Dos hermanas gemelas, idénticas en apariencia pero completamente distintas por dentro. La favorita de todos, hermosa y vanidosa, se casó con un hombre millonario y tuvo tres hijos, pero no ama a nadie: maltrata a sus pequeños, engaña a su esposo y solo se queda por su dinero. La otra, siempre ignorada y menospreciada, es dulce, tímida y muy inteligente, y nunca tuvo un lugar propio en el mundo. Hasta que un día la hermana caprichosa decide huir y le ordena que tome su lugar: que viva su vida, que finja ser ella, que soporte lo que ella ya no quiere. Y así comienza la historia de una chica que se convierte en impostora de su propia sangre, descubriendo que la vida que le dieron era mucho más valiosa de lo que nadie jamás supo ver.
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CAPÍTULO 3 LA PRIMERA CENA CON ÉL
El sonido del motor apagándose en el camino de entrada le heló la sangre en las venas. Elisa se quedó clavada en el marco de la puerta de los niños, con la mano todavía en el interruptor de la luz, escuchando los pasos firmes que subían los escalones de la entrada principal. Pasos que conocía solo por las descripciones crueles de Valeria: *ese tonto camina como si cargara el mundo encima, aburrido, serio, siempre trabajando, nunca divertido*.
Pero ahora, esos pasos no eran los de un extraño. Eran los pasos del hombre al que tenía que llamar marido. El dueño de aquella mansión. La persona que, con solo mirarla a los ojos, podía descubrir toda su mentira y mandarla de vuelta a la nada de donde había salido.
Respiró hondo tres veces, tratando de calmar el corazón que le latía con tanta fuerza que temía que se le oyera por todo el pasillo. Se pasó una mano por el cabello, se acomodó el vestido negro que había tomado del armario de Valeria, y recordó las reglas que su hermana le había gritado antes de irse: *Cuando llegue él, no le hagas muchas preguntas. Dile que tienes dolor de cabeza, que estás cansada, y vete a dormir. No le hables de los niños, nunca le importan. Si te pide algo, hazlo rápido y te quitas de encima. Y sobre todo: no sonrías demasiado. Yo nunca sonrío a menos que quiera algo de él*.
Bajó las escaleras de caracol muy despacio, agarrándose fuerte al pasamanos. La luz del vestíbulo estaba encendida, y en el centro del hall, de espaldas a ella, estaba él.
Leonardo.
Era alto, mucho más de lo que ella se había imaginado por las fotos. Llevaba un traje gris oscuro perfectamente cortado, la chaqueta abierta, la corbata un poco aflojada en el cuello, como si se la hubiera quitado de ganas en el auto. Tenía el cabello negro, un poco revuelto, y los hombros anchos que denotaban fuerza. Cuando se dio la vuelta al escuchar sus pasos, Elisa sintió que se le cortaba el aire de golpe.
Era guapo. Demasiado guapo. No el tipo de belleza plástica y superficial que Valeria alardeara siempre, sino una belleza seria, madura, con ojos oscuros profundos que parecían leer todo lo que uno tenía adentro, y una pequeña cicatriz en la ceja izquierda que le daba un toque rudo y misterioso. Tenía ojeras claras, como si llevara días durmiendo poco, y en la mano sostenía un maletín de cuero negro y un pequeño ramo de flores blancas un poco mustias, como si las hubiera comprado de paso en una estación de servicio, sin muchas esperanzas.
Se quedaron mirándose el uno al otro durante varios segundos que a Elisa le parecieron una eternidad. Él la recorrió con la mirada de arriba abajo, sin prisa, y ella sintió que se ponía roja como un tomate, deseando desaparecer dentro del mármol del suelo. Valeria nunca se sonrojaba. Valeria nunca bajaba la mirada. Valeria nunca temblaba delante de nadie. Y ella estaba haciendo las tres cosas al mismo tiempo.
—Llegas tarde —logró decir, imitando el tono cortante y arrogante que usaba su hermana, aunque su voz le salió temblando a mitad de camino.
Leonardo arqueó una ceja, sorprendido. No por la frase —eso era lo normal—, sino por el tono. No tenía la acritud de siempre. No tenía veneno. Solo sonaba… asustada.
—Tuve una reunión que se alargó —respondió él, con voz grave, suave, un ronquido agradable que le vibró a ella en el pecho sin querer—. Lo siento. Debería haber llamado.
Se acercó un paso hacia ella. Elisa retrocedió por instinto, chocando suavemente contra el barandal de la escalera. Él se detuvo de inmediato, como si hubiera recibido un golpe. Notó el movimiento, la nota de miedo en sus ojos, y una sombra de tristeza cruzó su rostro. Estaba acostumbrado a que Valeria lo rechazara, a que le gritara, a que le pidiera dinero a los gritos, pero nunca le había tenido miedo. Nunca se había alejado de él como si fuera un extraño peligroso.
—Te traje esto —dijo, extendiéndole el ramo de flores, con una timidez que no le esperaba a un hombre de su posición—. Sé que no son las que te gustan, las de la floristería cara del centro. Pero estaban en la esquina, y me acordé que una vez dijiste que te gustaban de chiquitas… antes de casarnos.
Elisa se quedó mirando las flores. Blancas, pequeñas, simples, nada que ver con los ramos enormes y ostentosos que Valeria publicaba en sus redes sociales exigidas a grito pelado. Recordó lo que le había dicho su hermana: *Cada vez que me trae esas cosas baratas, las tiro a la basura delante de él. Que aprenda que no me conformo con migajas*.
Pero ella no era Valeria.
Extendió la mano muy despacio y tomó el ramo. Sus dedos rozaron los de él por un segundo, y ambos sintieron una corriente eléctrica que los recorrió entero. Elisa bajó la mirada para ocultar su sonrojo, oliendo las flores con una sonrisa pequeña, genuina, que se le escapó sin querer.
—Son preciosas —susurró—. Muchas gracias, Leonardo. Me encantan.
Él se quedó paralizado.
Nunca. En siete años de matrimonio, nunca Valeria le había dado las gracias por nada. Nunca le había dicho que algo le gustaba. Nunca le había sonreído así, sin interés, sin pedir nada a cambio, con una dulzura que le partió el corazón en dos de golpe. Por un segundo, pensó que estaba soñando. O que su esposa había golpeado la cabeza y se le había olvidado cómo ser cruel.
—Voy a ponerlas en un jarrón —dijo Elisa, dándose la vuelta rápidamente para ocultar que sus manos le temblaban—. ¿Ya cenaste? Puedo prepararte algo rápido si quieres.
Otra sorpresa. Valeria nunca cocinaba. Valeria ni siquiera entraba a la cocina. Siempre había una cocinera que iba por las tardes, y si se había ido, pedía comida por delivery de los restaurantes más caros, se comía tres bocados y tiraba el resto, quejándose de que todo era horrible.
Leonardo la siguió con la mirada mientras entraba a la cocina, completamente confundido. Se quitó la chaqueta, la colgó en el perchero y se quedó parado en la entrada, observándola. Ella abrió armarios buscando un jarrón, se equivocó tres veces —no sabía dónde guardaba nada Valeria—, y cuando lo encontró, llenó agua con cuidado y acomodó las flores con mucha delicadeza, como si fueran un tesoro. Después abrió la nevera, miró lo que había, y empezó a sacar ingredientes sin pensarlo demasiado: huevos, queso, verduras, un poco de arroz que estaba listo de antes.
—¿Qué haces? —le preguntó él, acercándose un poco, apoyado contra el marco de la puerta.
—Una tortilla y una ensalada —respondió ella, sin mirarlo, ocupada en picar cebolla para que no le vieran los ojos llorosos de la emoción—. La cocinera dejó arroz. Estará lista en diez minutos. Sé que no es gran cosa, pero…
—No hace falta que te molestes —dijo él, aunque se sentó en la barra de la cocina de todos modos, sin querer irse—. Podemos pedir algo.
—No es molestia —sonrió ella por encima del hombro, y a Leonardo le dio un vuelco el estómago sin entender por qué—. Me gusta cocinar.
Se quedaron en silencio mientras ella cocinaba. Él la miraba, sin poder creer lo que veía. Su esposa, que siempre estaba vestida con ropa ajustada, tacones y maquillaje pesado incluso para estar en casa, ahora llevaba un vestido negro sencillo, el cabello suelto, sin casi pintar, y se movía por la cocina con una naturalidad que jamás había visto. No hablaba por teléfono todo el tiempo, no se quejaba de nada, no le pedía nada. Solo estaba ahí, tranquila, haciendo de cenar como si fuera lo más normal del mundo.
Cuando la comida estuvo lista, se sentaron uno frente al otro en la mesa grande del comedor, que siempre estaba vacía. Valeria cenaba sola viendo la tele, o no cenaba, o salía con sus amigas. Hacía años que no compartían una mesa los dos solos.
Elisa le sirvió primero, con cuidado, como si él fuera un invitado importante. Después se sentó, comiendo poco, muy consciente de que él no dejaba de mirarla ni un segundo. Cada vez que levantaba la vista, se encontraba con sus ojos oscuros clavados en ella, analizándola, estudiándola, intentando entender qué había cambiado de repente.
—Los niños —dijo ella de repente, sin poder aguantarse más la curiosidad—. Benjamín tenía fiebre muy alta hace un par de horas. Ya se la bajé, pero mañana habría que llevarlo al médico por las dudas.
Leonardo dejó el tenedor en el plato con un golpe suave. Se puso pálido.
—¿Fiebre? —preguntó, alarmado—. ¿Por qué no me llamaste? Podría haber venido antes. ¿Está bien ahora? ¿Tiene más síntomas?
Elisa lo miró sorprendida. Valeria siempre le había dicho que a Leonardo no le importaban los niños, que solo los veía como una obligación, que nunca tenía tiempo para ellos. Pero ahora, delante de ella, había un hombre preocupado de verdad, que se tensaba solo de escuchar que su hijo estaba enfermo.
—Ya está mejor —le aseguró rápido, para calmarlo—. Dormía tranquilo cuando bajé. Le di jarabe, le puse paños fríos. Solo creo que hay que revisarle la garganta, por si es una infección.
—Mañana mismo llamo al pediatra —dijo él, serio, decidido—. Voy a cancelar la reunión de la mañana. Voy a ir con ustedes.
Elisa asintió, con el corazón apretado. Cuánto daño habían hecho las mentiras de su hermana. Cuántas cosas se había perdido Leonardo por creer que a Valeria no le importaba nada, y cuánto habían sufrido los niños por tener una madre que nunca los quiso.
Cenaron el resto del tiempo casi sin hablar. Pero no era un silencio incómodo. Era un silencio raro, nuevo, lleno de preguntas sin hacer y de cosas que ninguno de los dos se atrevía a decir. Cuando terminaron, Elisa se levantó para recoger los platos, pero Leonardo se le adelantó, agarrándolos antes que ella.
—Yo lo hago —dijo—. Tú cocinaste.
—No, no hace falta —respondió ella, sonrojada otra vez—. Yo puedo…
—Insisto.
Se quedaron de pie, muy cerca el uno del otro, con las manos casi tocándose sobre la mesa. Elisa levantó la vista y se encontró con la de él. Estaban tan cerca que podía oler su perfume: madera, un toque de lluvia y algo limpio, masculino, que le mareaba un poco. Leonardo la miraba fijamente, con una expresión que ella no sabía leer: una mezcla de confusión, curiosidad, y algo más… algo suave, que no había visto nunca en las fotos.
Él abrió la boca para decir algo, luego la cerró, dudando. Después, muy despacio, levantó una mano y se acercó a su mejilla, como si quisiera tocarla, para asegurarse de que era real. Elisa se quedó quieta, sin respirar, sintiendo cómo el calor de su mano le llegaba a la piel sin siquiera rozarla.
Pero justo en el último segundo, él se detuvo. Bajó la mano despacio, como si se hubiera dado cuenta de lo que estaba haciendo, y desvió la mirada por un instante. Cuando volvió a mirarla, sus ojos eran serios otra vez, pero la pregunta que llevaba toda la noche rondándole la cabeza por fin salió de su boca, baja, suave, pero cargada de significado:
—¿Estás bien, Valeria?
Hizo una pausa. Tragó saliva. Y añadió, con una suavidad que le partió el corazón a Elisa en mil pedazos:
—Hoy eres… distinta.
Elisa se quedó sin aire.
El pánico le subió por la garganta como un incendio. Se quedó parada, con los platos en las manos, temblando por dentro, sin saber qué responder. Si decía la verdad, lo perdía todo. Si mentía, tenía que seguir construyendo una mentira más grande cada día.
Y justo en ese momento, desde el piso de arriba, se escuchó el llanto fuerte y desgarrador de Mia, llamando por ella a gritos:
—¡Mamá! ¡Mamá, ven! ¡Tengo miedo!
Elisa no lo pensó ni un segundo.
Soltó los platos sobre la mesa de cualquier manera, y salió corriendo hacia las escaleras, dejando a Leonardo solo en el comedor, más confundido que nunca, mirando su espalda alejarse y dándose cuenta, por primera vez en siete años, de que la mujer con la que se había casado… tal vez nunca había existido en absoluto.