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Sombras De Dragón

Sombras De Dragón

Status: En proceso
Genre:Pareja destinada / Superpoder / Época / Dragones
Popularitas:2.8k
Nilai: 5
nombre de autor: Tatiana.

Roxana murió en su época original —el siglo XXI— en un accidente durante una expedición arqueológica, justo mientras estudiaba documentos antiguos sobre la Dinastía Tang. Su último pensamiento fue: “Ojalá hubiera podido ver cómo vivían realmente aquí”. Al abrir los ojos, se encontró en un jardín lleno de flores de loto, vestida con sedas finas y rodeada de personas que la llamaban “señorita Wén”. Había renacido, conservando todos sus recuerdos, conocimientos científicos, habilidades y su personalidad intacta: terca, inteligente, caprichosa y nada dispuesta a someterse a las normas estrictas de la antigüedad.
En esta nueva vida, creció rodeada de amor: sus padres le permitían estudiar, viajar y decir lo que pensaba; sus hermanos la seguían a todas partes como sus fieles escuderos. Pero al cumplir dieciséis años, fue invitada a la fiesta del Palacio Imperial, donde conoció al Emperador Li Longjun: un hombre hermoso, frío y poderoso, al que todos temían y respetaban.

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Capítulo 20: El plan fallido de las chismosas.

La gran fiesta de otoño, la celebración más importante de la corte, había llegado. En los jardines del palacio, todo estaba adornado con faroles de colores, flores de temporada y sedas que ondeaban suavemente con el viento. Nobles, funcionarios, familias poderosas y todas las damas de la alta sociedad estaban allí, vestidas con sus mejores galas, llenas de joyas y perfumes, hablando, riendo y esperando el momento en que el Emperador apareciera.

Entre ellas, como siempre, estaba el grupo de damas que más envidiaban y odiaban a Roxana Wén: la señora Gao, la señora Lin, la joven princesa Hua y otras cuantas más. Desde hacía meses, sus corazones se habían llenado de amargura. No podían soportar ver cómo una muchacha que no era de familia real, que no tenía títulos antiguos, que vestía con tanta sencillez y que hablaba de cosas que ellas no entendían, se había convertido en la persona más importante para el Emperador, en la protegida de la Emperatriz Viuda y en la mujer que todo el imperio respetaba.

Habían tenido que callarse, que aguantarse, que sonreírle por obligación, por miedo al decreto imperial que prohibía insultarla o juzgarla. Pero su odio no había desaparecido; al contrario, había crecido más y más, convirtiéndose en una rabia que ya no podían contener. Y esa noche, habían preparado un plan. Un plan que, según ellas, acabaría con su orgullo, la humillaría delante de todos y le demostraría a todo el mundo que, por más protección que tuviera, ella seguía siendo una muchacha sin educación, sin estilo y sin lugar en la alta sociedad.

—Esta noche se le caerá la máscara —decía la señora Gao, con una sonrisa malvada mientras se arreglaba el cabello—. Todos verán que no es más que una campesina con suerte. La haremos quedar mal, la pondremos en evidencia, y ya no podrá seguir fingiendo que es igual a nosotras.

—Sí —añadía la princesa Hua—. Le haremos preguntas sobre etiqueta, sobre música, sobre poesía elegante, cosas que ella nunca ha aprendido. La haremos hablar, y cada palabra suya demostrará que es ignorante. Y cuando todos se rían de ella, el Emperador mismo se dará cuenta de que se ha equivocado al darle tanto valor.

Habían pensado cada detalle, cada palabra, cada movimiento. Estaban seguras de que su plan saldría perfecto, y que al final de la noche, Roxana Wén ya no tendría cara para aparecer en ningún evento de la corte.

El momento de la "trampa"Cuando Roxana llegó, todos se giraron para mirarla. Como siempre, no llevaba vestidos pesados ni llenos de bordados, ni joyas que le pesaran en el cuello o en las orejas. Llevaba una túnica de tela fina, de color azul suave, sencilla pero elegante, con el pelo recogido con una sola horquilla de madera, sin adornos. Caminaba con su paso tranquilo, erguida, segura de sí misma, mirando a todos con amabilidad pero sin sumisión.

Li Longjun, que estaba en la tarima principal, dejó todo lo que estaba haciendo en cuanto la vio, y sus ojos no se apartaron de ella ni un segundo. La Emperatriz Viuda, sentada en su trono, sonrió con satisfacción y le hizo una seña amable con la mano.

Las damas enemigas se acercaron a ella, con sonrisas falsas, demasiado dulces, demasiado amables, que cualquiera que las conociera habría sabido que escondían algo malo.

—¡Señorita Wén! —exclamó la señora Lin, acercándose con los brazos abiertos como si fueran sus mejores amigas—. ¡Qué alegría verla! ¡Qué elegante está usted esta noche! Aunque… claro, usted tiene un estilo tan propio, tan diferente…

—Sí, muy diferente —intervino la princesa Hua, con voz melosa—. Nosotras estábamos hablando hace un momento, y nos preguntábamos… usted, que es tan inteligente, que sabe tantas cosas de campos, de agua, de remedios… seguro que también sabe mucho de las cosas que importan aquí, en la corte. ¿Verdad?

Roxana las miró con calma, sabiendo perfectamente que algo tramaban. No se dejó intimidar, ni se puso a la defensiva. Solo respondió con voz tranquila y educada:

—Sé lo que he aprendido, señoras. Y si no sé algo, lo digo sin vergüenza. Siempre se puede aprender más.

—¡Qué buena actitud! —dijo la señora Gao, sonriendo con malicia—. Pues verá, estábamos hablando de poesía antigua, de esos poemas que hablan de flores, de lunas, de sentimientos finos y delicados. Nosotras nos preguntábamos… ¿Cuál es su poema favorito, señorita Wén? ¿Cuál es ese verso hermoso que le llega al corazón?

Era la primera parte de su trampa. Sabían muy bien que Roxana nunca hablaba de poesía, que nunca se le había visto leer esos libros antiguos y complicados. Estaban seguras de que no sabría qué responder, o que diría algo sencillo, algo que no tenía elegancia, y entonces ellas podrían reírse suavemente, decir frases como “Ah, claro, es que usted piensa en otras cosas” y dejarla en ridículo delante de todos los que estaban escuchando.

Pero Roxana no se quedó callada. Las miró una por una, con esa calma que siempre la caracterizaba, y respondió con voz clara, para que todos los que estaban cerca pudieran oírla:

—La verdad, señoras, no tengo un poema favorito de esos que ustedes dicen. Esos poemas hablan de flores que se marchitan, de lunas que se esconden, de amores tristes y de cosas hermosas, pero que no sirven para nada más que para soñar. Y yo… yo prefiero otras palabras.

Hizo una pausa, y su voz se hizo más fuerte, más segura:

—Prefiero las palabras que dicen cómo hacer que una tierra se vuelva fértil. Prefiero las palabras que enseñan cómo curar una herida o cómo proteger a un niño de la enfermedad. Prefiero las palabras que dicen la verdad, que explican el mundo, que ayudan a la gente a vivir mejor. Esas palabras no riman, no son bonitas como las flores… pero son las que realmente cambian la vida de las personas. ¿No creen ustedes que esas son mucho más importantes?

Las damas se quedaron con la boca abierta, sin saber qué decir. Esperaban verla confundida, perdida, avergonzada… pero en cambio, ella había dado una respuesta inteligente, firme, que la hacía ver sabia y buena, mientras que a ellas las hacía ver como mujeres que solo pensaban en cosas vacías y sin sentido.

Pero no se rindieron. La señora Lin, que no se daba por vencida, saltó con otra pregunta, preparada con mucho cuidado:

—Tiene razón, tiene razón… claro que esas cosas son útiles. Pero aquí, en la corte, también es importante saber comportarse, saber cómo se hacen las cosas, saber la etiqueta correcta. Por ejemplo… estábamos hablando de cómo se debe servir el té a los invitados de mayor rango, o de cómo se debe caminar delante del Emperador, o de cómo se saluda a una princesa extranjera. Seguro que usted lo sabe todo perfectamente, ¿verdad? Porque claro, usted está siempre con Su Majestad, debe saberlo todo.

Esta vez estaban seguras. Sabían que Roxana no seguía las reglas estrictas de la corte, que hacía las cosas a su manera, que no le importaban las formalidades. Si decía algo mal, si se equivocaba, si decía que no le importaba… ahí mismo la atraparían.

Pero Roxana sonrió suavemente, y respondió con una elegancia y una inteligencia que nadie esperaba:

—Señoras, las reglas y las formas están hechas para ayudar a que nos entendamos, para mostrarnos respeto unos a otros. Pero hay algo más importante que cualquier regla escrita: la educación del corazón.

Miró a todas las personas que las rodeaban y continuó hablando con claridad:

—Yo no me sé de memoria cada paso, cada movimiento, cada palabra exacta que se debe decir en cada momento. Pero sí sé respetar a los mayores, sí sé tratar bien a los humildes, sí sé hablar con verdad y con amabilidad con todos, sean reyes o sean campesinos. Y creo que eso es lo único que realmente importa. Porque una mujer que se sabe todas las reglas, pero que habla mal de los demás a sus espaldas, que desprecia a los que tienen menos, que usa sus palabras para hacer daño… esa mujer, por más etiqueta que sepa, no tiene ninguna educación.

Las palabras de Roxana fueron como un golpe directo al corazón de esas damas. Todos los que escuchaban entendieron perfectamente a quién se refería. Vieron cómo las caras de la señora Gao, de la princesa Hua y de las demás se ponían rojas de rabia y de vergüenza. Vieron cómo ellas bajaban la cabeza, sin saber dónde meterse, porque todos sabían que era verdad: ellas eran las que hablaban mal, las que despreciaban, las que usaban su posición para hacer daño.

Roxana no las había insultado, no había gritado, no había hecho nada malo. Solo había dicho la verdad, con elegancia, con calma, con inteligencia. Y en lugar de ser ella la humillada… eran ellas las que quedaban en evidencia, las que quedaban mal, las que todos miraban con desaprobación.

El castigo que nadie esperaba

En ese momento, una voz profunda y autoritaria se escuchó detrás de ellas, una voz que hizo que todos se callaran y se pusieran de pie de inmediato:

—Ha hablado con mucha verdad, la señorita Wén. Más verdad de la que han dicho ustedes en toda su vida.

Era Li Longjun. Había escuchado todo desde el principio. Había visto cómo se acercaban a ella con malas intenciones, cómo intentaban atraparla, cómo querían humillarla. Y había escuchado también cómo ella, con solo palabras sabias y tranquilas, había destruido todo su plan y las había dejado al descubierto.

Caminó hacia ellas, con paso lento y pesado, con una expresión en su rostro que helaba la sangre. Las damas enemigas temblaron de miedo, se inclinaron profundamente, con la cabeza baja, sin atreverse a mirarlo.

—Ustedes —dijo él, con voz fría y cortante—, se creen importantes, se creen elegantes, se creen dueñas de la verdad y de las formas. Se reúnen, hablan, traman cosas para hacer daño a una mujer que no les ha hecho nada malo, que solo es diferente a ustedes, que solo es mejor que ustedes en todo.

Se detuvo delante de la señora Gao, que era la que más hablaba y más odiaba, y le dijo mirándola fijamente:

—Les di una orden clara, una ley que todos deben cumplir: nadie puede insultar, juzgar o humillar a la señorita Wén. Y ustedes, en lugar de aprender, en lugar de respetar, han venido aquí hoy con malas intenciones, con preguntas trampa, con ganas de hacerle daño y de burlarse de ella.

La señora Gao intentó defenderse, con voz temblorosa:

—M-Majestad… nosotros solo… solo estábamos hablando… preguntando cosas normales… no queríamos hacer daño…

—¡Mentira! —gritó él, y su voz resonó por todo el jardín—. ¡He escuchado cada palabra! He visto sus sonrisas falsas, sus miradas de odio, sus intenciones claras. Y lo peor de todo: mientras ella habla de cosas que ayudan a vivir, de cosas que mejoran el imperio, ustedes solo piensan en chismes, en humillar, en hacer daño. Ella es la que tiene educación, la que tiene sabiduría, la que tiene honor. Ustedes… ustedes no son más que mujeres llenas de envidia, de vacío y de maldad.

Se giró hacia todos los presentes, y anunció con voz firme, para que todos supieran lo que pasaba con las que desobedecían y hacían daño a Roxana:

—Por haber intentado humillarla, por haber desobedecido mi ley, por su maldad y su envidia… escuchen bien su castigo:

La señora Gao, la señora Lin y la princesa Hua quedan desterradas de la corte. Ya no podrán asistir a ningún evento, fiesta o reunión imperial. Ya no tendrán ningún puesto, ningún honor, ningún trato especial. Volverán a sus casas y se quedarán allí, sin salir, sin hablar con nadie, avergonzadas ante todos.Todas las propiedades y privilegios que sus familias tenían por su culpa serán retirados.Sus padres y maridos, que ocupan puestos importantes, perderán sus cargos y serán enviados a lugares lejanos, para que aprendan que la maldad y la envidia traen desgracia a todos los suyos.Y quede claro para siempre:quien vuelva a intentar hacerle daño, quien vuelva a mirarla mal, quien vuelva a hablar mal de ella o a intentar humillarla… no será desterrado. Será tratado como traidor, y el castigo será la muerte. Un silencio absoluto llenó todo el lugar. Nadie respiraba casi. Las damas enemigas se habían dejado caer al suelo, llorando, suplicando, pidiendo perdón, aterrorizadas por lo que les pasaba, por haber perdido todo por culpa de su odio. Pero Li Longjun no las miró más. No tenía piedad para nadie que quisiera hacer daño a Roxana.

Se giró hacia ella, y su expresión cambió al instante. De la furia más terrible pasó a la ternura más profunda, al amor más grande. Se acercó a ella, le tomó las manos entre las suyas y le dijo con voz suave, para que solo ella lo escuchara:

—Lo has hecho maravillosamente bien, mi vida. No has necesitado gritar, ni atacar, ni ser mala como ellas. Solo has usado tu inteligencia, tu verdad y tu elegancia para dejarlas en ridículo. Eres la mujer más grande que existe. Y te prometo que nadie, absolutamente nadie, volverá a intentar hacerte daño mientras yo viva.

Roxana lo miró, vio la furia que había tenido por ella, vio el amor que sentía, y también vio que, aunque ella no necesitaba que nadie la defendiera —porque ella sola podía defenderse muy bien—, era maravilloso saber que él estaba ahí, siempre listo para protegerla, siempre listo para ponerla por encima de todo y de todos.

La Emperatriz Viuda, que había visto todo desde su trono, se puso de pie y aplaudió suavemente, con una sonrisa de orgullo:

—¡Así se hace! —dijo para todos—. La verdad y la inteligencia siempre ganan a la maldad y a la envidia. Y hoy, todos han visto quién es realmente digna de estar aquí, y quién no.

Esa noche, el plan de las chismosas enemigas se convirtió en su propia ruina. Quisieron humillarla, y terminaron humilladas ellas mismas. Quisieron quitarle valor, y terminaron dándole a ella más respeto y más poder que nunca. Quisieron demostrar que ella no tenía lugar allí, y terminaron demostrando que ella era la única que realmente merecía estar en la corte, al lado del Emperador, admirada por todos, respetada por todos y protegida con una fuerza que nadie en el mundo podía vencer.

Y desde ese día, nadie más se atrevió a mirarla mal, nadie más se atrevió a hablar mal, nadie más se atrevió a tramar nada contra ella. Porque todos aprendieron una lección clara: Quien se enfrenta a Roxana Wén, se enfrenta a la verdad, a la inteligencia… y al Emperador mismo. Y eso, nadie lo puede ganar.

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Marisela Morales
los hijos son el tesoro más grande ❤️❤️❤️ de la vida 🤩❤️🤩❤️🤩❤️🧬🤩
Marisela Morales
❤️❤️❤️❤️❤️❤️❤️❤️❤️. felicidades 🥳🥳🥳🥳
Marisela Morales
omg esto está de comerce las uñas/Grimace//Grimace//Grimace//Grimace//Grimace//Grimace/
Marisela Morales
/Facepalm//Facepalm//Facepalm//Facepalm/ te perdimos emperador te enamoraste obsesiva mente
Marisela Morales
corre,corre y alcanzala si puedes🤣🤣🤣🤣
Penelope
Excelente, trama. Gracias
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