y mirada discreta. Al ver a Santiago, no abrió la puerta de inmediato. Primero bajó la cabeza.
—Buenos días, joven Santiago. Soy Rafael.
Santiago miró la manija trasera.
—Yo abro.
Don Rafael retiró la mano al instante.
—Por supuesto.
León estaba a dos pasos, demasiado quieto. La palma derecha se le marcaba húmeda contra el pantalón.
Santiago abrió la puerta, revisó el seguro, luego la ventana. Tocó el botón hasta que el vidrio bajó por completo. El aire de la calle entró con olor a jacaranda, gasolina y pan de una tienda cercana.
Recién entonces subió.
León se sentó del otro lado, dejando el asiento del centro vacío. No le pidió que se abrochara el cinturón. Solo se abrochó el suyo y esperó.
Santiago tomó el cinturón por cuenta propia.
—Don Rafael —dijo León—, a Chapultepec. Sin rutas cerradas, sin escoltas.
El conductor miró por el retrovisor.
—Sí, señor.
La camioneta salió de Pedregal.
El primer semáforo le apretó el pecho a Santiago. No porque se detuvieran, sino porque alrededor había vida que no le debía permiso a nadie: una señora vendiendo tamales desde una vaporera, dos estudiantes cruzando con mochilas, un repartidor discutiendo con un automovilista, un niño jalando la mano de su madre frente a una farmacia.
Nadie sabía que él había contado cerraduras durante semanas.
Nadie sabía que la banqueta podía doler de tanta belleza.
El celular vibró. Diego.
Santiago vio el nombre y dejó que sonara. No podía explicarle desde la camioneta de León, no todavía. Cuando la llamada se cortó, llegó un mensaje:
"¿Dónde estás? Voy por ti, cabrón. No juegues conmigo."
Santiago escribió: "Hoy estoy fuera. Mañana te llamo."
Diego respondió en segundos: "¿Fuera de dónde?"
Santiago bloqueó la pantalla.
León no preguntó.
En Chapultepec, Don Rafael se estacionó cerca de una entrada amplia. Antes de bajar, Santiago abrió su puerta desde adentro. León ya tenía la mano cerca de su propia manija, pero esperó a que él pusiera los pies en la banqueta.
El ruido del parque lo golpeó de lleno: vendedores ofreciendo aguas frescas, patinetas sobre el concreto, risas, música lejana, el viento moviendo hojas sobre los puestos. Santiago se quedó quieto con los ojos abiertos.
No era silencio de casa grande.
Era desorden vivo.
León bajó después.
—¿Quieres que camine detrás?
Santiago pensó en decir que sí solo para hacerlo sufrir. Pero lo que necesitaba no era castigo. Era espacio.
—A mi lado. Un paso lejos.
León asintió y se colocó donde le habían dicho.
Caminaron bajo los árboles. Santiago no tocó a León, pero tampoco huyó. Se detuvo frente a un puesto de aguas, eligió una de jamaica y buscó dinero por reflejo. No traía cartera.
La vergüenza le subió al cuello.
León sacó efectivo, pero no lo extendió hacia el vendedor. Lo dejó en la palma abierta, entre ellos.
—Tómalo si quieres. Si no, no.
Santiago tomó un billete.
—No me gusta deberte hasta el agua.
—Lo sé.
—No. No lo sabes. Pero vas a aprenderlo.
León cerró la mano vacía.
—Sí.
El agua fría le pintó los dedos de rojo. Santiago bebió un trago y casi se le quebró la cara. Jamaica, azúcar, hielo de bolsa, vaso de plástico. Nada fino. Nada preparado por alguien que preguntaba si podía servirle. Solo una bebida cualquiera en un parque lleno de gente cualquiera.
Esa normalidad le hizo arder los ojos.
León lo vio y bajó la mirada, como si mirar demasiado también pudiera ser una invasión.
Más adelante, un grupo cruzó de golpe por el sendero. Alguien empujó sin querer el hombro de Santiago. León levantó la mano por instinto, listo para sujetarlo.
Se detuvo antes de tocarlo.
La mano quedó suspendida en el aire.
Santiago lo miró.
—Ibas a agarrarme.
—Sí.
—¿Por qué no lo hiciste?
León tragó saliva.
—Porque dijiste que no te jalara.
—Y porque estoy en un parque, no en tu casa.
—También.
Santiago siguió caminando. Esta vez el paso de León sonó un poco más atrás.
Se sentaron en una banca frente a una zona abierta. Familias pasaban con bolsas de frituras, parejas se tomaban fotos, un vendedor empujaba un carrito de helados. Santiago apoyó las manos sobre las rodillas y levantó la cara al aire.
León no dijo que se veía mejor.
No dijo que por fin estaba tranquilo.
No convirtió su respiración en premio.
Solo se quedó a su lado, con el cuerpo rígido y las manos entrelazadas para no hacer nada.
—¿Tienes miedo de que corra? —preguntó Santiago.
León miró al frente.
—Sí.
—¿Y si corro?
—No voy a perseguirte.
Santiago giró el vaso entre las manos.
—Eso suena bonito aquí. Quiero ver si sigue sonando igual cuando de verdad me aleje.
—Yo también.
La respuesta lo sorprendió.
León apretó la mandíbula.
—No porque quiera que te alejes. Porque si no puedo sostenerlo cuando me duela, entonces no cambió nada.
Santiago no contestó. Pero no se levantó de la banca.
Cuando regresaron hacia la entrada, una chica pasó frente a ellos con una bolsa de tela de la UNAM y libros bajo el brazo. El escudo le golpeó a Santiago más fuerte que cualquier empujón.
Ciudad Universitaria.
Las islas. La biblioteca. Diego comprando café malo. Mateo diciéndole que dejara de prestar apuntes a gente floja. Su vida, detenida en algún punto antes de León.
Santiago se quedó mirando la bolsa hasta que la chica se perdió entre la gente.
Don Rafael esperaba junto a la camioneta, pero no abrió ninguna puerta. Santiago lo notó.
—¿Usted maneja siempre para él?
El conductor no miró a León antes de contestar.
—Sí, joven.
—Si yo le digo una dirección y él le dice otra, ¿a quién le hace caso?
Don Rafael se quedó quieto. La pregunta no era de tráfico.
León tampoco habló.
—A usted, joven Santiago —respondió al fin el conductor—. Si el señor Villanueva me ordena otra cosa, me bajo y le entrego las llaves.
Santiago no sonrió. Pero algo en su cara dejó de estar tan apretado.
León siguió la dirección de sus ojos.
—Santiago...
—Mañana no quiero venir a Chapultepec.
La voz le salió baja, pero firme.
León no se movió.
Santiago levantó la mirada hacia el sur de la ciudad.
—Quiero ir a Ciudad Universitaria.