Serena Mora tenía una vida perfectamente normal: universidad, tesis, y una novela de fantasía que leía para procrastinar. Hasta que despertó dentro de esa novela, atrapada en el cuerpo de la villana más odiada de la historia.
Su primera misión: hacer que el protagonista masculino se enamore de ella. El problema: él la odia con un puntaje de -123,456.
Adrián Navarro fue prisionero, torturado, y mutilado durante años. Su cuerpo se regenera de cualquier herida — un don que otros usaron para hacerlo sufrir. No confía en nadie. No ama a nadie. Y definitivamente no planea enamorarse de la mujer que lo tuvo cautivo.
Pero Serena no es la villana que él recuerda.
Con su espíritu guía (un loro parlanchín llamado Lilo), un medidor de afinidad que marca cifras ridículas, y un corazón demasiado terco para rendirse, Serena se propone cambiar el destino de todos. El de Adrián. El de sus amigos. El suyo propio.
Lo que no sabe es que su historia no empieza en una novela. Empieza hace diez mil años, cuando dos almas se encontraron por primera vez — y el destino juró separarlas.
Tres vidas. Trescientos años en el inframundo buscándola. Mil años reconstruyendo un cuerpo para volver a ella.
¿Cuántas primaveras hacen falta para un amor eterno?
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Capítulo 23
—¿Qué te hicieron para que tu cuerpo sea así?
Adrián Navarro no contestó de inmediato.
El patio antiguo seguía oliendo a piedra húmeda, madera rota y sangre reciente. Las runas apagadas dejaban un resplandor gris en el suelo, como brasas que se negaban a morir. Serena Mora tenía las manos manchadas de rojo y la pregunta todavía temblándole en los labios.
Adrián miró sus dedos.
No parecía avergonzado.
Parecía lejos.
—La Corte de las Sombras quería respuestas —dijo al fin.
La voz no se quebró. Eso la hizo peor.
—¿Qué respuestas?
Él tocó con el pulgar la línea donde la última herida ya había desaparecido.
—Cuánto tardaba en cerrar.
Serena sintió que el estómago se le hundía.
—Adrián...
—Qué partes volvían primero. Cuántas veces podía seguir despierto. Qué pasaba si el cuerpo sanaba y la mente no.
Lilo soltó un sonido ahogado.
Serena dio un paso hacia él.
Adrián no se apartó todavía. Sus ojos estaban abiertos, pero Serena tuvo la certeza de que no veía el patio. Veía otra habitación, otras manos, otra luz.
—Al principio contaban en voz alta —añadió—. Uno, dos, tres. Como si fuera un ejercicio. Después dejaron de contar porque ya sabían que iba a cerrar.
Serena sintió que los dedos se le enfriaban.
—¿Cuántos años tenías?
Adrián tardó demasiado en responder.
—Los suficientes para recordar.
No dijo más. No hacía falta para que la rabia le subiera a Serena hasta los ojos.
Adrián levantó la mano, no para detenerla con fuerza, sino para pedir distancia.
—No me mires así.
—¿Así cómo?
—Como si ya estuviera muerto.
La frase la golpeó en el pecho.
Y entonces el pecho le respondió.
No fue el latido antiguo de la Joya Primordial.
Fue un puño.
Serena se dobló hacia adelante con una mano sobre el esternón. El dolor le atravesó las costillas desde adentro, agudo, caliente y después helado. Intentó respirar y no pudo llenar los pulmones.
—Serena.
Adrián llegó a ella antes de que cayera.
Sus manos la sostuvieron por los hombros, firmes pero cuidadosas. Serena quiso decir que estaba bien, que era solo el fragmento, que no se preocuparan. Lo único que salió fue un ruido corto.
Lilo voló en círculos, desesperado.
—¡Alerta! Patrón de pulso irregular. Temperatura descendiendo. No corresponde a resonancia de Joya.
—¿Qué es? —preguntó Adrián.
—No tengo acceso completo.
Serena apretó la tela de la camisa de Adrián. El dolor subió al cuello, le adormeció la mandíbula y le llenó la boca de un sabor amargo.
—No... no es nada.
—No mientas.
Adrián la levantó en brazos.
Serena intentó protestar.
—Te van a ver.
—Que vean.
Él salió del patio con una velocidad que no pertenecía a un discípulo sin Don declarado. La sombra bajo sus pies se extendió por la vereda y apagó el crujido de las hojas. Lilo voló detrás, gritando indicaciones inútiles y necesarias al mismo tiempo.
—¡No la muevas demasiado! ¡Sí muévela rápido! ¡No tengo protocolo para esto!
—Calla y guía.
—Derecha. No, izquierda. ¡La otra derecha!
Adrián no se equivocó. Cruzó la salida trasera, empujó la puerta del Pico del Bambú Solitario con el hombro y entró al patio común justo cuando Tomás Calvo abría su habitación con una lámpara en la mano.
Tomás vio a Serena en sus brazos.
Después vio la sombra desvaneciéndose bajo sus pies.
No hizo preguntas.
—Alicia.
La voz tranquila de Tomás se volvió una orden.
Las puertas se abrieron una tras otra. Alicia Nieves apareció con el cabello suelto y un bolso de ungüentos. Rafael Vega salió medio dormido y despertó por completo al ver la cara de Serena. Miguel Vega corrió por agua sin que nadie se lo pidiera.
León Castellar llegó último, pero fue el primero en apartar una mesa.
—Aquí.
Adrián colocó a Serena sobre la superficie cubierta con una manta. No la soltó hasta que Alicia le puso dos dedos en la muñeca.
—Pulso débil —dijo Alicia—. Muy frío.
Serena abrió los ojos a medias.
El techo se movía.
No. Era Lilo, volando de un lado a otro.
—No hagan tanta cara —susurró ella—. Me da mala reputación.
Nadie se rió.
Eso fue lo que más la asustó.
Alicia acercó una luz azul a su pecho. La luz se apagó antes de tocarla.
—Otra vez —ordenó Tomás.
Alicia repitió el gesto. La luz se quebró en pequeñas chispas y cayó sobre la manta.
—No es fiebre. No es herida. No es agotamiento común.
—La Joya —dijo León.
Adrián giró hacia él.
—¿Qué sabes?
León levantó las manos.
—Sé que cuando una mesa empieza a brillar y todos se ponen pálidos, hay secretos. No soy idiota.
Serena intentó respirar más hondo. El dolor respondió clavándole otra punta bajo las costillas.
Adrián volvió a inclinarse sobre ella.
—Mírame.
—Estoy... mirando.
—No cierres los ojos.
—Mandón.
—Sí.
La honestidad corta, sin defensa, le hizo más daño que el dolor.
Valentina Rojas entró envuelta en una capa roja, con fuego en la palma.
—Tomás, ¿qué pasó?
—Necesitamos al Gran Maestro.
El fuego de Valentina se encogió.
—¿A él?
—Ahora.
La mandíbula de Valentina se tensó. Por un segundo, la hija apareció debajo de la discípula: la niña que no quería correr hacia un padre frío, pero tampoco podía dejar morir a alguien por orgullo.
—Voy.
Salió antes de que la palabra se le quebrara.
Alicia abrió el cuello del uniforme de Serena apenas lo suficiente para revisar la piel sobre el esternón. No había marca de golpe. Solo un punto pálido, casi plateado, que aparecía y desaparecía con cada intento de respiración.
Lilo se quedó inmóvil sobre el respaldo de una silla.
—Eso no estaba antes.
Tomás se inclinó.
—¿Es el fragmento?
—No. La resonancia de la Joya era cálida. Esto está drenando calor.
Miguel volvió con agua. Alicia mojó un paño y lo puso sobre la frente de Serena.
—Serena, si me oyes, aprieta mi mano.
Serena obedeció, pero los dedos no tuvieron fuerza.
Adrián vio ese gesto mínimo y su cara cambió.
No mucho.
Lo suficiente para que la habitación se quedara sin aire.
—Dime qué hacer —le dijo a Alicia.
Ella no fingió seguridad.
—Manténla despierta.
Adrián se arrodilló junto a la mesa. Tomó la mano de Serena entre las suyas, sin importarle quién miraba.
—Serena.
—Aquí estoy.
—Habla.
—No tengo... tema.
—Invéntalo.
Serena intentó sonreír.
—Tu método de conversación es pésimo.
—Lo sé.
—Deberías practicar eso en vez de dejar que te atraviesen.
Adrián bajó la cabeza un instante, como si la frase le hubiera entrado por una herida todavía abierta.
—Después.
Las puertas del patio se abrieron de golpe.
Gabriel Solís entró con Valentina detrás. Venía sin la solemnidad del Gran Maestro: la túnica mal cerrada, el cabello apenas sujeto, la cara sin color. Vio a Serena sobre la mesa.
Se detuvo.
Durante un segundo no vio a Serena.
Vio a Elena.
—Gran Maestro —dijo Tomás—. El pulso cae y la luz de sanación se rompe antes de tocarla.
Gabriel se acercó. Sus dedos temblaron antes de posarse sobre el punto pálido del pecho de Serena.
Valentina lo miró, esperando una palabra para ella.
No llegó.
Gabriel cerró los ojos.
—No dejen que duerma.
La orden cayó sobre la habitación como agua fría.
Alicia ya tenía otra luz de sanación entre las manos, pero Gabriel la detuvo antes de que tocara a Serena.
—No uses Éter directo.
—Pero si el pulso cae...
—El Éter la alimenta si entra sin sello. La maldición muerde más fuerte.
Alicia retiró la mano de inmediato, pálida.
Tomás enderezó la espalda.
—Diga qué necesita.
Gabriel miró alrededor como si la habitación se hubiera convertido en un lugar de hace muchos años. Sus ojos pasaron por la manta, el paño húmedo, la boca de Serena tratando de respirar. Después volvió al presente con un esfuerzo visible.
—Agua tibia, no fría. Sal de purificación de la cocina. Tres piedras calientes envueltas en tela. Nadie le dé infusiones hasta que el pulso suba.
Miguel salió corriendo.
Rafael lo siguió sin hacer bromas.
Valentina seguía junto a la puerta.
—Gran Maestro —dijo, y la formalidad le raspó la voz—, puedo sostener fuego bajo.
Gabriel no la miró al responder.
—Hazlo estable. Nada de ráfagas.
Valentina cerró los dedos. La llama en su palma se volvió pequeña, compacta, obediente. Serena, medio consciente, vio el gesto y entendió algo doloroso: Valentina sabía obedecerlo incluso cuando él no sabía verla.
León apretó los dientes, pero no dijo nada. Tomó una silla, la rompió de un golpe seco y dejó las piezas listas para alimentar el brasero.
—Si alguien pregunta —murmuró—, la silla me atacó primero.
Nadie se rió esa vez tampoco.
Gabriel sacó de su manga una tira delgada de hilo plateado. La colocó alrededor de la muñeca de Serena sin atarla fuerte. El hilo se oscureció de inmediato, como si hubiera tocado tinta.
Lilo se erizó.
—Eso no es normal.
—No —dijo Gabriel.
Adrián seguía arrodillado junto a Serena, sosteniéndole la mano. La sombra bajo sus rodillas había vuelto a aparecer, fina, inestable. Tomás la vio. Gabriel también.
Por un instante, el Gran Maestro miró a Adrián como se mira una puerta que no debería abrirse.
Adrián no bajó la vista.
—Si sabe qué es, dígalo.
La habitación entera esperó.
Adrián apretó la mano de Serena.
—¿Qué tiene?
Gabriel abrió los ojos. La culpa le envejeció la cara en un solo parpadeo.
Sus dedos seguían sobre el hilo ennegrecido, pero su mirada estaba fija en una memoria que nadie más podía ver.
—No es una enfermedad cardíaca.
Serena oyó la frase como si viniera desde el fondo de un pozo.
Gabriel tragó saliva.
—Es la Maldición de la Efímera.